15 · Nina
La camioneta blanca volvió un miércoles.
Yo venía de la casita de Ismael, detrás de la rampa, de dejarle una vianda que él aceptó protestando, que es como acepta todo: me abrió la puerta, se me puso a la izquierda para escucharme con el oído bueno, dijo que la comida de los médicos lo iba a matar antes que el corazón, y se quedó la vianda.
En el patio tiene un limonero que no da limones.
Me lo mostró como quien presenta a un socio.
—No da nada —dijo—. Pero da sombra y no se queja. Mejor empleado que yo.
—Tú das conversación.
—Eso dice el médico. Que camine y converse. —Escupió a un costado, con precisión de oficio—. Cuarenta años esquivando charlas para terminar recetado.
Subí la cuesta con la lista de las compras en la cabeza, harina, aceite, papel de estraza, y ahí estaba, arriba, donde la avenida encuentra la ruta: blanca, alta, limpia, estacionada con la trompa hacia afuera, como estacionan los que no piensan quedarse.
Renzo esperaba apoyado en la puerta, con el teléfono en la mano y sin mirarlo, que es su manera de avisar que el que espera soy yo.
—Aquí no —empecé.
—Va a ser corto —dijo.
Y fue corto, porque Renzo Ferreyra no gasta: ni palabras, ni gestos, ni mentiras. Ese es todo su secreto. Uno se pasa la vida preparándose para pelear contra un lobo y le mandan un hombre educado que dice la verdad.
—Los agrimensores trabajaron con los planos de catastro —dijo—.
Sirvieron. No hizo falta molestar a nadie en el predio, que era lo que querías, y lo respeté.
Ahora necesito lo que no puede salir de un plano: una fecha.
El escribano precisa diez días hábiles para dejar todo listo.
Quedan treinta y nueve días, Nina. Necesito que elijas un día de la última semana, y que lo elijas ahora, o pasado mañana a más tardar.
Treinta y nueve. Yo llevaba semanas sin decir el número ni de noche, escondiéndolo debajo de la harina, y él lo puso al sol en mitad de la calle, sin crueldad, como se lee una planilla.
—¿Y si no elijo? —dije.
—La cláusula se ejecuta sola. No la ejecuto yo. —Se guardó el teléfono—. Eso es lo que la gente no entiende de los contratos: creen que del otro lado hay una voluntad, alguien que puede apiadarse o ensañarse. No hay nadie, Nina. Hay un texto. Lo firmamos los dos y desde entonces trabaja solo.
—Podrías romperlo tú.
—Podría. —Lo consideró de verdad, un segundo, con la cabeza ladeada, y eso fue lo más frío de toda la mañana—.
Me cuesta el puesto y a ti no te salva: Costa Nova ejecuta igual.
Yo firmo por la empresa. No soy la empresa.
—Hizo una pausa—. Si tuvieras los cuatrocientos mil, esta conversación no existiría. ¿Los tienes?
No contesté. Él tampoco necesitaba que contestara.
Abrió la puerta de la camioneta, sacó del asiento una carpeta fina, gris, con el logo de Costa Nova en una esquina, y me la tendió con las dos manos, como se entrega un plato.
—El borrador de la escritura. Léelo con tiempo. Está todo como lo pactamos; no va a haber sorpresas, porque yo no trabajo con sorpresas. Falta la fecha y falta tu firma. Todo lo demás ya está.
La agarré. Pesaba menos que un cuaderno de escuela. Adentro, en la primera hoja, se veía mi nombre completo escrito por un tercero, con los dos apellidos, y descubrí una cosa idiota y verdadera: mi nombre escrito por otros tiene una autoridad que mi nombre dicho por mí no tuvo nunca.
—Te está yendo bien la cocina del muelle —dijo entonces, mirándome el delantal, la harina vieja en las costuras—. Se comenta hasta en la ciudad. Me alegro. —Y antes de que yo pudiera decidir si eso era una amenaza, agregó—: No cambia nada, pero me alegro de verdad.
Esa es su arma, si es que tiene una: que todo lo que dice se puede firmar. Miró el mar, abajo, que estaba abierto y enorme, con un soplo blanco lejos, y esta vez sí lo miró.
