35 · Nina
El primer autobús desde Bahía Serena olía a café de termo y a pan envuelto en servilletas, los olores de la gente que viaja temprano por motivos serios.
Esta vez la ventanilla no tenía mapas de países inventados: tenía la costa entera, con nombre y apellido, golfo por golfo, secándose al sol como una vajilla bien lavada.
Me dormí un rato largo con la frente en el vidrio, en algún puente, y me desperté con el mar del lado que tenía que estar.
—¿Punta Vigía? —había dicho el chofer al marcar el pasaje.
—Punta Vigía.
Llegué pasado el mediodía, arriba, donde la ruta toca el pueblo y parece arrepentirse, y el pueblo no se arrepentía de nada: estaba entero al sol, y abajo el mar trabajaba a la vista, que de día es su otro empleo.
Bajé por la Avenida del Puerto, claro. Las cosas que me importan las había mirado siempre de noche, cuando nadie me mira mirar; esta vez bajé a plena luz, con el bolso al hombro y el rollo contra las costillas, y que me vieran. Para eso volvía.
Me vieron. La mujer de Míguez movió dos veces la escoba en el aire, que en el idioma de las veredas es una bienvenida.
El chico de los Salas me miró como se mira un resultado y salió pedaleando cuesta abajo con urgencia de telegrama.
En la vitrina del almacén, la balanza antigua estaba despierta, pesando.
Entré. Dora ataba un paquete y no levantó la vista: las mujeres como Dora no regalan sobresaltos.
—Vengo a pagar una deuda —dije—. Dos naranjas.
Abrió el Rivadavia, buscó mi página sin mojarse el dedo, y ahí estaban, abajo de la raya, con fecha de hace once días. Puse las monedas. Las contó igual, porque la esperanza no la exime a una de contar, y tachó el renglón.
—¿Y el pasaje? —dijo entonces, mirándome por encima de los lentes—. ¿Hasta dónde lo compraste esta vez?
—Hasta acá.
Asintió despacio, como quien confirma un peso, y guardó el cuaderno. No dijo lo que sabía, que era todo: Dora la información no la vende ni la regala. La administra.
Bajé el resto de la cuesta con el viento de frente, y el olor fue llegando por capas: la sal, el diésel, las algas de la bajamar, y abajo de todo, fina, la resina del galpón, ese olor a madera recién herida que tres meses atrás no combinaba con mi carta y ahora combinaba con todo lo mío.
El cartel me esperó donde siempre: ASTILLERO ROLDÁN Y, letras blancas descascaradas, y la tabla clavada encima, tapando lo que seguía. Alguien discutió con ese cartel, había pensado yo la primera noche, y ganó la tabla. La tabla seguía ganando. Le quedaban horas.
En la grada, alta sobre los puntales, la Andariega brillaba con su primera mano de barniz, y el nombre tallado a gubia se veía entero bajo el brillo, como una palabra dicha en voz baja. Me quedé delante un momento, como se mira una carta dirigida a otra sabiendo que es para una.
Ismael estaba en su banco, abajo del alero. Me acomodé a su izquierda, del lado del oído bueno, y se llevó la mano a la visera, despacio, entero, como ante una señora.
—Salió al alba —dijo—. Al norte.
—Al norte fui yo.
—Por eso.
Y no dijo más. Yo todavía hacía la cuenta cuando la voz me llegó desde arriba, desde el borde del techo, exactamente desde donde me había llegado la primera vez.
—Una.
Levanté la vista. Contra el cielo del mediodía, sentada donde siempre: flaca, dientes grandes, el pelo ganándole a todos los peines del hemisferio.
—¿Una qué?
—Una que vuelve. —Se guardó algo bajo el brazo, que yo sabía qué era—. Llevo la cuenta desde el jueves. Ibas cero de una.
Bajó por la escalera del tanque y se me paró a un metro, tomándome las medidas. No me abrazó. Yo no me moví. Entre Uma y yo las cosas nunca se hicieron por el camino blando.
—Te fuiste sin despedirte de mí —dijo.
—Te dejé el dato limpio.
—El dato lo tengo. —Abrió el cuaderno azul en la contratapa y me lo mostró: debajo de empanada n.º 1, buñuelos n.º 2, mostrador n.º 3, con su mejor letra, a lápiz: «Se fue: jueves, autobús de la noche.»—. El dato está bien. La despedida es otra cosa. Las despedidas se deben.
—¿Cuánto te debo?
—Lo pensé seis días. —Se sentó en la punta del banco de Ismael, que se corrió lo justo, como quien le hace lugar a un tribunal—.
Esto: la próxima vez que te vayas, a donde sea, aunque sea por harina, me avisas a mí primero.
