33 · Nina
La línea termina en Bahía Serena, seis horas al norte, donde la costa se pone mansa y los barcos son de plástico. El chofer apagó el motor en una terminal nueva, de vidrios, y ese silencio de motor apagado fue mi dirección durante los primeros minutos, hasta que conseguí otra.
La otra se llamó El Espigón: un restaurante con ventanales al puerto deportivo, manteles color arena, música tibia de parlantes escondidos.
Pregunté por trabajo a las once de la mañana con el bolso todavía al hombro, y el dueño, un hombre prolijo que llevaba las cuentas en una pantalla, me tomó una prueba: una merluza, haz lo que quieras.
La limpié, la hice a la sartén con mantequilla de limón y alcaparras, y me contrató antes de terminar el plato.
Las cocinas huelen enseguida a quién les falta, y a esa le faltaba alguien desde hacía rato.
Me dieron un cuarto arriba de la cocina, como corresponde a mi biografía, y un delantal con el logo de una gaviota que ninguna gaviota reconocería.
La cocina era buena. Lo digo con justicia profesional: acero nuevo, fuegos parejos, una cámara ordenada, una freidora flamante que todavía no había quemado a nadie.
Todo funcionaba. Los pedidos entraban por una impresora que escupía tickets con un ruido de lluvia corta, y salían por una ventana de acero con campana propia, y entre una cosa y la otra estaba yo, cumpliendo.
Cociné bien toda la semana. Cocino bien hasta dormida; ese es el problema de los oficios que se aprenden con el cuerpo: no te piden que estés.
Las manos hacían el trabajo entero, sazonaban, probaban, corregían, emplataban con la torre de la guarnición bien derecha, y los platos se iban por la ventana de acero y volvían vacíos, que en el idioma de cualquier restaurante del mundo es el elogio mayor.
Volvían vacíos y sin número. Nadie en la historia de la gastronomía les puso nunca número a mis platos, salvo una persona, con un lápiz, en la contratapa de un cuaderno con una ballena dibujada con corrector.
El mozo me traía los elogios de las mesas como se traen las propinas: de segunda mano y algo manoseados.
La señora del cuatro pregunta qué tiene la merluza.
La del siete manda felicitaciones. Yo decía gracias y seguía.
El gyuto era lo único en toda esa cocina que sabía quién era yo, y lo usé toda la semana con una gratitud que no le confesé, porque una tiene su dignidad hasta con sus cuchillos.
Seis días. Doce servicios. Los conté como se cuentan las cosas que no se están viviendo: desde afuera, con la uña.
El sábado a la noche, después del cierre, el dueño se sirvió una copa, me sirvió otra sin preguntarme y me ofreció la temporada entera.
Sueldo fijo, porcentaje de caja, el cuarto sin descuento.
Dijo que hacía años que el Espigón no tenía una cocina así, y lo dijo mirando la pantalla de las cuentas, donde al parecer yo ya era un buen número.
En mi gremio a eso se le llama caer parada.
Catorce mudanzas me enseñaron a reconocer el momento exacto en que una ciudad nueva te acepta: es esto, una copa sin preguntar y un porcentaje.
Dije que sí con la boca. Subí a mi cuarto, que olía a la fritura del día y al mar manso, y me senté en el borde de la cama a contar las propinas de la semana, porque el dinero, desde el jueves de la escribanía, volvía a ser un asunto de monedas y yo tengo doscientas cuarenta casillas celestes que llenar.
La libreta estaba en la mesita, abajo de la lámpara, abierta en la primera casilla, que vence el primero.
Una cuota de una deuda de veinte años se junta con propinas, moneda sobre moneda, y hay que saber hacerlo sin solemnidad, como se junta el pan rallado del fondo de la bolsa.
Yo sé. Es de las pocas cosas que siempre supe.
Hice las dos pilas. La de vivir y la de irme.
