18 · Mateo
El mar devolvió el galpón a las seis de la mañana, sucio y de mal humor, como devuelve todo lo que toma prestado.
Hice el inventario con la primera luz. Barro hasta la rodilla de las columnas, y en todas la misma raya de sal, pareja, dos dedos abajo de la del sesenta y tres.
Leña mojada para dos semanas. Un saco de harina que no llegó arriba y que ahora era una piedra blanca.
Las herramientas del cajón bajo, al aceite antes del mediodía o al óxido para siempre.
El balandro, firme en sus camas, con la barriga llena de agua que ahora había que sacarle balde a balde, porque anoche dársela fue la solución y hoy era el problema.
Las pérdidas eran chicas. La lista de daños de un temporal así, en un galpón a nivel de rada, tendría que haber sido tres veces más larga.
No lo fue porque vino un pueblo entero a mojarse por este astillero.
Esa cuenta también la hice, y no me alcanzó el cuaderno.
Uma entregó su registro en el desayuno, con el cuaderno azul abierto sobre la mesa: el viento cambió a las cuatro y diez; el agua del patio empezó a bajar a las tres y veinticinco; total de personas contadas desde la ventana, catorce; ballenas, cero, «pero no descarto».
Cobró el título de observadora oficial y se fue a la escuela protestando, porque la escuela no se había inundado.
Para Uma el temporal fue una estafa con final flojo.
Para mí no. Ese era exactamente mi problema.
A media mañana pasó Simón a buscar la bomba del barco, con la voz gastada y el Perseverancia entero, y se quedó un rato achicando conmigo la barriga del balandro sin que nadie se lo pidiera.
Después llegó Ismael, que anoche se dejó llevar del brazo por Dora y hoy volvía a su paso de siempre, y se sentó en el banco a repasar los filos que el agua había salpicado.
Lo dicho: mañana vengo igual. Un temporal aguantado entre todos deja a un pueblo de buen humor para una semana.
A mí me dejó otra cosa, y no sabía dónde ponerla.
Yo estaba baldeando barro desde antes de la luz.
No por el barro. Cuando Nina bajó del altillo con dos tazas de café, le di las gracias mirando la pala.
Le hablé del calado de la puerta chica. Le pregunté si la harina de arriba estaba seca.
Soy capaz de hablar de harina una hora entera cuando el silencio tiene adentro una cosa que no sé cargar.
Nina me escuchó hablar de harina. Después se fue con las dos tazas. La mía sin tocar.
Ella contesta en su idioma.
Seguí trabajando. Para las diez ya había hecho todos los trabajos que un hombre puede hacer solo y en silencio, y me estaba quedando sin rincones donde esconderme adentro de mi propio galpón.
Lo de anoche no me lo podía sacar de las manos.
Y no era el beso. El beso fue lo más sencillo del mundo, dos personas con frío.
Era lo de antes del beso: que cuando el balandro se movió, en lo peor de la marea, yo no pensé en el barco.
Busqué primero dónde estaba ella. El barco de mi abuelo levantándose de sus camas, y yo contando cabezas hasta encontrar la suya.
Un hombre puede explicar casi todo lo que hace. Lo que mira, no.
Al mediodía el galpón quedó vacío: Simón se fue a dormir la noche entera de día, Ismael subió a almorzar a lo de Dora.
Entonces la llamé, porque el portón del mar había trabajado toda la noche y una hoja quedó fuera de escuadra, y para volverla a su sitio hacen falta cuatro manos, y porque no conozco otra manera de empezar las frases difíciles que con un peso repartido entre dos.
—¿Me sostienes esto?
Vino. Sostuvo. Con Nina se puede contar para sostener, que era exactamente de lo que yo tenía que hablar y no sabía.
—Anoche te besé —dije, con dos clavos en los labios, que es la única manera en que me salen estas frases.
—Estaba ahí, sí —dijo ella—. Buena memoria.
—Antes de que esto siga, o no siga, tienes que saber una cosa. Te la voy a contar una vez. Después no la cuento más.
Martillé el primer clavo. Las manos ocupadas dejan salir lo que las manos quietas no dejan.
—A Camila la conocí en la ciudad, los dos años que trabajé en un taller de allá.
Cuando el abuelo ya no pudo con esto, volví.
Ella vino conmigo. Yo le dije que el pueblo era chico.
No le dije que yo no pensaba moverme de aquí nunca más.
Se lo dejé descubrir sola, que es la peor manera de decirle algo a alguien.
Nina sostenía la hoja sin moverse. No preguntó. Sabe cuándo no preguntar. Seguí.
