Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1) 16 · Mateo
42%

16 · Mateo

El teléfono de la oficina suena tan poco que ya es casi un adorno.

Sonó un martes a las once de la mañana, con sol afuera, mar planchada, un día de esos que no avisan nada.

Yo estaba en la grada, presentando una tabla de la regala, midiendo con las manos antes de marcar.

Ismael estaba en la piedra de afilar, sacándoles filo a los formones, uno por uno, sin apuro.

Afilar no es esfuerzo, dice él. El médico dijo reposo.

Ismael dice que afilar es una manera de estar sentado.

Ya nadie le gana una discusión a Ismael, y ese es otro problema, pero no era el de ese martes.

El casco venía bien. Atrasado, pero bien. Esa mañana yo había marcado la tabla tres veces antes de cortar, y no por duda: por gusto. Hay semanas en que el oficio devuelve algo. Debí sospechar.

Atendí al cuarto timbrazo, limpiándome la mano en el pantalón.

—Astillero Roldán.

—Roldán. Habla Soler.

El del balandro. Ocho meses sin llamar, y estaba bien así: los clientes de encargo grande no llaman para preguntar por la madera. Llaman para dos cosas. Para adelantar dinero o para lo otro.

—Le voy a decir esto de una sola vez —dijo—, porque lo ensayé de tres maneras y todas eran peores. No voy a poder seguir con el barco.

Del otro lado de la ventana, la piedra de Ismael dejó de girar. Con el oído bueno le alcanza para saber cuándo un ruido sobra.

—¿Es definitivo o es dinero? —dije—. Porque si es dinero, un barco sabe esperar. La madera no se vence.

Se quedó callado un momento.

—Me estoy separando, Roldán. El barco era un proyecto de los dos. No le cuento mi vida para darle lástima: se la cuento entera para que no piense que es un regateo. No hay barco porque ya no hay nosotros.

No contesté enseguida. Hay averías que uno reconoce de oído.

—La seña es suya —siguió—. Eso lo sé y no la reclamo. El saldo no lo voy a pagar. Y el casco… haga con él lo que pueda. Véndalo, termínelo, quémelo. Lamento el tiempo que le hice perder, y lamento más esta llamada.

—Que le vaya bien, Soler —dije. Y era cierto, dentro de lo que se podía.

Colgué. Me quedé con la mano encima del teléfono, mirando por la ventana de la oficina.

En la grada, el casco. Doce metros de cedro sobre cuadernas de lapacho, la regala a medio presentar, la cubierta abierta.

El encargo más grande del astillero en quince años.

Desde ese martes a las once y cinco, otra cosa: un barco que nadie pidió.

Abrí el cuaderno del escritorio, no porque me hiciera falta.

Esa cuenta me la sé dormido. La seña fueron ochenta mil, y están gastados: el cedro y el lapacho, cortados a medida —y la madera cortada no se devuelve: deja de ser madera y pasa a ser barco, y medio barco no es nada—; el bronce de la clavazón; dos cuotas del banco; el resto, vivir.

El saldo eran ciento sesenta mil contra entrega.

Con el saldo yo iba a pagar los ocho meses de Ismael, después el banco, después el invierno.

El orden lo tenía escrito con lápiz en la tapa del cuaderno, para verlo sin abrir.

Lo dejé donde estaba. Un orden sin dinero no es un orden. Es una lista de deseos.

Y había otra cuenta que no está en ningún cuaderno.

El trato con Nina es de palabra: sesenta días para llegar con el dinero de su mitad, un tasador de afuera que ponga el número, y si no llego, ella vende a quien quiera.

Con el banco de Punta Piedras no se habla de planes: se habla de entregas.

Un astillero que entrega un balandro de doce metros es un astillero al que Prieto puede prestarle.

Un astillero con medio casco de nadie en la grada es exactamente lo que Prieto ve cuando abre mi carpeta.

Soler no canceló un encargo. Canceló el camino.

Y el plazo ni se enteró: los plazos no se enteran de nada, para eso son plazos.

Hice igual la lista de compradores en la cabeza, porque el orden es lo último que se pierde: el club náutico de la ciudad, que hace años compra fibra; los tres o cuatro apellidos de la costa con dinero, que ya tienen barco o ya no tienen dinero; algún soñador de puerto, que por definición no paga. La lista me duró lo que un fósforo.

Salí. Ismael ya estaba de pie junto a la piedra, secándose las manos con el trapo, puesto a mi izquierda, como siempre. No preguntó. Tampoco lo hice esperar: los números se dicen de frente o no se dicen.

