36 · Mateo
El martes al alba le di a la Andariega la segunda mano de barniz.
La primera se la había dado para no pensar.
La segunda se la di pensando, que es como se barniza bien: despacio, a favor de la madera, mirando cómo el nombre tallado se va quedando abajo del brillo, protegido y a la vista al mismo tiempo.
Hay una sola manera de guardar un nombre sin esconderlo. La aprendí tarde. La practico.
A las diez, la cocina del muelle largó humo.
No avisó nadie y no hizo falta: el humo es el cartel más viejo del mundo.
A las doce no alcanzaban los bancos, y la fila daba la vuelta al mostrador de cedro con una paciencia que este puerto no gasta ni en la iglesia.
La vi trabajar de lejos, desde la grada, con el pelo recogido con una brida del taller y las manos yendo solas, y me quedé en lo mío, que ahora es esto: mirar sin cobrar la mirada.
A media tarde vinieron los Míguez. El alto pidió lo suyo, sin picante, y cuando terminó de comer no se fue: se consultó con el hermano, de gorra a gorra, y se acercaron los dos al mostrador.
—¿Sigue en pie lo de la pescadería? —dijo el alto—. Nos dijeron que usted había preguntado. Antes de irse.
—Antes de volver —corrigió ella—. Seis mesas.
—Seis entran. —El alto se sacó la gorra, la miró adentro como si el precio estuviera ahí, y lo dijo.
Era un precio de vecino, no de temporada.
Ella ofreció dos menos y pagar los arreglos del techo; el alto ofreció uno menos y la mitad de los arreglos; se dieron la mano en el medio, como corresponde.
Esa misma tarde Nina abrió la caja de herramientas donde vive la plata del muelle, contó delante de Ismael, y le pagó dos meses juntos de los que se le debían.
—¿Y esto? —dijo Ismael, sin agarrar.
—De la caja. Esta plata fue siempre más tuya que de nadie. Dos ahora, y uno por mes encima del corriente, hasta quedar a cero. Si quieres papel, hay papel.
—El papel es para los que no ven la grada desde su banco. —Agarró. Se tocó la visera dos veces, cosa que no le vi hacer en la vida, y se fue a fumar al alero con la espalda más derecha que a la mañana.
Las noches fueron otra cosa. El martes su luz del altillo se apagó tarde y la mía también, y entre las dos quedó el patio, quince pasos, ancho como lo había dejado ella.
No crucé. El que corta una amarra de un tajo no la vuelve a atar tirando: espera la mano del otro en la otra punta.
El miércoles encontré en mi mesa un plato tapado con otro plato.
Guiso. El jueves, dos: guiso y postre. No dije nada y lavé todo y lo devolví seco a su estante del galpón.
Los platos tapados también son cartas, y las contesté en el único idioma que ella respeta: comiéndome todo.
El jueves a la noche, cuando yo cerraba el portón, cruzó el patio hasta la mitad. Se paró en su mitad. Yo me paré en la mía.
—Mañana vamos a Punta Piedras —dijo—. A lo de Ordóñez. Lo de las cuotas, con sello. Los tratos de palabra a nosotros nos salieron caros.
—A las diez —dije.
Se volvió al altillo. Yo me quedé un rato con la mano en el portón, haciendo la cuenta que no quería hacer: Ordóñez iba a abrir su registro, y en el registro estaba el viernes pasado, mi firma, la garantía, la prohibición de avisar.
Podía adelantarme. Decírselo yo esa noche, cruzando el patio, ganándole al papel.
No crucé tampoco. Yo había dicho: si algún día hace falta, que aparezca solo. Un hombre que prohíbe una notificación no puede andar notificando por su cuenta cuando le conviene a la cara que pone. Que apareciera solo. Que me cobrara solo.
La escribanía olía a papel viejo y a cera, como huele siempre lo definitivo. Ordóñez nos atendió con los lentes de leer arriba de los de ver, y escuchó a Nina completa, sin interrumpir: que quería incorporarme a la deuda, mitad y mitad, cuota por cuota, con todas las letras.
—¿La señorita quiere incorporar al señor Roldán a la deuda? —dijo cuando ella terminó.
—Eso dije.
—Va a ser difícil.
—¿Por qué?
—Porque ya está adentro.
