14 · Mateo
El hospital de Punta Piedras queda a cuarenta minutos de ruta. Luli los hizo en veintiocho.
Yo fui atrás, en la caja, sosteniéndole la cabeza a Ismael con las dos manos para que los pozos no se la golpearan.
Dora le hablaba. No le decía nada importante: le decía que la fiesta había salido linda, que los buñuelos se habían acabado, que el cura bendijo rápido pero bendijo.
Le hablaba para que él tuviera algo que escuchar.
Ismael tenía los ojos abiertos y me buscaba la cara a cada rato, y yo le decía «ya llegamos», que era mentira, y él asentía, porque hay mentiras que son una manera de agarrarse.
En la guardia nos lo sacaron de las manos.
Después vino lo que viene siempre: un pasillo, luz blanca, sillas de plástico atornilladas al piso.
Olor a desinfectante, que es el olor del miedo ordenado.
Simón llegó veinte minutos más tarde en un auto que no era suyo y no explicó.
Nos sentamos los cuatro en fila. Nadie habló.
Punta Vigía entera cabe en un pasillo de hospital. Esa noche cupo.
A las dos de la mañana salió un médico joven, con los ojos gastados de guardia.
—¿Familiares de Barros?
Nos paramos los cuatro. El médico nos miró, entendió lo que había que entender y no preguntó más.
—Está fuera de peligro. Fue la presión. El corazón aguantó.
Dora se sentó por primera vez en cuatro horas.
Luli le apoyó una mano en el hombro. Simón dijo una palabrota con todo el cariño del mundo.
Yo me di cuenta de que tenía la gorra de Ismael en la mano.
La tenía desde el muelle. La había doblado en algún momento y la llevaba apretada como una llave.
La estiré contra la pierna y la guardé adentro de la campera.
Por la mañana el médico nos hizo pasar a los dos, a Ismael y a mí. Ismael estaba sentado en la cama, chico, sin gorra, con una bata que le quedaba de otro hombre. Se me hizo difícil mirarlo así. Lo conozco de toda la vida y nunca lo había visto sin nada en las manos.
—No fue un infarto —dijo el médico—. Fue un aviso. El corazón está cansado. Cuarenta años de fuerza se pagan, señor Barros. Puede vivir veinte más, pero caminando. Se terminó el esfuerzo: ni cargar, ni hacer palanca, ni frío a la intemperie.
—¿Y qué hago yo? —dijo Ismael.
—Descanse.
—Eso no es un oficio.
El médico era joven pero no era tonto. No contestó.
Firmó los papeles del alta para el día siguiente y nos dejó solos.
Ismael miró por la ventana, que daba a un estacionamiento.
Yo saqué la gorra de la campera y se la puse en la mesita, al lado del vaso de agua.
No dijo gracias. La acomodó con dos dedos, para que quedara derecha.
—La comida de aquí no tiene sal —dijo—. Si esto es cuidarse, avísenme cuando me muera.
Al otro día fuimos a buscarlo con la camioneta de Luli.
Se puso la gorra para salir y en la puerta de la guardia se tocó la visera ante la enfermera, como ante una señora.
En el viaje fue adelante, derecho, con las manos abiertas sobre las rodillas, y miró el mar los cuarenta minutos enteros, sin hablar, como quien revisa que siga todo en su lugar.
El jueves a las siete menos diez escuché el portón. Su hora de siempre. El cuerpo tiene relojes que no se jubilan.
Venía afeitado. Camisa planchada. Zapatos, no botas.
Entró al galpón despacio y lo caminó entero, sin apuro, como se camina un barco antes de comprarlo.
Pasó la mano por la mesada de las herramientas.
Enderezó una garlopa que estaba torcida.
Se paró delante del balandro y le tocó una cuaderna con el dorso de los dedos, como se toca la frente de un enfermo.
Después vino adonde estaba yo y se me puso a la izquierda, como siempre.
—Cuarenta años, Mateo —dijo—. Entré con tu abuelo. Me tomó a los veinticuatro porque yo era el único que no se mareaba en la grada. —Se miró las manos—. Yo no sé estar en una casa. En mi casa se me caen las paredes encima. Aquí nunca se me cayó nada.
