Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1) 20 · Mateo
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20 · Mateo

El banco que le hice la semana del alta lo bajé al alero, del lado de la sombra de la mañana, mirando a la grada. Lo dejé ahí y ahí se quedó. No le dije a nadie por qué lo movía. Un banco no se explica.

Ismael llegó a las ocho, como llega todos los días desde que el médico le prohibió llegar. Vio dónde estaba. Lo midió de una ojeada, la inclinación, la altura, la vista. Después me miró a mí. Se tocó la visera de la gorra, despacio, y se sentó como si el banco llevara ahí treinta años.

—De acá se ve todo —dijo.

—Por eso.

No se habló más del asunto. Pero desde ese día el astillero volvió a tener capataz, uno sentado, y el chico de los Salas, que aparecía con excusas y se quedaba sin ninguna, pasó a tener maestro.

Ismael no toca las herramientas. Habla. Dice «más tendido el hierro», dice «la pasta canta cuando entra bien, escucha», dice «esa cuaderna pide sargento, no apuro».

El chico escucha. Yo también, aunque haga como que no.

Un oficio son dos manos y una voz. Las manos se compran. La voz tarda cuarenta años.

La barca catorce iba tomando forma al revés: primero fue sacarle lo muerto.

Tablazón del fondo afuera, las dos cuadernas malas afuera, y quedó el esqueleto a la vista, y era bueno.

Madera elegida por alguien que sabía dónde crece la que aguanta.

Las cuadernas nuevas las saqué de una curva de lapacho que mi abuelo dejó estacionando hace más años de los que tengo yo. La madera espera. Es lo que mejor hace.

Y mientras la barca se dejaba curar, pasó la otra cosa. La que no me esperaba.

Empezó con el temporal, como casi todo este año.

El agua le entró a media docena de embarcaciones del puerto y a la lancha de un veraneante de Punta Piedras que la tenía mal varada.

El lunes vino el dueño de la lancha, remando en un bote prestado, a preguntar si acá se arreglaban cosas de madera.

El martes vinieron dos más. Uno traía una chalana del padre, comida de bicho, más agujero que barca, y la señora del otro quería saber si la cocina del muelle abría también los domingos, porque la fila del sábado le había dado vuelta al mostrador y no había alcanzado a comprar.

Presupuesté los dos arreglos parado en la grada, con el lápiz de la oreja, y me dieron el sí antes de que terminara de decir el número.

Ahí entendí que había estado cobrando de menos toda la vida, o que un astillero con olor a pan vale más que uno sin olor a nada.

Nina dice que es lo segundo. Que la gente viene a que le arreglen la barca y de paso come, o viene a comer y de paso se acuerda de la barca del abuelo.

Que un negocio es una puerta, y que da igual por cuál entren si adentro está todo.

El viernes Dora mandó al chico del reparto con la libreta y una noticia: que en el almacén se había acabado la harina de nuevo, que era la tercera vez en el mes, y que a este paso iba a tener que pedirle al proveedor de Punta Piedras el camión grande.

Lo dijo como queja. Dora avisa las buenas noticias así, quejándose, para que no se malacostumbren.

Y el sábado a mediodía me paré en el portón con un mate que no me pedí y miré el muelle, y lo que vi no lo veía desde antes de la quiebra: gente.

Fila en el mostrador de Nina, ocho, diez personas, turistas del Perseverancia con las caras quemadas de viento, dos familias del pueblo, el gerente Prieto del banco de Punta Piedras con señora, de civil, comiendo empanadas sobre el capó del auto.

Simón bajaba a los turistas del barco y los arriaba mostrador arriba como quien arrima cardumen a la red, a puro chiste, y después se quedaba apoyado en el poste comiendo gratis, porque según él la publicidad se cobra.

Luli lo multó de palabra por amarrar fuera de línea.

Simón le contestó que la comisión del puerto no tenía jurisdicción sobre su poste.

