Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1) 22 · Mateo
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22 · Mateo

La muestra de invierno de la escuela es el único día del año en que Punta Vigía entera se sienta en el mismo salón.

Ni la fiesta de las barcas junta tanta gente, porque a la fiesta va el que quiere y a la muestra va el que tiene un hijo, un nieto, un sobrino o una deuda con la maestra.

Mi hermana cobra esas deudas una por una.

Emilia lleva doce años al frente de los grados grandes y tiene una lista mental de todo hombre del puerto que le debe un favor, y la semana antes de la muestra los va gastando: uno arregla el escenario, otro presta las sillas, otro carga la leña.

A mí me tocó la tarima, que crujía. Le cambié dos tablas y dejé de crujir yo también, por unos días.

A Nina la reclutó sin pedirme permiso, cosa que le agradecí, porque yo no habría sabido cómo pedirlo. Fue al muelle un mediodía, comió una empanada de pie, con el plato en la mano y los ojos cerrados, y cuando los abrió dijo:

—Para la muestra necesito comida para doscientos. La escuela paga la mercadería y nada más.

—Hecho —dijo Nina.

—No te dije la fecha.

—No importa la fecha.

Emilia me contó eso a la noche, por teléfono, con la voz que pone cuando decide algo sobre mi vida y me lo informa después.

—Me gusta tu socia —dijo. Y cortó antes de que yo pudiera elegir una de las tres cosas que no iba a contestar.

Uma preparó su presentación durante nueve días con la seriedad de un perito.

El tema era libre. El tema de Uma es libre desde que nació: ballenas.

Armó una cartulina con el dibujo de las callosidades de La Doble copiado del cuaderno azul, me pidió que le tomara el tiempo con el reloj del taller, y recortó su propio texto tres veces porque Emilia da cuatro minutos por alumno y mi hija no discute las reglas de los demás: las usa.

—¿Cuánto? —decía, terminando, sin aliento.

—Cuatro veinte.

—Sobra. Corto lo de los krill.

La noche antes la escuché ensayar en su cuarto, bajito, con esa voz pareja que pone para las cosas importantes, y no me quedé a escuchar. Hay puertas que un padre respeta. Después supe que hice mal el cálculo, como casi siempre que calculo con la puerta cerrada.

El salón de actos olía a estufa de gas, a lana mojada y a los buñuelos de Nina, que esperaban tapados en el fondo con una guardia de madres alrededor.

Sillas de plástico prestadas por el club, un micrófono que acoplaba cada vez que alguien se acercaba de más, y el pueblo entero con el abrigo puesto adentro, porque el salón es grande y la leña se cuida.

Vi a Dora en la segunda fila, con la bata azul asomando bajo el abrigo bueno, los lentes colgando de la cadena.

Vi a los dos Míguez parados contra la pared del fondo, grandes como roperos, incómodos como en misa.

Vi al chico de los Salas, ya sin renguear, con el pelo mojado y peinado a la fuerza.

Ismael se sentó en la punta de una fila, del lado que le conviene al oído.

Nina se quedó atrás, cerca de la comida, con el delantal puesto.

La vi buscar dónde ponerse y elegir el borde.

Nina elige el borde en todos lados. Es la primera en llegar a una cocina y la última en sentarse a una mesa.

Emilia gobernó el acto como Dora gobierna un temporal: sin levantar la voz, moviendo gente con la mirada.

Tiza en la manga, el pelo recogido de cualquier manera, esa voz de aula que no necesita micrófono y por eso lo apagó.

Pasaron los grados chicos con una canción sobre el faro que desafinó con orgullo.

Pasó una nena con un trabajo sobre las mareas que se olvidó la mitad y la inventó mejor.

El pueblo aplaudió todo, porque el pueblo aplaude a los suyos con las manos ahuecadas, fuerte, como golpeando una lona.

Después Emilia dijo «Uma Roldán» y mi hija cruzó la tarima que yo había arreglado, con la cartulina bajo un brazo y el cuaderno azul en la otra mano, y yo me senté derecho sin darme cuenta.

