19 · Nina
Hay un punto exacto en que la masa deja de ser harina y agua y se vuelve otra cosa, un punto que no se ve, que se siente en la base de las palmas, y yo llevo tantos años encontrándolo sin pensar que esa mañana me asusté cuando lo pasé de largo.
Amasé de más. Dos veces. La primera tanda me quedó correosa como una disculpa, y la segunda la salvé de milagro, y todo porque del otro lado del patio había un hombre cepillando una tabla de cedro con las mangas arremangadas, y el ruido del cepillo entraba en mi cocina con la regularidad insolente de una respiración, y mis manos, que saben trabajar solas, habían decidido que mirar era más urgente que amasar.
La barca número catorce ya estaba adentro del galpón, panza arriba sobre caballetes, con el pasto de la playa todavía pegado en la regala.
La habían subido con la camioneta y la marea alta, Mateo y el chico de los Salas, que desde el temporal aparecía por el astillero con cualquier excusa y se quedaba sin ninguna.
Ahora Mateo le sacaba la tablazón podrida del fondo, tabla por tabla, con una paciencia que daba un poco de rabia, porque era exactamente la misma paciencia que estaba usando conmigo.
Porque habíamos dado la palabra, él y yo, junto al portón.
Esto, mientras esté aquí. Ni un día más.
Y después la palabra se había quedado ahí, parada entre los dos como una herramienta nueva que nadie se anima a estrenar, y habían pasado días, y él me cebaba el fuego a la mañana y yo le dejaba el plato más grande al mediodía, y nos rozábamos las manos al pasar las cosas con una frecuencia que ya no engañaba a nadie, y ninguno de los dos cruzaba el patio de noche.
Yo, que me he ido de ciudades enteras con menos deliberación de la que estaba poniendo en no subir esa escalera, empezaba a encontrarle al asunto una comicidad amarga: dos adultos hechos y derechos, con un pacto firmado de palabra, esperando cada uno que el otro se hiciera cargo del primer clavo.
Esa tarde cerré la cocina del muelle temprano.
Bajé al galpón a buscar mis cajas y él estaba en la canilla del patio, lavándose el aserrín de los brazos con esa agua que sale del caño con temperatura de rencor, la camisa colgada del alambre, y no fue la espalda, aunque la espalda ayudó: fue que se lavaba las manos como se las lava la gente de trabajo, dedo por dedo, con una seriedad de cirujano pobre, y yo pensé que llevaba semanas mirando esas manos medir, cepillar, clavar, sostener, y que la paciencia también se termina, como el pan.
—¿Vas a cerrar el galpón esta noche? —dije.
Levantó la cabeza. El agua le corría por la muñeca.
—Siempre cierro.
—Cierra temprano.
Y me fui con mis cajas, sin esperar respuesta, porque hay frases que si te quedas a ver aterrizar pierden toda la autoridad.
Golpeó el poste de la escalera con los nudillos, dos veces, aunque el altillo es suyo, aunque el galpón entero es medio suyo, aunque me había visto encender el farol desde abajo.
Ese golpe me lo guardé para siempre en el mismo cajón donde guardo el mostrador que me hizo sin pedirle nada: la lista de las cosas que este hombre hace en lugar de hablar.
—¿Se puede?
—Se puede.
Subió. Y ahí estuvimos, los dos parados en un altillo del tamaño de una cocina chica, un hombre que arma barcos con las manos y una mujer que da de comer a pueblos enteros con las suyas, sin saber qué hacer con ellas.
La estufa tiraba bien. El farol hacía esa luz de yema de huevo.
Afuera el mar estaba en su sitio, para variar.
—Viniste con olor a jabón blanco —dije—. Te bañaste para mí.
—Me baño todos los días.
—A las nueve de la noche no.
Casi se ríe. Se le mueve una sola esquina de la boca, la izquierda, y hay que estar atenta porque dura menos que un fósforo, y yo estaba atenta.
Después se acabaron los chistes, porque dio un paso, me puso la mano abierta en un costado de la cara, con ese cuidado exagerado de la gente que conoce su propia fuerza, y me besó despacio, tan despacio que entendí que el beso del temporal había sido de otra especie, un beso de frío, de urgencia, de no morirse; este era un beso premeditado, un beso con testigos cero y tiempo de sobra, y eso lo volvía muchísimo más grave.
—Quiero sacarte esto —dijo contra mi boca, con los dedos en el borde del suéter—. ¿Puedo?
Y ahí empezó la parte que yo no me esperaba.
Porque yo había hecho esto antes, en otras ciudades, con otros hombres, y sé cómo suele ser el asunto: se sobreentiende, se avanza, se negocia a ciegas y con suerte nadie sale lastimado.
Pero Mateo Roldán, que no pide nada nunca, que no pidió ayuda ni con el astillero hundiéndose, que carga solo lo que cargarían dos, pedía.
En voz alta, en voz baja, una cosa por vez.
Puedo. Quiero. Dime. Preguntaba como quien mide dos veces antes de cortar una sola, y cada pregunta había que contestarla, y contestar sí, dicho así, con todas las letras, en un altillo con olor a leña, resultó ser una de las cosas más indecentes que he hecho en mi vida.
—Sí —dije. Y el suéter fue a parar arriba de la silla, y la camisa de él al piso, porque cada uno trata la ropa según su carácter.
Me encontró la cicatriz enseguida, la marca lisa y larga del antebrazo izquierdo, y no hizo ninguna de las dos cosas que hace la gente: no la esquivó con delicadeza de hospital ni la besó con solemnidad de película. La recorrió con el pulgar torcido, una pasada, como comprueba una veta.
—¿Freidora?
—A los diecinueve. El aceite salta más rápido de lo que una aprende.
—¿Duele?
—Hace años que no.
