Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1) 34 · Mateo
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34 · Mateo

El sábado trabajé. La Andariega pedía su primera mano de barniz y se la di entera, tabla por tabla, con el galpón abierto al mar. No era urgente. Era lo único que tenía forma.

Dora me había dicho: vuelve cuando tengas otra cosa que palabras. Yo tenía un papel doblado en cuatro en la chaqueta, contra el destornillador del abuelo. Pasé una semana entera creyendo que con eso alcanzaba. Que la adivinanza de Dora se contestaba con un documento.

El domingo siguiente, a la noche, Uma puso la mesa. Tres platos.

—Pones tres platos —dije.

—Ya sé. —Acomodó el tercero en el lugar de siempre, del lado de la cocina, donde se sienta la gente que se levanta a revolver—. Es estadística. Las cosas vuelven más si tienen el lugar puesto.

Comimos los dos, con el tercer plato limpio entre ambos como una ventana abierta en invierno.

Y ahí, mirando ese plato, entendí por fin la adivinanza.

Otra cosa que palabras no es un papel. Un papel es una palabra que aprendió a quedarse quieta.

Otra cosa que palabras es un hombre arriba de una camioneta, seis horas al norte, tocando una puerta que no sabe si se abre.

No había nada que llevar. Había que llevarse.

—Mañana voy al norte —le dije a Uma—. A buscarla.

No se sorprendió. Mi hija no gasta sorpresa en lo que ya tiene calculado.

—¿Qué le llevas?

—Papeles. —Me tocó el bolsillo de la chaqueta, solo, sin permiso de la cabeza—. De los que no se muestran.

—Esos son los buenos. —Levantó su plato y el mío. El tercero lo dejó puesto—. Duermo en lo de la tía. Y avísame cómo termina.

—¿Para anotarlo?

—Para saberlo. Anotarlo depende de cómo termine.

Cargué la camioneta esa noche: agua, el termo, la cadena por si el barro. A las cinco y media, cuando bajé al galpón, Ismael ya estaba en su banco, con el primer armado del día sin encender. Nadie le había avisado nada. En este pueblo las salidas se saben solas.

—Cuida el astillero —dije.

—Se cuida solo. Yo cuido la grada. —Y cuando ya arrancaba, golpeó dos veces la chapa de la puerta, del lado de mi oído—: Por la costa. La ruta nueva es más corta y no sirve para pensar.

Salí con el primer gris del alba, cuesta arriba, y en la curva del cementerio el pueblo se me juntó entero en el espejo: el muelle, la rampa, el techo del galpón, la cocina del muelle con su lona puesta.

Lo miré lo que se puede mirar un espejo sin irse del camino.

Después la loma lo tapó, y quedamos la ruta y yo, que es una compañía que conozco de oídas. Yo nunca me voy a ninguna parte.

Del astillero para el norte no conocía casi nada.

Punta Piedras, la maderera, el banco, y de ahí en más el mapa se me terminaba como se les terminaba a los antiguos: en agua dibujada.

Trabajé dos años lejos, de joven, pero fue tierra adentro, y volví por la misma ruta sin mirarla.

Esa mañana la costa se me fue abriendo de a un golfo por vez, playas que no tenían quién las nombrara, pueblos con el muelle de cemento nuevo, y yo manejaba con las dos manos y hacía lo que hago con todo lo que no entiendo: medirlo.

Seis horas. Trescientos y pico de kilómetros. Un autobús que había salido a las seis, como yo, pero hacia el sur.

Eso no lo sabía todavía. Lo supe después, con la cuenta hecha, como sé todo: tarde y completo.

A eso de las nueve la ruta bajó a un arroyo ancho y se angostó en un puente viejo de una sola mano, de esos con las maderas del piso sueltas que hablan al pasar.

Del otro lado venía un autobús de línea, grande, despacio, con el sol de la mañana pegado en todas las ventanillas.

El puente era mío por derecha, pero los puentes viejos tienen otra ley: cede el que puede volver a arrancar más fácil.

