Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1) 10 · Mateo
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10 · Mateo

El lunes le pagué a Ismael.

Lo hice sin ceremonia, temprano, antes de que llegara. Conté los billetes de la caja nueva dos veces, los metí en un sobre de papel madera y dejé el sobre en su banco, abajo de la llave inglesa, donde el viento no pudiera opinar. Después me subí al balandro y me puse a trabajar.

Lo escuché entrar a las siete, como todos los días. Lo escuché colgar la gorra. Después hubo un silencio que no era el de todos los días. Cuando bajé a buscar la garlopa, el sobre ya no estaba y él armaba un cigarrillo con más cuidado del que pide un cigarrillo.

—Está contado —dije.

—No lo dudé.

Lo había guardado en el bolsillo del pecho sin abrirlo. Me ofendió un poco. Después lo entendí: contar es dudar.

A media mañana subió al almacén y volvió sin nada en las manos, con el paso más derecho. Dora no comentó nada en todo el día. Dora comenta todo. Ese silencio fue el recibo.

A la tarde, Ismael le pidió a Nina la lista de la mercadería y subió él mismo a cargarla, cuesta arriba y cuesta abajo, sin que nadie se lo pidiera. Un hombre que cobra camina distinto. Eso no lo enseña nadie y lo sabe cualquiera.

Las semanas agarraron ritmo solas. Martes, jueves y sábado bajaban los autobuses; el Perseverancia salía lleno dos veces por día, con Simón anunciando ballenas por el altavoz como si las hubiera criado él; había soplos en la bahía casi todas las mañanas, y con eso alcanzaba: la gente volvía a tierra con frío, con hambre y con ganas de gastar, y se encontraba con la fila.

La fila dejó de ser una novedad y pasó a ser una institución.

Empezaba a formarse a las once y media y para la una daba la vuelta al bolardo.

Nina cocinaba desde el alba en la cocina del astillero, bajaba las ollas en la carretilla y atendía sin parar hasta raspar el fondo.

Los jueves la ayudaba Uma, subida a su cajón de fruta, cobrando con seriedad de notaria.

El primer viernes contamos la caja los dos, en la mesa de tablones de la cocina: ella cantaba los números y yo los anotaba en el cuaderno del escritorio, en una columna gruesa que ese cuaderno no conocía.

Contaba de a diez, mojándose el pulgar, y cada tanto me pasaba un fajo para que lo revisara.

—Revisa —decía—. Desconfía, que es sano. Un socio que confía en todo es un socio que no cuenta.

—Confío.

—Gravísimo —dijo, y siguió cantando números.

Una sola vez se le paró la mano sobre un fajo y se le fue la vista a un lugar que no era la mesa. Un nudo bajo la veta. Lo dejé pasar. Los nudos no se cepillan de frente.

Quedó de costumbre. Los viernes, la caja. Nadie lo dijo. Las buenas costumbres no se anuncian.

El balandro, por primera vez en meses, avanzaba. Yo entraba al galpón a las seis y nadie me sacaba a tapar agujeros ajenos. Ismael volvió a silbar mientras calafateaba, un silbido viejo, sin melodía conocida, que yo no le escuchaba desde antes de todo. Eso era la sociedad. Funcionaba.

Una tarde, un turista me preguntó si el astillero era un museo. Le dije que no. Me preguntó desde cuándo. Le dije que desde 1951 no era un museo. Del otro lado del muelle, Nina se rió tan fuerte que se le cayó el cucharón, y el turista me sacó una foto, por las dudas.

Lo que no funcionaba era la tabla.

Lo digo como carpintero. La tabla flexaba en el medio cuando cargaba las dos ollas grandes, y una tabla que flexa es una tabla que un día parte.

Estaba baja: Nina trabajaba doblada, y a la tercera hora se enderezaba con las manos en los riñones, sin quejarse, y volvía a doblarse.

El viento le robaba los papeles de estraza y se los tiraba al agua, y ella los corría por el muelle con media empanada en la mano.

Y la lata vivía en una esquina, a dos dedos del borde, encima del agua.

Cuando lloviznaba, el papel de estraza se ablandaba y el cartel de cartón se doblaba como un sombrero viejo.

