31 · Nina
El cuarto de Olga era el mismo de las primeras noches: la colcha tejida, la ventana a la ruta, el ropero con olor a invierno guardado.
Tres meses para dar la vuelta completa. La diferencia era una sola y no se veía: la primera vez yo dormía con el bolso cerrado por costumbre, y ahora dormía con el bolso cerrado porque ya no quedaba nada en ningún cajón del mundo que fuera mío.
Esperé tres días. Los pasé ordenando: le acomodé a Olga la alacena entera dos veces, le pasé los frascos a la fila de adelante por fecha, le enderecé las latas como se endereza a un ejército sin guerra.
Olga me dejó hacer. Hay mujeres que entienden que ordenar frascos es una manera de no aullar, y ella me cobró la semana justa, sin preguntas, que es el servicio más caro que ofrece su hospedaje y no figura en el precio.
El miércoles a la noche golpeó mi puerta con un nudillo: teléfono. El pasillo olía a lavandina y a cena ajena. La voz de Renzo llegó con estática de ruta.
—El directorio aceptó su propuesta. Siete a dos. —Una pausa exacta, ni corta ni larga—. Mañana a las diez, escribanía Ordóñez, en Punta Piedras, frente a la plaza. Traiga el pago inicial y su documento. ¿Alguna pregunta?
—Ninguna.
—Hasta mañana, señorita Cabral.
Colgué y me quedé con la mano en el tubo, mirando la pared del pasillo, donde Olga tiene clavado un almanaque de una ferretería con los meses ya pasados sin arrancar.
Hice mis cuentas ahí parada, de memoria, que es donde las hice siempre.
Después del jueves me iba a quedar lo que me quedó toda la vida: un pasaje y una semana de nada.
Con ese capital llegué a todas las ciudades donde viví. En mi familia eso se llama patrimonio.
La escribanía Ordóñez está frente a la plaza de Punta Piedras, en una casa de puertas altas, con una chapa de bronce donde el apellido se fue aplastando de tanto lustre. Adentro olía a papel viejo y a cera de piso, ese olor de los lugares donde las cosas se vuelven definitivas.
Renzo ya estaba, sentado de cara a la puerta, como siempre, con una carpeta que no era la gris. Me saludó con una inclinación de cabeza y no dijo nada, porque no había nada que decir que no estuviera por leerse en voz alta.
El escribano Ordóñez resultó un hombre de sesenta años con lentes de leer arriba de los de ver.
Leyó el acta con una voz pareja, de lluvia que no va a parar en toda la tarde: que la señorita Nina Cabral, por una parte; que Costa Nova, por la otra; que la promesa de venta celebrada en tal fecha quedaba rescindida por mutuo acuerdo; que la penalidad pactada se abonaba en este acto en su porción inicial de sesenta y dos mil, y el saldo de trescientos treinta y ocho mil en doscientas cuarenta cuotas mensuales y consecutivas, la primera con vencimiento el primero del mes entrante.
Doscientas cuarenta cuotas. Dichas así, seguidas, en voz de escribano, suenan a condena y suenan a calendario, y yo hace tiempo que no les veo la diferencia.
Puse el sobre del banco sobre el escritorio.
Era el mismo sobre rígido que me dieron en la ventanilla de Prieto, el que cruzó la costa conmigo dos veces, el que durmió tres noches abajo de mi suéter en lo de Olga.
Estaba entero, sin una arruga. Los sobres no se enteran de nada.
Un empleado joven contó los billetes dos veces, con esa velocidad de oficio que en otra vida me habría dado risa, y cantó la cifra, y Ordóñez la anotó.
Firmé el reconocimiento de deuda. Yo había prometido, en un café de terminal, firmarlo con las dos manos. Se firma con una. La otra la tuve todo el tiempo abierta sobre la mesa, quieta, boca abajo, como se calma a un animal que no entiende el trámite.
—¿Constituye domicilio a los efectos de las notificaciones? —dijo Ordóñez, sin levantar la vista.
Había pensado decir el de Olga. Lo tenía preparado, con calle y todo. Y di el único domicilio que tuve en treinta y un años.