Cedí. Me hice a un lado, fuera del asfalto, y el autobús entró al puente con su ruido de tablas contadas.

Pasó a un metro. En la placa del frente, arriba del parabrisas, el destino en letras blancas: PUNTA VIGÍA.

Me quedó una cosa rara en el pecho, del tamaño de una moneda.

Pensé: alguien va adonde yo no estoy. Pensé: todo el mundo llega a mi pueblo menos la que hace falta.

Las ventanillas venían doradas por el sol y no dejaban ver adentro; en una, a la altura del asiento del medio, había una frente apoyada contra el vidrio, una mancha oscura de pelo, alguien durmiendo el viaje como lo duermen los que ya lo hicieron muchas veces. Miré un segundo. Seguí.

Hay cosas que uno mira un segundo y le duran años. Esa todavía no sabía que era una de esas.

El resto del viaje lo gasté en una idea sola, que fue apareciendo despacio, como aparece el agua en una sentina: por goteo y sin pedir permiso.

Yo siempre creí que quedarse era mi oficio.

El que se queda, el que cierra, el que apaga.

Lo decía mi abuelo, lo decía Abelardo con su chiste de cuarenta años, lo decía yo sin decirlo, con la espalda.

Y esa mañana, con la costa desconocida viniéndose de frente, caí en la cuenta de una cosa que no me gustó: treinta y seis años y era la primera vez que salía a buscar a alguien.

La gente se me fue de todas las maneras que existen, y yo no hice nunca un metro detrás de nadie.

Ni uno. Me quedaba, que parecía lo digno, y esperaba, que parecía lo fuerte.

Quedarse así no es un oficio. Es una trinchera con vista al mar.

Apreté el acelerador. La camioneta, que tiene sus años y sus mañas, protestó y después entendió.

Bahía Serena empieza mucho antes de llegar: primero los carteles, después las casas de fin de semana con el pasto cortado a máquina, después un puerto deportivo lleno de barcos blancos e iguales.

Los miré de oficio, sin querer. Cascos de molde, ni una cuaderna, ni una junta.

Barcos que no conocieron astillero. Flotan bien. No es eso lo que les falta.

Uma me había dado el método sin saber que era un método: búscala donde el humo.

Recorrí la costanera despacio, con la ventanilla baja, oliendo.

Nada. Los restaurantes nuevos no largan humo; tienen campanas que se lo tragan y lo sueltan en un techo, ya vencido.

En la terminal pregunté por una cocinera nueva, de las buenas, y un viejo que barría me señaló el puerto deportivo con el mentón: el Espigón, dijo. Ahí comen los de los barcos blancos.

El Espigón tenía ventanales, manteles color arena y una gaviota dibujada en la puerta.

Adentro, el mediodía en marcha. Pregunté por la cocinera en la caja y un hombre prolijo, sin levantar los ojos de una pantalla, me dijo que ya no trabajaba ahí, que se había ido, que si quería mesa. No quise mesa.

En la vereda de atrás, entre cajones de verdura, me alcanzó un muchacho con delantal mojado, secándose las manos. Veintipocos años, cara de bueno.

—¿Usted preguntaba por Nina?

—Sí.

—Se fue hoy. Temprano, con el primero de la mañana. Yo le llevé el bolso hasta la terminal. —Se guardó el trapo en el cinto—. El bolso verde. Pesaba menos de lo que parecía.

—¿Al norte?

—Al sur. —Me miró extrañado, como si el norte fuera una ocurrencia—. Se volvió a su casa.

Los dos nos quedamos un momento con esa frase puesta entre ambos. Él no sabía lo que había dicho. Yo sí.

—¿Dijo así? —pregunté—. ¿«Mi casa»?

—Así dijo. Que se volvía a su casa, que allá debía unos buñuelos.

—Se rió bajito, para él—. Una semana acá y cocinaba como si el Espigón fuera de ella.

El sábado el dueño le ofreció la temporada entera y el domingo renunció.

A mí me dejó su receta de la merluza. Escrita.

—Lo dijo como se dice un ascenso—. Y un consejo: que esta campana nueva no sabe tirar.