Podría haberle dicho que esto seguía siendo suyo. Que un astillero son tres cosas, madera, agua y hombres que saben, y que de las tres la única que no se compra es la última. Lo pensé. No me salió. Las palabras y yo tenemos un arreglo: ellas no vienen cuando las llamo y yo no las llamo.
Así que le hablé de trabajo, que es nuestro idioma.
—El balandro está atrasado y yo tengo dos ojos —dije—. No alcanzan. El casco no perdona lo que no se ve a tiempo. Tú ves torcido un grado a diez metros. —Hice una pausa, medí, seguí—: Mirar no es cargar. El médico dijo caminando. De la rampa a la grada hay caminata de sobra.
Ismael se quedó callado un rato largo. Miró el balandro. Miró la grada. Miró el portón abierto y el mar detrás, que esa mañana estaba planchado como su camisa.
—El lunes —dijo.
Y entonces hizo lo otro. Se sacó la gorra, la miró un segundo como se mira una herramienta que ya dio lo que tenía, y la colgó en el clavo de al lado del portón. El clavo donde la colgó cuarenta años para almorzar. La acomodó con dos dedos, para que quedara derecha.
—¿Y eso? —dije.
—El que mira no se ensucia.
Se fue cuesta arriba, despacio, con la cabeza descubierta. No nos dimos la mano. Hay cosas que se aprietan solas.
La gorra quedó en el clavo. Nadie la va a tocar.
Esa tarde bajé de la estiba un tablón de lapacho y le empecé un banco para la grada. Liviano, de una sola pieza, con la curva pensada para horas largas. No se la iba a mostrar hasta el lunes. El que mira precisa dónde sentarse a mirar.
El viernes Nina hizo guiso para seis y no le preguntó a nadie si quería venir.
Así trabaja ella: pone la olla y la gente aparece, como las gaviotas detrás de una lancha.
Vinieron Ismael, con su alta y su camisa planchada; Luli, con el aparato de la presión de la salita, porque el médico más cercano que tiene este puerto sigue siendo ella aunque sea de perros; y Simón, con un vino que había ganado en una apuesta y toda la intención de gastarlo.
La cocina del astillero quedó llena. Hacía once años que esa mesa no juntaba seis platos. Yo no dije nada de eso. Lo pensé con la cuchara en la mano y lo dejé pasar, como se deja pasar una ola grande: de frente y sin comentarios.
Nina sirvió a Ismael primero y a mí último, y a mí me sirvió más. No sé qué contabilidad es esa. También la anoté.
Luli le tomó la presión a Ismael entre el guiso y el pan.
—Doce ocho —dijo—. Tienes mejor presión que el barco de Simón.
—Todo el puerto tiene mejor presión que el barco de Simón —dijo Ismael—. En el hospital había mucha televisión y comida sin sal. Me escapé a tiempo.
Luli se rió con la cabeza echada atrás. Simón la miró reírse. La mirada le sobró un segundo, uno solo, y después volvió a su vaso como si nada. Luli no la vio. Luli nunca las ve. O las archiva. Anoté el segundo sin saber para qué. Uno anota las medidas que no cierran.
Después Simón se dedicó a lo suyo, que es ser Simón.
—Cocinera —dijo, levantando el vaso—, este guiso es lo mejor que entró a este puerto desde mi barco. Y mi barco lo trajo mi abuelo, así que calcula la competencia.
—Tu barco hace agua —dijo Nina.
—Detalles. —Se inclinó sobre la mesa—. Me debes la revancha del baile. La fiesta se cortó y yo me quedé con una pieza pagada. El sábado te llevo en el Perseverancia al atardecer, sin turistas, a ver ballenas como se deben ver. Vino, manta, silencio. El paquete completo.
—El mejor atardecer del pueblo se ve desde mi cocina —dijo Nina—. Es igual de naranja y nadie se marea.
—Cocinera, me estás rompiendo el corazón.
—Se te va a pasar con el postre.
—¿Cuánto cobras? —preguntó Uma.
—A ti nada, porque no estás invitada. Es una excursión para grandes.
