Capítulo 4
A udrey se estremeció, aunque no sentía frío ni siquiera en aquella oficina de telégrafos llena de corrientes de aire. Sintió la mano firme de Sam sobre su brazo, y eso la hizo sentir calor por todo el cuerpo. Una situación terrible.
—No quiero que me resulte atractivo —dijo en voz alta en la oficina vacía—. La señora Prescott dice que él quiere quedarse aquí y que trabaja en una caballeriza.
Era un buen trabajo. Muchas mujeres estarían encantadas de conseguir un marido como él.
Audrey no era precisamente una de esas mujeres que se conformaban con un hombre que simplemente tuviera un buen trabajo.
No necesitaba ser rica; simplemente quería ser algo más que una chica de una granja o de un pueblecito.
Ahora tenía aún más motivos para querer arreglar bien la habitación de Sam, situada detrás de la caballeriza, para que pudiera mudarse allí.
La señora Willoughby no le cobraba mucho alquiler a cambio de su ayuda en las tareas domésticas, y ella seguía comiendo en casa de la señora Prescott a cambio de cocinar, hacer la compra y ocuparse de las labores del hogar.
Aun así, incluso unas pocas monedas a la semana agotaban los ahorros de Audrey.
Y la señora Prescott quiere que se quede con ella. Audrey se frotó los ojos.
Apenas había dormido desde su encuentro con Sam el día anterior. Toda la noche había dado vueltas en la cama, recordando, tocándose el brazo, intentando quitarse ese cosquilleo, intentando no ver su rostro, que parecía tan aturdido como ella se había sentido.
Bien. Quizá él tampoco quisiera que ella le gustara. Necesitaba una chica agradable y tranquila. Jess sería perfecta para él. Ella no deseaba nada más que un hogar y una familia, y quizá un viaje a Davenport para ir de compras una vez al año.
Audrey se estremeció de nuevo y recogió un mensaje del telégrafo sobre un robo en Des Moines; se lo pasaría al sheriff por si los ladrones llegaban a Browning City.
A Zach también le interesaría la noticia.
Siempre estaba buscando noticias sensacionales para su periódico.
La edición de hoy incluía un largo artículo sobre la llegada de Sam Nolan y cómo le habían disparado.
Terminaba con un llamamiento para que alguien confesara el crimen o diera información sobre el tirador.
Ojalá el incidente hubiera ahuyentado a Sam…
Audrey interrumpió su pensamiento antes de terminarlo.
—Por favor, perdóname, Señor. Estoy siendo muy cruel con él, y está haciendo tan feliz a la señora Prescott.
Afligida por su actitud poco caritativa hacia Sam Nolan, Audrey salió corriendo de la oficina de telégrafos en cuanto llegó Danny y apenas le dijo nada a Charlie mientras se dirigía a toda prisa a casa de Jess.
—¿Me ayudas con las habitaciones de los criados? —saludó a su amiga.
Jess dio un respingo y levantó las manos.
—¡Socorro! Creo que me ha atropellado una locomotora. ¿De dónde has salido?
—Solo soy un vagón de mercancías. —Audrey se rio y dejó caer el sombrero y el abrigo sobre un baúl que había junto a la puerta principal de los Dawson—. Vengo cuesta abajo.
—Ven a tomar un café o algo y cuéntame de qué va todo esto. —Jess se dio la vuelta y se dirigió a la cocina—. Esta semana no te he visto lo suficiente como para charlar, y tú fuiste la primera persona en conocer a Sam Nolan.
—Charlie lo conoció en la estación, pero nunca nos presentaron como es debido.
—Con la familiaridad que dan las visitas frecuentes, Audrey empezó a sacar tazas y platillos del armario mientras Jess ponía la cafetera en la cocina—.
Y estaba un poco desquiciado cuando hablé con él por primera vez.
No paraba de hablar de que veía ángeles.
—¿Estaba tan cerca de la muerte? —preguntó Jess, volviendo la cara para mostrar sus ojos muy abiertos por el horror—. Creía que solo era una herida en el cuero cabelludo.
—Lo era. —Audrey dejó las tazas sobre la mesa y abrazó a su amiga—. Pensaba que yo era un ángel, eso es todo. Qué tonto.
—A mí me parece tremendamente romántico. —Jess suspiró—. ¿Crees que fue amor a primera vista?
—No existe tal cosa. —Audrey recordó la sacudida que sintió al notarlo tocarle el brazo y se apartó por si se sonrojaba—. Ahora bien, si te hubiera visto a ti, me lo creería.
—Ja. Soy demasiado morena para que me confundan con un ángel.
Jess tenía, efectivamente, el pelo y los ojos oscuros, y el rubor de sus mejillas hacía que su tez resplandeciera de buena salud. En opinión de Audrey, Jess era la chica más guapa de Browning City.
—Hoy he ido a la tienda y el señor MacKenzie ha dicho que nos enviaría todo lo necesario para que esa habitación que hay detrás de la caballeriza quede en condiciones de vivir en ella. —Audrey hablaba demasiado rápido, ansiosa por cambiar de tema y alejarse de la charla sobre el amor y Sam Nolan.
Podría hablar de Sam Nolan y de que tuviera un buen sitio donde vivir además de la casa de la señora Prescott.
—Hay que limpiarla y poner algunas alfombras en el suelo, cortinas y esas cosas. Pero las paredes son sólidas. ¿Me ayudarás?