—Los primeros años había trabajo y yo lo agarré todo.
Catorce horas. Me iba de noche y volvía de noche.
Yo creía que la estaba sosteniendo: una casa, un plan, después una hija.
Pero yo sostenía desde el galpón de al lado, y sostener desde al lado es la manera más rara que existe de no estar.
Un puente sostiene. Nadie vive con un puente.
Puse el clavo siguiente. Lo martillé más despacio de lo que hacía falta.
—Y lo peor es que esa casa yo ya la había visto.
Crecí adentro. Mi madre le cocinaba a una cuadrilla de doce del otro lado del patio, y los hombres de esta familia estaban en el galpón.
Siempre. Yo crecí creyendo que un matrimonio tenía esa forma: ella adentro, sosteniendo; ellos al lado, serruchando.
No lo elegí. Lo respiré. Y cuando me tocó armar el mío, lo armé con la única plantilla que había en el taller.
No es excusa: las plantillas se pueden tirar. Yo ni la miré.
—Aquí yo respiro. Es el único lugar del mundo donde respiro; por eso volví y por eso no me fui ni me voy a ir.
Camila, en este mismo aire, se ahogaba. Despacio, sin escándalo, durante años.
Y yo miraba desde la orilla y creía que exageraba, porque el que respira siempre cree que el que se ahoga exagera.
Cuando se fue, el pueblo dijo lo que dicen los pueblos: que era esto, que era lo otro.
No era nada de eso. Era una mujer que se ahogaba, casada con un hombre que no era fácil de acompañar y que encima llegaba tarde.
No fue buena ni mala. Yo tampoco fui bueno ni malo.
Fui lento. En algunas cosas, ser lento es lo mismo que ser culpable.
Clavé el último clavo de la bisagra. Me sobraba uno. Me lo guardé en el bolsillo.
—No te estoy pidiendo perdón, porque no me lo debes tú, y no te estoy pidiendo nada. Trabajar mucho parece una virtud. Bien mirada, es un buen sitio donde esconderse con la conciencia limpia. Te lo cuento para que sepas con qué madera estás tratando. Esta veta ya torció una vez.
Le hice la seña y soltó la hoja, y probamos el portón entre los dos. Corrió entero, sin quejarse, mejor que antes del temporal. Ojalá todo lo que trabajó anoche quedara así.
Nina se limpió las manos en el pantalón, despacio.
—Ven —dijo—. Lo mío no se cuenta de pie.
Fuimos a la cocina y nos sentamos a la mesa de tablones, uno frente al otro.
Esa mesa la armaron Joaquín y Abelardo con los sobrantes de la primera barca que salió de este galpón; comí en ella toda la vida y nunca la sentí tan mesa de tratos como ese mediodía.
Cuando Nina habló no usó su voz de chiste ni su voz de cocina.
Usó una que yo no le conocía: plana, pareja, la voz de decir verdades sin ponerles nada encima.
—Ahora yo. Y también una sola vez. —Me miró de frente—.
Yo nunca me quedé en ningún lado, Mateo.
Nunca. No es mala suerte, y no es que no haya encontrado el sitio: es anterior a los sitios.
Cuando algo se pone bueno de verdad, me voy.
Me voy antes de que se gaste, antes de que me pidan quedarme, antes de deberle algo a alguien que después no pueda pagar.
Lo hago bien, lo hago rápido, aviso poco, y no lloro hasta la segunda ciudad.
Es lo que mejor sé hacer con las dos manos, después de cocinar.
—Hizo una pausa chica, sin bajar los ojos—.
No te lo digo para hacerme la interesante.
Te lo digo como se avisa en una cocina que la sartén está caliente: no para que no la agarres. Para que sepas con qué la agarras.
Le creí cada palabra. Y debajo de las palabras había otra cosa.
En la madera, cuando la veta se desvía sin motivo, abajo hay un nudo.
La veta de Nina se desvió dos veces mientras hablaba, un desvío chico, de ojos, hacia la ventana, y yo seguí sin saber dónde mirar.
Hay días para buscar nudos y días para clavar donde la madera deja. Ese día elegí el segundo.
Nos quedamos con eso entre los dos, su aviso y el mío, puestos uno al lado del otro, parejos como dos tablas listas para el empalme.
—¿Cuánto te queda aquí? —dije.
—No me lo pongas en días.
—No te lo pongo. —El resto lo dije mirando la veta de la mesa, porque mirándola a ella no me salía—.
Entonces así: esto, lo que sea esto, mientras estés aquí.
El día que te vayas, te vas. Sin deudas, sin reproches, sin escena en el muelle.
