13 · Nina
Dora bajó al astillero un martes con una bolsa de harina de las grandes y me la puso sobre el mostrador que había construido Mateo, con el cuidado con que se deposita un recién nacido en brazos de una parienta.
—El sábado es la bendición de las barcas —dijo—. Tú haces la masa.
—¿Qué masa?
—La masa. —Me miró por encima de los lentes, con esa paciencia suya que es una forma de la impaciencia—. La de los pastelones y la de los buñuelos. Para todo el pueblo. La hizo treinta años Delia Míguez. —Una pausa del tamaño exacto de una pescadería cerrada—. Los Míguez ya no están.
Y se fue cuesta arriba sin esperar respuesta, porque Dora no pregunta: reparte destinos y después los anota en el cuaderno. Yo me quedé abrazada a la bolsa, que pesaba como un niño dormido, entendiendo despacio lo que me acababan de dar. No era un encargo. Era el puesto de una mujer que se fue.
Del resto me enteré en cuotas durante la semana, porque en Punta Vigía nadie explica nada de corrido: te lo van dejando, como la marea deja cosas.
Ismael me contó lo más viejo, parado a mi izquierda mientras yo amasaba: que la bendición se hacía todos los años desde el cincuenta y tres, cuando una lancha salió con tres hombres y volvió sola, y que los nombres estaban en una placa en la capilla, arriba, donde la avenida encuentra la ruta; que él llegó a contar cuarenta y tres barcas en el agua un año, todas con banderines, todas con gente.
Este año se habían anotado nueve. Lo dijo sin amargura, con esa contabilidad seca de los viejos que ya no gastan en adjetivos.
Uma me contó lo demás, con el lápiz en el aire sobre el cuaderno azul: que el cura venía de afuera porque atiende cuatro pueblos y hay que aprovecharlo, que las barcas se pintan y se cargan de flores de papel que hacen los chicos de la escuela, que en cada barca va la gente del dueño, y que después hay baile en el muelle hasta que a los músicos se les acaba el vino.
—Yo voy en la chalana —dijo—. Papá rema. Tú también vienes.
—¿En calidad de qué?
—De la que hace la masa. —Me miró como se mira a los lentos—. La que hace la masa va en una barca. Siempre fue así. Pregúntale a quien quieras.
No le pregunté a nadie. Por miedo a que fuera mentira, o peor, a que fuera verdad.
El viernes amasé hasta las dos de la mañana.
La cocina del astillero no daba abasto con una sola mesa, así que Mateo entró sin decir nada, a eso de las diez, y me armó una segunda con dos caballetes y una puerta vieja cepillada, y se quedó un rato apoyado en el marco, mirando la harina, el fuego, las bandejas en fila como una flota.
—¿Cuánta gente comía de esta cocina cuando el astillero era astillero? —le pregunté.
—Los viernes, todos —dijo.
Y se fue a dormir como quien se va antes de decir de más.
El sábado amaneció con el viento dormido y una luz lavada, de vidrio recién limpio.
El pueblo cambió de tamaño: bajaron de la ruta autos con apellidos que yo no conocía y todos los demás sí, los hijos que manejan taxis en la ciudad, los nietos criados lejos, y por un día la avenida tuvo el ancho que le habían construido.
Alguien había barrido la vereda de la hostería del Vasco, que sigue cerrada, con las sillas patas arriba detrás del vidrio.
Se ve que a la vergüenza también se la viste de fiesta.
Las nueve barcas esperaban contra el muelle, pintadas y engalanadas: la Golondrina de los Salvatierra, el Cimarrón con la obra muerta azul todavía fresca, y adelante el Perseverancia , con todos los banderines que le caben a quince metros de barco y Simón en la timonera saludando como un almirante de puerto pobre.
Emilia, la hermana de Mateo, que les hizo pegar flores de papel a dos generaciones de alumnos, repartía las de este año con órdenes de general buena.
Y al final, gris, sin un adorno, sin nombre pintado, la chalana del astillero.