A mí. Antes que a él, antes que a Dora. Con fecha y hora. Aunque sea de noche: me despiertas.
—¿Y si no hay próxima vez?
—Entonces la deuda no vence nunca. —Se encogió de hombros—. Mejor. Me gusta tener anotada gente que no vence.
Sacó el lápiz, que estaba mordido hasta la mitad, y yo miré esas marcas de dientes y no pregunté nada, porque hay preguntas que son cobrarle a una nena la culpa de una.
Escribió despacio, con la lengua entre los dientes: «Nina avisa primero a Uma.
Con fecha y hora. Vale todas las veces.» Y me tendió el lápiz.
—Firma.
Firmé apoyando el cuaderno en la rodilla: la firma más seria de mi vida, incluyendo dos con sello de escribano. Nos dimos la mano, seca y solemne.
—¿Y los buñuelos? —dijo.
—Mañana. Y todos los viernes hasta que la deuda quede en cero. Con intereses. Tú llevas la cuenta.
Lo consideró con la cabeza inclinada, le buscó el defecto, no se lo encontró.
—Acepto el plan de pagos. —Y recién entonces, con los negocios en orden, preguntó lo otro—: ¿Volviste entera o de visita?
—Entera.
Escribió en la contratapa, abajo del dato del jueves: «Volvió: lunes.» Después sacó del bolsillo una pluma, la destapó, y se quedó con las dos cosas en la mano, el lápiz y la tinta, mirándome. Yo sabía qué me estaba preguntando: lo que anota no lo borra, y lo pasa a tinta cuando pasa.
—A lápiz —dije—. La tinta se gana.
Asintió una sola vez, conforme, como quien comprueba que la otra también sabe contar.
—Es lo que yo iba a poner. —Guardó la pluma—. ¿Lo viste en la ruta?
—¿A quién?
—A mi papá. Salió a las seis para el norte.
Tú saliste a las seis para el sur. —Dio vuelta el cuaderno, dibujó en un borde dos rayas largas que se cruzaban, y golpeó el cruce con el lápiz—.
Dos líneas que van al revés se cruzan una sola vez.
Pasadas las nueve, arriba del medio. Los autobuses paran, así que más cerca de donde saliste tú. ¿Qué hay ahí?
—Un puente —dije, y me salió sin voz, porque lo había visto pasar dos veces despierta y esta vez lo había dormido entero, con la frente en el vidrio.
—Un puente —anotó Uma, en el punto exacto donde las rayas se cruzaban, y por primera vez en el día se le movió en la cara algo que no era contabilidad—. Se cruzaron y no se vieron. Lo anoto igual. Las cosas que no se vieron también pasaron.
Fue ella la que me llevó hasta el cartel, cuaderno bajo el brazo, y la que me contó lo que yo no sabía, señalando con el mentón.
—Los tornillos están flojos. Los afloja él, hace semanas, un cuarto de vuelta por día, cuando cree que nadie mira. —Pausa—. Yo miro.
Traje la escalera buena y la apoyé contra el marco. Uma la agarró con las dos manos y plantó los pies.
—Yo sostengo. Tú subes. Regla.
Subí. De cerca, la tabla era descarte, gris de veinte años de sol, y los cuatro tornillos la sostenían de costumbre más que de fuerza.
Tres salieron con los dedos, girando solos como frascos bien engrasados, y sentí en las yemas las semanas de ese hombre aflojándolos de a un cuarto de vuelta, día por día, sin decirle a nadie, que es la única lengua que habla fluida.
El cuarto estaba comido y se hizo rogar: lo saqué haciendo palanca con una moneda del vuelto del pasaje, y me pareció justo que la última resistencia la venciera esa moneda y no otra.
La tabla se me vino a las manos con un quejido de madera seca. Pesaba poco. Habían cargado otros el peso.
Y ahí estaba. CAbrAL, entero, más blanco que el resto del cartel porque la tabla lo había guardado del sol veinte años: el apellido recién dicho al lado del apellido gastado. La madera guardó a la madera. Él me lo había contado en la loma y era verdad dos veces.
Usted tenía una regla, don Abelardo: que el cartel no mintiera. Obedeció mientras hizo falta. Ahora la verdad cambió de bando: la que entra y sale todos los días por abajo se llama Cabral, paga sus deudas y no devuelve más cartas. Sáquese la tabla usted también, donde esté.
—¿Esto lo anoto en salidas o en llegadas? —dijo Uma desde abajo, con el cuaderno ya abierto.
—En llegadas. Llegó un apellido.
La tabla la llevamos entre las dos al taller y la apoyamos junto a los medios cascos, donde descansan los que ya hicieron su trabajo.
