Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1) 11 · Nina
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11 · Nina

Los domingos Punta Vigía ensaya el pueblo que era antes de las ballenas: no bajan autobuses, el muelle amanece sin fila y el viento tiene el día entero para trabajar tranquilo.

Cerré la cocina después del mediodía, con las manos oliendo a laurel y los pies presentando su renuncia, y encontré a Uma sentada arriba del mostrador, las piernas colgando, el cuaderno azul sobre las rodillas y esa cara de negocio que pone cuando viene a verme a mí y no a la comida.

—Vengo a cobrar el favor —dijo.

—¿Qué favor?

—El del altillo. Sin fecha. —Golpeó el cuaderno con un dedo—. Hoy tiene fecha.

Yo había sellado ese favor con un apretón de manos la primera semana, cuando el altillo me parecía un techo y Uma una nena: dos errores de cálculo.

—¿Y qué cobras?

—Vienes conmigo a ver ballenas. A mi lugar. Es secreto, lo descubrí yo y nadie más lo conoce.

—¿Y si digo que no?

—No puedes. A los favores sin fecha no se les dice que no.

—¿Por qué hoy?

—Porque los domingos el lugar es mío. —Bajó del mostrador de un salto, dando la operación por cerrada, porque los cobradores serios no esperan recibo.

Llené una bolsa de lona con la merienda y salimos por el camino del faro, ella adelante, marcando el paso como un guía que cobra por adelantado y ya cobró.

El camino sube por detrás del pueblo, entre pastizal que el viento peina siempre para el mismo lado, y pasa junto al faro apagado, que me pareció el edificio más sincero de Punta Vigía: alto, inútil y todavía de pie, como ciertas esperanzas.

Más allá del faro la tierra se acaba de golpe, y abajo el mar mastica la piedra con una paciencia de acreedor.

Uma no fue hasta el borde. Fue hasta una mata de espinillo torcida y me mostró lo que había del otro lado: tres escalones que la roca había hecho sola, bajando a una cornisa del ancho de una mesa, colgada sobre la bahía entera.

—Reglas —dijo, antes de que yo pudiera decir nada, con un dedo levantado por cada una—. Se baja de a uno. Se baja con las dos manos libres. No se baja con lluvia, ni con marea alta, ni con viento sur. Hoy hay viento norte flojo y la marea está baja. Se puede.

—¿Quién inventó las reglas?

—Yo. Las reglas buenas las inventa el que se cayó casi. —Y bajó, con una soltura que me contestó todas las preguntas que yo no había hecho todavía, y algunas que hubiera preferido no hacerme.

La cornisa era exactamente lo que había prometido: el mejor lugar del mundo.

La bahía se abría abajo como un plato servido, con el pueblo en miniatura a la izquierda y el mar picado de luz hasta donde se acababa la vista.

Nos sentamos con la espalda contra la roca tibia, repartí la merienda, y a la primera empanada fría Uma señaló el agua sin gritar.

—Ahí. Dos. Madre y cría.

Los soplos subieron blancos contra el gris, en uve, dobles, como si las ballenas respiraran en dos idiomas a la vez.

Uma me explicó, con la boca llena y la precisión de un perito, que el soplo en uve es de la franca y de nadie más, que las callosidades de la cabeza son distintas en cada una, como una firma, y que lo que las hace blancas son piojos.

—¿Piojos?

—Piojos de ballena. Millones. —Lo dijo con una satisfacción científica enorme—. Cada ballena tiene los piojos dibujados distinto. Por eso las reconozco. A esa la tengo: es La Doble. Dos manchas iguales en la frente, como dos islas repetidas. Del año pasado. Volvió.

La palabra me pasó cerca, pero la dejé ir, porque en ese momento la ballena levantó la cola, entera, negra, chorreando, y la sostuvo contra el cielo un segundo larguísimo, como quien firma despacio para que se entienda la letra.

Uma anotó fecha y hora. Yo me quedé mirando el lugar donde el mar se había cerrado, con la empanada a medio camino, entendiendo de golpe por qué la gente cruza medio mundo para esto.

Después, mientras la madre y la cría se iban hundiendo y saliendo hacia la punta, hojeé el cuaderno con permiso.

Adelante estaban las ballenas: treinta y una, numeradas, cada una con su dibujo y su historia.

Y desde la última página, viniendo al revés, había otra sección, con otra letra, más apretada: una empanada con el número uno.

Unos buñuelos con el número dos. El mostrador, dibujado con regla, con el número tres.

—¿Y esto?

—El registro de las cosas tuyas. —Ni levantó la vista del mar.

—¿Por qué apuntas mis cosas?