—Bien —dijo, y siguió de largo, y en ese seguir de largo había más respeto que en todos los besos solemnes del mundo.
Yo también hice mi inventario, porque dos pueden jugar a tasar.
El hombro derecho más bajo que el izquierdo, de años de cepillo.
Una costura vieja sobre las costillas que no pregunté esa noche.
Las manos ásperas hasta decir basta, con las líneas manchadas de un óxido que ya no sale, y el pulgar ese, torcido, mal soldado, que se sujeta a todo con una firmeza de más, como pidiendo perdón por el defecto.
Yo tengo las mías arruinadas de cocina, quemaduras chicas de horno, cortes cicatrizados de mil filos, la piel que no perdona el agua caliente y la lavandina.
Cuando entrelazó sus dedos con los míos y apretó, sonó a lo que era: dos oficios dándose la mano.
—Di lo que quieres —me dijo, ya en la cama, con una voz que le salía de más abajo que de costumbre—. Esta noche no adivino nada.
—Tú primero. Tú nunca pides nada. Quiero escucharlo.
Se quedó un momento callado, la frente contra la mía, y sentí el esfuerzo, el crujido de una compuerta con años de óxido, y después habló, y no fue poético ni fue grosero: fue exacto, que es lo que él sabe ser.
Quería verme. Quería que no me callara. Quería ir despacio la primera vez y que la primera vez no fuera la única de la noche.
Lo fue diciendo con las manos ya en camino, y yo fui contestando que sí, que sí, que eso también, y en algún momento la cama de hierro, que gime con solo mirarla, soltó un chirrido de naufragio que nos frenó en seco.
—Esta cama es de mil novecientos cincuenta —dijo Mateo, con la seriedad técnica de un peritaje.
—¿Y aguanta?
—Aguanta. Pero lo va a contar todo.
Bajamos el colchón al piso entre los dos, en camas separadas de risa, y fue la mudanza más corta y más feliz de mi carrera, yo que soy una experta en mudanzas.
Y sobre ese colchón en el piso, con la estufa de un lado y el farol del otro, terminamos lo que habíamos empezado a mitad del temporal, y no voy a mentir diciendo que fue perfecto, porque la primera vez no es perfecta ni entre expertos: hubo un codo mío en un lugar poco diplomático, hubo una interrupción práctica que él resolvió con un paquete comprado —según confesó, con dos clavos de vergüenza en la voz— en la farmacia de Punta Piedras, cuarenta minutos de ruta, para que no lo supiera el pueblo entero antes que yo.
—¿Y compraste algo más, para disimular?
—Lija del cuarenta.
—Romántico.
—Del cuarenta —repitió, como si el grano lo volviera más romántico, y me reí con la boca contra su hombro, y él se rió también, esa vez entera, y yo pensé que iba a cobrar caro haber escuchado esa risa, porque hay cosas que después no se pueden devolver.
Pero lo que no se me va a borrar no es la risa ni el codo ni la lija.
Es que fue lento cuando dijo que iba a ser lento, y que me miró todo el tiempo que dijo que iba a mirarme, y que cuando yo me olvidé del idioma él no se olvidó de mi nombre, lo dijo dos veces, bajito, como se comprueba un nudo.
Y que después, cuando yo era un asunto sin huesos sobre un colchón en el piso, siguió conmigo con una atención de artesano hasta que el altillo entero se me volvió blanco, y recién entonces se permitió terminar él, con la cara hundida en mi cuello, con un estremecimiento largo de árbol que se suelta, y todo su peso se me vino encima un momento, todo entero, y yo lo sostuve.
Eso es lo que no se borra: que este hombre que sostiene un astillero, una hija, un pueblo, un apellido, se dejó caer con todo el peso, un minuto, sobre una mujer que ya le avisó que se va.
Hay que ser muy valiente o muy tonto. Todavía no sé qué era yo esa noche.
Se durmió como trabaja: sin vueltas, profundo, con un brazo cruzado sobre mí que pesaba lo que pesa una viga y que no me moví para sacarme.
Yo no me dormí. Me quedé mirando la claraboya, que después del temporal quedó remendada con una chapa que corta la luna en dos mitades desparejas, y me puse a hacer lo que hago siempre después, lo que hice en todas las ciudades con todos los hombres buenos que tuvieron la mala suerte de cruzarse conmigo: el inventario de la salida.
Es un ritual viejo y funciona solo, como mis manos en la masa.
Dónde está mi bolso. Cuánto tengo encima.
Qué debo y a quién, para irme sin deber nada, porque esa es la regla, la única, la que me ha mantenido liviana durante diez años de país: se paga todo antes de partir y no se queda debiendo ni un favor, porque las deudas son raíces, y las raíces son de los árboles, y los árboles se quedan parados en el mismo sitio hasta que los voltean.
El bolso estaba abajo de la ventana. El rollo de cuchillos, colgado de su clavo. Las cuentas, al día.
Y entonces, con el brazo de Mateo Roldán pesándome sobre las costillas y su respiración moviéndome el pelo con la regularidad mansa de una marea que no amenaza a nadie, me encontré pensando una cosa nueva, una que no estaba en el ritual, una que me subió despacio como sube el agua cuando el mar cambia de opinión: que no quería tener las cuentas al día con este hombre.
Que quería deberle. Quería deberle el mostrador y el mango del cuchillo y el fuego cebado a la mañana y esta noche entera, quería una deuda larga, de las que no se saldan, de las que te obligan a volver, de las que te obligan a quedarte, y quererle deber a alguien, para una mujer que lleva la vida entera pagando por adelantado para poder irse sin ruido, no es un cariño: es una avería.
Me quedé quieta, con los ojos abiertos, midiendo el tamaño del agujero.
Afuera el mar estaba en su sitio. Yo ya no.