24 · Mateo
Hay conversaciones que no se pueden tener a nivel del mar. Lo sé desde antes de saber que lo sabía. Las cosas grandes, en mi familia, siempre se dijeron cuesta arriba: caminando, con el viento en contra, con las manos ocupadas en algo. A nivel del mar se trabaja. Para lo otro, se sube.
El domingo cerré el galpón a mediodía. Uma almorzaba en lo de su tía, que era parte del plan, aunque el plan lo hubiera armado Emilia sin consultarme, que es como arma todos sus planes.
Cargué en un bolso el aceite de lino, un pincel, la gubia chica y un trapo, y cuando Nina bajó del altillo le dije:
—Trae abrigo. Vamos a la loma.
—¿A qué?
—A hacer mantenimiento.
No preguntó más. Ese es uno de los talentos de Nina que nadie le festeja: sabe cuándo una respuesta corta no es una puerta cerrada sino una puerta que todavía está en la garlopa.
El cementerio de Punta Vigía está en la loma este, mirando la bahía, detrás de una tapia baja que el viento saltó siempre sin esfuerzo.
No tiene árboles, porque en esta loma no aguanta ninguno: tiene matas de espinillo y ese pasto duro y corto que crece donde nada más quiere el puesto.
Las tumbas son sencillas, piedra y cemento, muchas con el mismo apellido repetido en filas, como amarras de una misma flota.
Desde arriba se ve el puerto entero: la rampa, el muelle, el techo de chapa del astillero y, si uno sabe dónde mirar, el cartel de la entrada, chico como una estampilla.
La tumba de Abelardo está en la fila de arriba, al lado de la de mi abuelo.
Se compraron los lugares juntos, en los años buenos, discutiendo el precio a medias como discutieron todo durante cuarenta años.
No tiene cruz. Tiene una tabla de lapacho, parada, con el nombre y los dos años tallados a gubia.
La hice yo, la semana que murió, en una noche, porque las manos me pedían un trabajo y era el único que quedaba por hacerle.
Me arrodillé, saqué el trapo y empecé por limpiar la tabla. Después repasé las letras con la gubia, donde el sol las venía comiendo, y les di aceite de lino con el pincel, despacio, a favor de la veta. Las letras se mantienen como los barcos: un poco cada año, o de golpe ninguna.
Nina se acuclilló del otro lado de la tumba y me miró trabajar. No dijo nada durante un rato largo. Después dijo:
—Nunca vine.
—Ya sé.
—Dos meses viviendo a diez cuadras y nunca subí. —Se abrazó las rodillas—. No sabía qué le iba a decir.
—No hace falta decirle nada. —Mojé el pincel—. A los muertos se les habla trabajando. Como a los vivos, pero contestan menos.
Se rió bajito, con esa risa suya de cocina que aquí arriba sonaba distinta, más chica, más de verdad. Y entonces, porque para eso habíamos subido, aunque ella todavía no lo supiera, dejé el pincel en el frasco y me senté en el pasto duro, de frente a la bahía, y empecé por donde se empieza.
—Te voy a contar la historia del astillero. La de verdad. La que no está en ningún papel.
—En la oficina hay una fotografía. La viste.
—Los dos hombres y la barca —dijo Nina—. Nadie sonríe.
—En esa época salir sonriendo en una foto era de vago.
—Me acomodé—. El de la izquierda es mi abuelo.
Joaquín. El de la derecha es tu tío, con veintitrés años y el pelo todavía de alguien.
Mil novecientos cincuenta y uno. La barca de atrás es la primera que hicieron, y la hicieron antes de tener el galpón: la armaron en la playa, con una lona por techo, y tardaron un año y medio porque el temporal les volteó la lona dos veces y una vez el banco les dijo que no, que ya en esa época el banco decía que no.
»Mi abuelo ponía las manos. Eso lo sabe todo el mundo.
Lo que ya no sabe nadie es que Abelardo ponía el ojo.
Abelardo dibujaba. Miraba el agua y sabía qué casco quería esa agua.
Los medios cascos del taller, esos que Uma mira desde la puerta, no son adorno: así se proyectaba antes, en madera, a escala, con las manos.
