Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1) 21 · Nina
55%

21 · Nina

Me fui en el autobús de las siete y diez, el que agarra la ruta de la costa con el sol de frente y para en cada cruce donde haya una persona o una duda.

Le dije a Mateo que iba a Punta Piedras por mercadería, que era cierto, porque las mejores mentiras son las que se dejan comprobar: harina, papel, cajas, un bidón de aceite.

Me ofreció la camioneta. Le dije que odiaba manejar con carga y que el proveedor atiende cuando atiende, y él asintió y me acomodó el bolso en el estribo del autobús como si adentro llevara huevos, y yo le sonreí desde el escalón con la cara entera menos los ojos, y el autobús arrancó, y así de fácil es mentirle a un hombre que ya decidió creerte.

En el bolso, además de la lista de compras, iba el rollo de cuchillos.

No pensaba cocinar nada. Pero adentro del rollo, planchado entre el gyuto y la chaira, doblado en cuatro desde hace semanas, iba el papel.

Lo guardo ahí porque el rollo es lo único que nunca dejo en ningún lado, y porque me parecía justo que lo más caro que tengo cargara con lo más caro que hice.

El turno lo había pedido por teléfono desde el almacén de la ruta, un mediodía, con monedas, como se hacían las cosas graves antes.

Estudio jurídico. Doctora Vidal. Primer piso, arriba de la zapatería, a media cuadra del banco.

La chica que atendió me preguntó el motivo de la consulta y yo dije «un contrato», y ella dijo «¿laboral, alquiler?

», y yo dije «no», y ella no preguntó más, porque en los pueblos grandes tampoco se pregunta más: se anota.

Miré el mar por la ventanilla los cuarenta minutos.

A la altura del segundo cruce se veían soplos a lo lejos, dos, tres columnas de vapor torcidas por el viento, y todo el autobús se inclinó del mismo lado como una sola planta buscando la luz, y yo también, por costumbre, y después me acordé de adónde iba y me enderecé.

La sala de espera tenía dos sillas, un ficus de plástico y un reloj de pared adelantado diez minutos, supongo que para que los clientes lleguen a tiempo a las malas noticias.

La doctora Vidal resultó una mujer de unos sesenta años, de traje gris sin adornos, con lentes de leer colgados de un cordón y las uñas cortas y sin pintar de la gente que trabaja con papeles que muerden.

Me hizo pasar, me señaló una silla, me pidió el documento y el contrato, en ese orden, y no me ofreció café, cosa que agradecí, porque hay conversaciones que se ensucian con amabilidad.

Leyó en silencio. Mucho rato. Leía como Mateo lija: pasada larga, vuelta atrás, pasada corta sobre el mismo lugar.

En un momento sacó un anotador y apuntó números.

En otro dio vuelta la hoja para mirar el papel a contraluz, no sé qué se busca ahí, sellos, agua, mala fe.

Afuera se oía la zapatería, el timbre de la puerta, una moto.

Yo me quedé quieta con las manos en la falda, como en la escuela, en las catorce escuelas.

—¿Quién le redactó esto? —dijo por fin.

—La otra parte.

—Trabajan bien. —Lo dijo sin ninguna ironía, que fue lo primero que me asustó de verdad—. Vamos por orden. ¿Qué vino a buscar usted hoy: entender o salir?

—Salir.

—Entonces empecemos por entender, porque va a ser lo único que se lleve.

—Se puso los lentes—. Uno. Esto es una promesa de venta válida, con todos los elementos, plazo cierto y pena convenida.

No hay vicio, no hay letra chica, no hay pliegue.

Se lo digo porque la mitad de la gente que se sienta en esa silla espera que yo encuentre un error de tipeo que lo salve.

Acá no hay. Los contratos buenos son exactamente esto: los que no tienen salida.

—¿Y la pena?

—Dos. La pena. Rescindir cuesta cuatrocientos mil, exigibles, sin necesidad de probar daño.

No hay cláusula de arrepentimiento gratuito; nadie está obligado a ponerla y ellos no la pusieron.