Que la de ella es de chapa y tira torcido cuando hay viento sur, y que torcido es mejor, porque el humo torcido te avisa de dónde viene el viento.

Conozco esa campana. La clavaron antes de que yo naciera, en una cocina que estuvo muerta once años y que resucitó una mujer con un rollo de cuchillos. La llamó la de ella. Mi cocina, dijo, a seis horas de mi cocina, delante de un lavacopas, sin saber que la frase iba a viajar.

Me apoyé en la camioneta porque hay noticias que conviene recibir con algo atrás.

—¿A qué hora salió el autobús? —dije.

—A las seis.

Hice la cuenta ahí mismo, contra la chapa caliente. A las seis ella al sur, yo al norte. Dos líneas derechas, una velocidad y media. Pasadas las nueve, un puente viejo de una sola mano, un autobús con el destino en letras blancas, una frente dormida contra el vidrio dorado.

Me había cruzado con ella a un metro. Cada uno por su mano, los dos con el mismo mar de fondo, y el único que cedió el paso fui yo, que llevo toda la vida cediendo el paso y llamándolo firmeza.

No me enojé con la ruta. Las rutas hacen eso: llevan y traen al mismo tiempo, es su único truco. Me enojé un momento conmigo, lo justo, sin desparramar, como se recoge un derrame de aceite: rápido y hasta el borde, porque si no mancha todo lo que venga después.

El muchacho seguía ahí, con las manos coloradas de lavar.

—¿Usted la conoce? —preguntó al fin.

—Sí.

—¿La va a ver?

—Sí.

—Dígale que la merluza me salió. —Se puso serio, como si firmara—. La hice anoche, para mí solo. Salió.

—Se lo digo.

Le di la mano. Me la dio fuerte, a la manera de los que trabajan con agua.

Nacho, dijo que se llamaba, por si ella preguntaba quién avisaba.

Y se volvió a sus cajones, y yo me quedé un momento mirando el puerto deportivo, todos esos barcos iguales cabeceando en fila, y pensé que ella había durado seis días en el único lugar de la costa donde nada estaba hecho a mano. Me pareció una cifra alta.

Cargué combustible en la salida del pueblo. Tanque lleno, el termo con café nuevo, un sándwich que no comí. El sol ya venía de bajada cuando puse la trompa al sur.

Seis horas de ida para no encontrarla. Cualquiera diría que fui a buscar nada. Yo fui a buscar nada y volví con dos cosas, que para un viaje mío es récord.

La primera me la dio Nacho sin cobrarme: se volvió a su casa.

No dijo volvió con él. No dijo lo perdonó.

Dijo a su casa, y la casa era la mía, y no era por mí.

Eso, que otro hombre habría masticado toda la ruta, a mí me fue alcanzando con los kilómetros.

Mejor así. Una mujer que vuelve por un hombre se puede volver a ir por ese hombre.

Una que vuelve por lo suyo, para moverla hay que mover el pueblo entero.

La segunda la aprendí yo solo, en el puente, y la terminé de entender con el sol de frente: que fui.

Tarde, mal, con el papel equivocado en la chaqueta y la persona ya del otro lado del arroyo, pero fui.

Treinta y seis años esperando en la puerta como un perro con razón, y por primera vez la puerta la fui a buscar yo.

Eso ya no me lo saca nadie, ni siquiera si ella no me deja pasar de la grada.

Pasé el puente viejo con las tablas hablando abajo. Esta vez no venía nadie de frente.

Ella ya habría llegado. Habría bajado la cuesta a mediodía, con el bolso verde y el rollo, y el pueblo la habría visto pasar y se habría corrido la voz sin cartero, y a esta hora el almacén, el muelle, mi hija con su cuaderno, el tercer plato puesto.

Todo lo que yo quería estaba seis horas adelante, junto, en el mismo punto del mapa, esperando o no esperándome.

Manejé parejo, sin apuro y sin pausa, como se barniza.

A las casas se puede llegar tarde. Lo que no se puede es equivocar el rumbo.