32 · Mateo
El viernes a las ocho y diez sonó el teléfono de la oficina. Yo estaba ahí desde las seis, no trabajando. Estando.
Era Ordóñez, el escribano de Punta Piedras. Voz de leer papeles. Dijo que correspondía notificarme en mi carácter de condómino y que después iba la cédula, pero que prefería adelantarlo de viva voz. Leyó.
Que con fecha de ayer, la señorita Nina Cabral y la firma Costa Nova habían rescindido ante él la promesa de venta.
Que la señorita había abonado al contado la porción inicial de la penalidad: sesenta y dos mil.
Que por el saldo, trescientos treinta y ocho mil, había firmado un reconocimiento de deuda en doscientas cuarenta cuotas mensuales.
Que en virtud de la rescisión, el inmueble quedaba liberado de todo derecho de terceros, sin restricción ni gravamen sobre ninguna de sus mitades.
—Léame la última parte otra vez —dije.
La leyó igual, sin cambiar una coma. Los escribanos releen como llueve el sur: parejo, hasta que entra.
—¿Dejó dicho algo? —pregunté.
—No dejó dicho nada.
—¿Para mi hija tampoco?
—Nada, señor Roldán. —Un papel se movió del otro lado—. Una cosa más. La señorita constituyó domicilio legal a los efectos de las notificaciones. Me pidió que lo asentara como lo dijo. Astillero Roldán y Cabral, Avenida del Puerto sin número, Punta Vigía.
Me quedé con el tubo en la mano hasta que hizo el ruido de colgado.
Roldán y Cabral. El cartel de mi entrada lleva veinte años tapando esa palabra con una tabla.
Ella la declaró domicilio. Delante de un escribano, con la mano en un papel que va a durar más que todos nosotros, dijo que su casa era el nombre entero.
La casa de la que yo la había sacado dos noches antes.
Después hice números, porque es lo que hago cuando no puedo hacer otra cosa.
Sesenta y dos mil: diez años de turnos dobles, cuartos de servicio, propinas en cajas de zapatos.
Me lo había contado ella misma la última noche, con la voz rota, y yo lo oí como se oye la lluvia en el techo de otro.
Doscientas cuarenta cuotas: veinte años.
Terminaba de pagar a los cincuenta y uno.
Pagó la libertad de mi galpón con su local de seis mesas, y va a seguir pagándola hasta los cincuenta y un años, y me enteré por teléfono, de un hombre que cobra por leer.
Se fue, pensé. Pagó y se fue.
Con ese verbo salí a la calle. No me duró la mañana.
Fui al almacén a media mañana, con la lista de siempre y otra cosa que no sabía que llevaba puesta.
Para subir al almacén se pasa por el arranque del muelle.
La cocina estaba fría y con la lona puesta.
Sin fila, sin humo, sin campana. A mediodía iba a seguir igual, y al otro día también: el muelle como era antes, que ya nadie se acordaba de cómo era y ahora íbamos a acordarnos todos, todos los días, a la hora de la fila.
La gente aflojaba el paso al pasar, miraba la lona de costado y seguía.
Nadie me preguntó nada. En este pueblo las preguntas que importan no se hacen: se dejan al lado de uno, como cascotes.
Dora me vio entrar, terminó de despacharle el pan a la mujer de Salas, esperó que saliera y fue hasta la puerta. Dio vuelta el cartelito. CERRADO. En veinte años no le vi hacer eso ni para un velorio.
—Siéntate no te voy a decir —dijo—, porque la silla es para las visitas. Tú vienes a escuchar.
Lo que siguió lo dijo despacio, mirándome, con los lentes puestos, para verme entero.
—El jueves al mediodía vino, me pagó el fiado hasta la última anotación y compró comida para un día de viaje.
Un día, Mateo. La gente que va a empezar de nuevo en otra parte compra para una semana.
La que compró para un día es porque el después le da lo mismo.
Después me pidió un pasaje. Se lo vendí yo, con este talonario, con esta mano.
¿Sabes qué me dijo cuando le pregunté hasta dónde?
"Hasta donde llegue." Eso me dijo, con la voz planchada.
Yo a esa mujer le escuché la voz tres meses, todos los días.