Las manos las hicieron solas, en ese orden, alisando los billetes con el pulgar, emparejando los bordes contra la rodilla, la pila de vivir a la izquierda, la de irme a la derecha, un poco más lejos, como se pone lo que no se quiere gastar por error.
Y me quedé mirando la pila de la derecha con los billetes tan bien alisados, tan queridos, y después me miré las manos.
Ese doblez del pulgar sobre el fajo no lo aprendí en ninguna cocina. Se aprende mirando, de chica, desde el borde de otra cama.
Y me acordé de una pregunta que yo había hecho el martes.
Al lavacopas, un chico dulce que se llama Nacho, mientras se secaba las manos: ¿qué hay más al norte?
Él me contestó una lista de pueblos, tres o cuatro nombres con playa, y yo la guardé sin darme cuenta, como se guarda el vuelto.
Eso hice el martes. El martes yo llevaba tres días en Bahía Serena, tenía trabajo, cuarto y cuchillos afilados, y ya estaba juntando pueblos.
Ahí estaba la técnica completa, a la vista, en una cama de pensión: el trabajo conseguido en una mañana, el porcentaje ofrecido, la pila de irme ya alisada, la lista de pueblos guardada.
Irse cuando algo se pone bueno, que es la única hora en que irse parece mérito y no fuga.
Trece años ejecutándola sin mirarla, con una precisión de heredera.
Porque las herencias verdaderas no vienen por escribanía: vienen por las manos, y se cobran solas, y una las paga sin enterarse, cuota por cuota, ciudad por ciudad.
Mi herencia era esa. Un doblez de pulgar y un talento para el asiento siete.
Dejé las dos pilas donde estaban y me acosté vestida, mirando el techo, que era un techo sin claraboya, entero, sano, sin una gotera, por el que no entraba nada de ningún cielo.
Y me quedé hasta muy tarde con los ojos abiertos, haciendo el inventario que no había hecho en seis días porque cocinar bien es un escondite excelente.
No lo había perdonado. Empiezo por ahí porque por ahí empezaba todo, cada noche, desde hacía una semana.
Lo que Mateo me dijo la última noche seguía donde me lo puso, entero, con el filo para arriba, y no pensaba escribirlo aquí ni repetírmelo: mi cabeza lo repite sola y no necesita ayudante.
Hay frases que se pagan en cuotas, como las deudas, y él no había pagado ni la primera.
Eso era un hecho, y los hechos, ya se sabe, a mí me gustan ordenados.
Pero había otros hechos en la estantería, y esa noche los acomodé todos, por fecha de urgencia, como ordena Dora.
El domingo El Espigón no abre al mediodía.
Me levanté temprano igual, con esa lucidez rara de las noches cortas, y caminé hasta la terminal por la rambla, entre gente linda que corría con auriculares, bajo un viento manso que no olía a nada.
Bahía Serena es un pueblo perfectamente amable. No tiene la culpa de nada. Que conste.
En la terminal hay un mapa de la línea atornillado a la pared, con la costa entera dibujada en verde y los pueblos marcados con puntos.
Me paré delante como se para la gente delante de los santos.
La línea subía desde abajo, serpenteando, con todos sus pueblos juntables, y allá al fondo, casi al borde del mapa, había un punto chico con el nombre escrito completo, porque el que hizo el mapa no sabía lo que escribía: Punta Vigía.
Miré ese punto un rato largo, y ahí, delante de un mapa atornillado, terminé de acomodar la estantería.
No volvía por él. Que quede dicho con todas las letras, porque me lo dije así, delante del mapa, moviendo apenas los labios como una vieja que reza: no volvía por Mateo Roldán.
A Mateo Roldán no sabía si volvía. Ese trámite estaba en otra ventanilla, la fila era larga y el que tenía que juntar los papeles era él.
Volvía porque en trece años probé todas las maneras de irme que existen: la digna, la urgente, la alegre, la de madrugada, la de ahora mismo con el delantal puesto. Todas. Quedarme era lo único que no había probado nunca, y una cocinera seria no opina de un plato que no probó.