—Ya sabes que lo haré. —Jess dejó el café a fuego lento y levantó la tapa de una olla de arroz con alubias.
Un vapor especiado se extendió por la habitación.
—Creía que el arroz con alubias rojas era para los lunes. —Audrey inhaló el exótico aroma.
Los padres de Jess eran de Luisiana y comían cosas que no eran habituales en Browning City.
—Así es, pero mamá estuvo enferma el lunes, así que pospusimos el lavado. —Jess bajó la voz—. Creo que está engordando. Imagínate. Yo con otro hermano o hermana cuando tenga diecinueve años.
—Qué suerte tienes —dijo Audrey con tono melancólico. Nunca dejaba de echar de menos a su familia.
—Somos afortunados, pero tú también lo serás algún día. Dios te volverá a dar una familia.
Audrey no dijo nada. No estaba tan segura de que Jess tuviera razón.
—¿Quieres un plato de este arroz antes de que lleguen las hordas y se lo coman todo? —preguntó Jess.
—Esperaré a que lleguen las hordas.
Audrey disfrutaba del bullicio que se formaba alrededor de la mesa de los Dawson a la hora de cenar. Nunca dejaba de marcharse con una sonrisa.
—Podemos hablar de cómo arreglar esa habitación hasta que lleguen. El señor Nolan necesita un lugar propio donde vivir.
Jess asintió.
—Sobre todo porque todo el mundo dice que tiene intención de quedarse aquí para siempre.
El sábado por la tarde, Audrey y Jess estaban de pie en medio de la vivienda, detrás de la caballeriza, y se miraron haciendo muecas.
—Es lúgubre —sentenció Jess.
—Lo es.
Audrey miró de la pequeña y mugrienta ventana al suelo, cubierto de hojas aplastadas, tierra y no quería ni imaginar qué más, hasta la estufa, tan cubierta de grasa que se incendiaría si alguien encendiera una cerilla cerca de ella, y mucho menos dentro.
—El último hombre que vivió aquí debió de ser un vagabundo —dijo Audrey.
—Desde que el señor Jones se lo vendió al señor MacKenzie, nadie ha vivido aquí durante mucho tiempo. —Jess cogió un cepillo de cerdas de entre los utensilios que el señor MacKenzie les había enviado para que los usaran—. El último hombre dijo que no le gustaban los ruidos que hacía este lugar.
—¿Cómo podía trabajar en una caballeriza y que no le gustara el sonido de los caballos?
A Audrey eso le pareció lo mejor. Los caballos eran unas criaturas tan hermosas, y a ella le gustaba el sonido que hacían al masticar heno y grano.
Jess soltó una risita.
—Dijo que por la noche se veía a gente deambulando por la caballeriza. Pero nunca vio a nadie, y ya sabemos que los fantasmas no existen.
—Hay gente a la que no le sienta bien estar sola.
Audrey se había imaginado todo tipo de cosas horribles cuando estaba sola en la granja de su familia, antes de que vinieran los del banco a echarla porque no podía pagar la hipoteca.
—Pero aquí uno no está realmente solo. —Jess le pasó un cubo a Audrey y cogió otro para ella—. Quiero decir, hay todo tipo de gente cerca, y no conozco a nadie aquí que no te dejara entrar para charlar y tomar un café.
—Yo tampoco.
Audrey se dirigió a la bomba del patio. El agua caliente sería mejor que el agua helada que saldría del pozo, pero no se atrevía a encender la estufa.
—Primero limpiaremos esa estufa. El resto será fácil después de eso.
Y así fue. Tras cuatro horas de duro trabajo que les dejaron las manos enrojecidas, los vestidos manchados y el corazón satisfecho por el esfuerzo, Audrey y Jess comprobaron que la estufa estaba lo suficientemente seca como para encenderla.
Encendieron la estufa y dos linternas y luego dieron un paso atrás para contemplar el resultado de su trabajo.
—Ahora queda bonito —declaró Jess.
—Sí. Creo que se sentirá a gusto aquí.
Quizá los tonos amarillos y anaranjados no fueran los colores que elegiría un hombre, pero alegraban las oscuras paredes de madera junto con las cortinas, las alfombras de trapo y una colcha que les había proporcionado la señora Prescott desde su ático.
Con el fuego calentando la habitación y unos cuantos utensilios de cocina que invitaban a preparar una comida sencilla, la habitación era habitable.
—Pero no es tan agradable como vivir en casa de la señora Prescott.
Audrey no tenía intención de decir en voz alta lo que pensaba, pero, una vez dicho, se alegró de haberlo hecho.
—Sé que ella quiere que se quede.
—Pero tú llevas tres años viviendo con ella. —Jess se dejó caer en la única silla de la habitación, ahora acolchada con cojines que Audrey había cosido entre turno y turno en la oficina de telégrafos—. Es tu habitación.
—Es la habitación de la señora Prescott.
—¿Y vivir con la señora Willoughby no te cuesta dinero?
—No mucho si hago algún trabajo para ella.
Audrey se apoyó contra la puerta que daba de la habitación a la caballeriza… y esta se abrió detrás de ella.
—¡Ay!
Audrey retrocedió tambaleándose. Unas manos fuertes la sujetaron por los codos. Las manos de Sam. Lo supo sin levantar la vista.