Un lugar donde quedarse (Punta Vigía 1) 8 · Mateo
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8 · Mateo

La temporada abrió un jueves. Amaneció claro, con viento del sur, mar corta. Buen día para navegar. Mal día para todo lo demás.

A las nueve llegaron los dos primeros autobuses de la temporada. Cuarenta y tantos turistas con chaquetas nuevas bajaron frente al almacén y vinieron cuesta abajo sacando fotos de las redes, de los cascos varados, de Ismael. Ismael los dejó hacer.

Punta Vigía les mostró lo que tenía. La mitad de la Avenida del Puerto con las persianas bajas: la pescadería de los Míguez con el cartel de SE VENDE tan viejo que ya nadie lo lee, salvo los que le sacan fotos; la hostería del Vasco, cerrada hace dos inviernos, con las sillas del comedor patas arriba detrás del vidrio.

Cuando yo era niño había tres cuadrillas de calafates y un club de remo.

Ahora los hijos de los que remaban conducen taxis en la ciudad y vuelven para las fiestas, los que vuelven.

El pueblo vive de junio a diciembre. De enero a mayo, aguanta.

Mar afuera, contra el gris del horizonte, se veían dos soplos blancos. Las ballenas habían llegado puntuales. Nosotros no.

El Perseverancia estaba amarrado en el muelle de pasajeros con los banderines puestos, recién baldeado, blanco y azul. De lejos parecía un barco. De cerca estaba Luli arriba, con las botas de goma y la planilla de la comisión, y eso nunca es buena señal.

—Roldán —me llamó desde la borda—. Ven a ver esto.

Subí. Simón estaba apoyado en la timonera con los brazos cruzados, en pose de hombre tranquilo. Simón posa de hombre tranquilo cuando está desesperado. Lo conozco desde los diez años.

—Dile a esta mujer que mi barco está perfecto —dijo.

—La bomba de achique no arranca —dijo Luli sin mirarlo—. Los extintores vencieron en abril. Y quiero que Mateo vea la popa.

Fui a la popa. Me arrodillé junto al codaste y apreté la madera con el pulgar.

Cedió. Saqué el formón del cinturón y apoyé la punta donde el espejo encuentra la traca.

Entró sola, sin golpe, hasta la mitad de la hoja.

Madera muerta. La saqué, olí la punta. Podredumbre vieja, de agua dulce mal drenada. Un año, por lo menos.

—¿Y? —dijo Simón.

—¿Hace cuánto que te entra agua ahí?

—No me entra agua.

—Simón.

—Poca.

Luli anotó algo en la planilla. Simón se despegó de la timonera.

—Luli. Lucero. Es el primer día de temporada. Tengo el barco lleno de reservas. Esa gente vino a ver ballenas.

—Y yo firmo que este barco puede llevarla y traerla. Con el espejo blando y sin bomba no firmo. Si te agarra un golpe de mar con cuarenta pasajeros, ¿los achicas con el sombrero?

—Antes no eras así.

—Antes no era comisión.

—Antes eras más simpática.

—Nunca fui simpática —dijo Luli, y arrancó la hoja y se la puso en la mano—. No pasa. Punto. Y no me pongas esa cara, que a mí esa cara me funciona al revés.

Se fue por la pasarela con los pasos cortos que usa cuando está enojada, que son los mismos que usa cuando no.

Simón se quedó con el papel en la mano, mirando a los turistas que ya se juntaban en el muelle con sus chaquetas nuevas y sus pasajes pagados.

Después me miró a mí. No dijo nada. No hacía falta.

En este pueblo hay una sola cosa que trae gente de afuera, y flota, y acababa de quedar clavada al muelle con una hoja de planilla.

—¿Cuánto tardas? —dijo al fin.

Medí el espejo con las manos abiertas. Cuatro cuartas de madera podrida, quizás cinco cuando abriera. Una bomba para desarmar. Roble no tenía; lapacho sí, del sobrante del balandro.

—Tres días si la podredumbre no siguió por las tracas. Cinco si siguió.

—¿Y cuánto…? —Dejó la pregunta por la mitad. Los dos sabíamos que era de adorno.

—Después vemos —dije.

En Punta Vigía, «después vemos» quiere decir nunca, y los dos lo sabíamos también. Simón me remolcó gratis la chalana de un cliente en marzo. Dora me fía los clavos desde febrero. Luli le curó la mano a Ismael sin cobrar, con hilo de sutura de perro. Así se lleva la cuenta aquí: no se lleva.

Simón fue a devolver el dinero. Lo hizo bien.

Uno por uno, mirando a la gente a la cara, prometiendo ballenas para el sábado como si las tuviera amarradas en la rada.