Volvía porque la mitad del astillero era mía. Mía pagada, mía liberada, mía con recibo doblado entre el gyuto y la chaira. De los lugares propios una no se va así: en todo caso, si algún día hay que echar a alguien, para eso están las dos mitades.
Volvía porque debo trescientos treinta y ocho mil en doscientas cuarenta cuotas, y mi plan de pago, el que le dije a Renzo con la voz firme en un café de terminal, decía en su primera línea: ese año lo voy a pasar cocinando en mi muelle.
Las deudas con número y vencimiento son las únicas que sé pagar, y no pienso pagarla en una cocina donde los platos vuelven sin número.
Y volvía por esto, que lo dejo último porque es lo primero.
Hay un pueblo en el mundo donde dos nenas me gritaron el nombre en la calle.
Fue una tarde cualquiera, en la cuesta de la Avenida del Puerto: Uma y la menor de los Ríos, en bicicleta, sincronizadas como gaviotas.
¡Nina! ¿Mañana hay buñuelos? Y siguieron pedaleando.
En trece años de cocinas me gritaron marchando, mesa cuatro, apura esa fritura.
El nombre, completo y al sol, me lo gritaron una sola vez, en una sola calle, y yo contesté que sí con la mano.
Los buñuelos de esa promesa se deben todavía.
Yo pago puntual. Es lo único que mi madre no me enseñó.
Había, además, un experimento pendiente.
En la contratapa de un cuaderno azul alguien lleva una cuenta con mi nombre, y me explicó el método una vez, con seriedad de laboratorio: anota lo que se va, para saber qué vuelve.
Estoy probando si funciona con personas, me dijo.
Trece años de datos míos decían que no funcionaba, que las personas anotadas no vuelven, que la estadística era una tristeza con renglones.
Yo iba a arruinarle la estadística. Que aprenda temprano, con evidencia, una cosa que a mí me costó trece años y todas las ciudades de la línea: la gente que se va no es un dato cerrado. Algunas somos un número que todavía no terminó de escribirse, a lápiz, esperando pasar a tinta.
Fui hasta la ventanilla. La empleada masticaba algo con cara de domingo.
—¿Adónde?
—Punta Vigía.
Lo busqué en la boca mientras lo decía y no me tembló: salió redondo, entero, con sus dos palabras, como una dirección que una da de memoria.
—¿Ida y vuelta?
—Ida.
Pagué con la pila de irme. Alcanzó casi justa, y me pareció correcto, de una justicia superior a la de los mapas, que esa plata terminara así: gastada en la dirección contraria a su costumbre, hasta el último billete alisado con el pulgar.
La herencia de mi madre, invertida entera en el primer regreso de la familia.
El autobús salía el lunes a las seis de la mañana. La empleada me preguntó si quería elegir asiento, que el coche iba vacío.
—Cualquiera —dije. Y era verdad. Los números de la ida los elige la línea; yo ya no coleccionaba asientos.
Salí de la terminal al viento manso, con el pasaje en el bolsillo de la camisa, del lado donde una guarda lo que no quiere que se arrugue.
Me quedaba una tarde en Bahía Serena: avisarle al dueño, que iba a mirar su pantalla con verdadera pena; dejarle mi receta de la merluza al chico Nacho, que la merecía más que la pantalla; devolver el delantal de la gaviota.
Deshacer en una tarde lo que armé en una semana.
En eso sí tengo práctica: nadie desarma campamentos como yo.
La diferencia era el papel del bolsillo. Trece años compré pasajes de ida para irme, y este también era de ida — de ida como son de ida los barcos cuando vuelven a su puerto: no porque el viaje cambie de nombre, sino porque cambia de dueño el regreso.
Esta vez la que volvía era yo. Y volver, bien mirado, con la mitad de un astillero y una deuda de veinte años y unos buñuelos prometidos, no era volver atrás.
Era la única dirección nueva que me quedaba por probar.