Habló sin apuro. Explicó que cada ballena franca tiene un dibujo de callosidades en la cabeza que no se repite jamás, «como una firma, pero honesta, porque la firma no se puede cambiar».

Mostró la cartulina: dos manchas iguales en la frente, como dos islas repetidas.

Dijo que a esa la llamaba La Doble, que la había registrado el año pasado y el anterior, y que en su vida llevaba vistas treinta y una ballenas, todas anotadas con fecha, hora y testigos.

—Los testigos son importantes —dijo—, porque una ballena sin testigos es un cuento, y una con testigos es un dato.

El salón se rió. Uma no. Uma esperó a que terminaran, porque la risa de los demás es un trámite que ella tolera.

Entonces abrió el cuaderno azul en una página marcada con una brida del taller, lo levantó para que se viera, y yo reconocí la letra de imprenta apretada desde la quinta fila.

—Esta es la entrada treinta y dos —dijo—. Ya está escrita. Le falta el número del día, porque eso no depende de mí. Dice: ballena treinta y dos, La Doble, acantilado del faro, temporada que viene. Testigos: mi papá y Nina.

No sé qué hizo mi cara. Sé que la sentí, de golpe, como se siente una herramienta que siempre estuvo en la mano cuando empieza a pesar.

El salón entero hizo ese movimiento de agua que hacen doscientas personas cuando giran un poco sin girar del todo, buscando a Nina contra la pared del fondo, y Nina se quedó muy quieta, con las manos en el delantal, con una cara que desde lejos parecía una sonrisa y desde donde yo estaba parecía otra cosa.

Un compañero de Uma, uno de los de Salas, levantó la mano sin permiso.

—¿Y si la ballena no vuelve más?

—Volvió dos años seguidos sin que yo hiciera nada —dijo Uma—. Ahora que la espero, más.

Ahí me alcanzó. No la pregunta: la respuesta.

La lógica completa de mi hija, dicha con el micrófono apagado y la voz pareja, delante del pueblo entero.

Esperar algo lo hace más probable. Toda mi vida armada sobre la creencia contraria, y una nena de ocho años desarmándola en cuatro minutos con cronómetro.

Una madre de las del fondo, de esas que preguntan por el gusto de que se oiga la pregunta, dijo lo que el pueblo entero estaba masticando:

—¿Y Nina va a estar para la temporada que viene?

El salón se quedó en ese silencio de puerto que conozco bien, el de las redes cuando se revisan. Uma miró a la mujer. Después miró el cuaderno. Después contestó mirando el cuaderno, no a la mujer, porque para Uma la autoridad está en el registro.

—Está anotada con lápiz —dijo—. Yo lo que anoto no lo borro. Cuando la vea, la paso a tinta.

Y dio vuelta la cartulina, y siguió con la migración, como si no acabara de dejarme sin un lugar donde poner las manos.

Aguanté la cara. Ese es un trabajo que sé hacer: años de práctica, buen material.

La aguanté mirando la tarima, las dos tablas nuevas, más claras que las viejas, pensando en cepillar, en el grano de la madera, en cualquier cosa que tuviera medidas.

Cuando levanté los ojos, Dora no estaba mirando el escenario.

Me estaba mirando a mí, desde la segunda fila, con los lentes puestos, con la cara de leer un cuaderno de fiados.

Sostuve eso también. Me costó más que lo otro.

Aplaudieron a Uma como se aplaude en Punta Vigía, con las manos ahuecadas. Los Míguez silbaron. Ismael se tocó la visera de la gorra, despacio, y no era para Uma.

Después fue la comida, y la comida fue de Nina, y el pueblo la rodeó como el agua rodea lo que flota.

La vi servir doscientos platos con las mangas arremangadas y la quemadura vieja a la vista, hablando con todos, con las manos en todo, y vi a las madres que hace dos meses la medían de lejos pedirle la receta de los buñuelos, y la vi decir que la receta era de la cocina del astillero, que era una manera de no decir que era de ella, que es una manera que tiene Nina de regalar las cosas sin que se note el paquete.

