Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1) 9 · Nina
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9 · Nina

Lo encontré donde sabía que iba a encontrarlo, porque a esta altura yo ya había aprendido el mapa: cuando a Mateo Roldán se le junta el mundo, no grita, no bebe, no patea nada; lija.

Eran más de las diez de la noche, el galpón estaba a oscuras salvo por la lámpara de trabajo colgada de una cuaderna, y él estaba arriba del balandro, pasando el taco de lija por una borda que desde abajo se veía perfecta, con ese vaivén de hombro que tiene, parejo como una marea.

Había entregado el Perseverancia al caer la tarde —dos días para un arreglo de tres, a fuerza de no soltar el formón ni para comer—, y cualquier otro hombre estaría durmiendo. Él lijaba.

Subí por la escalera de mano sin pedir permiso, que es como hay que subir a los sitios donde una es socia del cincuenta por ciento, y me senté sobre la cubierta a medio hacer, entre virutas que olían a cedro y a algo más oscuro, el lapacho, que huele a tierra mojada aunque esté seco.

Puse entre los dos la lata de galletas y dos platos con lo último que había quedado de la tarde.

—Dijiste que hoy no era tuya —le recordé—. La lata. Así que la traje para que la mires bien antes de decir que no a lo que te voy a proponer.

Mateo dejó el taco de lija. Se sentó enfrente, con la espalda contra la borda, y por primera vez desde que llegué a este pueblo me miró sin apuro, sin la carta del banco en los ojos, sin la regla, sin el cartel de su abuelo pesándole en la nuca.

Estaba agotado. Tenía polvo de madera hasta en las pestañas y las manos abiertas sobre las rodillas como dos herramientas en descanso.

—Habla —dijo.

Y hablé. Le dije lo que había pensado amasando de madrugada, que es cuando pienso mejor porque las manos están ocupadas y no pueden interrumpirme: que la cocina del muelle no era un capricho de un jueves sino un negocio, que los turistas del avistaje bajaban de los autobuses con hambre y volvían a subir con hambre porque en todo Punta Vigía no había dónde sentarse a comer algo caliente, que yo sabía hacer exactamente una cosa en esta vida y era esa.

Que el astillero tenía fuego, techo, una mesada de mármol y un muelle en la puerta, y que yo tenía tres ollas, un rollo de cuchillos y una fila de veinticinco personas que no me había pedido nadie.

—Propongo una sociedad —dije—. Aparte de la que ya nos empujaron encima los muertos.

Yo cocino. Todo lo que entre por la comida va a una sola caja con lo del taller, y de esa caja cobra Ismael primero, la mercadería segundo, y nosotros después, si queda.

Tú terminas el balandro sin repartirte en veinte arreglos de favor, lo entregas, cobras el saldo.

Y cuando se cumpla el plazo nos sentamos con el cuaderno y los números sobre esta cubierta y decidimos qué pasa con el astillero. Los dos. Con números, no con apellidos.

Se quedó callado un rato largo. Miró la lata. Miró la borda recién lijada. Le vi hacer en la cara la cuenta que no quería hacer delante de mí, y le vi también el momento exacto en que la cuenta ganó.

—Ismael —dijo, y se detuvo. Le costaba como cuesta arrancar un clavo de madera vieja—. Hace ocho meses que no le pago. Ocho. Viene igual, todos los días, a la misma hora. Me dice patrón para que me duela. —Se pasó la mano por la cara—. Nunca se lo dije a nadie.

—Ya lo sé —mentí, porque no lo sabía, pero lo había olido, como se huele la leche a punto de cortarse—. Por eso cobra primero.

—Si acepto esto —dijo, despacio, como quien cepilla contra la veta—, necesito que entiendas una cosa. No es caridad. Lo tuyo no es caridad y lo mío no es rendición. Es un negocio entre socios.

—Es lo que dije yo hace cinco minutos, pero me alegra que se te haya ocurrido a ti.

Y ahí, por primera vez, lo vi sonreír entero. Fue corto, torcido, involuntario, el gesto de una bisagra que gira después de años de óxido, y me gustó mucho más de lo que estaba presupuestado, y eso también me lo guardé.

Hablamos como no habíamos hablado nunca, con la lámpara zumbando y el mar golpeando abajo contra la grada.