Luli le dijo que el poste no, pero el barco sí, y se fue sin darle tiempo, y Simón se quedó mirándole la espalda con la empanada a medio camino, y yo pensé que ese hombre sabía leer el mar, las nubes y a los turistas, y no sabía leer eso. Cada uno es ciego en algo.

A la noche conté la caja con Nina en la mesa de tablones.

La lata de té ya no alcanzaba: los billetes iban en una caja de herramientas chica, ordenados con bridas por valor, porque los sistemas que funcionan no se cambian.

Separamos la parte de la cocina, la parte del astillero, el fondo para materiales.

Sobró. Hacía dos años que en esa mesa no sobraba nada.

Nina dijo un número en voz alta y lo volvió a decir más despacio, como se prueba un plato que salió mejor de lo que la receta prometía.

El lunes le pagué a Ismael. No todo. Un mes de los ocho.

Le puse el sobre adentro de la caja de los filos, donde guarda las piedras de asentar, y no dije nada, y él lo encontró a media mañana y tampoco dijo nada.

Pero a la tarde, cuando se iba, se paró al lado mío, de frente a la grada, del lado del oído bueno.

—La del sesenta y tres —dijo— también se fue de a poco. Primero bajó un dedo. Nadie le creyó. Después bajó el resto.

—Quedan siete —dije yo.

—Ya sé contar, patrón. —Se tocó la visera—. Lo que digo es que empezó a bajar.

El nombre apareció un jueves, a última hora, cuando el chico de los Salas ya se había ido y el galpón se iba quedando quieto. Ismael seguía en su banco, con el cigarro armado del final del día detrás de la oreja, porque adentro no se fuma desde siempre. Uma hacía los deberes en la mesa de tablones.

Yo estaba con la lija en la proa. Seis manos de pintura le habían dado a esa barca a lo largo de su vida, y se le notaban en el canto como los anillos a un tronco: blanco arriba, después un celeste, un rojo de minio, un verde oscuro, otro blanco, y abajo de todo una pintura vieja dura como esmalte de horno.

Las letras estaban entre la última capa y la madera.

Talladas a gubia en la tabla de proa, a la manera antigua, y después rellenadas y pintadas encima por gente que no quiso o no supo leerlas.

La lija las fue destapando de a una. Una A. Una ene. Una de. La palabra se fue armando despacio, como se arman las malas noticias, y cuando estuvo entera dejé de lijar.

ANDARIEGA.

Me quedé con la lija en la mano y el aserrín flotando en la luz que entraba por el portón.

Desde el banco no se leen las letras. Pero Ismael escucha los silencios de un taller mejor que las palabras, y lo sentí levantarse y venir sin apuro, y pararse al lado mío, frente a la proa, y mirar un rato largo.

—La Andariega —dijo—. La del viejo Salinas.

—Se pasó el pulgar por el mentón—. El nombre se lo puso de muchacho, cuando todavía se iba a ir.

Al norte, decía. Después se le enfermó el padre, y después se casó, y después ya era viejo.

Cuarenta años saliendo a las rayas y volviendo.

La barca más quieta del puerto. Nunca pasó de la vista del faro.

—¿Y adónde quería irse? —preguntó Uma, que ya estaba parada al lado nuestro con el cuaderno abierto.

—Adonde quieren irse todos los que no se van —dijo Ismael, y agarró su cigarro y salió a fumarlo al patio, que es su manera de dar un tema por bien terminado.

Uma corrió al fondo, al umbral del taller de Abelardo, y la escuché repasar desde la puerta la flota de medios cascos, que tiene permiso de mirar y no de tocar. Volvió con el ceño fruncido y el lápiz cruzado en la boca.

—No está en el estante. Alba del Sur , Cardumen , Elisa . La Andariega no está.

—No están todas. Un astillero hace más barcos que recuerdos.

Lo anotó igual, en página nueva, en imprenta apretada: el nombre, el número, la fecha. Después me miró lijar el borde de la última letra con una atención de escribana.

