12 · Mateo
El sueño no vino. No lo esperé. Escuché la casa asentarse, el viento probar las chapas, la lista completa de los ruidos que un hombre se sabe de memoria cuando lleva mucho tiempo despierto en una casa.
A medianoche dejé de fingir y bajé. La puerta de Uma estaba entornada.
Dormía atravesada, como duerme ella, con el codo vendado fuera de la manta y el cuaderno azul abajo de la almohada.
El cuaderno tenía una esquina ondulada, de agua secada.
Me quedé en la puerta más de lo necesario.
Le acomodé la manta sin tocarle el codo.
No se despertó. Uma duerme con todo el cuerpo, sin desconfianza. No sé de quién lo sacó. De mí no.
Salí al patio. Arriba había luna sucia y viento sur, todavía.
La ventana del altillo estaba oscura. La cocina del astillero estaba oscura también, y entré a buscar la cafetera de esmalte azul, porque a esa hora un hombre necesita decirse que busca algo.
Olía a levadura y a brasa de la tarde: olor de cocina viva.
Todavía no me acostumbraba. Once años es mucho para un cuarto.
La cocina estaba ordenada. Ordenadísima.
Las ollas por tamaño, los trapos doblados en tres, los frascos con las etiquetas al frente, alineados como tripulación en cubierta.
Ella ordena cuando está nerviosa. Leí toda la cocina de una pasada, como se lee un cuaderno abierto, y me lo tuve merecido.
Sobre el mármol, bajo un trapo húmedo, descansaba la masa del día siguiente. Hasta peleada trabaja para mañana.
El rollo de cuchillos estaba sobre el mármol, cerrado, atado. Lo abrí. También eso: lo abrí. Un rollo de cuchillos ajeno es una casa ajena, y entré igual, a oscuras, como un ladrón. La diferencia con un ladrón la iba a tener que demostrar.
Ahí estaba el grande. El japonés. Ella le dice gyuto; los demás le decimos el cuchillo, con artículo, como se le dice al pueblo o al mar.
La hoja larga, el acero con vetas de tanto afilado, y el mango rajado a lo largo, vendado con cinta aislante.
Tres vueltas prolijas. La madera del mango era clara, liviana, de otra parte: de esas que no conozco por el nombre sino por el peso.
Me quedé mirando la cinta más tiempo del que merecía la cinta.
Una herramienta así de buena, vendada así, es una frase entera sobre la vida de su dueña, y yo la leí completa, parado en la cocina a oscuras, con el cuchillo pesándome en la mano como pesa lo caro.
Me lo llevé al galpón.
La tabla de pino con las marcas de los postes seguía cruzada en los caballetes viejos. La corrí a un lado. Esa noche el banco era para otra cosa.
Encendí la lámpara del banco y despegué la cinta, despacio, sin apurarla, y limpié con aguarrás la mugre pegajosa que dejó, cuidando de no acercarme al filo.
Después puse el mango bajo la luz y lo estudié como se estudia un casco: primero con los ojos, después con las manos, después con los ojos otra vez.
La raja nacía en la virola y corría a lo largo, siguiendo la veta, abierta por años de agua, de trabajo y de viajes.
Al apretar, respiraba. Una raja que respira no se pega: la cola junta, no cura, y a la humedad siguiente el mango vuelve a abrir, cada vez más flojo, hasta que un día el cuchillo gira en plena tarea y muerde la mano que lo usaba.
Lo que estaba muerto había que sacarlo. En un casco se llama chirlata: se corta la madera enferma hasta encontrar la sana, y se injerta una pieza nueva, a la misma veta, tan justa que el agua no encuentre por dónde entrar.
Los cascos viejos están llenos de chirlatas.
Por eso siguen flotando. El abuelo decía que un casco sin chirlatas es un casco que todavía no navegó.
Lo fácil era hacerle un mango nuevo. Madera me sobra, y de trabajo es una noche. Pero un mango nuevo hubiera sido mío. No se trataba de eso.
Fui al cajón de los recortes y elegí sin dudar, porque había elegido antes de bajar la escalera, aunque recién ahí me enteré: lapacho del balandro, un recorte del corazón de una cuaderna, oscuro como mar de noche.
