4 · Mateo
Me puse la camisa buena para ir al banco. Fue el primer error del día.
La camisa buena dice necesito . La franela de trabajo dice produzco .
Lo entendí en la ruta, con el volante de la camioneta vibrando en las curvas de la costa, y para entonces ya era tarde para volver a cambiarme.
Entré a la sucursal de Punta Piedras oliendo a jabón en vez de a viruta.
Cuarenta minutos de viaje para llegar disfrazado.
El gerente se llamaba Prieto. Manos limpias, uñas redondas, lentes sin marco.
Me hizo esperar lo justo para que se notara que me hacía esperar, sentado bajo un cartel donde una familia rubia sonreía delante de una casa que ningún crédito de esa sucursal pagó jamás.
Su escritorio era de melamina, tapa hueca, veinticinco milímetros.
Sonaba a caja vacía cada vez que apoyaba los dedos.
Un hombre que administra el dinero de media costa, sentado frente a una madera que finge ser madera. Eso también decía algo.
Llevé todo. La escritura del galpón. Los planos.
El contrato del balandro de doce metros, firmado por el cliente de la ciudad, con la seña cobrada y gastada hace meses en cedro y en deudas.
Los libros del astillero, que mi hermana me ayudó a pasar en limpio una noche entera, sin preguntar por qué a los números les temblaba la letra.
Prieto leyó despacio. Pasaba las hojas con un dedo humedecido en una esponja. Me ofreció café. Dije que no. Aceptar café alarga las derrotas.
—Señor Roldán —dijo al fin—. El astillero cerró en pérdida los dos últimos ejercicios.
—Lo sé. Yo firmé esos balances.
—Y mantiene atrasos con esta sucursal. Le enviamos una carta.
—La recibí.
—Entonces me va a entender. —Alineó mis papeles con dos golpecitos contra el escritorio y los dejó en una pila prolija, como quien amortaja—.
Usted me pide un crédito para comprar la otra mitad de una propiedad que, entera, hoy no alcanza a respaldar lo que ya nos debe.
Y me ofrece en garantía la mitad de un negocio que pierde dinero desde hace dos años.
No existe un producto para eso. No en este banco. Sospecho que en ninguno.
Le hablé de la temporada, que estaba por abrir. Del balandro, que se entregaba en primavera y dejaba un saldo por cobrar. Le dije que un astillero no es un kiosco: los años buenos pagan los malos. Que siempre fue así, desde mi abuelo.
—¿Cuándo fue el último año bueno?
No le contesté. Él no insistió. Anotó algo con letra chica en el margen de su formulario.
Los gerentes escriben chico. En mi oficio, cuando un presupuesto no da, se dice fuerte y de frente, con el cliente mirando: sale tanto, no hay manera de que salga menos.
Prieto lo escribió en un margen, para él, en un idioma de márgenes.
Quizá por eso quiebran los astilleros y no los bancos.
Era educado, Prieto. Los bancos te dicen que no con la misma voz con que se da el pésame.
Me devolvió los papeles y me acompañó hasta la puerta de vidrio. Ahí, con la mano ya tendida, bajó la voz como si fuera a prestarme dinero del bolsillo propio.
—Fuera de expediente. ¿Consideró vender usted su mitad? Hay interés en ese frente costero. Grupos grandes, de afuera. Pagan bien, pagan rápido y pagan en serio. Usted cancela todo y le queda para empezar de nuevo donde quiera.
—Ya estoy donde quiero.
Le di la mano. En el vidrio de la puerta me vi un segundo: la camisa buena, y el lápiz de carpintero atrás de la oreja, donde vive. Tanto disfraz para nada. En la calle me arremangué hasta el codo. De algo tenía que servir.
Hice la vuelta sin radio. Cuarenta minutos dan para pensar demasiado o para no pensar nada; elegí contar postes. Ciento doce hasta el cruce. Después el mar, gris como agua de lavar pinceles, la bajada al pueblo, y el cartel torcido de la ruta que promete ballenas a quien aguante el viento.
En el astillero, Ismael lijaba la banda de babor del balandro.