Le conté las catorce mudanzas antes de los dieciocho, así, con número y todo, sin adornarlo ni convertirlo en chiste, que es mi manera de adornarlo.

Le conté que aprendí a cocinar porque en cada ciudad nueva la cocina era el único cuarto que ya conocía: cambian los grifos, cambia la luz, pero el aceite suena igual en todas partes, y una niña que sabe hacer sonar el aceite tiene patria en cualquier lado.

Él me contó del abuelo Joaquín, que medía con las manos porque decía que el metro miente si uno quiere que mienta; me contó que el balandro era el encargo más grande en quince años y que lo estaba construyendo dos veces, una en la grada y otra en la cabeza, todas las noches, para que ninguna de las dos se hundiera.

Le pregunté por la madre de Uma una sola vez, con cuidado, por el costado.

—No está —dijo. Y después—: Alcánzame la lija.

Se la alcancé. Hay puertas a las que no se llama más de tres veces; yo aprendí eso esta semana, de un experto.

Fui honesta esa noche como hacía años que no era honesta con nadie, con esa borrachera de decir cosas ciertas que agarra cuando alguien escucha de verdad.

Honesta en todo, menos en lo único que importaba.

La palabra que no dije estuvo sentada con nosotros en la cubierta la noche entera, paciente, cruzada de piernas, esperando su turno.

—Socios —dijo Mateo al final, y me tendió la mano por encima de la lata.

—Socios —dije—. Sesenta días.

—Ni uno más —dijo él, como si los hubiera inventado, como si el plazo fuera suyo.

No lo corregí.

Le estreché la mano. La tenía áspera y caliente, con el pulgar torcido apretándome los nudillos, una mano que era un currículum entero, y el apretón duró lo que duran los apretones y después un poco más, un poco de más, lo suficiente para que los dos mirásemos al mismo tiempo el punto donde las manos seguían juntas sin ninguna razón contractual. La solté yo. Alguien tenía que hacerlo.

Bajé primero por la escalera de mano y, cuando me faltaban dos peldaños, la escalera se movió sobre el piso de tierra, apenas, y las manos de Mateo me sujetaron por la cintura desde atrás, firmes, abiertas, un segundo, dos.

Me depositó en el suelo como se deposita algo que se ha medido antes con las manos.

Ninguno de los dos dijo nada. Yo porque no me fiaba de mi voz, que anda por la vida medio tono más abajo cuando no la vigilo, y él porque era él.

Cuando me fui hacia el altillo, con la cara caliente y la lata vacía bajo el brazo, lo escuché retomar la lija, a las once de la noche, sobre una borda que ya estaba terminada.

El sábado a mediodía el Perseverancia salió lleno por primera vez en la temporada, con el espejo de popa nuevo oliendo a lapacho y Simón tocando la bocina reglamentaria como si fuera un instrumento de gala.

Los autobuses habían vuelto. El pueblo entero estaba en la calle, que es como decir que había treinta personas y dos perros, y yo subí la cuesta hasta el almacén a buscar harina y aceite para el día siguiente, con el pañuelo todavía en la cabeza y el delantal puesto.

La camioneta estaba estacionada arriba, donde la Avenida del Puerto se encuentra con la ruta.

Blanca, alta, tan limpia que en Punta Vigía era casi una declaración.

Y junto a la puerta del primer autobús, hablando con el chofer con las manos en los bolsillos, un hombre de camisa clara sin corbata, con unos zapatos de suela fina que sobre estos adoquines eran un chiste caro.

—…la heredera Cabral —le estaba diciendo al chofer—. Me dijeron que puede encontrársela por el puerto.

El estómago se me cerró como se cierra una mano. Crucé la calle sin decidirlo, por puro instinto, igual que se atrapa un vaso antes de que llegue al suelo.

—Renzo.

Se dio la vuelta, y no hubo en su cara ni sorpresa ni triunfo, apenas ese acomodo educado de quien encuentra lo que buscaba y no piensa hacer alarde.

—Nina —dijo, como si tuviéramos una cita—. Qué difícil eres de encontrar. Dos semanas sin contestar el teléfono.