La voz que tenía el jueves la fabricó alguien.
—Se fue —dije.
Fue la única vez que me interrumpió.
—La echaste. —Puso las dos manos en el mostrador—.
Aprende el verbo, que lo vas a necesitar bien conjugado.
A ti nadie te dejó esta vez, Mateo Roldán.
Te lo digo yo, que veo este pueblo entero pasar por esta puerta hace cincuenta años: la mujer vino con la verdad completa y con la plata en un sobre, y salió de tu astillero con un bolso, de noche.
Eso no es alguien que se va. Eso es alguien que echaron.
No dije nada. No había pieza de repuesto para lo que yo había hecho, y presentarme con excusas a ese mostrador era pedir fiado sabiendo que no iba a pagar.
—El lunes pasado —siguió Dora, más bajo— me preguntó cuánto pedían los Míguez por el local de la pescadería.
Para el invierno. Lo quería alquilar cuando el muelle quedara chico.
Seis mesas, me dijo. Ni cinco ni siete: seis.
Y me encargó harina de la bolsa grande para abril.
¿Tú sabes quién encarga harina para abril?
La gente que va a estar en abril. En este pueblo lo sabíamos todos, Mateo.
Lo sabía yo, lo sabía Ismael, lo sabía Olga, lo sabía tu hija con su cuaderno.
El único hombre de la costa que no lo supo el día que había que saberlo la tenía durmiendo arriba de su taller.
Miré el mostrador. Cedro viejo no era. Pino de almacén, gastado en el medio como una tabla de picar. Aguanté ahí los ojos porque en la cara de Dora no se podía.
—¿Y la cara? —dije por fin. Me salió una sola pregunta y fue esa—. Cuando compró el pasaje. ¿Qué cara?
Dora se sacó los lentes, los dejó colgando de la cadena y me miró con los ojos desnudos, que los usa poco.
—Yo las caras las leo como los fiados: sé cuál paga y cuál no vuelve más. —Guardó el talonario abajo del mostrador—. Esa cara era de las que vuelven. Pero no por ti, así que no te acomodes. Si vuelve, va a ser por lo suyo. Lo tuyo lo rompiste tú y lo tuyo lo pegas tú, y no con saliva.
Agarré la lista de la compra, que había quedado en el mostrador como un papel de otro siglo. Dora me la despachó completa, en silencio, y cuando fui a pagar me apartó la mano.
—Esto va fiado —dijo, y lo anotó en el Rivadavia, en mi página, con fecha—. Debe usted, señor Roldán. Acostúmbrese al renglón.
Salí con la bolsa en una mano y el verbo nuevo en la otra. La echaste. Cuesta abajo pesaba más la bolsa. Cuesta arriba, el verbo.
Ismael estaba en su banco de lapacho, abajo del alero, con un armado apagado entre los dedos, mirando la grada donde la Andariega esperaba su turno de barniz. Me paré donde él oye, del lado izquierdo. El galpón tenía silencio de domingo y era viernes.
—Ismael —empecé—. Lo del jueves. Yo…
Se llevó la mano a la visera, despacio, como ante una señora que pasaba, aunque el muelle estaba vacío hasta el fondo.
—Esta se quedaba —dijo.
Se acomodó la gorra y volvió a mirar la grada. Tres palabras. En ocho meses sin cobrar no había gastado ni la mitad.
Me quedé a su lado un rato, mirando lo mismo que él. Y me di cuenta tarde, como me doy cuenta de todo: no me había dicho patrón. Me lo decía desde mis dieciséis años y yo lo odié cada vez. Uno no sabe qué le estaban diciendo hasta el día que se lo sacan.
Entré al galpón y me paré en el medio, con las manos colgando, esas manos que cuando no tienen trabajo son de otro.
Nadie me había dejado. Eso me estuvieron diciendo toda la mañana, cada uno con su herramienta: Dora con el cuchillo, Ismael con la gorra.
La palabra que faltaba la puse yo, que para eso era el dueño del error.
La eché. La primera vez que perdí a alguien me quedé quieto mirando la puerta.
Esta vez empujé yo. Veinte años para mejorar la técnica.
