26 · Mateo
La mañana empezó bien. Eso también hay que decirlo. Las mañanas que terminan mal empiezan como cualquiera; nadie te avisa con el café.
Ismael estaba en su banco de un tablón, a la sombra del casco, de mirador.
Desde ahí dirige sin levantarse: un dedo para lo que está torcido, la visera para lo que está bien.
El chico de los Salas lijaba la segunda barca, la de los Míguez, despacio y parejo, aprendiendo que lijar no es sacar madera sino escucharla.
En la grada, el balandro con dos manos de fondo nuevo.
En el muelle, el fuego de Nina ya andaba: se sabía por el olor, pan y humo de cedro, que ahora es el olor que tiene la palabra mañana.
Yo estaba en la entrada, con la escalera apoyada en el cartel, aflojando los tornillos de la tabla.
Aceite penetrante, paciencia, un cuarto de vuelta por vez.
Los de arriba estaban comidos, como pensé.
Cuarenta años apretados en el mismo lugar; nadie sale entero de eso.
No pensaba sacar la tabla todavía. Solo dejarla lista, para que el día que hubiera que sacarla saliera sin romper el nombre de abajo.
Anoche ella dijo que sí.
Lo pensé ahí arriba, con el destornillador en la mano, y me obligué a seguir con el tornillo, porque un hombre contento en una escalera es un accidente esperando turno.
El auto entró a la explanada a las diez y veinte. Chico, color arena, polvo de ruta hasta las manijas. No lo conocí. Conocí la manera de estacionar: lejos del portón, derecho, con la trompa hacia la salida.
Bajó una mujer y el cuerpo la reconoció antes que yo. Las manos me avisaron: se cerraron solas sobre el destornillador.
Camila.
Dejó el motor encendido. Se quedó parada junto a la puerta abierta, mirando el galpón, el cartel, a mí arriba de la escalera. Cinco años. Después estiró el brazo dentro del auto y apagó el motor, y ese gesto fue toda una carta de presentación: venía con la retirada preparada y decidió no usarla.
Bajé la escalera. Peldaño por peldaño, sin apuro. No por calma. Porque necesitaba los peldaños para pensar y eran solamente seis.
No nos dimos la mano. Hay gente con la que ya no se sabe qué se hace con las manos, y todo el resto de la vida es administrar eso.
—Mateo.
—Camila.
Se la veía bien. Lo digo sin vuelta: se la veía entera, dormida, sin ese temblor de fondo de los últimos tiempos, y me alegré con una parte vieja del pecho que ya no tiene uso pero sigue ahí, como la maquinaria que uno no vende porque todavía arranca.
—¿Está Uma? —dijo, y se corrigió en el aire, con esfuerzo, como quien cambia de agarre a mitad de levantar un peso—. No. Perdón. No vine a verla así. Vine a preguntarte cómo se hace para verla. Si se puede. Tú primero.
Eso era nuevo. La Camila que yo conocí pedía perdón después. Esta traía el perdón puesto de antes, gastado de ensayarlo en la ruta.
La llevé al banco largo de la entrada, el que mira al mar. No adentro. Adentro estaba el trabajo de todos y esta conversación era mía. Nos sentamos con medio metro en el medio, ese medio metro que las parejas viejas conocen mejor que el abrazo.
—Estoy en la ciudad —dijo—. Mismo barrio, otro departamento.
Trabajo en una distribuidora, hace tres años, la misma.
Alquilo a mi nombre. Duermo. —Hizo una lista, corta, con pausas.
Entendí que era su manera de mostrar papeles: no me está yendo bien, me está yendo estable, que es mejor—.
No vine a pedirte nada a ti. Vine a pedirte permiso, que es distinto.
—¿Para qué exactamente?
—Para conocerla. —Le salió sin adornos, y le tembló apenas el final—.
No para recuperarla. Recuperar es una palabra de cosas, y ella no es una cosa y yo no la perdí: la dejé.
Lo sé decir, Mateo. Me costó años saber decirlo.
No te voy a discutir nada de lo que hiciste tú, que fue todo lo que yo no hice.
Quiero una hora. Donde ustedes digan, como ustedes digan, con quien ustedes digan.