Vender humo también es un oficio, y Simón es el mejor del puerto.

Yo bajé a buscar las herramientas. Ismael ya estaba descolgando las prensas cuando llegué al galpón. No le tuve que decir nada.

—El balandro queda parado otra vez, patrón —dijo.

—No me digas patrón.

—El balandro queda parado otra vez, Mateo.

—Ya sé —dije. Y lo sabía. El encargo llevaba meses de atraso y yo iba a pasarme la semana trabajando gratis en el barco de otro.

También sabía la otra parte: que si el Perseverancia no navegaba el sábado, los autobuses no volvían más por esta ruta, y sin autobuses no había almacén, ni fiado, ni pueblo.

Así funciona esto. Nadie lo firmó nunca en ningún papel. Por eso funciona.

Trabajamos toda la mañana a bordo. Abrí el espejo por dentro y la podredumbre había corrido menos de lo que temía: la traca superior estaba sana.

Marqué el corte con el lápiz, serruché la madera muerta, dejé el hueco limpio y ventilando.

Ismael desarmó la bomba en la cubierta, pieza por pieza, sobre un trapo, como un cirujano sordo.

El impulsor estaba clavado con la sal de dos temporadas.

La dejó girando a la una, y no dijo nada, y ese silencio suyo era lo más parecido a una fiesta que se permite Ismael.

El sol subió. Los turistas no se fueron.

Eso fue lo raro. Devolvieron las entradas, protestaron lo que había que protestar, y no se fueron. A eso del mediodía levanté la cabeza para estirar la espalda y vi la fila.

Salía del portón de mi astillero. Cruzaba el muelle. Llegaba hasta la rampa. Una fila de veinte, veinticinco personas, quietas, mansas, mirando todas para el mismo lado, como miran las filas cuando al final hay comida.

Al final había una tabla sobre dos caballetes. Los caballetes eran míos. Los reconocí desde el barco.

Bajé a tierra secándome las manos con el trapo.

Con cada paso veía mejor y me gustaba menos.

La tabla era una de las mías, cepillada por mí.

Encima, tres ollas grandes tapadas, una pila de panes, un brasero improvisado manteniendo el calor.

La carretilla del astillero detrás, todavía con harina en los bordes.

Una lata de galletas abierta haciendo de caja.

Y un cartel de cartón escrito con marcador azul: EMPANADAS DE PESCADO.

BUÑUELOS DE ALGAS. CAFÉ. Los precios abajo, en columna prolija.

Conocía esa letra. Le faltaba el palito a las tes. Todas las tes del cartel de la cocina de Nina las había escrito mi hija.

Y ahí estaba mi hija, subida a un cajón detrás de la tabla, entregando panes con la pinza larga de las brasas.

—Tú tendrías que estar en la escuela —le dije al llegar.

—Salí a las doce. Es jueves. —Me mostró la pinza como quien muestra una credencial—. Estoy trabajando. Cobro por tarde. Ya lo negocié.

—¿Con quién?

—Contigo no.

Nina estaba al lado, con un pañuelo en la cabeza y el rollo de cuchillos abierto a un costado, cobrando con una mano y sirviendo con la otra, hablando con tres turistas a la vez.

No desperdiciaba un movimiento: cortaba el papel de estraza con el canto de la mano, giraba la empanada, cobraba sin mirar la lata, y las manos le volvían solas al punto de partida, como vuelve una garlopa.

En mi rubro, a eso se le dice buena mano. Me enojó más.

Me volví hacia ella.

—¿Quién te dio permiso? —dije.

—Nadie. —Ni levantó la vista. Envolvió dos empanadas en papel de estraza, cobró, devolvió cambio—. ¿Me alcanzas los panes de atrás?

—El muelle es de la comisión. No puedes vender aquí. No tienes permiso, no tienes habilitación, no tienes…

—¿Señor? —me dijo un turista de chaqueta naranja—. ¿Está haciendo la fila?

—No estoy haciendo la fila. Este muelle…

—Entonces, ¿me permite?

Me corrí. Me corrí porque treinta y seis años de educación son más rápidos que el enojo. El de naranja pidió cuatro buñuelos. Detrás de él estaba Luli. La comisión del puerto en persona, con la planilla bajo el brazo y dos empanadas en la mano.

—La comisión está almorzando —dijo Luli antes de que yo abriera la boca—. Y de paso te aviso: probé el buñuelo. Si la denuncio, el pueblo me quema la camioneta.

—Luli.

—El lunes le tramito el permiso provisorio. Dora la avala.

—¿Dora?

—Dora —dijo Dora, desde la mitad de la fila, con la bata azul y los lentes colgando—. Yo le fié la harina y el aceite esta mañana. Así que a ti te conviene que venda, Mateo Roldán, porque si no vende, la que pierde soy yo.