—Soler canceló. La seña queda, pero está gastada. El saldo no existe más.

Miró el casco un rato largo. Después levantó la gorra del banco de trabajo y se la puso despacio, acomodándola con las dos manos. Ismael dice las cosas importantes con la gorra.

—Mañana vengo igual —dijo.

Se fue por el portón chico, a su paso, derecho como un palo.

Lo seguí con la vista cuesta arriba hasta que dobló en lo de Dora.

Después fui hasta la grada y puse la mano abierta sobre la tablazón.

El cedro estaba tibio de sol. Sano, cerrado, perfecto.

Un barco entero metido adentro de medio barco, esperando a alguien que lo pague.

No existe ese alguien. Eso también lo supe de oído.

Una vez le dije a alguien que este barco lo estaba construyendo dos veces: una en la grada y otra en la cabeza, de noche, para que ninguna de las dos se hundiera.

Se hundieron las dos el mismo martes, a la misma hora, sin hacer ruido.

En eso los barcos son honestos hasta el final: lo grande se hunde callado; el ruido lo hacen las cosas chicas.

Esa noche Nina contó la caja como todas las noches, en la cocina del galpón, con la lata de galletas y su cuaderno de columnas prolijas y letra de receta.

Uma hacía la tarea en la otra punta de la mesa, con el cuaderno azul al alcance de la mano, por si la tarea se ponía de ballenas.

Esperé a que terminara los fajos. Las malas noticias no se dan encima del dinero contado a medias.

—Soler canceló el encargo —dije cuando cerró la lata—. El balandro queda en la grada. La seña está gastada y el saldo no va a llegar.

Nina no dijo qué pena ni qué vamos a hacer.

Preguntó cuánto era el saldo, y se lo dije.

Preguntó qué pagaba el saldo, y se lo dije también, en orden: Ismael, el banco, el invierno.

Movió los labios sin voz, como cuando repasa una lista de compras, y le vi hacer la cuenta entera y llegar al mismo pozo al que había llegado yo a las once y cinco de la mañana.

—Bueno —dijo, y apoyó las dos manos abiertas en la mesa—. Entonces te lo digo esta noche, porque lo tenía guardado para más adelante, y más adelante acaba de cancelarse también. Tengo una propuesta.

—No estoy para propuestas.

—Por eso es el momento. Escúchala entera y después dime que no.

Se acomodó en la silla como se acomoda para amasar, los codos afuera, todo el cuerpo puesto en el asunto.

—En la playa del sur hay nueve barcas de madera varadas —dijo—.

Las vi el primer mes, cuando todavía paseaba, y las volví a mirar bien la semana pasada.

Los turistas les sacan fotos, Mateo. Bajan del autobús, ven ballenas si el mar quiere, comen lo que yo les cocino, y después les quedan tres horas muertas y las gastan sacándoles fotos a barcas muertas, porque son lo más hermoso que hay en esta costa aunque estén tiradas en el canto rodado llenándose de agua de lluvia.

Ahí hay un negocio al que solo le falta alguien que lo mire de frente: restaurarlas para la temporada.

Calafatearlas, pintarlas, ponerles nombre, y que naveguen.

Paseos por la rada. Alquiler por hora. Los días que el Perseverancia sale lleno y deja a veinte personas en el muelle con las ganas y el dinero en el bolsillo.

La cocina junta a la gente en el muelle; las barcas la suben al agua.

Un solo negocio con dos mostradores. Dora conoce a los dueños de las nueve, o a las viudas de los dueños.

Luli sabe qué papeles pide la comisión. No estoy inventando nada: estoy mirando lo que ya está en la playa.

Y una barca de cinco metros no necesita grada ni aparejos: se calafatea sentado, a la sombra, con un termo cerca.

Sentado, Mateo. Piensa quién de esta casa trabaja sentado.

Eso último lo dijo despacio, y no necesitó ningún nombre.

Cerraba. Ese era el problema: cerraba como cierran los presupuestos de la gente que no es del oficio, redondos, sin una pieza de más, porque les faltan las piezas que no se ven.

Y cerraba por otra razón que no le dije: porque por un momento lo vi.

Vi el muelle con gente, la pintura fresca, Ismael a la sombra con un pincel, la caja pagando lo que debe.

Lo vi como se ve una casa ajena por una ventana iluminada, y me duró dos segundos, y del otro lado de esos dos segundos estaba mi abuelo cepillando una cuaderna sin levantar la vista.

—No —dije.

—¿Qué parte?