—Es lindo —concedió, como se concede un punto en una discusión—.
Va a seguir siendo lindo. Eso también lo firmo.
—Se despegó de la puerta—. Del otro lado hay un millón, Nina.
Con la mitad pones el local que quieras en la ciudad que elijas.
Y te digo una cosa más, y no es parte de la negociación: el proyecto va a tener gastronomía.
Cuando esto sea otra cosa, me gustaría que la cocina la lleves tú.
Cocinas mejor que cualquier plan de negocios que me hayan presentado.
Lo dijo como un regalo. Lo era, incluso. Esa es la parte que nadie me va a creer nunca: que el hombre de la camioneta blanca jamás me levantó la voz, jamás me mintió, jamás me pidió nada que yo no hubiera firmado antes. El hielo no grita. El hielo sostiene, sostiene, sostiene.
—El viernes te va a llamar la escribanía —dijo, ya subiendo—. Contesta el teléfono. Por tu bien, no por el mío.
La camioneta tomó la ruta y se fue haciéndose chica, como la otra vez, igual que la otra vez, salvo que la otra vez yo todavía creía que el tiempo era una cosa que se estira.
Me quedé un momento donde estaba, con el pastizal batiendo detrás y la carpeta en la mano, y después hice lo que se hace con las cosas que no se pueden mirar: la guardé en el fondo del bolso de lona verde, debajo de la lista de las compras, y bajé al almacén a comprar harina, aceite y papel de estraza, en ese orden, diciéndome cada palabra de la lista como un rezo de gente que no reza.
—¿Quién era el de la camioneta blanca?
Mateo salió del almacén con una bolsa de clavos en la mano y el lápiz de carpintero atrás de la oreja.
Venía de renovar el fiado. Me lo preguntó sin sombra, sin sospecha, con la curiosidad simple de un pueblo donde las camionetas limpias se cuentan de a una.
Detrás de él, en su puerta, Dora nos miraba con los lentes en la punta de la nariz y el cuaderno de fiados contra el pecho.
Yo podría haber mirado el mar. Nadie me exigía nada. Podría haber mirado la bolsa de clavos, la cuesta, mis zapatillas gastadas. Lo miré a los ojos.
—Un comprador —dije—. Anda mirando terrenos por la costa. Le dijeron que la hostería del Vasco estaba en venta.
No me tembló la voz. Eso fue lo peor. Me salió con la voz de todos los días, la voz de pásame la sal, redonda y tibia, mientras por dentro algo tomaba nota con una letra que yo no le conocía a mi mano.
—¿La hostería? —Mateo miró cuesta arriba, hacia las sillas patas arriba detrás del vidrio, y le vi hacer el cálculo del pueblo entero en dos segundos—.
Ojalá la compre. Lo de Olga son cuatro cuartos sobre la ruta y medio año cerrado.
Un pueblo donde no se puede dormir no es una parada: es un desvío.
—Se acomodó la bolsa bajo el brazo—. Mientras no ande mirando el astillero.
—El astillero no está en venta —dije.
—No —dijo él, y algo se le acomodó en la cara, algo que venía acomodándose desde hacía semanas y que yo no tenía ningún derecho a mirar—. No está.
Dora no dijo nada. Ni «¿más papeles?», ni «ese vuelve», nada. Me sostuvo la mirada un momento por encima de los lentes y después entró a atender, y yo supe que acababa de anotarme en algún cuaderno que no me iba a mostrar nunca. Los fiados de palabra también se anotan.
Bajamos juntos la cuesta. Mateo estaba hablador, para su escala: dos frases por cuadra.
Me contó que había encargado lapacho a la maderera de Punta Piedras, para reponer el que se comió el Perseverancia , y que se lo traían el jueves.
Me contó que el lunes empezaba Ismael, de mirador del casco, con el alta en el bolsillo y órdenes de caminar.
Me contó que le había hecho un banco para la grada, liviano, de un solo tablón curvado, para que lo pudiera mover solo sin hacer fuerza.
Lo dijo rápido y mirando adelante, como quien confiesa un gasto.
—¿La silla la hiciste anoche?