El silencio que siguió tenía muebles. Ordóñez abrió el registro sin apuro, buscó la hoja, y leyó con su voz de lluvia pareja: que con fecha del viernes tal, el señor Mateo Roldán se había constituido en codeudor solidario de la totalidad del saldo, ofreciendo en garantía su mitad indivisa del inmueble, con conformidad del acreedor, y que había dejado instruida la prohibición expresa de notificar a la deudora.
Nina no me miró a mí. Miró la fecha. La vi hacer la cuenta con los labios quietos, que es como hace ella las cuentas graves, y la cuenta era corta: el viernes yo no sabía si iba a volver a verla.
El viernes ella era una voz planchada en un talonario y un asiento siete camino al fin de la línea.
El viernes yo firmé igual, con todo lo que tengo, y después manejé seis horas con el papel en la chaqueta y no lo saqué, ni en la vereda del Espigón, ni en el patio, ni cuando pedir turno me dejó las manos vacías delante de ella.
—¿Por qué prohibiste que me avisaran? —dijo, todavía sin mirarme.
—Un aval que se muestra es una factura. —Me salió como sale lo ensayado sin ensayo: gastado de darle vueltas—. No era para cobrártelo. Era para que, si un día te fallaba todo lo demás, no te fallara el piso.
Ordóñez, que cobra por no opinar, se puso a ordenar papeles que ya estaban ordenados.
Entonces Nina cruzó lo que había que cruzar.
Dos pasos. Me buscó la mano derecha, que yo tenía muerta al costado, y me agarró el pulgar torcido con toda la mano, y lo apretó, y lo sostuvo, delante de un escribano y de tres estanterías de asuntos ajenos.
Nadie dijo la palabra. La palabra no hizo falta.
Hay firmas que no van al papel, y la de ella es esa, y yo la conocía de una sola vez anterior y la habría reconocido en la oscuridad, con guantes, a los noventa años.
—¿Firman algo —dijo Ordóñez— o vinieron a comprobar el archivo?
Firmamos. La deuda quedó a nombre de los dos, mitad y mitad, hasta en las pérdidas, como el papel de dos párrafos que esta misma escribanía le hizo a otros dos socios cuando no tenían nada y firmaron igual.
Cómo se llama exactamente lo que firmamos lo sabe Ordóñez, que para eso estudió; yo sé lo que hace: hace que ninguno de los dos pague nada solo, nunca más.
A la vuelta paramos en la maderera, porque el viernes es viernes, y a la noche contamos la caja juntos en la columna gruesa del cuaderno del escritorio, ella cantando los números y yo anotando, que es la liturgia nuestra.
Armamos el sobre de la primera cuota, la que vence el primero.
Doscientas treinta y nueve para el final.
—Veinte años —dijo ella, cerrando el sobre.
—Diecinueve y once meses.
—Corrigiéndome los plazos. —Movió la cabeza—. Así empezó todo.
Nos reímos. De la cifra, de nosotros, del sobre. Es la manera que encontramos de que no nos dé otra cosa.
Terminado el recuento, apiló las monedas, tapó el tintero, y se paró en la puerta del galpón con la llave del altillo dando vueltas en el dedo.
—¿Terminaste? —dijo.
—Sí.
—Sube.
Subí los veinte escalones. Los conté sin querer, como todo.
Arriba, la estufa andaba y la claraboya tenía sus dos estrellas de siempre. Ella se sacó la brida del pelo, y el pelo hizo lo suyo, y cuando fui a decir la palabra de siempre me la robó de la boca.
—¿Sí? —dijo ella, con la mano ya en mi pecho, y me quedé un segundo sin idioma, porque esa pregunta era mía, la única ceremonia que tengo, y oírla venir de vuelta fue como ver el galpón desde el agua.
—Sí —dije—. Todo lo que quieras.
No hubo despacio esta vez. No hizo falta: lo despacio ya estaba hecho, firmado, sellado en tres ventanillas.
Nos sacamos la ropa entre los dos, mal y riéndonos, un botón mío que rodó hasta el zócalo y ahí sigue, y nos fuimos al catre de una vez, con hambre de día de trabajo.
La conozco entera y ella a mí: fue directo, con las palabras dichas claras y cortas, ven, así, ahí, quédate ahí, y el catre de hierro protestando su óxido, y en el medio de todo ella me buscó la mano y me agarró el pulgar y no lo soltó, ni al final, cuando terminamos uno detrás del otro como dos olas de la misma serie, y la risa le volvió antes que el aliento.