Mi abuelo decía que él solo era un carpintero, y que carpinteros hay muchos.
Astillero hubo cuando se juntó con un hombre que veía barcos donde los demás veían tablones.
Nina escuchaba con la quietud con que revuelve lo que no se puede dejar de revolver. No la apuré. Esta historia tiene sus tiempos, como el aceite.
—La sociedad la firmaron en un papel de dos párrafos que hizo el escribano viejo de Punta Piedras.
Mitad y mitad. A partes iguales, hasta en las pérdidas, que fue lo que más repartieron los primeros años.
Y el resto no se firmó: se dijo. En esta costa, en esa época, un apellido puesto al lado de otro en un cartel era más contrato que cualquier papel.
Para el orden de los nombres lo echaron a la moneda.
Perdió Abelardo. Dijo toda la vida que la moneda estaba cargada, y mi abuelo toda la vida le contestó que la moneda la había puesto él, así que sabría.
»La primera barca salió sin nombre, porque no se pusieron de acuerdo en un año y medio.
Al final el cliente le puso el nombre de su mujer y quedaron conformes los dos, porque no había ganado ninguno.
Y con las sobras de esa barca, con los recortes que no daban ni para un banco, armaron una mesa.
Una mesa de tablones, pesada, mal lijada, para comer los tres, ellos dos y la lona.
—La miré—. Es la mesa donde cenas todas las noches.
Nina bajó la vista a sus manos, y le vi hacer la cuenta, y la cuenta le llegó adonde llegan esas cuentas.
—Los Cabral se fueron yendo —seguí, porque ahora venía la parte del trabajo—.
Tu abuela Elisa se fue de este pueblo antes de que yo naciera.
Abelardo le hizo un medio casco de despedida, está en el taller, con el año en la base.
En esta familia los medios cascos son eso: lo que se le hace al que se va, la mitad que se queda.
Se fueron todos, de a uno. Él no. Él decía que en toda familia que se va tiene que haber uno que se quede, para que los demás tengan de dónde irse.
Lo decía como un chiste. Los chistes que un hombre repite cuarenta años no son chistes.
Me quedé mirando la bahía. Lo que seguía lo había contado cero veces en mi vida. Se notó, supongo, porque me salió más lento.
—Yo tenía dieciséis años cuando llegó la tercera carta devuelta.
Yo estaba en el galpón. El viejo la miró, la puso en el cajón con las otras dos, sin decir nada, y agarró una tabla de descarte y la escalera.
Yo le sostuve la escalera porque no entendía qué iba a hacer y cuando entendí ya estaba hecho: tapó su propio apellido con cuatro tornillos.
Le pregunté por qué. Me dijo: «Un apellido que no viene, no se cuelga en la puerta.
Que el cartel no mienta.» Y se bajó, y me devolvió el destornillador, y me corrigió una junta que yo tenía mal, porque la vida sigue siempre por el lado de las juntas.
»Después, cuando murió, la tabla quedó. Yo la miré mil veces.
Sacarla era decidir por él, y dejar de mirarla no supe.
Más de un año lleva ahí desde que él no está.
Veinte años en total. La palabra está entera abajo.
La madera guardó a la madera: la vi el año pasado, cuando repinté el marco.
Astillero Roldán y Cabral. Como es. Como fue siempre, aunque el cartel mienta por pudor de un muerto.
El viento pasó entre las tumbas con su ruido de siempre, ese ruido a mar seco. Nina tenía los ojos brillantes y no lloraba, que es la manera más cara de no llorar. Y entonces habló ella, bajito, mirando la tabla de lapacho.
—¿Sabes qué escribió en la bitácora el día que yo nací? La encontré en el taller. —Tragó—. «Hoy escribió mi hermana: nació su nieta. Se llama Nina. En esta familia, por fin, alguien tiene nombre de barco.»
No lo sabía. Me quedé con eso un momento, con el viejo anotando, hace treinta y un años, el nombre de un barco que iba a tardar toda una vida en llegar a puerto, y me pareció que ya estaba, que no iba a haber en esta vida un momento mejor que este, y que si no lo hacía ahora no lo hacía nunca.