Yo trabajaba con el portón abierto y no la miraba a ella.

Miraba la tabla. Le fui haciendo la lista de defectos sin querer, de reojo, día por día, como se le hace la lista a un casco que entra a grada.

Un jueves de viento sudoeste, una racha le arrancó el cartel de cartón y se lo dobló contra la olla grande. Ella lo atrapó en el aire con el antebrazo izquierdo, el de la cicatriz, a un dedo del hierro caliente. No llegó a quemarse. Le faltó nada.

Nadie más lo vio. Uma estaba cobrando, la fila era larga, el cartel volvió a su clavo. Yo estaba a treinta metros, arriba del balandro, y me quedé un rato con el formón quieto en la mano, mirando cómo ella seguía trabajando como si nada, porque para ella no había pasado nada.

Esa tarde afilé todos los formones del taller. No pensé en nada. Es una manera de decir: pensé en cargas, en alturas, en rachas del sudoeste. Es en lo que pienso cuando no quiero pensar.

Esa noche, cuando el pueblo se apagó, bajé del estante las dos tablas de cedro del abuelo.

Estaban ahí desde antes de Uma. Cedro viejo, cortado al cuarto, sin un nudo en dos metros y medio.

El abuelo lo guardaba «para algo que lo merezca», y yo lo tenía apalabrado hacía tiempo para los bancos de la bañera del balandro: la parte que el dueño toca, la que se acaricia sin darse cuenta.

Madera de lujo. Madera parada, también. La madera parada no es de nadie.

Las crucé sobre dos caballetes viejos y desparejos, porque los buenos seguían en el muelle sosteniendo ollas. Esa fue la primera justificación de la noche: necesitaba recuperar mis caballetes. Trabajé con esa.

Medí de memoria. A ella la mesada de mármol de la cocina le llega justo donde tiene que llegar: ahí no se encorva, ahí las manos le vuelan.

Puse la mano contra mi pierna a esa altura y resté dos dedos por la tabla de picar.

Esa fue toda la matemática. El metro miente si uno quiere que mienta. La mano no.

Corté las patas de un pino sano que tenía para encofrar.

Las uní a caja y espiga, con travesaños abajo, porque un mostrador de muelle no puede bailar: la gente se apoya, los chicos se cuelgan, el viento empuja.

El tablero lo armé con las dos tablas del abuelo, encoladas y cepilladas hasta que la junta desapareció.

Maté los cantos para que ninguna manga se enganchara.

Del lado del mar le corrí un listón de canto, dos dedos de alto, de punta a punta: en un barco se llama brazola y sirve para que nada ruede al agua.

En un mostrador se llama igual y sirve para lo mismo.

Abajo le hice un estante para las ollas, a la altura de su rodilla.

Y un cajón. El cajón lo hice a la medida de la lata de las galletas.

La había medido con la mano un sábado, mientras ella cobraba.

Entra justa. Ni baila ni se atora. Le pasé una vela a las correderas y quedó corriendo con dos dedos.

La manija la saqué de la pala de un remo roto: la curva justa para tres dedos.

Al frente, bajo el canto, abrí una ranura del ancho exacto del cartón. El cartel entra por el costado y queda preso. El viento del sudoeste puede volver cuando quiera.

Dos veces en la noche me sorprendí parado frente al estante vacío donde había estado el cedro. Las dos veces volví al banco.

A las tres tomé café frío, parado, mirando lo que llevaba hecho.

La marea llenaba la grada allá abajo. El pueblo dormía entero; el faro apagado, allá arriba, era un poco más de noche contra la noche.

El cedro soltaba ese olor que tiene el cedro viejo, a lápiz y a iglesia.

En algún momento de la noche se me acabaron las justificaciones y seguí trabajando igual, que es lo que pasa siempre si uno trabaja lo suficiente.

Le di aceite de lino tibio, tres manos, secando entre mano y mano con el trapo que no deja pelusa.

Cuando terminé, el tablero devolvía la luz de la lámpara como agua quieta.

Lo bajé al muelle antes del alba, en dos viajes, con la carretilla y una lona. Lo calcé donde ella arma la tabla, con las patas firmes en las juntas de los tablones. Metí el cartel en la ranura. Las tes sin palito quedaron mirando al mar.

