Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1) 17 · Nina
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17 · Nina

Me despertó la claraboya, que con lluvia mansa gotea en su olla como un reloj resignado, pero que esa noche no goteaba: redoblaba, como si arriba hubiera alguien probándola con las dos manos abiertas, y debajo de ese redoble había otro ruido más grande y más grave que yo no le conocía a este pueblo, un ruido de fondo que no era el mar de todas las noches contra la grada sino el mar fuera de su sitio, el mar en un lugar donde el mar no va.

La cama de hierro temblaba finito, con una vibración de motor lejano.

Era la una y media. Y el viento no silbaba, como dicen los libros: empujaba.

Se sentía el hombro del viento contra la chapa del galpón, un empujón largo, y otro, y otro, con el ritmo paciente de algo que no se cansa nunca porque no tiene adónde ir.

Abajo, en el galpón, la voz de Mateo dijo mi nombre. Una vez, fuerte, sin adornos. Ese hombre me había dicho Nina quizás diez veces en un mes y media docena fueron esa noche.

Bajé la escalera del altillo con las botas en una mano y el suéter a medio poner, y lo primero que entendí no lo entendí con los ojos sino con los pies: el piso de tierra del galpón brillaba.

Del portón del lado del mar venía entrando una lengua de agua ancha, tranquila, casi educada, que cruzaba el galpón como si tuviera las llaves.

No era una ola. Era el nivel del mundo que había cambiado de opinión.

Mateo ya estaba vestido, empapado, moviéndose con esa economía suya que en la emergencia se vuelve otra cosa, más rápida y más callada.

Junto al portón chico, atravesado y chorreando, estaba mi mostrador del muelle: había salido a buscarlo antes de despertarme.

No dijo nada de eso. Yo tampoco. No era el momento de las cosas importantes, o eso creí entonces, cuando todavía pensaba que esa noche iba a tratarse del agua.

—Sudeste con marea grande —dijo—. La pleamar es a las tres y diez. Hasta las tres y media el mar manda: el agua va a entrar, la peleemos o no. Lo que valga, arriba. Lo que no se pueda subir, se trinca.

—¿Y después?

—Después el mar se va solo. Siempre se va. El trabajo es que no se lleve nada puesto.

Marcó un número en el teléfono de la oficina, dijo dos frases —«Se mete el mar en el astillero. Avisa.»— y colgó. En Punta Vigía no hay sirena de bomberos: hay Dora.

Después trabajamos. Subí a la mesada de mármol los sacos de harina y el aceite, y los cuadernos de bitácora de Abelardo, que pesaban como un hombre y no pensaba discutirle al mar; maté el fuego de mi cocina con una olla de agua de mar, que debe de ser el pecado más raro de mi carrera, porque llevo la vida encendiendo cocinas muertas y la primera vez que este pueblo me necesitó entera fue para apagar la mía; y Mateo fue apilando en alto lo que el agua no debía tocar, las máquinas chicas, las cajas de bronce, el cedro bueno, con un orden que no era de esa noche sino de siempre, como si una parte de él llevara años esperando esta inundación exacta.

Uma apareció en la puerta del patio con las botas puestas encima del pijama, un impermeable de adulto que la envolvía dos veces y el cuaderno azul adentro de una bolsa plástica cerrada con nudo. Mateo no le gritó. La miró como se mira un parte meteorológico y le habló en su idioma.

—Ventana de la cocina de casa. Anotas a qué hora cambia el viento y a qué hora empieza a bajar el agua. Es un puesto de trabajo.

—¿Pago?

—Histórico.

Uma lo pensó lo que se piensan las cosas serias, dos segundos enteros.

—Acepto —dijo, y cruzó el patio corriendo, sujetándose la capucha, con la bolsa apretada contra el pecho como un parte de guerra.

Los primeros fueron los faros. La camioneta de Luli entró marcha atrás por la explanada hasta el portón chico y dejó las luces altas encendidas apuntando adentro, y de golpe el galpón tuvo día: un día blanco, rayado de lluvia, donde el agua se veía avanzar con una paciencia que helaba más que el viento.

Detrás llegó Simón, empapado de amarrar el Perseverancia —«dos amarras por banda y un rezo», dijo—, cargando la bomba de mano del barco al hombro. Y detrás de Simón, el pueblo.