Lo escuché antes de verlo: tres pasadas largas, una pausa, la palma comprobando la veta.
Ocho meses sin cobrar y la mano seguía comprobando.
Apagué el motor y me quedé un momento con las llaves puestas, porque hay noticias que uno no sabe dónde apoyar.
La encontré a ella en el patio de gravilla, parada frente al cartel de la entrada. ASTILLERO ROLDÁN Y. La tabla clavada encima de lo demás lleva años ahí, y ella la miraba fijo, con la cabeza inclinada, como si pudiera leer a través.
—Necesito hablar contigo —dije.
—La gente feliz no empieza así las conversaciones. —Se dio vuelta. Tenía el pelo recogido con un lápiz. Uno común, de escribir. No sé por qué registré eso.
Le hablé de pie, con las manos en los bolsillos para que no anduvieran midiendo cosas.
—Te propongo un trato. Sesenta días. En sesenta días junto el dinero y te compro tu mitad.
El precio no lo pones tú ni lo pongo yo: lo pone un tasador de afuera, que no conozca a nadie, y lo pagamos a medias.
Hasta entonces no le vendes a nadie. No escuchas ofertas.
Si a los sesenta días no tengo el dinero, vendes a quien quieras y no te lo discuto más.
Mientras yo hablaba, ella se puso a ordenar los sargentos que Ismael había dejado sobre el banco del patio. Los fue colgando del riel por tamaño, de mayor a menor, casi sin mirarlos. Me molestó que tocara mis herramientas. Me molestó más que las colgara bien.
—Sesenta días —repitió. Algo le hizo el número. Una gracia amarga, de esas que no se comparten. Le pasó por la boca y no le llegó a los ojos.
—Puedo firmarlo ante el notario, si quieres.
—Está bien.
—¿Está bien qué?
—El trato. Acepto.
Yo había preparado argumentos. Tenía pensado ofrecerle un alquiler por su mitad mientras tanto, ceder el uso del muelle, aguantar un regateo largo. Había ensayado números contra los postes de la ruta. No hizo falta nada. Aceptó como se firma un recibo: sin leerlo.
Nadie acepta así la primera oferta. Ni mi abuelo, que era el hombre más derecho que conocí, aceptaba la primera oferta.
En el oficio se aprende temprano: cuando una tabla cede demasiado fácil bajo la gubia, adentro hay un nudo muerto o una galería de bicho.
Algo cedía demasiado fácil en esa mujer. Y no era blandura.
—¿No quieres pensarlo? —dije. Un idiota, negociando en contra mía.
—Ya lo pensé. —Colgó el último sargento—. ¿Puedo preguntarte algo yo? ¿Nunca pensaste en vender tú también? Todo junto, los dos. Sería más dinero. Para los dos.
—No.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
Me miró un momento largo, como se mira una suma que no cierra. Después se encogió de hombros y se miró las manos.
—Sesenta días, Roldán. Que te salga bien.
Lo dijo sin burla. Casi con lástima. Eso fue lo que me quedó rebotando toda la tarde, más que el banco, más que Prieto: la lástima.
Adentro, Ismael seguía con la lija. Colgué la camisa buena de un clavo, me puse la franela, agarré un taco y me acomodé a su izquierda, del lado del oído bueno, por si había algo que decir. No lo hubo.
Hice números mientras lijaba. El saldo del balandro, si el cliente pagaba a tiempo.
La camioneta, que algo valía. La grúa chica, que casi no usábamos.
Lo que Dora me fiara de confianza, que no pensaba pedirle.
Sumé para adelante y para atrás, como se comprueba una escuadra que no cierra.
Faltaba. Faltaba tanto que el total era casi una opinión.
Lijamos hasta que se fue la luz.
La vi volver cuando oscurecía, cuesta abajo desde la ruta, con el bolso de lona verde al hombro y un rollo de cuero bajo el brazo.
Cargaba las dos cosas de manera distinta: el bolso, de cualquier modo; el rollo, como se carga una criatura o una escopeta.
Cuchillos, supuse. Herramientas. Eso lo respeto en cualquiera. Hasta en ella.