Se encogió de hombros, y pensé que la conversación había terminado, porque Uma administra la información como Dora el fiado. Después dijo, mirando el agua:

—Las ballenas se van todas. Todos los años. Yo no me pongo triste, porque tengo el registro: sé cuáles son, y sé cuáles vuelven. La Doble volvió dos veces. —Pasó una hoja sin necesidad—. Estoy probando si funciona con personas.

El viento me dio en la cara con olor a sal y a espinillo, y yo mastiqué una empanada fría que de pronto no bajaba, y no dije ninguna de las cosas que no podía decir, que eran todas. Le acomodé un mechón imposible detrás de la oreja y ella se dejó, que en Uma es un abrazo.

Nos quedamos más de lo que habíamos planeado, porque a media tarde apareció un soplo suelto, lejos, a la altura de la punta, y Uma se electrizó: esa no la tenía.

Anotaba de pie, apoyada en la roca: soplo a las cinco y diez, cara no vista.

Necesitaba verle la cara. La ciencia lo exigía, y la ciencia no mira el reloj ni la marea.

Yo vi que los escalones recibían ahora el aliento de las olas, espuma nueva, y no dije nada, porque en ese acantilado la experta era otra.

Eso también lo anoto: lo vi, y no dije nada.

El viento del norte se murió sin agonía, como se muere aquí, y la primera bofetada del sur llegó con espuma adentro.

—Viento sur —dijo Uma, ya de pie, ya guardando el lápiz—. Nos vamos. Regla.

Subió ella primero, como mandaba su reglamento, y lo hizo bien, salvo que en el segundo escalón se detuvo a mirar atrás una última vez, una última mirada de científica al soplo que no tenía cara, y ahí la racha le arrancó el cuaderno de la mano.

No voló lejos. Cayó al borde del escalón, aleteando, y empezó a resbalar por la piedra mojada, y Uma se dio vuelta y se lanzó, porque en su cabeza no había altura ni mar ni roca: había treinta y una ballenas a punto de volarse.

La bota le patinó en la espuma. La vi irse de costado, fuera del escalón, hacia el borde de la cornisa, con esa lentitud mentirosa que tienen las cosas que pasan demasiado rápido.

Solté la bolsa, que eligió el mar, y me tiré.

La agarré de la chaqueta con una mano y del brazo con la otra, y mi espinilla encontró el filo de la piedra, y mi rodilla clavó el cuaderno contra la roca, y hubo un momento, uno solo, largo como una mudanza, en el que el peso de una nena de ocho años fue la cosa más pesada del mundo y mis dedos lo supieron.

La piedra me mordía la palma. El mar sonaba abajo, ya no de fondo: cerca, personal, con nombre.

Después mi brazo ganó, o su bota encontró apoyo, o las dos cosas, y la subí contra mí, contra la pared, y nos quedamos ahí apretadas, ella temblando dentro de la chaqueta y yo temblando alrededor, contando respiraciones hasta que el mundo volvió a tener arriba y abajo.

—El cuaderno —dijo con un hilo de voz.

—Está abajo de mi rodilla. Está mojado en una esquina. Está bien.

Subimos los tres escalones en un minuto o en una hora, de a uno, con las cuatro manos en la piedra, y del otro lado de la mata de espinillo nos sentamos en el pastizal porque las piernas no aceptaron otra propuesta.

Uma estaba blanca. Después, de golpe, dejó de estar blanca y empezó a hablar, rapidísimo, con los dientes chocándole de frío o de lo otro: que si había visto cómo la había agarrado, que fue rapidísimo, que la marea había subido antes de hora, que eso también lo iba a anotar.

Yo decía ajá. Era todo lo que tenía. Intenté hacer un chiste y no me salió ninguno; el humor es un músculo, y yo lo tenía acalambrado.

Bajamos al pueblo de la mano. No sé cuál de las dos se la dio a cuál; la contabilidad quedó confusa y ninguna reclamó.

Ella habló de ballenas todo el camino, sin parar, como se achica agua de un bote.

A mí me ardía la espinilla dentro del pantalón roto, me ardían las palmas, y me ardía una cosa sin ubicación fija que no tenía nombre de herida, y cada tanto le miraba el codo raspado, la manga abierta, y volvía a hacer la cuenta que no quería hacer: medio metro. Menos.

Mateo nos vio desde el portón del galpón.

Yo he visto enojado a Mateo Roldán. Le he visto la cara de la carta del banco, la de la regla, la del muelle lleno de gente comiendo de mis ollas.

Lo que le pasó en la cara cuando nos vio bajar la cuesta no fue enojo.

Fue una caída. Algo que se le desplomó por dentro sin ruido, como se desploma la arena.