Yo cargué sillas. Es lo que hago en las fiestas. Llevé las del club de vuelta a la camioneta y llevé las de la escuela al aula de Emilia, apiladas de a seis, y en el tercer viaje me quedé solo en el aula, y me quedé mirando la pared del fondo, que no conocía.

Mi hermana tiene un mapa del mundo pegado ahí, grande, gastado en los bordes.

Está lleno de alfileres de colores, y de cada alfiler cuelga una tarjeta postal escrita, sujeta con hilo de coser.

Me acerqué. Las postales eran de exalumnos.

Puerto por puerto, ciudad por ciudad, los hijos de este pueblo repartidos por el mundo, escribiéndole a la maestra.

Había una punta de alfiler en un puerto del otro lado del mapa, arriba, lejos de todo, sin postal ni hilo. Uno solo, desnudo.

—Ese es mío —dijo Emilia desde la puerta. No la había oído llegar. Nadie la oye llegar: son los años de aula—. Lo clavé a los veinte.

—¿Y la postal?

—La postal la escribo yo, cuando vaya. —Entró, me sacó la pila de sillas de las manos como si yo las estuviera apilando mal, y las apiló igual—. Todos los años digo el año que viene. Llevo doce. Alguien tiene que quedarse, Mateo. En esta familia el que se queda soy yo con falda.

Lo dijo sin lástima de sí misma, con humor de maestra, y por eso mismo me quedó clavado donde se clavan las cosas dichas en broma.

Mi hermana sabe cuántos kilómetros hay desde la puerta de su aula hasta cualquier lugar del mundo.

No hizo ninguno. Le busqué algo para decir y no lo encontré a tiempo, como siempre, y ella me cambió el tema con la limpieza con que se le cambia la venda a un chico.

—Se te vio todo —dijo.

—¿Qué cosa?

—En el acto. Cuando Uma leyó la entrada. —Acomodó una silla que ya estaba acomodada—. Todo, Mateo. Se te vio todo.

—Estaba oscuro.

—Es un salón con cuarenta tubos de luz. —Me miró de frente, y por un momento no fue maestra, fue mi hermana menor, la que me conocía la cara antes de que yo tuviera esta cara—. No te lo digo para que lo escondas mejor. Te lo digo para que sepas que ya no lo escondes.

Se fue a apagar las estufas. Olía a lavanda, como todo lo que toca. Esa noche, cuando acosté a Uma, había una ramita de lavanda abajo de la almohada, y Uma la dejó ahí porque las cosas de Emilia no se discuten.

Volví al galpón tarde. No tenía sueño y me sobraban las manos, que es mi manera de estar en problemas.

Subí la escalera del altillo hasta la mitad, sin hacer ruido, y me quedé mirando la claraboya de Nina desde abajo.

La claraboya gotea con lluvia mansa desde hace años.

Le pusimos una olla. La olla es de esas soluciones que se quedan a vivir.

Bajé, busqué el metro, volví a subir y la medí. Sesenta y dos por noventa y cuatro. Anoté la medida en el cuaderno del taller, en la página de los pedidos, abajo del bronce para la barca. Un vidrio de esa medida se encarga en Punta Piedras y tarda una semana en llegar. Lo iba a encargar el lunes.

Me quedé un rato con el lápiz en la mano, mirando el número. Un hombre que arregla una gotera antes de las lluvias de septiembre no está haciendo mantenimiento. Está contando con septiembre. Está contando con octubre, con la temporada que viene, con una entrada escrita a lápiz esperando la tinta.

Estaba esperando. Yo. Esperando, que es lo único que me había prohibido en esta vida, porque lo que se espera puede no venir, y yo ya sé de memoria el ruido que hace eso.

Guardé el cuaderno. Dejé el lápiz atrás de la oreja, donde vive.

El lunes encargué el vidrio.