La camioneta se oyó con la última luz, cuando la sopa ya andaba y el olor había salido a la calle a hacer su propaganda. Conozco ese motor como se conoce un paso en la escalera. Aflojó en la curva, entró despacio, se apagó. Después, nada: el silencio de un hombre juntando el coraje de bajarse.
Bajó. Yo salí al patio, me sequé las manos en el delantal, y lo dejé mirar.
Lo vi ver el cartel. Le llegó de golpe, con lo poco de sol que quedaba en las letras, y se paró en seco a diez pasos, y le pasó por la cara todo lo que a ese hombre no le pasa por la boca: el nombre entero, y yo abajo del nombre, que era, palabra por palabra, lo que me había pedido en la loma.
Su pedido, cumplido tarde y por mi mano, que es como se cumplen los verdaderos.
—Me crucé contigo en un puente —dijo por fin. La voz le salió lijada.
—Me contaron. Yo dormía.
—Ya sé. Te vi la frente en el vidrio. No supe que eras tú. —Tragó—. Sí supe. No me di permiso.
Se acercó y se detuvo a la distancia en que se habla de trabajo. Traía la chaqueta con su peso de siempre en el bolsillo, y no sacó nada, ni papel ni herramienta, y yo eso lo anoté, aunque todavía no sabía qué estaba anotando.
—Te voy a decir una cosa y la vas a escuchar entera —dijo—.
Aquella noche te dije: «¿Sabes qué me pregunté todos estos meses?
Cómo podía ser que nadie, en catorce mudanzas, te hubiera pedido que te quedaras.
Nadie. Ni una vez. Ya no me lo pregunto.
» Eso dije. Con esas palabras, que me las sé porque las medí.
Dos veces, como mido todo, y después corté por donde más se astilla. Sabía dónde. Corté ahí.
—Mateo…
—Déjame terminar, porque esto sí tiene segunda pasada, y tercera.
—Respiró—. No te voy a explicar por qué la dije.
Los porqués son descuentos, y esa frase la quiero pagar a precio lleno.
Lo que vengo a ofrecerte es otra cosa. —Se miró las manos, y después a mí, porque pedir mirando al piso no es pedir—.
Doscientas cuarenta cuotas. Quiero la mitad.
Ciento veinte y ciento veinte, como todo en este galpón desde el cincuenta y uno.
No es regalo ni lástima: esa deuda compró la libertad de este astillero, la mitad del astillero es mía, la mitad de la deuda también.
Me corresponde. Y te pido turno. No respuesta: turno.
Sé esperar sin cobrar la espera. Es lo único que siempre supe hacer, y por primera vez va a servir para algo.
Yo había hecho seis horas de ruta ensayando qué contestar, y como todos mis ensayos, no me sirvió el papel: me sirvió el oficio.
—Te quiero —dije. Primero, porque esa palabra no era la que estaba en discusión y no pensaba dejarla de rehén—.
Volví por lo mío. Y tú, la mala noticia, eres parte de lo mío.
Eso no lo elegí: se cocinó solo. —Me crucé de brazos—.
Pero quererte y perdonarte son dos trámites, Mateo, y hoy abrió una sola ventanilla.
Lo que dijiste me lo dijiste una vez y yo lo escuché mil veces, y todavía me lo sé de memoria.
Así que esto es lo que hay: esta noche cocino y comemos los tres, porque el plato está puesto hace días y las mesas no tienen la culpa.
Después tú duermes en tu casa y yo en la mía, y el patio queda ancho un tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. —No lo dije con crueldad; lo dije con precisión, que a veces se parecen y no son parientes—. Esa es la parte que te toca no saber.
La entendió tan hondo que no contestó, porque nadie sabe mejor que él lo que es vivir con una fecha que otro no le dice. Asintió despacio, a lo presupuesto caro, y me tendió la mano, la derecha, abierta.
—¿Trato? Lo de las cuotas.
Le miré la mano. El pulgar torcido, la palma con sus años de madera. Sabía exactamente lo que yo hacía con ese pulgar, y por eso mismo no la toqué.
—Eso fírmalo delante de Ordóñez, con sello, que los tratos de palabra a nosotros nos salieron caros. —Bajé la voz sin querer—. Las manos todavía no. Las manos son la tinta.
Cenamos los tres en la mesa de tablones, sopa y pan, con Uma poniéndole a mi sopa el número que le tocaba en la contratapa, y no fue una cena triste ni una cena feliz: fue una cena, que después de todo lo que no habíamos cenado era el lujo más grande de la casa.
En un momento, cuando creyó que no la veíamos, escribió algo más, chiquito, en una esquina, y tapó la página con el brazo.
A lápiz. En esa casa, esa temporada, estábamos todos a lápiz, esperando ganarnos la tinta.