El lapacho aguanta el agua, no se mueve, y con los años se pone más duro y más oscuro.
Hay maderas que envejecen para atrás. El lapacho envejece para adelante.
Sujeté el mango en el torno entre dos zoquetes envueltos en trapo, para que las mordazas no dejaran marca, y corté lo muerto con la sierra fina.
Terminé el vaciado a formón, a pulso, virutas del tamaño de una uña, hasta que abajo apareció la espiga de la hoja, sana, negra de años, firme en su lugar.
El cuchillo también tiene espiga, como un banco, como una puerta, como el balandro.
Todo lo que trabaja de verdad tiene una parte que no se ve y aguanta todo.
Corté la chirlata del lapacho, a la misma veta, apenas pasada de medida.
La veta quedó corriendo con la del mango, no en contra.
Ir en contra de la veta se nota siempre, tarde o temprano.
Presenté. Rebajé. Presenté. Rebajé. A la cuarta pasada entró sola, sin forzar, con ese ajuste que hace un ruido que no es ruido, un asentarse.
Si hay que forzar, está mal hecho. Eso vale para la madera y vale para casi todo.
Encolé, apreté con dos prensas chicas, limpié lo que rebalsó y me senté a esperar. La cola no pide fuerza. Pide tiempo. Casi nada de lo que arreglé bien en mi vida se arregló rápido.
Podría haber lijado algo mientras tanto.
Era la noche justa y el galpón estaba lleno de excusas: la borda, los bancos, media cubierta.
No lijé. Me quedé sentado en el banco con el café frío, escuchando la marea llenar la grada, mirando un cuchillo preso entre dos prensas, y en toda la noche no me pareció poco.
Una vez me levanté a mirar cómo iba, aunque sabía perfectamente cómo iba.
Las prensas no necesitan compañía. Uno sí.
A las cuatro subí a mirar cómo dormía Uma. Dormía igual. El viento sur se fue yendo de madrugada; lo escuché irse.
Con la primera luz saqué las prensas y enrasé el injerto a formón, después lija fina, después lija al agua, hasta dejarlo al ras: ni un pelo arriba, ni un pelo abajo.
El dedo pasaba y no encontraba la frontera.
El ojo sí. Lapacho oscuro en madera clara, una cicatriz limpia a lo largo del mango, visible desde lejos.
No la disimulé. Podría haber teñido, emparejado, escondido.
Una reparación escondida es una mentira esperando turno.
Que se viera dónde estuvo rota. Que se viera que aguantó.
El mango tenía el gasto de la mano de ella: un brillo hondo del lado de los dedos, un valle suave donde aprieta el pulgar, años de trabajo escritos en la madera.
Eso no se toca. El gasto de una mano ajena no se lija.
Trabajé alrededor, respetando el brillo como se respeta una línea de flotación, y le di aceite de lino a trapo, en pasadas finas, hasta que el lapacho se encendió por dentro y la madera vieja y la nueva empezaron a hablar el mismo idioma.
Lo pesé en la mano, buscándole el equilibrio delante de la virola, donde tiene que estar. Estaba.
El filo no lo toqué. El filo es de ella.
Cuando el sol dio en la claraboya, llevé el cuchillo a la cocina y lo dejé sobre el mármol, encima de un paño limpio doblado en cuatro, con el mango hacia el lado de su mano derecha.
La cinta aislante me la llevé en el bolsillo, hecha una pelota.
Eso no se lo dejé. No dejé nota. No hacía falta firmar. Estaba firmado.
Después fui al galpón y me puse a trabajar, como cualquier día, de espaldas al portón.
La escuché bajar tarde, pasadas las ocho. La escuché entrar a la cocina. Escuché el silencio.
Fue un silencio largo, de los que pesan.
Después, nada: ni pasos hacia el galpón, ni la puerta, ni su voz.
Al rato empezaron los ruidos de siempre, el agua, la leña, el hierro de la cocina, y yo me dije que mejor, que así tenía que ser, y eché a perder un rebaje por estar diciéndomelo.
Culpé a la madera. La madera no era. Lo hice de nuevo.
Salió. El oficio responde aunque uno no esté.
Las nueve. Las nueve y media. El agua, la leña, el hierro. Ninguna puerta.