—Astillero Roldán y Cabral —dije—. Avenida del Puerto, sin número. Punta Vigía.
La pluma se quedó medio segundo en el aire.
Renzo miró por la ventana, hacia la plaza, con un interés repentino en los plátanos.
Nadie me corrigió, porque legalmente nadie podía: la mitad de ese domicilio era mía, pagada esa misma mañana, y el nombre completo era el verdadero aunque un cartel dijera otra cosa.
Ordóñez lo escribió como lo dije. Se lo vi escribir.
Cabral entró en el papel sin que hiciera falta destornillador.
Después leyó la parte final: que en virtud de la rescisión, el inmueble quedaba liberado de todo derecho de terceros, sin restricción ni gravamen alguno sobre ninguna de sus mitades indivisas.
—¿Puede leer esa parte otra vez? —dije.
Ordóñez me miró por encima de los dos pares de lentes.
—¿Hay un error?
—No. Léala otra vez.
La leyó otra vez, igual, sin cambiarle una coma, porque los escribanos no le tienen miedo a la repetición: viven de que las cosas queden dichas.
Liberado de todo derecho de terceros. Siete palabras de trámite.
Me las guardé como me guardo las recetas buenas: enteras, en el orden exacto, para siempre.
Firmó Renzo por poder, con una firma chica y sin adorno.
Firmé yo. El empleado secó las firmas con un secante de manija, que es la manera administrativa de decir amén.
Me dieron un recibo por sesenta y dos mil y una libreta de cuotas con doscientas cuarenta casillas en blanco, impresa en un papel celeste de una alegría que no venía al caso.
—¿Cuándo se notifica al otro condómino? —pregunté.
—Mañana —dijo Ordóñez—. Por teléfono, y después por cédula. Corresponde.
—Bien —dije.
Podía dejar dicho algo. Un sobre, dos líneas, el porqué de todo. Lo pensé un momento, con la libreta celeste en la mano. Explicarlo era ponerle precio, y lo del jueves no podía tener precio justamente porque ya tenía uno. Así que no dejé dicho nada.
En la vereda, Renzo se puso el saco con dos movimientos y me tendió la mano. Un apretón corto, de cierre de obra.
—¿Qué recomendó usted al directorio? —le pregunté.
—Consta en actas —dijo. Y se fue, derecho, sin apuro, hacia su camioneta, un hombre educado que en toda la temporada no me mintió ni una vez ni me regaló ni una. En su rubro, y en el mío, eso es lo más parecido al respeto que fabrica el mercado.
Me quedé sola en la plaza con un recibo, una libreta celeste y los plátanos dando la sombra de todos los jueves. El mundo tiene esa costumbre y no la va a perder por una: sigue.
El autobús de la tarde me dejó en Punta Vigía pasadas las cinco. Fui derecho al almacén, cuesta arriba, con el bolso quedándose en lo de Olga por una hora más.
Dora estaba detrás del mostrador, con la bata azul y los lentes colgando, pesando fideos para la mujer de Míguez el alto.
Esperé mi turno mirando los estantes que ya me sabía de memoria, el orden raro de Dora que no es alfabético ni de tamaño sino de urgencia.
Cuando quedamos solas puse la plata del fiado sobre el mostrador.
—Vengo a pagar lo que debo.
Dora abrió el cuaderno Rivadavia, buscó mi página sin mojarse el dedo y fue cantando las anotaciones en voz baja, fecha por fecha, como se reza lo que no es rezo.
Sumó. Le pagué hasta la última. Trazó una raya abajo con la birome atada al mostrador, y la raya quedó derecha, porque Dora hasta las clausuras las hace bien.
Compré pan, queso y dos manzanas. Y después dije lo otro.
—Necesito un pasaje. Del norte, el de la noche.
Dora no preguntó nada. Sacó el talonario de la línea de abajo del mostrador, ese talonario con papel carbónico que debe ser el último de la costa, y empezó a llenarlo con su letra de fiados.
—¿Hasta dónde?
—Hasta donde llegue.
Escribió el destino, la fecha, la hora. En la casilla del asiento puso un siete, sin consultarme, y le dio la vuelta al talonario para que yo viera.