—En una cama —dijo después, contra mi hombro, con la voz ya sin filo—, reírse es de gente que no está por irse a ninguna parte.
Se durmió atravesada, un brazo y una pierna sobre mí, sin dejarse ni un canal de salida, ese metro de aire que ella siempre supo dejar y que yo nunca le nombré. Me quedé despierto un rato mirando ese descuido como se mira una obra terminada: sabiendo cuánto costó cada junta.
El sábado botamos la Andariega.
La marea dio a media mañana. Ismael dirigió desde su banco, a gritos cortos, con el chico de los Salas en los rieles y Uma en la punta del muelle, cuaderno abierto, de observadora oficial, a la distancia reglamentaria que ella misma redactó.
La barca bajó la grada con ese ruido de quilla que va contando los rieles, uno por uno, como una mano que baja una escalera, y entró al agua de una vez.
Flotó como flotan las bien hechas: sin comentario.
El pueblo aplaudió, porque había pueblo; en este puerto una botadura junta gente aunque no se avise, y no se avisó y se juntó igual.
La amarré yo, con dos vueltas y por dentro, en el sitio que le tocó de barca de la casa: sin cliente, sin flete, sin fecha de nada.
Cuarenta años esperó el viejo Salinas para que esa barca no tuviera adónde ir.
Ahora no tiene, y no le hace falta: se llama como se llama y duerme en su puerto, y el que quiera entender que entienda, que en esta familia los nombres trabajan solos.
Cuando la gente se desparramó, Uma me esperaba sentada en el bolardo del amarre, con el cuaderno en las rodillas.
—Dijiste que te avisara —me dijo, sin levantar la vista—. Cuando se lo dijeras.
—Por eso vengo.
—¿Le dijiste que no lo dijiste?
—No. —Me puse en cuclillas, a la altura de los tratos—.
Eso no se puede, Uma. Lo dije, y ella lo va a saber siempre, y yo también.
Lo que se puede es otra cosa. La frase decía que nadie le pidió nunca que se quedara.
Cada día que yo se lo pida, la frase queda un poco más mentirosa.
Se lo voy a pedir todos los días. Todos.
Hasta que a esa frase no le quede razón ni una vez.
Lo pensó con los ojos entornados, auditando, el tiempo que se merecía.
—Una cosa dicha una vez —dijo— contra una cosa pedida todas las veces. Gana la que se repite. Es matemática.
Abrió el cuaderno y escribió, con la letra de los asientos importantes: «Lo dijo. No se puede borrar. Lo va a desdecir en cuotas: una por día, todas las que haya.» Y abajo, más chico: «Deuda que no vence.»
—Aprobado —dijo, y cerró el cuaderno—. Yo controlo.
Después fui al taller por la pintura blanca y el pincel fino.
El cartel estaba entero al sol. CAbrAL, guardado veinte años por la tabla, blanco como recién dicho. ROLDÁN, a la intemperie desde el cincuenta y uno, gris, descascarado, comido de salitre. Nunca lo había visto así, tan claro: la palabra guardada estaba nueva y la gastada era la mía.
Le di pintura a ROLDÁN. Letra por letra, a pulso, con el cuidado de los repasos, para que mi apellido alcanzara al de ella. No al revés. Toda la vida en este pueblo se pensó que era al revés.
Un cartel pintado dura unos años. Después el sol y la sal hacen su trabajo, y hay que volver a subir con el pincel, y después otra vez, y así hasta que a uno lo entierren en la loma con vista al puerto.
Es una tarea que no se termina nunca, y por eso mismo no la puede empezar cualquiera: pintar un cartel así es un trabajo para un hombre que piensa quedarse abajo del cartel todos los años que el cartel dure.
Sesenta días me pidió una vez. Nueve días le quedaban al reloj la noche en que todo se rompió. Doscientas cuarenta cuotas, dijo un escribano. Toda mi vida fue de plazos, y los medí todos, y los cumplí casi todos, y ninguno me dio nada que quisiera guardar.
Esto no tiene plazo. Ni el cartel, ni la barca amarrada, ni la mujer que a esa hora discutía con mi hija, en la cocina del muelle, el interés exacto de una deuda de buñuelos.
Guardé el destornillador de fresno en el cajón del banco, donde descansa lo que ya hizo su trabajo, y con él las dos mitades del pasaje que ella rompió a tiempo y yo tardé en saber leer. La chaqueta quedó liviana.
Las manos no. Las manos, por fin, quedaron llenas.