—Aquí no hay señal en la bajada. —Lo tomé del codo con una sonrisa de camarera de temporada y lo fui girando cuesta arriba, lejos del chofer, lejos del almacén, lejos del cartel del astillero que desde ahí ni se veía y aun así me pareció que gritaba—. Caminemos. Los zapatos te lo van a agradecer.

Caminó. Renzo Ferreyra camina como negocia: sin resistencia visible, cediendo terreno que no le importa. Me dejó llevarlo hasta la curva donde el pueblo se acaba y empieza el pastizal, y allá abajo el mar se abría enorme y ajeno, con un soplo blanco a lo lejos que él no miró.

—Vine por dos cosas —dijo—. La primera: los agrimensores necesitan entrar al predio para la mensura.

Es rutina, son dos días de trabajo. La segunda es que prefiero decirte en persona que los tiempos están corriendo y tú no contestas, y eso a mí me da igual, pero a la cláusula tercera no.

La conoces tan bien como yo. No te la voy a recitar en una calle con este olor a pan.

—No vengas al pueblo —dije—. Los papeles los manejo yo. Voy a ir a la ciudad, firmo lo que haya que firmar de la mensura, coordino las fechas. Pero aquí no.

Ladeó la cabeza, y por un momento pensé que iba a preguntar por qué, y que yo no iba a tener ninguna respuesta que no fuera una confesión. No preguntó. Renzo no pregunta lo que ya sabe.

—Hay gente viviendo en el predio —dijo, sin acusación, como quien lee una planilla—.

Un hombre con una hija, un empleado mayor.

Eso no me lo dijiste, pero lo sabíamos: estas operaciones siempre tienen ocupantes.

Costa Nova cubre mudanzas y relocación, Nina.

No somos eso que estás pensando. Yo no dejo a nadie en la calle: lo pongo en el contrato y lo cumplo.

Lo peor es que era verdad. Todo lo que dice Renzo Ferreyra es verdad, siempre, y por eso hablar con él es como pisar hielo firme: aguanta, aguanta, aguanta, y una no se entera del agua hasta que está adentro.

—Prefiero no volver por aquí —agregó, ya junto a la camioneta, buscando las llaves sin apuro—. Los pueblos se encariñan, y después todo es más difícil para todos.

Casi me reí. Casi. Alguien más me había dicho esa frase con otras palabras, hace una semana, en un galpón que olía a resina, y ninguno de los dos hombres sabía que estaban de acuerdo.

—Nina. —Ya arriba, con la ventanilla baja, me miró sin ninguna crueldad, que era lo único que le faltaba para ser soportable—. Yo no puse la fecha. La firmamos los dos.

La camioneta subió a la ruta y se fue haciéndose chica, y yo me quedé en la curva con el pastizal batiendo y el corazón en las muelas. Cuando bajé al almacén, Dora estaba en su puerta con los lentes en la punta de la nariz, mirando el punto exacto por donde había desaparecido la camioneta.

—¿Y ese? —dijo.

—Papeles. De la herencia.

Dora se subió los lentes con un dedo, me miró el delantal, la harina, el pañuelo, todo el disfraz de mujer que se queda.

—Ese vuelve —dijo. Y entró a atender.

Esa noche puse las tres cartas de Abelardo en fila sobre la cama de hierro del altillo y me senté a mirarlas como si fueran a votar.

La claraboya dejaba pasar una luna sucia.

Abajo, por primera vez desde que llegué, no se oía la lija: Mateo dormía, el pueblo dormía, Ismael iba a cobrar el lunes por primera vez en ocho meses y no sabía todavía de qué caja.

Sesenta días, había dicho Mateo en la cubierta del balandro, sellándolo con esa mano áspera que yo todavía tenía memorizada en la cintura. Y yo le había estrechado la mano sin corregirle la aritmética, porque la aritmética era esta: a mí me quedaban cincuenta y uno.

La bomba que traje conmigo en el bolso verde ya no era un papel. Ahora tenía cara, modales excelentes, una camioneta blanca y mi número de teléfono, y acababa de aprender el camino a Punta Vigía. Lo único que no tenía todavía era una manera de desarmarse.

Así que bajé a la cocina a oscuras, encendí el fuego y me puse a buscarla como sé buscar: con las manos.