—Dio vuelta una hoja—. Tres. Si a usted se le ocurre la variante de no hacer nada, dejar correr el plazo y desaparecer, se lo desaconsejo: vencido el término sin escriturar, usted queda en incumplimiento, deben la pena igual, y además pueden demandar la escrituración por vía judicial.

El contrato la persigue. Para eso se escriben.

—¿Cuánto plazo le queda? —preguntó después, con la lapicera lista.

—Veintitrés días.

Lo anotó. Fue lo único de toda la mañana que anotó rápido.

—Cuatro —dijo—. Y esto es lo que sospecho que usted no terminó de entender, porque no lo entiende casi nadie hasta que le pasa. ¿Usted qué cree que heredó?

—La mitad de un astillero.

—No. Usted heredó una mitad indivisa de un inmueble. No hay una mitad suya y una mitad del otro socio; no hay una línea en el piso. Hay un condominio: los dos son dueños de todo, en partes ideales. ¿Me sigue?

—La sigo.

—Entonces sígame un paso más, porque acá está el problema de fondo.

Su compradora no necesita que el otro condómino venda.

No necesita ni hablar con él. Le alcanza con comprarle a usted su parte ideal.

El día que escritura, ellos son condóminos del señor…

—miró el papel— …Roldán. Y nadie puede ser obligado a permanecer en condominio: cualquiera de los dos puede pedir la división en cualquier momento.

Es un derecho, no una maldad. ¿Y cómo se divide un astillero en funcionamiento, señora?

¿Con una sierra? Un inmueble así es indivisible.

Y cuando un condominio es indivisible y un condómino pide la división, el camino termina siempre en el mismo lugar: subasta judicial del bien entero.

Se remata todo, se reparte la plata por mitades, y en el remate compra el que tiene la caja más grande, que casualmente va a estar sentado en la primera fila porque fue el que pidió la división.

¿Se entiende lo que le estoy describiendo?

—Que él puede perderlo todo.

—Que él puede perderlo todo sin haber firmado nada. Sin haber vendido nada. Sin haberse enterado de nada hasta que le llegue una cédula. Legalmente impecable de punta a punta, si le sirve de consuelo.

No me sirvió. Me quedé mirando el borde del escritorio, que tenía el barniz gastado en el lugar exacto donde la gente como yo apoya las manos, y pensé en el portón corredizo, en la raya del sesenta y tres, en la mesa de tablones que armaron dos socios con la madera sobrante de la primera barca, y en la palabra remate, que en mi oficio quiere decir el golpe final que se le da a un plato y en el suyo quiere decir esto.

—¿Y si ofrezco pagar la pena en partes? —dije—. Algo ahora, el resto documentado.

—Puede ofrecerlo. Ellos pueden aceptar o no; no están obligados, y una empresa que redacta así no suele financiar al que se le escapa. —Me miró por encima de los lentes—. ¿Cuánto puede juntar usted?

—Sesenta y dos.

No lo anotó. Eso también lo entendí: las cifras que no se anotan son las que no existen para la conversación.

—Guárdelos —dijo—. Contra cuatrocientos, sesenta y dos no llega ni a la sexta parte.

En una negociación de este tamaño, mostrar ese número es peor que no mostrar ninguno: le informa a la otra parte que usted no tiene con qué pelear.

—Se sacó los lentes, los dejó colgando del cordón—.

Le resumo su situación, porque para eso me paga.

Puerta uno: escritura, cobra, y el condominio sigue su curso, que ya le expliqué adónde lleva.

Puerta dos: rescinde y debe cuatrocientos mil que no tiene, con sus bienes presentes y futuros respondiendo.

Puerta tres: no hace nada, y es la puerta dos con costas y con juicio.

No hay puerta cuatro. Yo llevo treinta años buscando puertas cuatro. Cuando las hay, las encuentro.

Guardé el contrato en el rollo, entre el gyuto y la chaira, y até las tiras con más vueltas de las necesarias, porque las manos me pedían un nudo.

Pagué la consulta con billetes contados en un sobre, y ella los recibió sin mirarlos y me acompañó hasta la puerta, y ahí, con la mano en el picaporte, hizo la única pregunta de toda la mañana que no era de abogada.