Y si ella dice que no, es no, y vuelvo a la ciudad y lo intento el año que viene, y el otro.
Hablaba mirando el mar. Yo miraba el suelo de la explanada, tierra apisonada, cuarenta años de pisadas. Pensé despacio, que es lo único que sé hacer con la cabeza.
No estaba enojado. Eso era lo raro. Busqué el enojo por costumbre, como se busca la herramienta en el cinto, y no estaba.
Había otra cosa en su lugar, más incómoda: estaba de acuerdo.
Una nena tiene derecho a mirarle la cara a su madre y decidir ella.
Ese derecho no era mío. Yo solo era el que cuidaba la puerta.
—Trajiste algo —dije. Lo había visto por la ventanilla: un paquete envuelto, en el asiento de atrás.
—Sí. —Se miró las manos—. Y no lo voy a bajar del auto. Ya sé lo que parece un regalo el primer día. Parece un precio.
—¿Dónde estás parando?
—En lo de Olga, en la ruta. Tomé el cuarto por tres noches. —Una pausa—. No porque piense que en tres noches se arregla. Porque no quiero que nadie piense que vine a quedarme a vivir en la puerta.
Todo lo decía así: con el retroceso ya calculado, como quien suelda con la máscara puesta. Años de pensarlo. Se notaban los años. Eso fue lo que más me costó de toda la mañana: que lo difícil no era tenerla enfrente. Lo difícil era que lo estaba haciendo bien.
—No decido yo —dije al final—. Decide ella. Se lo digo hoy. Si dice que sí, es con sus condiciones, y te aviso que tiene condiciones para todo: es de la familia.
Camila se rió. Corto, por la nariz, con los ojos llenos. No le miré los ojos más de lo necesario. Hay cosas que un hombre no tiene derecho a mirar de cerca, y una de esas es lo que le cuesta a otro su propia culpa.
—Una cosa más —dijo, ya de pie—. Me dijeron en lo de Olga que hay una mujer en el astillero. La de la cocina del muelle.
—Nina —dije. El nombre solo. No le puse nada alrededor porque no hacía falta: se ve que la voz lo puso todo, porque Camila asintió despacio, dos veces, como quien confirma una medida.
—Bien —dijo. Y después, bajito, ya girando hacia el auto—: Este lugar era muy silencioso. Está mejor con olor a pan.
Se fue como estacionó: derecho, sin apuro, con la trompa ya lista hacia la salida.
Me quedé en la explanada hasta que el polvo bajó.
Después volví a la escalera, subí los seis peldaños y me encontré con el destornillador en la mano frente al tornillo flojo, sin acordarme de qué iba a hacer con él.
Apretar o soltar. Un cuarto de vuelta para cada lado. La misma herramienta.
A Uma se lo dije a las seis, en la mesa de tablones, con la leche con chocolate que ya no toma en invierno pero esa tarde pedí igual, porque los anuncios grandes van con algo caliente. Se lo dije en su idioma: derecho, sin preparación, sin diminutivos.
—Vino Camila. Tu madre. Está parando en lo de Olga. Quiere verte una hora. Dice que si tú dices que no, es no.
Uma dejó la taza. Miró la mesa. Yo esperé el silencio de dos segundos, el suyo, el de las cosas serias.
Duró más de dos segundos. Duró tanto que el galpón entero se puso a hacer ruidos chicos para llenarlo, la chapa enfriándose, el mar allá abajo.
—¿Cómo es? —dijo al final.
—¿Cómo es qué?
—Ella. —Me miró de frente, con la cara lisa, sin nada, esa cara que pone para negociar helados y que yo sé lo que cuesta sostener—. No me acuerdo. Tenía tres. Nadie se acuerda de cuando tenía tres.
Lo dijo rápido y mirándome fijo, y el cuaderno azul estaba ahí, al lado de la taza, y no lo abrió.
Mi hija le pone número a todo lo que le importa: ballenas, comidas, deudas.
El cuaderno se quedó cerrado, con las dos manos de ella encima, quietas, como se sujeta una tapa para que no se levante sola.
Mi hija anota lo que se va para saber qué vuelve.
Camila todavía no había entrado en ninguna columna.
—Es tranquila —dije—. Habla bajo. Piensa antes.
—¿Está enferma?
