23 · Nina
Mi madre llama como llueve en este pueblo: sin aviso, de golpe, y siempre justo cuando acabo de encender el fuego.
Era media tarde, la hora muerta entre el mediodía del muelle y la cena del galpón, y yo estaba arriba, en el altillo, cosiendo un botón con hilo de bramante porque es lo que había, cuando el teléfono vibró contra la madera de la mesita con ese zumbido de insecto grande que tienen las malas noticias y los repartidores.
Decía MAMÁ, en mayúsculas, porque así la agendé a los veinte, en una época en que yo todavía creía que las mayúsculas eran cariño.
Atendí. Siempre atiendo. Ese es el dato que hay que tener sobre mí para entender todo lo demás.
—¡Nina! —dijo, y mi nombre en su boca sonó como suena siempre: recién estrenado, como si lo hubiera elegido esa mañana—. Mi amor. ¿Me escuchas bien? Te escucho como abajo del agua. ¿Dónde estás metida?
Sabe dónde estoy metida. Mi madre sabe dónde estoy con un margen de error de dos calles desde que tengo memoria, no porque me siga sino porque le llega, como les llega el olor a lluvia a los animales viejos.
Pero contesté igual, porque el juego es así: ella pregunta lo que sabe, yo contesto lo que ella ya sabe, y así las dos fingimos que esto es una conversación y no una operación.
—En el pueblo. En el astillero.
—El astillero —repitió, saboreándolo—. Mi hija la heredera. Si tu abuela levantara la cabeza.
Y se rió, y ahí está el problema, señoras y señores, ahí estuvo siempre: que mi madre tiene la risa más linda del hemisferio. Una risa de cocina llena, de fiesta que recién empieza. La gente cruzaba habitaciones enteras para hacerla reír. Yo crucé una infancia.
Preguntó por el clima, dos frases. Preguntó si comía bien, una. Y después, sin cambiar de tono, con la misma música con que había preguntado por el clima:
—Nina, tesoro, te tengo que pedir una cosa chiquita.
Lo chiquito de mi madre tiene la propiedad física de agrandarse cuando llega a mi cuenta.
Esta vez era un apartamento nuevo, dos cuadras más cerca del centro, con un balcón que ella describió durante un minuto entero, plantas incluidas, porque mi madre vende cada mudanza como una temporada de estreno; y el dueño pedía el depósito, dos meses, más el camión, y Óscar estaba complicado este mes, y a ella le pagaban recién el quince.
El número, cuando por fin lo dijo, era chico si lo mirabas desde lejos.
Yo ya no miro ningún número desde lejos.
Yo ahora sé el precio exacto de cada cosa que tengo, hasta de las que no se venden.
—¿Otra vez te mudas? —dije, y me salió sin filo, cansado, como se le pregunta a la marea si otra vez sube.
—No empieces —dijo ella, cariñosa—. Este barrio se vino abajo. Y el apartamento nuevo tiene una luz, Nina, si vieras la luz.
Todas las casas de mi madre tuvieron una luz.
Yo me crié en esa luz que duraba tres meses.
Catorce mudanzas antes de mis dieciocho años, y dicho así parece un número de estadística, pero vivido fue esto: yo me sé mi infancia por cocinas.
La casa del horno que había que encender con un fósforo atado a un palo de escoba.
La pensión donde cociné por primera vez para desconocidos, a los once, fideos con mantequilla para dos viajantes, y uno me pagó con una moneda que guardé dos años.
La del pueblo con vías, donde llegué a tener una amiga con nombre y todo, Sonia, que coleccionaba estampas de mares.
A los nueve años yo embalaba una cocina completa en dos horas, ollas adentro de ollas, los vasos en las medias, y estaba orgullosa de eso como otros chicos están orgullosos de andar en bicicleta sin manos.
Nadie me enseñó. Se aprende solo. Se aprende mirando a una madre que empaqueta como otras mujeres bailan.
Y tardé años en ver el patrón, porque el patrón venía disfrazado de mala suerte: nos íbamos por el dueño, por el trabajo, por el clima, por un vecino, por el ruido.
Mentira. Nunca nos fuimos de un lugar que se estuviera poniendo feo.
Nos íbamos de los lugares cuando empezaban a ponerse buenos.
Cuando la maestra me aprendía el nombre.
Cuando el almacenero le fiaba sin anotar.
Cuando algo, en alguna parte, empezaba a querernos quedadas.
Ahí mi madre olfateaba el aire como los animales antes del temporal, y aparecían las cajas.