Nadie promete nada para adelante. Aquí las cosas se hacen con la palabra, y esta es la palabra.
—Solo mientras esté aquí —dijo ella, despacio, como quien prueba un filo con el pulgar.
—Ni un día más —dije yo.
Ya habíamos cerrado un trato antes, ella y yo, una noche en la cubierta del balandro, y lo cerramos con la mano, porque los tratos, en este astillero, se cierran con la mano.
Esta vez ninguno de los dos la ofreció: las manos se quedaron donde estaban, planas sobre los tablones de la primera barca.
Yo lo noté. Ella lo notó, porque lo nota todo. Ninguno de los dos dijo nada.
Lo que hizo fue agarrarme el pulgar torcido por encima de la mesa, el que me rompí a los veinte y no me hice ver, y sostenerlo un momento con toda la mano, como se sujeta una pieza que ya está medida.
Después se levantó a encender su fuego, que llevaba un día muerto, y yo me volví al galpón y me quedé aceitando una bisagra que ya estaba aceitada.
Al rato llegó desde la cocina el ruido de la leña arrancando, y el galpón olió otra vez a humo de cedro y a café. Ese olor ya lo tenía este galpón antes de conocerla. Ahora era de ella. Así trabaja Nina Cabral: no te saca nada; le pone su nombre a lo que ya tenías.
A la tarde fui a buscar a Uma a la escuela, cosa que no hago nunca, porque la escuela queda a cuatro cuadras y mi hija conoce este pueblo mejor que el cartero.
Me vio desde la puerta y no preguntó nada: guardó sus cosas, se colgó la mochila y caminó a mi lado en silencio dos cuadras enteras, que para Uma es un esfuerzo físico considerable.
—¿Adónde vamos?
—A la playa del sur.
Paró de caminar un segundo. Uno solo. Después siguió, con la cara seria y el paso más rápido, y la vi meter la mano en la mochila y sacar el cuaderno azul sin frenar.
El camino a la playa del sur baja por detrás del cementerio y se deshace en el canto rodado. Fuimos callados, con ese viento lavado que queda después de los temporales, el pueblo oliendo a algas removidas y a estufa encendida en pleno día, todas las puertas abiertas secando casas.
Las barcas estaban donde estuvieron siempre, varadas arriba de la línea de las mareas grandes, donde las dejaron sus dueños con la última fuerza que tuvieron.
El temporal ni las había despeinado. La del cartel de helados era la tercera empezando por la rampa, panza abajo el cartel, panza llena de agua de lluvia la barca, con el pasto creciéndole alrededor como a las cosas que ya nadie espera.
Le saqué el cartel con la pata de cabra. Cuatro tornillos oxidados que gritaron uno por uno. Después le sacamos el agua de lluvia, ella con una lata, yo con el balde, hasta el olor a laguna vieja del fondo. Uma metió la cabeza abajo de la bancada de popa y leyó, con voz de acta:
—Astillero Roldán y Cabral. Número catorce.
Después la recorrí como se debe. La quilla con el punzón, palmo a palmo, de proa a popa.
Las cuadernas, una por una, apretando con el pulgar.
El punzón entró en dos, la sexta y la de proa.
Lo demás, duro. Madera de antes, elegida por un hombre que medía con las manos.
En la proa, debajo de seis manos de pintura, se adivinaban letras.
—¿Cómo se llamaba? —dijo Uma.
—Eso se sabe lijando.
Lo anotó, palabra por palabra. A mi hija le gustan las respuestas que traen trabajo adentro.
—¿Y? —Estaba parada al lado mío con el lápiz listo, sin mirarme a mí: mirando la barca—. ¿Cuánto tiene?
—Dos cuadernas, tablazón del fondo, calafateo entero, pintura.
—¿Eso es mucho?
—Es un mes, si alguien ayuda sentado.
Uma abrió el cuaderno en una página nueva y escribió el número de la barca arriba de todo, como hace con las ballenas. Catorce. Debajo empezó una columna.
—¿Le vas a decir a Nina que sí?
—Mañana.
—¿Puedo registrar que ganamos?
—Registra que empezamos.
Anotó. La letra de imprenta apretada, la lengua en el labio, el viento moviéndole el pelo enredado que no se deja cortar. Después se quedó con el lápiz en el aire, mirando la barca, haciendo esa cuenta suya que no comparte hasta que está terminada.
—¿Dijiste un mes? —dijo.
—Más o menos.
—¿Y Nina va a estar todavía, cuando esté lista?
No la miré. Me agaché junto al casco y empecé a medir con las manos.