25 · Nina
Bajamos de la loma del cementerio con el sol ya de costado, y en todo el camino de vuelta no hablamos, porque hay pedidos que dejan el aire ocupado por horas, como el pan recién sacado, y hablar encima habría sido desperdiciarlo.
Mateo caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos y esa cara de haber gastado el presupuesto de palabras de un año entero, y yo caminaba con la palabra quédate puesta en el pecho como una brasa envuelta en papel: calentaba y quemaba con la misma mano.
No le había contestado. Él no había vuelto a preguntar. Ese hombre pide una vez, como martilla dos veces: no conoce otra dosis.
Cociné esa noche para los tres en la cocina del astillero, sopa de pescado, y Uma cenó con el cuaderno azul abierto al lado del plato, poniéndole número a mi sopa en el registro de la contratapa.
Después se llevó el pan que sobraba, «para investigación», y cruzó el patio hacia la casa, y quedamos Mateo y yo con la mesa de tablones entre los dos, esa mesa que armaron su abuelo y mi tío con la madera que les sobró de la primera barca, y me pareció que la mesa escuchaba.
Yo tenía la frase hecha. La había amasado toda la tarde, mientras él hablaba con su muerto y me ofrecía un cartel: firmé una promesa de venta antes de conocerte.
Ocho palabras y media verdad de anticipo; el resto podía salir en fila detrás, la penalidad, la carpeta gris, la fecha que me pedían elegir.
Lo tenía decidido así: él lava, yo seco, y cuando me pase la última cuchara, se lo digo.
Los platos son buenos para las confesiones porque le dan a las manos un lugar donde estar.
Me pasó la última cuchara. Abrí la boca.
Y Mateo, que no habla nunca primero, habló primero.
—Mañana empiezo a aflojar los tornillos de la tabla —dijo, mirando el vaso que estaba secando—. Los de arriba están comidos. No quiero que el cartel se raje cuando la saque. Un nombre que esperó tantos años no se destapa de un tirón.
Eso dijo. Con el vaso en la mano, con el lápiz de carpintero atrás de la oreja a esa hora de la noche, planeando con cuidado de cirujano cómo devolverle a mi apellido un lugar que yo estaba por vender.
Y la frase se me murió en la boca. La sentí morirse, en orden: primero perdió el verbo, que era lo que la hacía caminar, después los números, que eran lo que la hacía cierta, y al final me quedó en la lengua una sola palabra suelta, firmé , sin nada alrededor, como un clavo sin tabla.
La tragué con el resto del café. Bajó raspando.
—Los tornillos comidos se sacan con calor —dije, en cambio, con mi voz de todos los días, esa voz redonda que es lo peor que tengo—. En las cocinas lo hacemos así.
—En los astilleros también —dijo él, y casi sonrió, y colgó el repasador de su clavo, y yo entendí que acababa de gastar mi turno de decir la verdad en un consejo sobre tornillos.
Subió al altillo cuando la ventana de Uma llevaba un rato apagada. Yo lo esperaba sentada en la cama de hierro, todavía vestida, y no fingí que no lo esperaba, porque esa mentira por lo menos ya no la usábamos.
La primera vez que nos desnudamos, semanas atrás, habíamos sido dos apurados: todo fue rápido y a tientas y con la ropa a medio sacar, un descubrimiento con los ojos cerrados.
Esta vez no. Esta vez él cerró la escotilla del altillo con la calma de quien cierra su propia casa, y se sentó a mi lado en la cama, y me sacó el lápiz del pelo como quien abre un regalo que ya sabe lo que trae, y el pelo se me vino abajo y él lo miró caer con una atención de oficio, como si midiera algo.
—¿Sí? —dijo. Lo dice siempre. Una sola palabra, antes de tocarme, cada vez, como si el permiso de ayer no alcanzara para hoy. La primera vez me pareció ceremonioso. Ahora sé que es lo más parecido a un poema que este hombre va a decir en su vida.
—Sí —dije—. Ven aquí.
Nos desvestimos despacio y sin ayuda, cada uno lo suyo, que es la manera de la gente que ya se conoce el cuerpo: sin estreno, sin espectáculo.
Yo ya sabía dónde mirar. La cicatriz que le cruza las costillas del lado izquierdo, de una escora que se soltó hace años.
El pulgar torcido, que de noche parece más torcido.