Uma estaba sentada en la grada, con el cuaderno azul sobre las rodillas, anotando algo que no eran deberes. Había vuelto de la escuela derecho al astillero, como siempre, y llevaba una hora fingiendo que no vigilaba a la recién llegada.
—Traes todo lo tuyo —le dijo. Sin saludo, sin rodeos. Mi hija les habla igual a los adultos que a las gaviotas: espera respuesta, y ya.
—Buen ojo. —Ella se acomodó el bolso—. Olga cerró el hospedaje hasta la temporada.
Me lo avisó el primer día: fuera de temporada no hay huéspedes que paguen la leña, ella se va a lo de la hija y vuelve a abrir cuando vuelven las ballenas.
Se fue hoy, en el autobús de la tarde. Me deseó suerte.
La suerte, por lo menos, no ocupa lugar en el bolso.
—¿Y dónde vas a dormir?
—En la terminal, de momento. He dormido en sitios peores. Una vez dormí sobre tres bolsas de harina, en la cocina de una hostería, y fue la mejor cama de mi vida: tibia y con olor a pan.
Uma cerró el cuaderno. Le vi hacer el cálculo. Mi hija calcula como yo mido: sin darse cuenta, todo el tiempo. Abrí la boca para decir que la terminal cerraba a las diez.
—En el galpón hay un altillo —dijo Uma, más rápido que yo—. Tiene cama de hierro y estufa. Nadie lo usa.
—Uma.
—Nadie lo usa —repitió, mirándome. Era un hecho. Los hechos, en su mundo, no se discuten: se anotan.
Y ahí quedé, parado entre las dos. Podía decir que no.
Pero decir que no delante de Uma era abrir una conversación que no pensaba tener: por qué no, qué tenía de malo la señora, qué era una tasación, por qué el cartel de la entrada tiene una palabra tapada con una tabla.
O podía callarme, y entonces esa mujer —la dueña de la mitad de todo lo mío, la que aceptaba demasiado rápido— iba a dormir a veinte metros de mi cocina, con una escalera de por medio y ningún motivo para irse.
Me callé. En mi familia, callarse siempre fue la manera de decir que sí.
Ella miró a Uma con seriedad de negocio.
—¿Y tú qué ganas? Nadie ofrece un altillo gratis.
—Un favor —dijo Uma—. Todavía no sé cuál. Los favores valen más cuando no tienen fecha.
—Eso es extorsión.
—Es un préstamo. Dora hace lo mismo con medio pueblo.
—¿Y si el favor que me pides después no me gusta?
—Los favores no son a gusto del que los debe.
Le tendió la mano. Uma se la estrechó con un apretón serio, corto, de los que aprendió mirando a Ismael cerrar tratos en el muelle.
Ella se rió. Fue una risa entera, sin pedir permiso, y el patio la devolvió como devuelve los martillazos. Hacía años que el astillero no daba ese eco. No supe dónde ponerlo.
Subí la leña yo. Nadie me lo pidió. Partí astillas para el encendido, revisé el tiro de la estufa, saqué medio balde de hollín y un nido viejo de golondrina, y estiré el colchón que llevaba quién sabe cuánto doblado en dos sobre el elástico, como un hombre cansado.
Ella subió detrás con el bolso y se quedó en medio del altillo, mirando la claraboya, la viga, la cama, con una cara que no era de queja. Era de inventario.
—La claraboya gotea cuando llueve —le dije—. Corre la cama contra la pared y pon una olla abajo.
—¿Cuál de las dos cosas es la bienvenida?
—La olla.
Bajé antes de que me contestara. Cenamos tarde con Uma. Comió rápido y se llevó el cuaderno a la cama, y no me preguntó nada, lo cual, en ella, es señal de que ya tiene todas las respuestas que le importan.
Lavé, sequé, guardé. Por la ventana de mi cocina, cruzando el patio, se veía una luz nueva en el galpón: chica, amarilla, arriba, donde en los planos dice depósito y ahora dormía la mitad de mis problemas.
Veinte metros. Los medí con el ojo, de ventana a claraboya, sin querer.
Es lo que hago con las distancias que me preocupan.
La luz del altillo se apagó tarde. La mía, después.