Los hijos del zapatero andan descalzos, pensé, y no lo dije, porque Uma ya estaba a bordo asignando lugares.
El padre Aparicio resultó ser un cura chico y apurado, de esos que bendicen con eficiencia de repartidor porque los esperan en otros tres pueblos, pero cuando las barcas desfilaron frente al muelle se tomó su tiempo.
Mateo remaba como hace todo: sin gesto de esfuerzo, con el esfuerzo guardado en otra parte.
Uma iba en la proa, seria como una mascarona.
Yo iba en el medio, agarrada a la borda, con mi mejor ropa, que es un decir.
El agua bendita me llegó a la cara como llovizna fría, y en la punta del muelle vi a Ismael, planchado y afeitado, sacarse la gorra.
Yo siempre había mirado este pueblo desde la orilla.
Desde la ventanilla de un autobús, desde la puerta de una cocina, desde el borde de las cosas, que es mi lugar de toda la vida y lo tengo amueblado.
Esa mañana, por primera vez, la orilla me miraba a mí: el pueblo entero de pie contra el sol, y yo adentro de una barca gris que era mía a medias, con una niña en la proa y un hombre en los remos.
No voy a decir lo que me hizo eso. Amasé para cuatrocientas personas; con eso alcanza.
Desde el agua se veía todo el frente de una vez —el galpón, la rampa, la grada, el cartel con la tabla clavada encima— y por un segundo lo vi como lo vería un agrimensor, en metros lineales de costa, y apreté la borda hasta que se me pasó.
Después vino la comida, que era mi masa multiplicada en manos de otras: las ollas humeando sobre los braseros, las mesas largas armadas con tablones del astillero, la fila mansa de la gente que come de pie mirando el mar.
Me llamaban por mi nombre para pedirme más, y un viejo al que yo no conocía me devolvió el plato vacío diciendo que no se comía así en este muelle desde la madre de Roldán, y siguió de largo, masticando, sin saber lo que acababa de darme.
Una señora de visera, turista de autobús, me preguntó a qué hora empezaba el baile.
—A las ocho —le dije—. Pero nadie llega hasta las nueve. Vaya a las nueve.
Y recién un rato después me di cuenta de que lo sabía.
Detrás de la olla de los buñuelos, dos mujeres a las que yo conocía de la fila del pan hablaban en ese volumen exacto que usan los pueblos para que se escuche lo que no se dice.
—…en la chalana la vi, como de la familia. Igual que la otra, que también empezó ayudando en el astillero, y ya vimos.
—¿Camila?
—Camila.
No lo decían con maldad. Era peor: lo decían con datos. Yo tenía guardado, desde hacía semanas, un «no está» dicho sobre la cubierta de un balandro, y ahora tenía un nombre para ponerle encima. No pregunté nada. Serví buñuelos. Hay espinas chicas que no se sacan con las manos sucias.
A la noche encendieron la guirnalda de bombillas, de poste a poste, del almacén de las redes hasta la punta del muelle, y los tres hermanos Salvatierra —que el resto del año son albañil, empleado del corralón y chofer— se convirtieron en la orquesta: un acordeón, una guitarra, un bombo.
Empezaron con esas piezas rápidas que nadie sabe cómo se llaman y todo el mundo sabe cómo se bailan.
Simón me sacó primero, porque Simón saca a bailar como atraca: con más velocidad que precisión y saludando al público.
Bailaba bien, el maldito, y lo sabía, y me devolvió a la mesa con una reverencia de puerto que arrancó aplausos.
Ismael se tocó la visera ante Dora, como ante una señora, y la sacó a bailar; Dora dijo que no con la boca y que sí con todo lo demás.
Emilia bailó con sus alumnos de a dos por vez, como quien toma lista.
Luli bailó una pieza con Simón mirando por encima del hombro de él, igual que se controla una maniobra de amarre.
Y Uma bailó sola, a su manera, que consiste en saltar exactamente fuera de ritmo con una convicción total.
Después los Salvatierra bajaron el ritmo.
Una de esas piezas lentas que los viejos bailan con los ojos cerrados porque la aprendieron en otro siglo.