Digo el pueblo y digo gente que yo conocía de la fila de las empanadas y de ningún otro lado: los dos Míguez, grandes como roperos, con guantes de descarga y botas de pescar que olían a galpón cerrado —el alto es el que pide sin picante—, que según Dora no pisaban el puerto desde que la pescadería bajó la persiana; el chico de los Salas, dieciséis años, flaco, eléctrico, con el cuerpo todavía sin estrenar en estas cosas; caras que hasta esa noche eran apellidos en el cuaderno de fiados de Dora y que de pronto tenían manos, y las manos agarraban baldes.

Dora no bajó al agua. Se plantó en la puerta del galpón con dos termos, una pila de ropa seca de origen desconocido y la autoridad de un puerto entero, y desde ahí gobernó la noche: quién entraba al agua, quién salía a secarse, quién tomaba café aunque no quisiera.

A mí me midió de una ojeada, me arremangó una manga que yo tenía mal doblada y me dijo «tú aguantas», y siguió, y yo aguanté, entre otras cosas porque Dora lo había dejado dicho.

A las dos y media apareció Ismael, con un impermeable que alguna vez fue una vela y una linterna de mano. Mateo se le puso delante, cerrándole el paso con el cuerpo.

—Vete a casa.

Ismael dio un paso a la izquierda, ese paso que da siempre para ofrecer el oído bueno, y esta vez lo dio al revés, ofreciendo el sordo.

—No te escucho —dijo. Y pasó.

Pero no fue al agua. Fue derecho a la columna del fondo, alumbró con la linterna una raya de pintura blanca a la altura del pecho, con un año escrito debajo: 1963.

—Hasta ahí llegó la del sesenta y tres —dijo, al galpón entero—. La raya la pintó Joaquín con el agua todavía adentro. El galpón aguantó esa. Aguanta esta. Trinquen el barco y esperen la vuelta.

Y el galpón entero le creyó, porque hay hombres que cargan la memoria de un lugar como otros cargan baldes, y esa noche entendí que ese también es un trabajo, y que nadie más podía hacerlo.

Lo del barco fue lo más largo. Mateo y los Míguez pasaron cabos por encima del casco del balandro y los hicieron firmes a los rieles de la grada, y acuñaron las escoras y las clavaron entre sí, mientras el agua les subía de los tobillos a las rodillas con esa fuerza tranquila que no discutía con nadie, que no golpeaba, que solo insistía.

El resto hicimos cadena de baldes hacia el portón chico, que era vaciar el mar con cucharas y lo sabíamos, pero mantenía el agua lejos del rincón del taller de Abelardo, donde el piso es más bajo, y sobre todo mantenía las manos ocupadas, que en las noches largas es la mitad de la salud.

Yo estaba en esa cadena, entre el Míguez alto y el chico de los Salas, pasando y devolviendo baldes con un ritmo que me sabía de memoria sin haberlo hecho nunca, porque es el ritmo de cualquier cocina en hora pico, agarrar, girar, entregar, volver.

Mi fuego estaba muerto, ahogado por mi propia mano, así que por primera vez desde que tengo memoria yo estaba en medio de la gente sin nada que ofrecer que saliera de una olla: brazos, nada más.

Y en una de esas vueltas me di cuenta de que nadie, en toda la noche, me había preguntado qué hacía yo ahí.

Llevo la vida entera contestando esa pregunta antes de que me la hagan.

Esa noche nadie la hizo. El balde llegaba, yo lo pasaba, y eso era todo lo que este pueblo necesitaba saber de mí.

Pensé también, con el agua en los muslos, en lo que yo sabía y ellos no. El frío que me subió entonces no venía del mar.

A las tres menos veinte se soltó una estiba de tablones que no habíamos llegado a subir, y aprendí en diez segundos que la madera, que en tierra es la cosa más noble que existe, en el agua es un ariete.

Los tablones cruzaron el galpón de punta, empujados por el mismo empujón paciente que traía todo lo demás, y uno le pegó al chico de los Salas a la altura de la rodilla y lo sentó en el agua, y Simón lo levantó de un tirón del cuello del impermeable como se saca un cachorro de un balde.

Luli lo revisó ahí mismo, arrodillada en el agua, con esas manos de revisar animales grandes que son las más suaves que tiene, y dictaminó golpe y susto, y el chico quiso volver a la cadena y Dora lo mandó al café con una sola ceja.