—Las sillas no se hacen de noche —dijo. Y tres pasos después—: La terminé de noche.
Cada palabra suya me pesaba el doble, porque me la estaba dando a una mujer que le acababa de mentir a dos metros del error, mirándolo a los ojos, con la voz de pásame la sal.
Él no lo sabía. Caminaba al lado mío cargando clavos para un negocio que era nuestro a medias, diciendo «el astillero no está en venta» con la tranquilidad del que cree que las cosas que uno cuida se quedan quietas.
En la puerta del galpón se detuvo.
—El sábado no le hagas caso a Simón —dijo—. Lo del barco al atardecer se lo dice a todas.
—¿Y la manta y el vino?
—A todas.
—Qué alivio —dije—. Ya me estaba sintiendo especial.
Me miró un segundo de más, como si la palabra especial hubiera quedado vibrando a la altura de las bocas, y después entró con sus clavos, porque es Mateo, y las cosas que no puede decir las clava.
Esa tarde bajé a la cocina más temprano que nunca.
Uma estaba en la mesada haciendo la tarea, con el cuaderno azul a un costado por si el mar avisaba algo. Levantó la vista, me estudió con esa aduana que tiene en los ojos y decidió intentar un negocio, porque Uma no deja pasar un adulto debilitado.
—¿Si te ordeno el rollo de los cuchillos me das la punta de la masa?
—Sí.
—¿Y si además te limpio la mesada?
—También.
Frunció el ceño. Dejó el lápiz.
—Tú nunca dices que sí a la primera.
—Hoy sí.
—¿Estás triste?
—Tengo cebolla —dije—. Es idéntico.
Me lo aceptó porque le convenía, pero anotó algo mental con la misma letra de su padre, y siguió con la tarea vigilándome de reojo, como se vigila una olla que ya se derramó una vez.
Arriba, en el altillo, debajo de la cama de hierro, la carpeta gris esperaba dentro del bolso verde con la paciencia infinita de las cosas firmadas. Treinta y nueve días, había dicho Renzo al sol, en mitad de la calle, y los números dichos en voz alta ya no se dejan tapar con harina.
Piqué la cebolla con el gyuto. El mango nuevo me llenaba la mano con una exactitud que no era casualidad: estaba tallado sobre la medida de mis dedos, que alguien había tomado sin pedirme permiso, una noche entera, para pedir perdón por un grito.
Cada vez que lo agarro, la mano se acuerda.
Esa tarde hubiera preferido un cuchillo que no supiera nada de mí.
Yo sabía exactamente lo que acababa de hacer.
No me lo escondí, porque esconderse las cosas es un oficio y yo ya tenía las manos ocupadas con otro.
Lo que yo tenía ahora no era el silencio con el que llegué, aquel callarme ancho y sin bordes que casi se podía confundir con prudencia.
Un silencio es una puerta sin abrir. Lo mío ya tenía fecha probable, escribanía, un número de días y el nombre de una hostería muerta usada de coartada.
Lo mío tenía los ojos de Mateo mirándome creerme.
Y había un trato, además. El viejo, el primero, el que no necesitó escribanía: mientras corrieran los sesenta días, yo no escuchaba otras ofertas.
Nos lo habíamos dado con la mano. La oferta que yo no debía escuchar dormía en el fondo de mi bolso, escuchada, firmada antes de conocerlo y con borrador de escritura, y esa misma mañana yo le había prometido una fecha.
Hay gente que rompe un trato. Yo lo estaba rompiendo por las dos puntas: la escrita y la otra, la que valía.
Y aun así salé el agua. Estiré la masa. Le di a Uma la punta prometida y la vi comérsela con esa seriedad con la que come todo lo que ganó negociando.
Encendí el fuego, que prendió a la primera, como prende siempre, porque el fuego no pregunta quién lo enciende.
Afuera se oía a Mateo descargando madera, un tablón contra otro, parejo, confiado, el sonido de un hombre acomodando el futuro en pilas prolijas.
Puse la olla. Era jueves, y los jueves se deja masa hecha para el viernes, y abajo había un pueblo con hambre, y cocinar era lo único que me quedaba entre las manos que todavía no fuera mentira.