Cruzó el patio en cinco pasos. Se agachó delante de Uma y le revisó el codo con esas manos de revisar cascos después de un temporal, dándole vuelta el brazo despacio, midiendo el raspón con el pulgar, tocando alrededor. No decía nada. El silencio le salía del cuerpo como frío de una cámara.

—Casi me caigo entera —anunció Uma, que confunde sobrevivir con ganar—, pero Nina me agarró de la chaqueta en el aire, tendrías que haber visto lo rápido…

—Adentro.

—Pero fue mi culpa, yo bajé por el cua…

—Uma. Adentro.

Se fue caminando de espaldas, mirándonos como se mira una olla que va a rebalsar, y cerró la puerta de la casa con un cuidado que me dolió más que un portazo. Entonces Mateo se enderezó y me miró a mí.

—¿Dónde?

—La cornisa del faro.

Le vi hacer el mapa en la cabeza: la piedra, la altura, el mar abajo. Cerró un momento los ojos.

—¿Con marea subiendo?

—Cuando subimos, el viento era del norte y la marea estaba baja. Cambió de golpe. La marea se adelantó, el viento…

—El viento cambia. —Lo dijo bajo, y lo bajo era peor—. Aquí el viento cambia. Es lo único que hace. Lo sabe cualquiera. —Una pausa de medio segundo, y el cuchillo—: Cualquiera de aquí.

—Mateo.

—Es una nena. Tiene ocho años. Acabas de llegar y ya te la llevas al único lugar de este pueblo donde el mar te puede matar sin mojarte.

—Me llevó ella a mí. Es su lugar. Tiene reglas para bajar, ¿lo sabías?

Las recita como la tabla del siete: de a uno, manos libres, ni lluvia, ni marea alta, ni viento sur.

¿De dónde crees que las sacó? ¿Del aire?

—Le vi moverse algo en la cara y seguí, porque cuando yo empiezo no sé frenar—.

Baja sola, Mateo. Bajaba sola mucho antes de que yo existiera para ti.

Hoy, por lo menos, había alguien para agarrarla.

—Por medio metro.

—Pero la agarré.

—No tendría que haber hecho falta. —Ahora la voz le subió, por fin, y era mejor así, con ruido—. Tú no tienes que saber leer esa marea. No es tuya. Esa cornisa, este mar, nada de esto es tuyo para saberlo. Y yo tendría que haber sabido dónde estaba mi hija.

—Eso último es verdad —dije—. Y lo de la marea también: la vi subir y me callé, y me lo voy a estar cobrando sola un buen rato, no te preocupes, que de cobrarme cosas sé. Pero el resto no te lo acepto. Volvimos caminando. Está raspada, está viva, está adentro anotando la marea en el cuaderno.

—Te dije una cosa cuando llegaste. —Ya no gritaba. Había vuelto al frío, y el frío era su casa—. Una sola. Te dije que no te encariñaras.

Y ahí estaba, flotando entre los dos, la regla del primer día, dicha ahora con la voz del miedo, aunque él no supiera que eso era el miedo y yo no estuviera de humor para explicárselo.

Me ardían las palmas. Me ardía todo. Podría haberle dicho la verdad, cualquiera de mis verdades, y elegí la única herramienta que me quedaba a mano, que corta bien porque la afilo desde los siete años.

—Y tú la estás criando para no necesitar a nadie —dije—. Para que el día que la gente se vaya no le duela nada. Mírate, Mateo. Dime cómo te está funcionando.

No me contestó. Se fue al galpón y cerró el portón despacio. Un portazo hubiera sido mejor: los portazos, por lo menos, terminan.

En el altillo me lavé las manos con el agua de la jarra, viendo el agua salir rosada, y después ordené.

Ordené el estante, la mesa, la ropa de la silla, los tres libros que viajan conmigo, las cartas de Abelardo por fecha, todo lo ordenable de un cuarto donde no hay casi nada.

Cuando quise darme cuenta, tenía tres camisetas dobladas adentro del bolso verde y la mano en el cierre, y no recordaba haber decidido ninguna de las dos cosas.

Me senté en la cama de hierro con el bolso sobre las rodillas. No lo terminé de armar. No lo deshice. Lo dejé en la silla, a medio camino, que es donde he dejado todo, siempre.

Abajo, el galpón estaba en silencio. Ni garlopa, ni martillo, ni lija.

Yo ya sabía leer el ruido de Mateo Roldán; llevaba semanas estudiando ese idioma sin diccionario.

El silencio no me lo había enseñado nadie, y me tuvo despierta media noche, con las palmas ardiendo, escuchándolo subir por las tablas del piso como sube la marea: sin apuro, sin permiso, hasta donde una creía que el agua no llegaba.