Después cargué mis caballetes y mi tabla vieja y me los llevé al galpón. A eso había ido.

La escuché llegar a las seis y media, con la carretilla cantando en los tablones. La carretilla se calló de golpe.

Yo estaba arriba del balandro, de espaldas al portón, presentando un banco que no pensaba encolar todavía. De espaldas se escucha mejor.

El silencio duró mucho para ser ella. Después escuché el cajón: abrirse, cerrarse, abrirse otra vez. Después nada. Después sus pasos en la grava.

—Mateo.

—Necesitaba los caballetes —dije, sin darme vuelta.

Silencio.

—El cajón es del tamaño de la lata.

—Sobraba madera.

—Justo. Es justo del tamaño de la lata.

—Casualidad.

La escuché tomar aire para decir algo más.

No lo dijo. Cuando los pasos se fueron, me asomé al portón.

Estaba de vuelta en el muelle, parada frente al mostrador, pasando la palma abierta por el canto, a favor de la veta, despacio, como se toca la madera cuando se la respeta.

Después se ató el pañuelo y empezó a bajar las ollas.

Ismael llegó a las siete. Miró el mostrador desde la cuesta, miró el estante donde ya no estaba el cedro, me miró a mí. Estuvo toda la mañana sin decir una palabra, que en Ismael es un discurso entero.

Ese mediodía la fila dio la vuelta al bolardo y siguió de largo.

Nadie corrió papeles por el muelle. Nada rodó al agua.

Al mostrador le buscaron el defecto: se lo buscó Simón, que se apoya en todo; se lo buscó el viento, que empuja todo; se lo buscó la fila entera con los codos.

No se lo encontraron. Ella trabajó derecha, con las manos volando, cobrando sin mirar el cajón.

A la tarde vino Uma de la escuela, y la vi agacharse atrás del mostrador a abrir y cerrar el cajón de la lata, dos veces, tres, como se prueba el juguete de otro.

Después cruzó al galpón, se paró frente al balandro y me miró un rato largo, con el mentón levantado.

—El estante de abajo —dijo— me queda a la altura perfecta.

—Es para las ollas.

—Ya lo sé. Pero me queda a la altura perfecta. —Se fue por donde vino, y en la puerta se dio vuelta—. Voy a pedir un aumento. Ahora hay mostrador. Más clientes, más trabajo.

A media tarde bajó Dora, que baja al muelle dos veces por año. Le dio una vuelta entera al mostrador, con los lentes puestos, como se inspecciona una vaca en una feria.

—Cedro —dijo—. Del bueno.

—Sobraba —dije.

—Claro —dijo Dora.

Me miró por arriba de los lentes un rato largo y subió la cuesta sin comprar nada ni preguntar nada, que en Dora es lo más parecido que hay a llevarse la noticia completa.

Simón pasó entre salida y salida, golpeó el tablero con el nudillo como se golpea un casco para escucharlo, y me buscó con la vista por todo el puerto hasta encontrarme.

—¡Roldán! —gritó, para todo el mundo—. ¡Cuando quieras me haces uno a mí!

No le contesté. Hay preguntas que no son preguntas.

Esa noche me quedé en el galpón después de cenar.

Sin plan. Eso me dije: sin plan. Cuando me di cuenta, tenía el lápiz en la mano y una tabla de pino cruzada en los caballetes viejos, con cuatro medidas marcadas que no eran del balandro.

Eran postes. Cuatro postes, dos aguas y una lona: un techo para el mostrador, para cuando la temporada trajera lluvia. La iba a traer.

Me quedé mirando las marcas.

En la grada esperaba un encargo con meses de atraso y un cliente que no llamaba de pura suerte. En el estante ya no estaba el cedro del abuelo. Y yo marcaba postes para un techo que nadie me había pedido, con madera que no me sobraba, para una cocina que no era mía.

Guardé el lápiz atrás de la oreja. Subí al balandro. Lijé la borda de estribor hasta que la luz de la cocina, en la ventana del astillero, se apagó. La borda estaba lista desde una hora antes. No cambió nada.

La tabla con las marcas quedó donde estaba. No la guardé.