Capítulo 3
L a alegría que sentía Sam en el corazón resultó lo suficientemente poderosa como para contrarrestar el martilleo en su cabeza.
Sabía que este último desaparecería en un día o dos, aunque la cicatriz permanecería con él durante toda su vida.
La primera, sin embargo, parecía crecer cada vez que veía a su tía abuela.
Una tía no era gran cosa como familia para la mayoría de la gente, suponía Sam.
No eran la esposa y los hijos por quienes rezaba a diario para que entraran en su vida.
Sin embargo, una tía como Eleanor Prescott, cuya fe en Dios parecía tan poderosa como ella parecía frágil, era suficiente para que la felicidad le brotara cada vez que ella entraba en su habitación dando golpes con su bastón para pasar una o dos horas hablando de su madre y otros parientes, y comentando cómo él deseaba establecerse en un pequeño pueblo como Browning City y tener su propia tierra.
A juzgar por el ángulo de la pálida luz del sol que se colaba por un hueco entre las cortinas, la tía abuela Eleanor llegaría en cualquier momento con una taza de té de la tarde para cada uno de ellos.
A pesar de que no le gustaba esa infusión, se la tomaba para complacerla.
A veces, Audrey Coleman llegaba a tiempo para preparar el té.
Nunca entraba en su habitación con su tía, pero él oía su voz a través de la puerta.
El placer de recordar cada palabra que la oía decir lo mantenía ocupado durante las horas en que estaba despierto mientras se recuperaba de la herida de bala.
Justo mientras pensaba en ella, oyó sus pasos ligeros y rápidos crujir por el camino de entrada y resonar en el porche.
Sabía que eran los suyos. Ninguna de las amigas de su tía se movía con tanta rapidez y elegancia.
Durante los tres días que el médico insistió en que permaneciera en cama, aprendió a distinguir a cada visitante por sus pasos.
También reconocía a Audrey por sus rítmicos golpes en la puerta.
Pero apenas recordaba su rostro, ya que no lo había visto con claridad. Recordaba el pelo dorado.
Cabello dorado y una risa plateada. Sam se rio entre dientes ante sus palabras fantasiosas, muy parecidas a las de los libros de poesía que a veces se colaban en el carro de pregonero de su padre.
Sin embargo, al escucharla hablar con la tía abuela Eleanor, creyó que sus pensamientos no eran tan descabellados. Ligera y clara, su voz le recordaba a los cascabeles de un trineo. Quizá cantaba…
—¿Qué dice el médico? —preguntó Audrey con voz clara al pasar de la entrada a la cocina.
—Estará con nosotros otros cuarenta años más o menos —se rio la tía abuela Eleanor—. Pero no podrá ir a trabajar hasta que le desaparezcan el dolor de cabeza y la visión doble. Lo cual me parece más que bien. Disfruto mucho de su compañía.
—Qué pena. Yo… me refiero a que no pueda empezar a trabajar. ¿Y el señor MacKenzie? —La voz de Audrey se oyó amortiguada tras la puerta de la cocina.
Sam cerró los ojos. La mención del nombre del señor MacKenzie le intensificó el dolor de cabeza.
Se suponía que debía empezar a trabajar en seis días.
Postrado como estaba, no podía preparar su alojamiento ni familiarizarse con la ciudad.
Además, se había perdido la misa del domingo.
Dijera lo que dijera el médico, el próximo domingo estaría en un banco de la iglesia y el lunes siguiente en la caballeriza.
Iría a la oficina del sheriff antes. El primer día que saliera de casa, tenía intención de visitar al agente de la ley y averiguar qué había descubierto sobre el tiroteo.
—No dejaré que entre a verte —había insistido la tía abuela Eleanor con su voz ronca, pero aún firme—. Ha venido dos veces, pero el doctor y yo estamos de acuerdo en que necesitas descansar.
Sam deseaba poder llevarle la contraria y levantarse de la cama de todos modos.
Las semanas de trabajo extra duro para pagarse la mudanza a Browning City y, antes de eso, el dolor por haber perdido a su padre tan repentinamente parecían estar pasándole factura.
Por no hablar de la bala que le atravesó el cráneo y de la roca contra la que se había golpeado la cabeza al caer. Necesitaba ese descanso.
Al oír el traqueteo del servicio de té al acercarse, decidió que al día siguiente se pasaría todo el día fuera de la cama y que al siguiente saldría de casa.
Como mínimo, quería estar lo suficientemente bien como para que su tía le sirviera el café fuerte y oscuro cuyo aroma percibía cuando Audrey lo preparaba, en lugar de ese insípido brebaje hecho con hojas.
En ese momento olió a café.
¿Tú también lo prefieres, señorita Coleman? Sonrió ante la idea y siguió sonriendo cuando la tía abuela Eleanor entró en la habitación con una tetera, tazas y trozos de tarta en una bandeja.
—Te estropeará la cena, pero Audrey insistió. —Le sonrió—. A Audrey le gusta dar de comer a la gente.
—Es algo bueno en una persona. —Sam se levantó y cogió la bandeja de manos de su tía—. ¿Alguna vez come algo ella misma?
—Sí, claro. Ha estado comiendo en la cocina mientras yo venía aquí a reunirme contigo.