Los hombros con marcas de sol viejo. Él me conocía la quemadura de la freidora en el antebrazo, que fue lo primero que me besó, todavía sentados, la boca apoyada en la piel arrugada, sin ningún comentario.
Me acostó con las dos manos, como acomoda la madera buena, y me fue besando con ese método suyo exasperante y perfecto, sin apuro, el cuello, el pecho, el vientre, cada lugar el tiempo que el lugar pedía, y cuando bajó más yo dejé de tener opiniones sobre su método.
Conocía mi cuerpo mejor que algunos que lo habitaron años.
Sabía dónde la paciencia y dónde no. Me sostuvo las caderas con las dos manos abiertas mientras me deshacía la compostura con la boca, y yo me agarré del barrote de hierro con una mano y de su hombro con la otra, y terminé la primera vez así, tirando de él hacia arriba, diciéndole ven, ahora, así no, contigo.
Vino. Entró en mí despacio, mirándome, con el peso repartido en los codos, y los dos soltamos el aire al mismo tiempo, ese aire que no es de esfuerzo sino de llegada, el suspiro de la llave que gira en su cerradura.
Nos movimos sin estreno y sin apuro, encontrando el ritmo al primer intento porque ya era nuestro, mi talón en la corva de su rodilla, su boca en mi sien, el catre de hierro protestando bajito con su voz de óxido, y afuera el mar de siempre contra la grada, llevando el compás como un empleado viejo.
Y entonces me pasó la cosa nueva. La cosa que no me había pasado nunca, en ninguna cama, en ninguna ciudad.
Me descubrí pensando en mañana.
No en irme. No en la puerta, no en la ruta, no en ese metro de aire que yo siempre dejo entre mi cuerpo y cualquier abrazo, el espacio por donde salir sin despertar a nadie.
Pensé, con Mateo adentro de mí y su respiración en mi pelo, en el desayuno.
Pensé en los tornillos comidos del cartel y en que había que comprar aceite penetrante en lo de Dora.
Pensé en la temporada próxima, en dónde pondríamos las mesas cuando la cocina del muelle quedara chica, en enseñarle a Uma a amasar hojaldre en invierno, que es cuando el hojaldre sale bien.
El futuro. Estaba en el presente más presente que existe, con el cuerpo lleno, y pensaba en el futuro como quien piensa en su casa.
Toda mi vida hice lo contrario. Toda mi vida estuve en las camas como se está en las estaciones: presente pura, viva y lista, con el bolso hecho dentro de la cabeza. Es un automático viejo, pulido mudanza por mudanza. Esa noche no arrancó. Busqué el bolso dentro de mi cabeza y no estaba.
—¿Dónde te fuiste? —dijo Mateo contra mi oído, quieto de golpe, porque lo nota todo con las manos.
—A ninguna parte —dije, y era la primera vez en mi vida que esa frase era verdad—. Ese es el problema.
Me miró sin entender, con el pelo caído sobre la frente, y yo le agarré la cara con las dos manos.
—Pídemelo otra vez —dije—. Lo de la loma. Pídemelo aquí.
Entendió. Tardó un segundo, y le vi pasar por la cara el costo de pedir dos veces, que para él es como martillar con la mano abierta. Lo pagó.
—Quédate —dijo.
—Sí —dije yo.
Y después no hubo más frases enteras, hubo su nombre y el mío y ese idioma sin gramática que ya teníamos, y terminamos casi juntos, él con la cara escondida en mi cuello, yo mirando la claraboya, y por la claraboya el pedazo de cielo que me tocaba, y hasta el cielo parecía haberse quedado quieto.
Dije que sí con la boca contra su pelo. Dos letras. Y a tres pasos de la cama, colgado de su clavo, dentro del rollo de cuchillos, planchado entre el gyuto y la chaira, el papel esperaba con la paciencia infinita de las cosas firmadas.
Se durmió como se duermen los hombres que trabajan con el cuerpo: sin trámite, de un escalón.
Yo me quedé mirando la estufa hasta que las brasas se pusieron serias, y después me levanté sin ruido, me puse su camisa de franela porque estaba más cerca que mi suéter, y me senté a la mesita coja bajo la claraboya con un lápiz y el papel de estraza de envolver el pan.
Hice las cuentas como se limpia un pescado: sin asco y sin esperanza.