—Nina.
Me miró. Yo estaba con las manos vacías por primera vez en el día, y las cosas que digo con las manos vacías me salen de un solo golpe o no me salen.
—Te voy a pedir una cosa. Aviso antes, porque no tengo práctica. He pedido plazos, precios, permiso de amarre. Pedir de verdad, nunca. Ni una vez. Ni la vez que había que pedirlo.
Ella se puso muy quieta. Como el galpón antes de la pleamar.
—El trato que hicimos, el del portón. Mientras estés aquí. Lo dije yo. Era mi trato, mi idea, mi manera de no romperme. —Respiré—. Está mal medido, Nina. Lo medí con miedo, y lo que se mide con miedo sale corto. Toda pieza que medí con miedo en mi vida la tuve que tirar.
—Mateo…
—Déjame terminar, porque esto no tiene segunda pasada.
—Me miré las manos, el pulgar torcido, y después la miré a ella, porque pedir mirando al piso no es pedir—.
Mañana puedo sacar la tabla del cartel. Un destornillador y una lija fina, diez minutos de trabajo.
Pero no la voy a sacar por él. Una palabra no se cuelga en la puerta por un muerto: se cuelga por alguien que entra y sale por abajo todos los días.
—Y ahí lo dije, con las cuatro letras de la palabra, sin adorno, como se clava un clavo—: Quédate.
No mientras estés aquí. No hasta la barca, ni hasta la temporada, ni hasta ninguno de los despueses.
Quédate. Cabral en el cartel y tú abajo del cartel. Eso te pido.
Se quedó callada. El viento le movía el pelo mal recogido con la brida del taller y ella no se lo acomodó, y yo le busqué la cara como le busco la cara a una tabla antes de confiarle peso, a contraluz, con el ojo del oficio, y lo vi.
El nudo bajo la veta. Pasó una sola vez, una sombra abajo del agua de los ojos, ahí y ya no.
Toda mi vida di vuelta las tablas cuando les vi un nudo.
Todas las veces. Esta vez no. Esta vez decidí que la madera aguantaba, porque la necesitaba entera, y esa decisión no la tomó el carpintero.
La tomó el otro, el que espera. Que sea barato, pedí para adentro, sin saber a quién. Que alguna vez ser lento salga barato.
—Quiero —dijo Nina.
—Eso no es un sí.
—Ya sé lo que es y lo que no es. —Le temblaba la voz, pareja, sin quebrarse, como tiembla una amarra que aguanta—.
Quiero quedarme, Mateo. Es la primera vez que lo digo en voz alta en treinta y un años, y te juro que pesa más que todos mis bolsos juntos.
Hoy es todo lo que tengo. El sí… —se apretó las manos— el sí te lo debo.
Nina Cabral, que no le debe nada a nadie, que se va de los lugares antes de deber, eligiendo deberme un sí. No supe si era la mejor noticia de mi vida o la peor, y decidí que era la mejor, porque estaba en racha de decidir sin dar vuelta la tabla.
—¿Y la tabla del cartel? —dije.
—Todavía no. —Me miró de frente—. Sácala el día que yo te la pida. Quiero ser yo la que te la pida. Me lo gané o me lo voy a ganar, pero tiene que ser mío ese día. ¿Puede ser mío?
—Puede.
—¿Trato?
—Trato.
Me tendió la mano por encima de la tumba, y se la di, y nos quedamos un segundo así, con las manos cerradas arriba del socio fundador. Testigo no nos faltaba.
Bajamos la loma con la última luz, sin hablar, hombro con hombro, al paso de los que vuelven de trabajar. Abajo, el pueblo encendía las cocinas y el cartel del astillero era una estampilla gris con una palabra guardada adentro, esperando como espera la madera, que no se apura y no se olvida.
Esa noche, antes de acostarme, pasé por el banco del taller y agarré el destornillador plano, el bueno, el de mango de fresno que era de mi abuelo. Lo guardé en el bolsillo de la chaqueta de trabajo, la que uso todos los días.
Ahí sigue. Hay herramientas que se cargan como se cargan las preguntas ya hechas: encima, a mano, para cuando el otro diga ahora.