Las parejas se armaron solas, y yo me quedé junto a la mesa, juntando vasos que no hacía falta juntar, porque cuando estoy nerviosa ordeno cosas y esa noche el muelle entero estaba en peligro de quedar ordenado.
—Uma dice que te debo un baile —dijo Mateo, atrás de mí.
—¿Y tú qué dices?
—Que a mi hija le pago las deudas.
Me tendió la mano como se tiende una tabla sobre un hueco: sin ceremonia, para que se pueda pasar.
Bailamos casi sin movernos, que era lo que la pieza pedía y lo único que los dos sabíamos hacer.
Su mano en mi cintura pesaba lo que había pesado al pie de una escalera, hacía semanas, y el pulgar torcido me quedaba apoyado justo en la última costilla, como si alguien hubiera tomado esa medida antes.
Olía a jabón de lavar y a resina, que es la colonia de este pueblo.
—No sé bailar esto —dijo.
—Nadie sabe. Por eso lo tocan de noche.
Sonó el acordeón un rato largo. La guirnalda se balanceaba y toda la luz del muelle se movía despacio, de un lado a otro, como si también bailara.
—Todos nos están mirando —dije.
—Ya sé. —No me soltó.
Cuando la pieza terminó tardamos un compás de más en separarnos, y ese compás lo vio el pueblo entero, y yo decidí que me daba igual, lo cual era una novedad de la que pensaba ocuparme más tarde.
Caminamos hasta la punta del muelle con dos vasos de vino que ninguno tomó, hasta donde se acaban las bombillas y empieza el mar de verdad.
Las barcas engalanadas se movían solas en el agua negra, bendecidas hasta el año que viene, soltando de a poco sus flores de papel.
—Delia Míguez hacía la masa peor —dijo Mateo, mirando el agua.
—¿Eso es un cumplido?
—Es una medida.
Se volvió hacia mí. La luz de la guirnalda le llegaba de costado, apenas, y el resto lo ponía la memoria.
Levantó la mano y con el pulgar torcido me rozó la mandíbula, ahí donde a la tarde yo había tenido harina y ya no, y no retiró la mano, y yo no hice eso que hago siempre, llenar el silencio, porque este estaba lleno.
Nos quedaba una distancia de nada. Ninguno de los dos la estaba defendiendo.
La música se cortó a mitad de compás.
Así no termina una pieza. Lo supimos los dos antes del grito.
—¡Ismael!
Corrimos. Todo el mundo corría y la gente se amontonaba donde estaban las mesas, y Luli se abría paso a los codos gritando que le dieran aire.
Ismael estaba en las tablas, largo, con la cara del color de las flores de papel, y Dora arrodillada le sostenía la cabeza con las dos manos.
Simón ya corría por la camioneta. Los Salvatierra se quedaron con los instrumentos colgando, mudos, y la guirnalda siguió prendida sobre todos nosotros como si nadie le hubiera avisado.
Una mano fría me agarró la mía. Uma. No preguntó nada: me miró para que yo le dijera algo cierto.
—Míralo —le dije—. Respira. ¿Lo ves? Respira.
Era cierto. Me lo repetí yo también.
La camioneta de Luli bajó al muelle marcha atrás, abriéndose camino entre la gente vestida de fiesta.
Mateo levantó a Ismael como levanta la madera buena, con las piernas, sin sacudirlo, y lo acostó en la caja sobre una lona doblada.
Dora subió con él. Luli manejaba. Mateo subió atrás y, al subir, de un solo manotazo, levantó la gorra de Ismael de las tablas, donde había quedado.
La camioneta tomó la cuesta con las luces largas.
Y el pueblo entero se quedó de pie en el muelle, endomingado y mudo, con las mesas servidas, las bombillas encendidas y las barcas bendecidas meciéndose en el agua negra.
Yo me quedé con la mano de Uma dentro de la mía, apretando fuerte, mientras la única fiesta del año se terminaba así, de golpe, cuesta arriba, a la velocidad de una camioneta prestada.