—El siete va vacío desde marzo —dijo—. Ventanilla.
No le contesté. La última vez que tuve en la mano un pasaje con ese número lo rompí a lo largo, en un autobús, para sentir el papel resistirse, y me guardé las mitades porque una no tira papeles al piso ni siquiera de su propia vida.
La línea, con tres semanas de atraso, me entregaba el duplicado exacto del viaje que yo había planeado a escondidas.
Los planes rotos no se mueren. Esperan a que una vuelva a tener el dinero justo.
Pagué. Dora arrancó el original con ese gesto suyo de partir pan, y me lo dio, y mientras yo lo guardaba metió dos naranjas más en mi bolsa, sin pesarlas. La vi abrir de nuevo el Rivadavia y anotarlas en mi página, abajo de la raya.
—Van fiadas —dijo.
Yo acababa de dejarle la cuenta en cero. En ese almacén no pasa nada por accidente: setenta y un años y un cuaderno no se equivocan de renglón. No dije nada, porque discutirle era discutirle la esperanza, y a Dora no se le discute ni una cosa ni la otra.
—Adiós, Dora.
—Hasta pronto.
Nos quedamos cada una con su palabra. En eso también era más rica ella.
Desde la puerta del almacén, cuesta abajo, se ve el techo del galpón. Lo miré lo que dura un parpadeo largo. Las chapas tenían el color de siempre. Las chapas no saben nada.
El autobús del norte pasa a las siete y veinte, cuando el pueblo entero está adentro y las ventanas se encienden una por una, cada casa con su cocina andando. Lo elegí por eso. A esa hora Punta Vigía no mira la ruta: mira la sopa.
Me fui de lo de Olga con la cama hecha y la llave en la cerradura, por adentro, sin despedirme, que Olga entiende de temporadas mejor que nadie. En la garita de la ruta esperamos el autobús una gallina ajena y yo, y ninguna de las dos teníamos nada que decirnos.
De Uma no me despedí. Lo decidí en la garita y lo tuve que volver a decidir ahí mismo, dos veces, porque era de esas decisiones que no se quedan decididas.
Toda despedida mía iba a llevar una explicación adentro, y toda explicación una defensa, y defenderme delante de Uma era ponerla a repartir culpas entre su padre y yo con esa balanza suya que no perdona a nadie.
A la observadora oficial del puerto se le deja lo que ella respeta: el dato limpio.
Me fui un jueves, en el autobús de la noche.
Que lo anote así, a lápiz, con su mejor letra.
Lo que el dato no dice no es carga para una contratapa.
Subí. El chofer me marcó el pasaje sin mirarme, bendito sea.
Asiento siete, ventanilla. Acomodé el bolso de lona a mis pies y el rollo de cuchillos parado contra la pierna, como viaja siempre, como viajó por trece años y catorce mudanzas.
Adentro del rollo, entre el gyuto y la chaira, donde vivió doblado el contrato todo el invierno, ahora iba doblado el recibo.
La caja fuerte de mis mentiras quedó guardando la única verdad que me quedaba, y en todo el mundo no había nadie que supiera leerla.
El pasaje nuevo me quedó en la mano. Entero, liviano. Los papeles no pesan por el papel: pesan por lo que una les carga encima, y a este yo no le había cargado nada. Ni por si acaso, ni promesa, ni nombre. Un asiento y una dirección: donde termine la línea.
El motor arrancó la cuesta. Pasó el cartel de la escuela, pasó el tanque de agua, pasó la tapia baja del cementerio con su pasto duro, donde dos socios enterrados juntos seguían discutiendo el orden de los nombres.
En la curva, donde la loma se abre, el pueblo se junta entero por última vez para el que se va: el muelle, la rampa, el techo del astillero, las primeras luces prendidas.
Tres meses atrás yo bajé esta misma cuesta buscando una claraboya encendida entre todas las demás, sin saber todavía que era la mía.
No la busqué. La loma tapó el pueblo de un solo movimiento, sin ceremonia, como se da vuelta la página de un libro que no se terminó de leer.
La ruta siguió hacia el norte, derecha como una raya de lápiz. Yo también. A esa altura de la noche era lo único que sabíamos hacer las dos.