Alguien se rió. Más de uno. Yo tenía el enojo en las manos y las manos llenas de trapo. Es mal lugar para el enojo, las manos, cuando no se puede usar ninguna de las dos cosas.

Nina me miró por primera vez desde el otro lado de la tabla. Tenía la cara colorada del fuego y una raya de harina en la mandíbula, y no había nada en sus ojos que pidiera disculpas.

—Te guardé dos empanadas —dijo—. Sin escamas. Las escamas se las dejo a la competencia.

—No hay competencia.

—Por eso.

El de la chaqueta naranja se volvió a reír.

La tabla se movía un poco cada vez que ella cortaba. Antes de irme me agaché y calcé una cuña bajo la pata del caballete flojo. No dije nada. Ella no dijo nada. Es mi caballete, me dije. Uno cuida sus caballetes.

Volví al Perseverancia . Lijé la traca sana hasta que se me pasara. No se me pasó, pero la traca quedó como un espejo.

Cerró cuando se fue el sol, con las ollas raspadas y los panes agotados. Los autobuses habían partido a las cinco, llenos de gente que no vio ballenas y que igual saludaba por las ventanillas. Saludaban hacia la tabla. Uno sacó una foto del cartel.

Yo estaba juntando las herramientas en el muelle cuando vino con la lata de galletas y me la puso sobre el banco de trabajo, al lado de las prensas.

—Cuenta —dijo.

—No es mía.

—Cuenta igual. No me vas a creer si te lo digo yo.

Abrí la lata. Billetes arrugados, doblados, ordenados por valor con una brida sujetando cada fajo.

Las bridas eran del taller, del cajón de las bridas.

Hasta el orden me lo había comprado en casa.

Monedas al fondo. Conté una vez. Conté de nuevo, porque la primera cuenta no podía estar bien. Estaba bien.

El mes pasado el astillero facturó una reparación de timón, dos remos y el calafateo de una chalana.

Lo cobrado está anotado en el cuaderno del escritorio, en la columna fina.

No necesité ir a buscar el cuaderno. Esa cuenta me la sé de memoria, y perdía contra la lata.

Perdía por lejos. Una tarde de una mujer sola con tres ollas sobre mis caballetes, contra un mes entero del oficio de mi abuelo.

Simón se acercó por atrás y silbó largo, mirando adentro de la lata sin ningún disimulo.

—¿Todo eso? —dijo—. Roldán, ponle un motor a la cocinera y desguaza el astillero.

Se rieron. Ismael también, con esa risa de tos que tiene, y Dora desde la cuesta, y hasta Luli, que nunca fue simpática.

Todo el puerto estaba mirando la lata, y todo el puerto sabía lo que la lata quería decir, y me lo tuve que tragar ahí, de pie, con el formón todavía en el cinturón: que en un solo día, sin permiso, sin astillero, sin apellido en el cartel, ella había hecho más por este muelle que yo en meses de trabajar catorce horas.

Tragarse una cosa así tiene técnica. Se aprieta la lengua contra los dientes. Se piensa en madera. Se cuenta hasta donde haga falta. Yo llegué hasta el lapacho que me quedaba en el estante y lo que iba a costar reponerlo, y para entonces ya podía hablar.

—Que aproveche mientras dure —dijo alguien atrás, en voz baja pero no tanto. No vi quién. No hizo falta—. Esta junta la caja hoy y mañana vende todo y no la vemos más.

Nadie se rió de eso. Nina siguió atando fajos con las bridas como si no hubiera oído, pero las manos le hicieron una pausa. Chica. La primera del día.

—La tabla es del astillero —dije, sin darme la vuelta—. Los caballetes también. El que tenga un problema con la tabla, lo tiene conmigo.

El muelle quedó callado un momento, con ese silencio de puerto que no es paz sino inventario. Después alguien tosió, Simón dijo algo de ponerle nombre al negocio, y la noche siguió andando.

Cerré la lata. La empujé hacia ella por encima de la tabla.

—Guárdala —dije—. Es tuya.

—Mañana —dijo ella, y se ató el pañuelo al cuello, y me sostuvo la mirada con la tranquilidad de quien lleva la caja llena— cuando cierres el taller, tú y yo vamos a hablar de negocios.

Levanté las prensas. Subí al galpón. Esa noche afilé el lápiz de carpintero dos veces y no anoté nada.

Uma dormía con el cuaderno azul abierto sobre el pecho, y en la última página, donde van las ballenas, había dibujado una empanada.

Debajo le había puesto un número, como hace con los avistamientos. Era el uno.