Sesenta y dos mil. Diez años de trabajo en cocinas ajenas, dormida en cuartos de servicio, guardando propinas en cajas de zapatos.
El local que iba a tener algún día, con mi nombre en la puerta y sillas que no combinaran.
Lo escribí arriba de todo, sin lágrimas, porque el papel de estraza no absorbe.
Debajo, lo demás. El rollo de cuchillos, vendido entero: los conocía uno por uno y sabía lo que valían para otro cocinero.
Todos menos el gyuto. El gyuto no, porque tiene la medida de mis dedos tallada por un hombre que se pasó una noche pidiendo perdón, y hay objetos que ya no son objetos.
Lo que me debía mi último patrón de la costa, que no pensaba pagarme y me iba a pagar: sé plantarme en una puerta hasta que pagarme salga más barato que verme.
Lo que un banco le presta a una cocinera sin domicilio fijo, que es poco, caro y con cara de lástima.
La lata de té de la cocina del muelle no la anoté: esa plata era del astillero, de Ismael, del pueblo, y hay mugre que una no se pone en las manos ni ahogándose.
Sumé. Miré el total. Miré la distancia entre mi total y los cuatrocientos, que era la distancia entre un bote y la luna.
Y no me importó. Eso fue lo raro, lo nuevo, lo que me tuvo un rato quieta con el lápiz en el aire: no me importó.
Iba a ir con todo lo que tenía y con todo lo que no tenía, iba a ofrecer cuotas, años, la vida en cómodas mensualidades.
La gente paga veinte años una casa. Yo iba a pagar veinte años una puerta: la diferencia es que la mía tenía la gente adentro.
Que el hielo dijera que no. Pero me lo iba a decir a la cara, con mi oferta sobre la mesa, y yo por primera vez iba a estar del lado de la mesa que había elegido.
Elegí. A las dos de la mañana, en una camisa ajena, con un lápiz de cocina. Nadie lo vio. Los papeles importantes de mi vida siempre se firmaron así, de noche y sin testigos; al menos este era mío.
Quedaba la otra mitad, la de contárselo, y ahí hice la trampa que me sabía de memoria, la única trampa que me quedaba: después.
Cuando estuviera hecho. Cuando la rescisión tuviera sello y el peligro fuera un cuento, se lo contaría todo una noche como se cuentan las tormentas viejas, mira lo que casi pasa, mira de lo que te enteraste tarde, y él se enojaría con derecho, y yo aguantaría el enojo con el astillero a salvo en la otra mano.
Contárselo ahora era clavarle el miedo sin darle la herramienta.
Eso me dije. Lo escribo como me lo dije, sin mejorarlo, porque así son las trampas que funcionan: parecen misericordia.
Doblé el papel de estraza en cuatro y lo metí en el fondo del bolsillo de mi delantal colgado. Y entonces, en vez de volver a la cama, hice la otra cosa.
Saqué el bolso de lona de abajo del catre, despacio, para no despertarlo, y lo abrí, y por primera vez en catorce mudanzas y trece años lo deshice del todo.
La ropa entró en dos cajones de la cómoda coja que alguien arrimó al altillo hace décadas y que yo llevaba meses usando de mesa de luz sin abrirle nunca los cajones, como si abrir un cajón fuera firmar algo.
Doblé cada prenda con el doblez compacto de la gente que empaca rápido, pila por pila, y los cajones se cerraron con un ruido de madera hinchada, el ruido de una casa tragando.
Al fondo del bolso quedó un solo papel: el pasaje de autobús comprado por si acaso, con su fecha abierta y su letra chica.
Lo tuve en la mano un rato largo. No lo rompí.
Trece años no se rompen en una noche, y mentirme a esta altura habría sido un lujo.
Lo dejé donde estaba, solo en el fondo de la lona vacía, y colgué el bolso de su clavo, y el bolso quedó colgado con la forma floja de las cosas que ya no tienen trabajo.
Me metí en la cama por el lado de la pared. Mateo, dormido, hizo ese medio giro suyo y me pasó un brazo por encima, pesado y caliente como un tablón al sol, y yo me quedé mirando la claraboya con los ojos abiertos.
Mañana, la ciudad. La oferta sobre la mesa. Todo lo que tenía contra todo lo que faltaba.
Me iba a quedar. Solo faltaba comprarle mi permiso al hielo.