Fui hasta el banco de trabajo. La lija estaba donde está siempre. No la toqué. Lijar es adonde me voy cuando algo me desborda, y esta vez no me correspondía la ida: hay días en que un hombre no se ha ganado ni su propio consuelo.
En cambio subí a la oficina y bajé la carpeta de los papeles.
A la una cargué la camioneta: el título, la sucesión de mi abuelo, el plano de catastro con sus dobleces de cincuenta años, la libreta del banco que ya no asusta a nadie porque no tiene nada.
Manejé a Punta Piedras con las dos manos en el volante y ninguna idea nueva.
La idea era vieja. Tenía dos horas de vida y era la primera en dos días que se dejaba agarrar.
La escribanía de Ordóñez es la misma del papel de dos párrafos, la que le hizo la sociedad a mi abuelo y a Abelardo cuando los dos tenían todo por perder y lo firmaron igual. Tercera generación de firmas, como nosotros de barcas. En este pueblo los oficios que sirven se heredan enteros.
Ordóñez me atendió sin turno. Le dije lo que iba a hacer con las menos palabras posibles, que igual fueron muchas para mí: que quería entrar como codeudor de la deuda de la señorita Cabral. Solidario, liso y llano, o como se dijera más fuerte. Y que ofrecía una garantía.
—¿Cuál?
—Mi mitad del astillero.
Ordóñez se sacó los lentes de leer y me miró con los de ver.
—¿Tiene la conformidad del acreedor?
—Llame.
Llamó. Del otro lado alguien consultó a alguien, y a los diez minutos Costa Nova no se oponía. Nadie se opone a que una deuda tenga dos espaldas. Mientras esperábamos, Ordóñez preparó los papeles sin apuro, y cuando estuvo todo sobre el escritorio, juntó las manos.
—¿Sabe lo que firma? —dijo—. Si la señorita no paga, esto se cobra de su parte del inmueble. Es todo lo que usted tiene.
—Sé leer.
—Leer sabe cualquiera. —Acercó el tintero—. Firmar sabiendo es menos común.
—Es lo primero que firmo sabiendo.
Firmé. La pluma era pesada, de escritorio, atada con un hilo encerado, y la firma me salió como me sale siempre, corta, de entregar presupuestos.
Mi abuelo levantó ese galpón en veinte años de manos rotas.
Yo acababa de ponerlo entero atrás de una mujer que a lo mejor no iba a dirigirme la palabra nunca más.
Hice esa cuenta una sola vez, completa, con todos los números a la vista.
Me pareció barato. Fue la única cuenta del día que me cerró.
—¿Notifico a la señorita Cabral? —dijo Ordóñez, ordenando las hojas—. Tiene domicilio constituido.
Pensé en esa cédula entrando por mi propio portón, con el nombre de ella y el nombre entero del astillero, y yo firmando el recibido de mi propio secreto.
—No.
—¿No?
—Un aval que se muestra es una factura. —Me levanté—. Guárdelo. Si algún día hace falta, que aparezca solo.
Lo anotó sin opinar. Cobran para eso, y esta vez me pareció bien pagado.
Volví con la copia doblada en cuatro en el bolsillo de la chaqueta de trabajo, contra el destornillador de fresno del abuelo.
Un papel y una herramienta, viajando juntos, guardados para días que no dependen de mí.
En la ruta de la costa el sol venía bajando igual que siempre, sin enterarse de nada, como las chapas.
Quedaba lo demás, que era todo. Quedaba Uma, que me hablaba con la cortesía tremenda que le queda a un hijo cuando se le termina la confianza, y esa deuda no tenía escribanía.
Quedaba aprender a decir en voz alta el verbo que me enseñó Dora.
Y quedaba una cosa más, que la pensé pasando la curva del cementerio, donde el pueblo aparece entero de golpe con el galpón al fondo.
En el almacén, detrás de un mostrador, había una mujer que sabía exactamente hasta dónde llegaba la línea. Y me había dicho con todas las letras qué tenía que llevar el día que fuera a preguntárselo: otra cosa que palabras.
Ahora tenía una. Doblada en cuatro, contra el destornillador. No alcanzaba y no era para mostrar. Pero era la primera.