—El otro condómino, ¿sabe?

—No.

Asintió despacio, como quien confirma un diagnóstico que ya tenía hecho desde la sala de espera.

—Los remates son públicos —dijo—. Las noticias también deberían serlo. Eso no es consejo legal. El consejo legal ya se lo di: no hay pliegue.

Hice las compras, porque las coartadas hay que honrarlas: harina, papel, cajas, el bidón de aceite, todo cargado hasta la terminal en dos viajes que me dejaron las marcas de las manijas cruzadas en las palmas como renglones.

El autobús de vuelta salió con el sol ya de costado.

Y yo fui haciendo la cuenta, porque para eso no hace falta anotador, la tengo hecha en el cuerpo: sesenta y dos mil.

Diez años. Cuatro países de provincia adentro de un solo país que no se nombra, catorce cocinas ajenas, los turnos dobles de viernes y sábado que se pagan con propina y con las várices, las temporadas enteras sin un franco, el colchón abajo del cual dormí el primer año porque el cuarto se alquilaba con cama y la cama se alquilaba con bichos.

Sesenta y dos mil, y cada mil tenía olor a fritura vieja y a lavandina, y todos juntos tenían una puerta de vidrio con un nombre pintado en arco, el mío, en una tipografía que elegí hace como seis años una noche de insomnio y no cambié más: mi local, el que abro en cada ciudad con los ojos cerrados un minuto antes de dormirme, con las sillas arriba de las mesas y el pizarrón de menú sin escribir.

Cuatrocientos mil eran seis veces y media esa vida. Sesenta y pico de años de turnos dobles. Me da para jubilarme dos veces en el camino y deber plata igual.

Los soplos de la mañana ya no estaban; quedaba el mar liso y ocupado en lo suyo.

En el asiento de adelante una señora pelaba una mandarina y el olor me hizo acordar de que no había almorzado, y le acepté dos gajos y le dije que estaban buenísimos, y era verdad, y esa fue toda mi honestidad del día: dos gajos de mandarina elogiados con el corazón.

Punta Vigía apareció donde siempre, primero el faro apagado, después el pueblo bajando la cuesta como puesto ahí a mano, con las primeras luces encendidas y el galpón del astillero recortado contra el agua, grande y oscuro y con una luz adentro, y me pasó lo que me pasa desde hace unas semanas y que no me pasaba desde niña con ningún lugar: que el cuerpo se me aflojó solo al verlo.

Qué inoportuno el cuerpo, siempre aprendiendo las cosas justo cuando más caro sale saberlas.

Mateo me esperaba en la parada con la camioneta, sin que nadie le avisara en qué autobús volvía yo, porque en este pueblo los horarios los saben hasta las gaviotas.

Cargó mis cajas saludando a la chofer por el nombre, me olió el pelo un segundo al pasar, disimulado como un contrabando, y en el camino corto hasta el puerto me contó el día con esa telegrafía suya: la chalana de Ríos, casi lista.

El chico de los Salas, calafateando derecho por primera vez.

Ismael, insoportable de contento y disimulándolo mal. Y una más:

—Señé el techo para la cocina del muelle. Tirantes y chapa buena. Lo entregan cuando empiece el frío.

Lo dijo mirando el camino, con las dos manos en el volante, tranquilo, y yo miré por mi ventanilla el mostrador que me hizo sin pedirle nada, ahí abajo, cerrado y en orden, y dije que iba a quedar muy bien, y era verdad también. El frío. Yo sé contar mejor que nadie lo que falta para el frío.

Esa noche cenamos los tres, Uma nos leyó la ficha completa de la ballena franca con voz de conferencia, y yo me reí donde había que reírse, y lavé, y sequé, y subí al altillo, y me acosté en mi colchón que ahora vive en el piso, y me quedé mirando la chapa de la claraboya con la cuenta terminada, redonda, sin resto: cuatrocientos mil. Sesenta y dos. Veintitrés días.

Hay gente que se duerme contando ovejas. Yo conté lo otro, y no me dormí, y no se lo dije a nadie.