Porque un lugar que te quiere te pide cosas, te va armando una deuda dulce, y mi madre no le debe nada a nadie: antes se va.
Esa es toda la herencia que me dejó a mí, ya que estamos hablando de herencias: yo también me voy primero.
Lo hago más ordenado que ella, con menos escándalo y mejor sazón, pero es el mismo oficio. Me lo enseñó la mejor.
—Te lo mando hoy —le dije, del depósito, y era verdad, y las dos lo sabíamos desde antes de que sonara el teléfono.
—Eres lo mejor que hice —dijo mi madre, y lo terrible es que lo dice en serio. En el momento en que lo dice, lo dice en serio. Mi madre es sincerísima de a ratos, como los relámpagos.
Y entonces, porque ya tenía lo suyo y la conversación entraba en ese último tramo regalado en que mi madre es puro encanto sin objetivo, me pareció que era ahora o nunca, y pregunté lo que venía guardando desde la noche en que abrí el taller de Abelardo y encontré tres sobres con una palabra escrita con una letra que conozco mejor que la mía.
—Mamá. Las cartas del tío Abelardo. Las que llegaron cuando yo era chica.
Silencio cortito. Uno solo. Mi madre no hace silencios largos ni acorralada.
—¿Qué cartas?
—Las tres. Las que devolviste.
—Ah, eso. —Y juro que escuché el gesto: la mano espantando una mosca de hace veinte años—. ¿Eran tres? Serían dos. No me acuerdo, mi amor, tú te acuerdas de todo, saliste al viejo. Él también anotaba todo, en esos cuadernos. Familia de escribanos frustrados.
—La segunda tenía algo adentro.
—Tenía un peso —dijo, y ahí me di cuenta de que se acordaba perfectamente, de que se había acordado todos estos años, de que el olvido de mi madre es un mueble que se corre cuando ella quiere pasar—. Como un jabón. Pensé: ¿quién le manda un jabón a una nena? Y lo devolví. Yo qué sabía.
Era un barco. El barco más chico que hizo en su vida, del tamaño de un jabón, lijado hasta lo imposible, y está ahora a veinte metros abajo de donde yo estaba sentada, en un estante del taller, esperándome desde antes de que yo supiera esperar nada.
No se lo dije. No le iba a dar el barco a esta conversación.
—¿Por qué las devolviste?
Y mi madre suspiró, no como quien se arrepiente: como quien tiene que volver a explicar algo obvio a alguien lento y querido.
—Porque ese viejo quería darte un lugar, Nina.
Escribía que fuéramos, que el pueblo, que la familia, que te iba a enseñar los barcos, que una nena tiene que tener un puerto.
Un puerto. —La palabra le salió con una lástima elegante, casi divertida—.
La gente con puerto se queda quieta, mi amor, y la gente quieta se apolilla.
Yo te di el mundo entero. Catorce ciudades antes de los dieciocho, ¿qué nena tiene eso?
Y mírate ahora: sabes cocinar en cualquier parte, sabes irte de cualquier parte, no dependes de nadie.
Eso te lo di yo. Un puerto te lo daba cualquiera.
Ahí está. Ese es el discurso completo, la única vez que lo escuché entero, y lo peor no es que sea monstruoso.
Lo peor es que está orgullosa. Lo peor es que en su idioma es una carta de amor.
Me dio el mundo entero: me dio catorce lugares de los que aprendí a irme y ni uno solo del que aprendiera a quedarme, y me lo dio convencida, cargando cajas ella misma, cantando en las rutas, haciéndome reír en cada asiento de cada autobús.
Nunca hubo malicia. Hubo una mujer que confundió el miedo con la libertad toda su vida y me peinó a su imagen y semejanza.
—Te dejo, tesoro —dijo después, porque Óscar, porque la hora—. Cuando cobre te lo devuelvo. Y come. Estás cocinando para todos y te conozco: te olvidas de ti.
Eso último lo dijo con una ternura exacta, quirúrgica, de madre de verdad, porque mi madre es una madre de verdad tres frases por llamada, y esas tres frases son las que me tienen agendada bajo la palabra MAMÁ en mayúsculas después de todo, después de las cartas, después del jabón que era un barco.
Cortó ella primero. Ella siempre corta primero.
Me quedé sentada en la cama de hierro con el teléfono caliente en la mano, mirando la claraboya, y le mandé el dinero desde el teléfono ahí mismo, antes de terminar de decidirlo, como quien retira la mano de la sartén caliente: por reflejo, para que no duela más de lo que ya.