—La tía abuela Eleanor se dejó caer en una silla de respaldo recto—.
Se unirá a nosotros cuando te encuentres lo suficientemente bien como para sentarte a la mesa.
Pero creo que este respiro de todo lo que hace por mí le viene bien.
Con su trabajo en la oficina de telégrafos y el cuidado que me dedica, creo que no tiene tiempo suficiente para ser tan sociable como debería serlo una chica de su edad.
Sam seguía un poco desconcertado respecto al papel de Audrey en la casa de su tía.
—¿Qué es todo lo que hace por ti?
—Todas esas cosas que estas viejas articulaciones mías ya no me dejan hacer. —La tía abuela Eleanor soltó una risita—. Lo que significa prácticamente todo menos leer. Cocina, limpia y hace la compra a cambio de alojamiento y manutención.
Sam se enderezó, parpadeando para combatir un ligero mareo.
—Entonces debería largarme de aquí lo antes posible para que ella pueda recuperar su habitación. He desplazado a tu huésped, y seguro que le está costando algo quedarse…
—No te preocupes por eso, muchacho. —La tía abuela Eleanor negó con la cabeza—. Ella no está pasando apuros. ¿Y adónde irías? ¿Al hotel?
—La caballeriza tiene una habitación, creo.
—Tengo entendido que todavía no está en condiciones para que nadie viva allí. Ahora come un poco de tarta, o Audrey se llevará una decepción.
—No querría decepcionarla. —Sam cogió un trozo de tarta, aunque su conciencia le quitaba el apetito.
No le gustaba la idea de quitarle nada a Audrey.
Sin embargo, disfrutaba tanto de la compañía de la tía abuela Eleanor que no quería marcharse si ella no insistía.
A pesar de sus garantías, decidió que más le valía recuperarse de inmediato y poner en orden las habitaciones de la caballeriza para poder mudarse allí y devolverle a Audrey su habitación.
Podría empezar esa misma noche.
—Ya me encuentro lo suficientemente bien como para sentarme a cenar a la mesa —dijo—, si mi permanencia en la cama significa que ella ha estado comiendo sola.
—Ni hablar. —La tía abuela Eleanor se inclinó hacia delante y le dio un golpecito con la punta de su bastón—. No te levantes hasta que el doctor diga que está bien.
Sam hizo una mueca.
—Nada de eso. ¿Quieres empezar a trabajar la semana que viene, verdad?
—Sí, señora. Pero estaré tan débil como un bebé si no empiezo a moverme pronto.
—Come un poco más de este pastel. Audrey lo preparó para una fiesta que no celebramos por culpa del tiempo. —La tía abuela Eleanor le puso otro trozo de tarta en el plato y dejó el bastón a un lado para servirse té.
Se tragó a duras penas la tarta de compota de manzana —que sabía que debía de estar buena— y el té. Mientras tanto, olía a café y se le hacía la boca agua.
—¿Puedo tomar café mañana, señora? —Se sentía como un niño suplicando un capricho.
—Ojalá. —Sus ojos brillaron.
Empezó a responder, pero se detuvo, abriendo mucho los ojos.
—Siempre me hacías eso, ¿verdad? Me corregías cuando decía can en lugar de may .
—Así es. —Su rostro se suavizó como un pañuelo de papel arrugado—. Eras un niño tan dulce, pero tan travieso, que tu madre nunca sabía si abrazarte o castigarte cuando te portabas mal.
Se quedaron sentados en silencio un momento, la tía abuela Eleanor parpadeando para contener las lágrimas, Sam rebuscando en sus recuerdos.
—Ya tenía seis años cuando ella murió, pero no la recuerdo lo suficiente. —Sacudió la cabeza, hizo una mueca al sentir una punzada de dolor y suspiró—. Nunca encontré ni siquiera una foto.
—Era guapa. Se parecía a su abuela —mi hermana— y a ti.
Eso hizo reír a Sam.
—Espero no ser guapo.
Ella también se rio.
—No, muchacho, eres guapo, y probablemente ya lo sabes. ¿Por qué no te has casado todavía?
—Aún no tengo un hogar para una esposa.
—El señor Prescott y yo tampoco teníamos uno. Empezamos nuestra vida juntos en una carreta.
—No se lo puedo desear a una esposa. No después de haber pasado los últimos veinte años en una.
Quería preguntarle si sabía por qué su padre se había echado a la carretera para siempre después de que muriera su madre, pero se lo guardó para sí mismo. Quería hablar de los momentos felices de su infancia que no recordaba, cuando tenía a su familia a su alrededor.
—Siempre se te han dado bien los animales. —La tía abuela Eleanor habló como si le hubiera leído el pensamiento—. Pasabas mucho tiempo en la caballeriza con tu tío.
—Me parece recordar que siempre había caballos cerca. —Vaciló—. ¿Por qué vendió la caballeriza?
Ella sonrió.
—Nos estábamos haciendo mayores, muchacho. Luego, hacia el final de la guerra, aparecieron unos tipos poco recomendables que causaron problemas, y al señor Prescott ya no le gustaba aquel lugar. Se lo vendió a Charlie Jones, quien, a su vez, se lo vendió a Graham MacKenzie unos años después.
—¿Por qué…?