—Entonces está mal cobrada —dijo Uma, y siguió comiendo.
—¿Y tú qué dices, Roldán? —Simón me miró con esa sonrisa que usa para vender ballenas que no salieron—. ¿La dejamos ir o no?
—No es mía para dejarla —dije.
Me salió con un filo que yo no le había pedido a la frase.
La mesa lo escuchó. Nina bajó la vista al plato, y no era una bajada de vista de ofendida: era de contadora.
Estaba sumando algo. Lo dejé pasar. Esa noche el torcido era yo.
Simón sonrió más ancho, que en él es el gesto de un anzuelo tocando fondo.
—Cásate conmigo, cocinera —dijo—. Tengo barco propio y todos los dientes.
—Tengo cuchillos propios y mejor filo —dijo Nina—. Te conviene una mujer que no sepa desarmar un pescado.
Se rieron todos. Yo junté los platos. Los junté mal, haciendo ruido, dos viajes donde alcanzaba uno, y el segundo viaje lo terminé en el galpón, con la excusa de nada, porque no di ninguna.
Encendí la lámpara de trabajo. Agarré el taco de lija.
La borda del balandro estaba terminada desde hacía una semana. La lijé igual.
Simón apareció a los diez minutos, con el vaso en la mano y el paso tranquilo. Se apoyó en la grada y me miró trabajar. Lo dejé mirar.
—Cuarenta minutos llevas ahí desde la fiesta, contando esta —dijo—. ¿Qué tiene esa borda?
—El grano levantado.
—El grano. —Se rió bajito, para él—. Roldán. Te conozco desde los diez años. Cuando se te murió el perro lijaste tres días. Cuando se fue Camila, un mes. —Tomó un trago—. ¿Qué se te está yendo ahora?
—Vete a tu casa, Simón.
—Te gusta la cocinera.
Seguí lijando. La veta iba y venía. El taco iba y venía.
—Te gusta con la casa incluida —dijo—. Te gusta para los lunes a la mañana, que es la manera grave de gustar.
Y tienes tanto miedo de que se vaya que le sacaste ventaja: la estás despidiendo desde el día que llegó.
Así, cuando pase, vas a poder decir que ya lo sabías.
—Se terminó el vino—. Es un buen sistema.
No falla. Te arruina la vida entera, pero no falla.
—¿Y tú qué sabes de esto?
Simón miró el vaso vacío. Por una vez en su vida se tomó su tiempo. De la cocina llegaba la voz de Nina y, arriba de todas, la risa de Luli.
—Sé esperar en un muelle —dijo—. Es mi oficio. Llevo gente a ver algo enorme que a lo mejor no sale. —Dejó el vaso sobre la grada, con cuidado—. Casi siempre sale, Roldán. Ese es el dato que a ti te falta.
Se fue riéndose solo, cuesta arriba, y la risa le duró hasta la calle. Simón se ríe de lo que le duele. Es la otra cosa que sé de él desde los diez años, y esa noche entendí por fin de qué se estaba riendo desde hacía tanto.
Me quedé con el taco en la mano hasta que se apagó la luz de la cocina.
Hay una cosa que pasa con las piezas sometidas a carga.
Lo sabe cualquiera del oficio. Una madera que carga trabaja: toma la forma de lo que sostiene.
Y una pieza que trabajó no vuelve. Se la puede sacar de la estructura, pero guarda la curva, y la estructura guarda el hueco, y en ese hueco ya no entra nada nuevo sin forzar.
Hice la cuenta esa noche, porque las cuentas son lo mío.
Saqué a Nina del astillero con la imaginación, pieza por pieza.
La cocina encendida, la lata, la tabla del mostrador, la voz en el muelle.
Todo eso se repone. Medí el hueco dos veces, como me enseñó mi abuelo, y las dos veces dio lo mismo: el hueco no tenía la forma de una cocinera.
Tenía la mía. La pieza que había estado cargando, la que tomó la forma de la carga y ya no encajaba donde estaba antes, no era ella.
Guardé el taco. Apagué la lámpara. El problema de medir bien es que después uno no puede decir que no sabía.