—No.
—¿Se va a morir?
—No que yo sepa.
—Entonces no es por eso que vino. —Asintió para sí misma, descartando hipótesis, con método—. ¿Te pidió plata?
—Uma.
—Es una pregunta de la lista —dijo, sin disculparse—. Tengo una lista.
—No pidió plata. Pidió una hora.
Se quedó rumiando eso. Le vi hacer la cuenta que hace con las mareas: cuánto sube, cuánto baja, qué se lleva.
—Una hora —dijo—. Está bien. Pero en la cocina de Nina. En el muelle, con gente, un día de clientes. No en casa. En casa no.
—Puede ser.
—Y va a estar Nina. Cocinando, no de visita. Yo la ayudo, como siempre. Camila puede sentarse y tomar algo, como todos. Si me quiero ir, me voy a contar la lata y nadie me pregunta nada.
Ahí estaba: mi hija diseñando el encuentro con su madre como se diseña un fondeo.
Con escape. Con testigos. En el territorio de la única mujer que se le acercó en cinco años sin pedirle nada a cambio.
Todo lo que yo no sabía cómo armar, ella lo armó en cuatro frases, y me tocó a mí el trabajo fácil y horrible de decir que sí.
—Mañana entonces —dije—. Le aviso.
Uma agarró la taza, tomó un trago largo, y cuando la bajó tenía otra pregunta. La hizo con la misma voz de todas las otras, y por eso entró tan profundo: sin filo, plana, de trámite.
—Papá. Cuando yo preguntaba por ella. Al principio, cuando preguntaba. —No se le movió la cara—. ¿Ella preguntaba por mí?
El galpón entero se quedó sin ruidos chicos.
Yo sé mentir poco y a mi hija nada, y ella lo sabe, por eso me pregunta a mí y no a Dora. Busqué algo que fuera verdad y sirviera. No encontré. La verdad era que en cinco años hubo dos llamadas por papeles y un silencio del tamaño de una nena creciendo.
—No sé —dije.
—Averígualo —dijo Uma—. Antes de la hora.
Y si preguntaba, quiero saber cuántas veces.
—Se bajó del banco, agarró el cuaderno cerrado y se fue para la casa, y en la puerta del patio se dio vuelta—: No es para pelearla.
Es para saber con cuánto viene ella y con cuánto vengo yo. Los tratos parejos empiezan así.
Catorce mudanzas tiene Nina. Ocho años tiene mi hija. A veces no sé cuál de las dos aprendió antes a protegerse el pecho con un contrato.
De noche bajé al muelle con la lija fina y le pasé una mano al banco largo de la cocina, el de los clientes.
Tenía una astilla levantada en la punta, del lado del mar.
Hacía meses que la tenía. Nadie se clavó nunca; todos le sacan el cuerpo sin mirarla, como el pueblo entero a las cosas que van a doler.
Mañana ahí se iba a sentar Camila, a un metro de mi hija, con Nina de guardia detrás del fuego.
Lijé la astilla hasta dejar la madera lisa.
Después seguí lijando un rato más, sin motivo, que es lo que hago cuando lo que está flojo no es de madera.
El pueblo dice que la gente no vuelve. Lo dijo años, conmigo adentro.
Y ahora la gente volvía: volvió una que se fue, y la que llegó de afuera anoche dijo que se queda.
Tendría que haber estado contento. Algo estaba, incluso.
Pero un hombre que pasó la vida amarrado a puerto sabe leer el agua, y el agua decía otra cosa: que todo lo que vuelve confirma que irse existe.
Que se puede. Que la puerta que yo daba por tapiada abría para los dos lados, y por esa puerta ahora entraba y salía gente, y yo había puesto a mi hija y el resto de mi vida a dormir al lado de esa puerta.
Guardé la lija. Me quedé un momento con la mano abierta sobre el banco, midiendo sin necesidad, por oficio.
Desde el temporal, el piso de este puerto no se había movido. Las columnas secas, la raya de sal vieja, todo firme, todo en escuadra. Esa noche, parado en mi propio muelle, con las dos manos quietas, lo sentí moverse. Un dedo. Quizás menos.
Pero yo estuve la noche del balandro, y sé lo que pesa ese dedo.