—¿Le van a poner otro nombre cuando esté pintada?

—Los barcos no cambian de nombre. Trae mala suerte.

—¿A quién?

—Al que lo cambia.

Anotó eso también. Y yo seguí con la lija, pasada corta, grano fino, hasta dejar las letras limpias y hundidas en la madera oscura, y no voy a explicar lo que estuve pensando toda esa pasada porque no lo pensé con palabras.

Lo pensé con la mano. Alguien talló ese nombre hondo, a gubia, para que ninguna mano de pintura alcanzara nunca a borrarlo del todo.

Después alguien lo tapó. Una mano de pintura es un descuido.

Seis manos son una decisión. Y el nombre esperó abajo de todas, cuarenta años, panza arriba en una playa, con un cartel de helados atornillado encima, diciendo bajito la única palabra que esa barca nunca pudo cumplir.

En este astillero somos buenos tapando nombres. Hay uno en el cartel de la entrada, abajo de una tabla, que lleva años sin que yo lo destape.

Esa tarde no trabajé más. Me fui a afilar gubias que estaban afiladas.

El domingo hice números para adelante. Antes de sentarme pasé por la oficina y le di dos golpecitos con el nudillo al barómetro de Joaquín, como le daba él, y la aguja se movió un pelo para el lado bueno. No hace falta creer en un barómetro para que ayude.

Hacía dos años que el cuaderno del astillero era una lista de lo que debía. Le di vuelta la página y empecé otra lista, y la mano tardó en arrancar, porque planear es un músculo y el mío estaba dormido de no usarse.

Escribí: terminar la catorce. Calafateo, pintura, jaretas nuevas.

Escribí: chalana de Ríos, lancha del veraneante.

Escribí: casco de Soler, terminar cuando el trabajo pago dé aire.

Un barco a medio hacer en la grada es una deuda que te mira; mejor anotada que suelta.

Escribí: estacionar cedro ahora para el verano que viene, porque la madera que se compra cuando se necesita ya se compró tarde.

Escribí: segundo banco, porque si el chico de los Salas sigue viniendo va a haber que sentarlo cerca de Ismael, y a Ismael le va a venir bien tener dos alumnos, que con uno solo se aburre y lo persigue de más.

Y después hice el dibujo. La explanada del muelle, el mostrador, y encima un techo.

Cuatro postes, tirantes, chapa buena, la caída para el sur.

Porque la fila del sábado aguanta el sol de ahora, pero cuando empiece el frío la gente no va a comer parada bajo la llovizna, y una cocina que solo trabaja en verano no es un negocio: es una changa.

Lo dibujé a escala, con las medidas al margen, y en el rectángulo del mostrador, sin pensarlo, escribí el nombre de la que trabaja adentro, NINA, en imprenta, como rotulo las piezas en los planos para saber qué va dónde.

Lo miré un rato, ese renglón.

No lo borré. Un plano se hace con lo que va en el lugar, no con lo que uno teme que falte.

El lunes a primera hora llamé a la maderera de Punta Piedras y pedí los tirantes y la chapa, y el corralón me dijo que había que esperar, que ellos entregaban recién cuando empezara el frío.

Dije que estaba bien. Que para el frío, justo, lo quería.

Pagué la seña con la plata nueva, anoté el recibo en el cuaderno, en la página de las cosas que vienen, y me quedé un momento con el lápiz en la mano, mirando por el portón el mostrador cerrado del muelle, tranquilo como está tranquilo un hombre que por fin construye a plazo fijo sobre suelo firme.

Después bajé al galpón a darle la primera mano de fondo a la Andariega , con cuidado de no pisar las letras, que ahora que estaban destapadas había que protegerlas.

El nombre iba a quedar. Barniz encima, para que se lea.

Fue lo único que decidí sin dudar en todo el día, y lo decidí como se deciden las cosas ciertas: sin saber todavía cuánto me iba a costar.