Los tablones los arriamos entre cuatro, con bicheros, como se pesca una balsa.

Nadie se rió mientras pasaba. Después sí.

Y a las tres y cinco, cuando el agua andaba por la mitad del muslo y la grada era una rampa hacia el fondo del mundo, el balandro crujió y se movió.

Un dedo. Quizás menos. Pero lo sentimos todos, en las plantas de los pies, en los cabos, en el silencio instantáneo que se hizo: el ruido de algo que pesa toneladas cuando empieza a dejar de pesarlas.

—¡Agua adentro! —gritó Mateo—. ¡Denle agua al barco!

Alguien creyó que había oído mal. Yo no, porque ya conozco la lógica de este hombre: un casco vacío flota, un casco lleno se queda.

Así que ahí estuvimos, una fila de gente con el mar por la cintura, sacándole agua al galpón con una mano y echándole agua a un barco con la otra, y tenía todo el sentido del mundo y parecía el manicomio más caro de la costa.

El balandro bebió como veinte baldes y se volvió a sentar en sus camas, pesado, quieto, nuestro.

La pleamar pasó a las tres y diez, como estaba anunciado. El mar se tomó un cuarto de hora más, por si acaso, sosteniendo el nivel con el viento, y a las tres y veinticinco la línea de espuma que lamía la columna del fondo se detuvo, lo pensó, y empezó a bajar.

—Va de vuelta —dijo Ismael, sin triunfo, como se anuncia un tren.

El agua se había quedado a dos dedos de la raya del sesenta y tres. Nadie tuvo que pintar encima de Joaquín.

Recién entonces Simón armó la bomba de mano en el rincón del taller, donde el agua no tiene salida, y se puso a bombear con un ritmo de remero, y el galpón entero se llenó de ese ruido de sorbo enorme, el ruido de la noche terminándose.

Se fueron con la primera luz gris, de a uno, como habían venido.

Dora repartió ropa seca sin preguntar tallas y acertó todas.

A mí me tocó un suéter de lana gris, dos talles más grande, que olía a naftalina y a una casa que no conozco, y me lo puse como se ponen los abrazos de la gente que no abraza.

El chico de los Salas se fue rengueando y feliz, con una historia para toda la temporada.

A Ismael se lo llevó Dora del brazo, y él se dejó llevar, que fue la segunda cosa más rara de la noche.

Antes de irse se paró en el portón chico, miró el galpón de punta a punta, se quitó la gorra empapada, la escurrió y se la volvió a poner, acomodándosela con las dos manos.

Nadie me había enseñado el idioma de Ismael, pero hay frases que se entienden sin traducción, y esa era larga, y no era para nosotros: era para el galpón.

Luli apagó por fin los faros de la camioneta, y el galpón volvió a ser un bulto oscuro con un farol adentro, y el farol lo tenía yo.

Quedamos él y yo y el agua yéndose, con su ruido de disculpa.

Fuimos juntos a revisar las trincas del balandro, porque el oficio no se fía ni de sí mismo, y tiramos del mismo cabo para probarlo, su mano arriba de la mía o la mía arriba de la suya, a esa altura ya no importaba el orden.

El casco estaba firme. El galpón estaba en pie.

Todo lo que importaba había aguantado, y entonces, como pasa siempre, el cuerpo presentó la factura: me castañeteaban los dientes con un ruido de vajilla mal apilada, y a él le temblaban las manos.

A él. Al hombre que clava un clavo de dos golpes le temblaban las manos sobre el cabo, y eso fue lo que me perdió, porque yo podía resistir cualquier cosa de Mateo Roldán menos verle temblar las manos.

No sé quién empezó. Él diría que yo, yo diría que él, y los dos mentiríamos con la misma poca fe.

Sé que fue corto y que no fue elegante: chocamos los dientes, nos sujetamos de la ropa empapada como si todavía hubiera algo que achicar, y su boca era lo único caliente que quedaba en todo el puerto, y sabía a sal, al café de Dora, a esa hora de la noche que no tiene nombre.

Duró lo que dura una ola. Nos separó el frío, o respirar, que también es obligatorio.

No dijo nada. Yo tampoco dije nada.

Por una vez, yo tampoco.