Y después me quedé muy quieta, escuchando el galpón allá abajo, la lija de Mateo en alguna parte, ese ras-ras pariente del mar, y me descubrí haciendo una cosa que no estaba haciendo con la cabeza.
Estaba haciendo la lista. Qué llevo, qué dejo, qué entra en el bolso verde.
La hice en cuatro segundos, sin querer, con la letra automática del oficio que mejor sé después de cocinar.
Trece años fuera de la casa de mi madre y la lista se arma sola, apenas suena la campana.
Podría haberme quedado ahí, esperando que pasara, como se espera que baje una fiebre.
En cambio me puse el abrigo y salí, y le dije a mi cuerpo que íbamos a caminar para despejarnos, y mi cuerpo, que me conoce, subió derecho la cuesta de la Avenida del Puerto, saludó a dos clientas de las empanadas, pasó de largo el almacén de Dora por la acera de enfrente —eso lo decidió solo, y algo quiere decir—, y no paró hasta el bar de la ruta, al lado de la estación de servicio, donde la empresa de autobuses tiene su ventanilla: una ventana de madera con un talonario, un bolígrafo atado con un cordel y un hombre que hace las dos cosas, el café y los pasajes, con el mismo entusiasmo.
—¿Para cuándo? —dijo el hombre.
Y yo miré el almanaque de la pared, uno de esos de taller mecánico con los números enormes, y elegí un martes de dentro de tres semanas, un martes de nada, sin feriado cerca, sin luna, sin excusa, porque el pasaje del que se va de verdad no se compra para mañana: se compra para un día cualquiera, que es como no comprarlo, que es como tenerlo nada más, por si acaso, como se tiene un extintor.
—¿Hasta dónde?
—Hasta donde llega la línea.
—¿Ida y vuelta?
—Ida.
Me salió sin pausa, sin drama, con la voz con que pido levadura, y el hombre tampoco le puso nada: arrancó la hoja del talonario, apretó el sello de goma en la almohadilla violeta, lo estampó y me dio el original y se quedó la copia celeste, y en ese papelito finito, con olor a tinta y a café recalentado, decía mi asiento, el siete, ventanilla, un martes cualquiera, y no decía ninguna de las cosas que de verdad estaba diciendo.
Pagué en efectivo. Lo doblé en dos. Bajé la cuesta con el pasaje en el bolsillo del abrigo, quemando parejo como una brasa chica, y el pueblo estaba precioso, para colmo: la tarde dorada y fría, el mar planchado, las chimeneas largando humo derecho, dos nenas de la escuela que me gritaron ¡Nina!
desde una esquina con las manos en alto, como se le grita a la gente que es de un lugar.
Les devolví el saludo con las dos manos.
Se puede saludar así y tener un pasaje de ida en el bolsillo.
Se puede todo junto. Yo soy la prueba viviente.
En el altillo, con la puerta cerrada, abrí el bolso de lona verde.
Sigue a medio armar desde la tarde del acantilado.
Nunca lo terminé y nunca lo deshice: paso al lado todos los días y todos los días decido no decidir.
Ahí lo puse, en el fondo, debajo de la ropa que no volví a sacar, doblado en dos, donde nadie mira, donde ni yo miro, salvo que haga falta.
Mi vida entera cabe en ese gesto y no pienso mirarlo de frente hoy: el por-si-acaso de papel durmiendo con el por-si-acaso de tela, la nena que embalaba ollas a los nueve años todavía de guardia adentro de esta mujer que el pueblo saluda con las manos en alto.
Cerré el bolso hasta la mitad, que es como vive. Lo dejé en su silla, al lado del rollo de cuchillos.
Y bajé a cocinar, porque era la hora y porque abajo ya se escuchaba la escalera del galpón y la voz de Uma discutiendo con su padre el precio de poner la mesa.
Encendí el fuego. Prendió a la primera, como siempre que una no se lo merece.
Corté cebolla, que es lo que corto cuando quiero pensar en nada, y en algún momento Uma se trepó al banco alto con el cuaderno abierto y anotó la comida de esta noche en su registro, con fecha, con la lengua en el labio, y no me dijo el número, porque los registros de Uma se consultan, no se anuncian.
Yo tampoco anuncié el mío.
Serví caliente, me senté a la mesa de tablones, me reí de algo que contó Mateo con tres palabras y media, y nadie en esa cocina olió el humo de la brasa chica que yo había dejado arriba, guardada detrás de una piedra, esperando un martes cualquiera.