Ismael llegó, miró el tarro de cola abierto en mi banco, miró las dos prensas chicas todavía sin guardar, y no preguntó nada. Ismael nunca pregunta. Acomoda el silencio del lado que le conviene y espera, fumando, a que la vida le dé la razón.
Ella vino al mediodía.
Entró al galpón sin anunciarse, con el pelo recogido con una brida de mi taller, una tabla de picar bajo el brazo, un pan, un queso, dos tomates que en este pueblo, en invierno, eran un lujo, y el cuchillo.
Puso la tabla en la punta de mi banco, en mi banco, corrió una garlopa para hacerse lugar como quien corre una cortina, y se puso a cortar.
Un cuchillo bueno, en manos buenas, hace un ruido que no hace ninguna otra cosa del mundo: seco, corto, seguro, el ruido de algo que cae exactamente donde iba a caer. Lo escuché veinte veces antes de darme vuelta. Ismael ya estaba del lado del pan, a mi izquierda, con la mano estirada.
Ella terminó de cortar, levantó el cuchillo y lo miró contra la luz del portón, el injerto oscuro a lo largo del mango, girándolo despacio, como se mira una pieza en una subasta.
—¿Lapacho? —dijo.
—Del balandro. De una cuaderna.
Lo giró una vez más. Pasó el pulgar por la frontera que el dedo no encuentra y el ojo sí.
—No lo escondiste.
—No.
Siguió con los ojos la línea de mi banco hasta el balandro, la fila de cuadernas, como buscando de cuál. No hay manera de saber. Las miró todas, por las dudas.
—¿Y al balandro no le va a faltar?
—Le sobraba.
—Como la madera del cajón.
—Igual.
Asintió, como si eso cerrara una cuenta que yo no sabía que estaba abierta.
Después bajó el cuchillo, cortó dos rodajas más de tomate, las puso sobre el pan y me lo alcanzó por encima del banco, todo sin mirarme, y cuando habló lo hizo con la voz más tranquila del mundo, la que usa para las cosas grandes.
—Corta mejor que antes.
—No le toqué el filo.
—Ya lo sé.
Y ahí me quedé, con el pan en una mano y el lápiz en la otra, sin nada que medir ni que anotar ni que decir.
Fui a ponerme el lápiz atrás de la oreja y se me cayó al piso.
Ismael tosió esa tos que tiene, que es su manera de reírse desde hace sesenta años, y se fue a comer al sol, a la puerta del portón, para dejarnos el galpón sin testigos, que es lo más parecido a un abrazo que sabe hacer Ismael.
Comimos de pie, cada uno de un lado del banco, sin hablar. El pan estaba bueno. El tomate estaba mejor. El galpón olía a pan, a aceite de lino y a lapacho, y afuera la fila empezaba a formarse frente al mostrador, y ninguno de los dos fue a mirarla.
—El sábado es la bendición de las barcas —dijo Ismael desde la puerta, a nadie, mirando el mar—. Baja el cura, sube el pueblo, se bendice lo que flota. Hace años que este astillero no lleva nada.
Nadie le contestó. Ella juntó las migas del banco con el canto de la mano, las tiró al patio para los gorriones, envolvió el queso, guardó el cuchillo en el rollo con un gesto exacto, y cuando ya se iba, con la tabla bajo el brazo, me salió la pregunta.
Me salió sin permiso, sin medir, sin presentarla antes en seco, como no hago nada en mi vida.
—¿Vas a ir?
Se detuvo en el portón. Se dio vuelta a medias, con el sol de atrás.
—¿Me estás invitando?
—No sé.
Era la verdad. Ella lo supo, porque sonrió con media boca, sin burlarse, o burlándose apenas, la cantidad justa.
—Avísame cuando sepas —dijo, y se fue al muelle, y la escuché saludar a la fila como se saluda a un pueblo entero.
Ismael entró, levantó mi lápiz del piso y me lo dejó en el banco, sin comentarios, con la ceremonia de quien devuelve una herramienta caída en combate.
—Ni una palabra —le dije.
—No dije nada, patrón.
—No me digas patrón.
—Hoy sí —dijo, y se fue a calafatear, silbando.
El sábado quedó en el galpón toda la tarde, presentado sin encolar, como queda una pieza cuando uno sabe que va a volver a ella.