—Todas. —Busqué una manera mejor de decirlo y no la había, así que fui derecho, que es lo que sé hacer—.

Mi abuelo levantó este galpón para construir barcos de trabajo.

La pescadería de los Míguez se fundió y ahora es una foto.

La hostería del Vasco se fundió y ahora es una foto.

Yo veo esa fila de teléfonos apuntando a las barcas y veo lo mismo que tú: veo el dinero, ciego no soy.

Pero el día que este astillero se dedique a dejar bonitas las barcas muertas para pasear turistas con chaleco naranja, ese día el astillero también es una foto.

Una foto que cobra entrada. Prefiero que se funda siendo un astillero a que sobreviva siendo el recuerdo de uno.

Nina me sostuvo la mirada sin apuro, sin enojo, con esa paciencia suya que es peor que el enojo.

—Los recuerdos no calafatean —dijo—. Los astilleros sí.

—Dije que no.

Uma levantó la cabeza de la tarea. Hacía rato que el lápiz no se movía. A ella el lápiz quieto la delata, igual que a mí.

—¿Puedo decir una información? —dijo.

Uma no pide permiso para opinar: pide permiso para informar. Nadie se lo dio. Siguió igual.

—Las barcas de la playa son nueve. Las tengo contadas del invierno pasado, del registro de cosas del puerto.

—Pasó las hojas del cuaderno azul mojándose el dedo, hasta dar con la página—.

Cuatro tienen una chapa de bronce en la bancada de atrás, chiquita; hay que meter la cabeza abajo para leerla.

Dice Astillero Roldán y Cabral, y un número. La Torcaza es la dieciséis.

En la cocina no se movió nadie. El fuego hizo su ruido de fuego.

—Esas cuatro las hizo el abuelo Joaquín —dijo Uma, por si algún adulto venía lento—.

Y están en la playa, llenas de agua, y una tiene un cartel de helados atornillado.

Tú siempre dices que un barco en tierra se pudre.

Bueno: son barcos del abuelo y se están pudriendo ahí al lado.

No entiendo qué estás cuidando, si lo del abuelo ya está tirado en la playa y tú tienes las herramientas.

Miró a Nina un segundo, volvió a su cuaderno, anotó algo en columna con su letra de imprenta apretada, y regresó a la tarea, como quien ya entregó el informe y no cobra por explicarlo dos veces.

Hay maderas que aguantan cualquier carga y se parten con un golpe chico dado en la veta justa. Mi hija tiene ocho años y golpea en la veta desde los tres.

—Se levantó la mesa —dije—. Uma, a lavarte los dientes.

No era un argumento. Lo sabíamos los tres.

Nina juntó la lata y el cuaderno sin apuro. En la puerta de la cocina se dio la vuelta, y yo esperé la insistencia, el segundo intento, la venta de rematador. No llegó. Esa mujer negocia mejor que Uma, y ya es decir.

—La propuesta no vence esta noche —dijo—. Buenas noches, socio.

Se fue por el galpón oscuro con la lata bajo el brazo, y la escuché subir la escalera del altillo, y el galpón se quedó con ese silencio que dejan las personas que hablan mucho, que es más silencio que el otro.

Crucé el patio con Uma. Se lavó los dientes en un silencio perfecto, que en ella es una opinión con todas las letras. Cuando la tapé, me miró desde abajo de la manta.

—¿Estás enojado conmigo?

—No.

—¿Con Nina?

—Con nadie. Duérmete.

—Anoté la barca del cartel de helados —dijo, ya de costado, con los ojos cerrados—. Para cuando cambies de idea. Es la que está menos peor.

Volví al galpón a apagar y no apagué. Me quedé al pie de la grada, mirando el casco de nadie bajo la lámpara de trabajo, y repasé mi razón pieza por pieza, como se repasa una junta antes de encolar.

Estaba entera. Tres generaciones de razón, sin una rajadura.

Tuve razón toda la noche, completa, para mí solo, en un galpón sin encargos, al lado de un barco sin dueño, con la única socia y la única hija que tengo durmiendo del lado contrario de mi razón.

Nunca tuve tanta razón junta. Nunca me alcanzó para menos.

Antes de acostarme pasé por la oficina. El barómetro de Joaquín, que atrasa como todo aquí, había bajado dos rayas desde la mañana. Le di un golpe suave con el nudillo, por costumbre. Bajó otra.

Afuera, el viento estaba girando al sudeste. Se lo oía darse vuelta sobre la bahía, despacio, como un animal grande que se acomoda para algo.