3 · Nina
Salí del astillero más liviana de papeles y más pesada de todo lo demás, y subí la Avenida del Puerto con el paso firme de la gente que no tiene la menor idea de adónde va.
El pueblo entero supo antes que yo que yo era yo.
Una mujer que baldeaba la entrada de su casa dejó el balde en el suelo para verme pasar con las dos manos libres, por si hacía falta aplaudir o persignarse.
Dos hombres que cargaban cajones de pescado en una camioneta calcularon a ojo mi peso, mi altura y mis intenciones.
Un perro color de arena me siguió cincuenta metros con una convicción tranquila, y hasta el perro parecía tener una opinión formada sobre la herencia de Abelardo Cabral.
Nadie me saludó y nadie dejó de mirarme, que es la manera que tienen los pueblos chicos de darte la bienvenida y el pésame en un solo gesto.
El almacén olía a pan, a café recién molido, a jabón blanco y a madera vieja, esa mezcla que ningún perfumista consiguió jamás y que significa exactamente "aquí se fía".
Detrás del mostrador, una mujer de bata azul, con los lentes colgando de una cadena sobre el pecho, pesaba harina en la balanza antigua que yo había visto dormir en la vitrina la noche anterior.
—Tú eres la sobrina de Abelardo —dijo, sin levantar la vista.
No fue una pregunta. Fue un titular.
—Nina —dije—. Cabral.
—Ya sé. —Cerró la bolsa de harina con dos vueltas exactas—.
Llegaste anoche en el último autobús, con la lluvia.
Dormiste en el hospedaje de la ruta, en el cuarto que da al camino.
Esta mañana bajaste al astillero y discutiste con Mateo Roldán en la puerta del galpón.
—Acomodó la balanza, que no necesitaba que la acomodaran—.
En un pueblo chico la única novedad eres tú. ¿Café?
—¿Todo eso se sabe?
—Todo eso se sabe antes del desayuno. Lo que se sabe después del desayuno es peor. Siéntate.
Me senté en el taburete del mostrador como si fuera un examen, y en cierto modo lo era.
Se llamaba Dora, aunque no me lo dijo: lo decía el cartel de afuera y lo decía la manera en que el almacén giraba a su alrededor, los frascos, las latas, el fiado, el pueblo.
Me sirvió café en una taza de loza gruesa y me cortó una punta de pan tibio con queso sin consultarme, con ese diagnóstico infalible de las mujeres que llevan cincuenta años alimentando gente: esta no cenó anoche.
No había cenado anoche.
—Abelardo venía los martes —dijo, mientras yo comía—. Tabaco y caramelos de miel. Hace catorce meses que nadie me compra caramelos de miel. —Lo dijo sin drama, en tono de inventario, y por eso mismo dolió más—. ¿Tú lo conociste?
—Una vez. Tenía nueve años.
—Él tenía ochenta y siete cuando me habló de ti. —Me miró por encima de los lentes que no se había puesto—. Así que van empatados: una vez cada uno.
Tragué el pan con dificultad. El pan no tenía la culpa.
Detrás del mostrador, en un estante propio, había un cuaderno de tapas duras, gordo de papeles sueltos, atado con una banda elástica. Dora lo palmeó como se palmea el lomo de un caballo viejo.
—¿Sabes cuánta gente vive del astillero cuando hay trabajo? —preguntó.
—No.
—Yo tampoco. Nunca la conté. Yo cuento otra cosa: cuánta gente me debe. —Palmeó el cuaderno otra vez—. Cuando el astillero anda, este cuaderno adelgaza. Cuando el astillero no anda, engorda. Lleva un tiempo largo engordando.
—¿Y eso es mi problema? —pregunté, con menos convicción de la que hubiera querido.
—Todavía no sé. —Me estudió un momento con unos ojos que habían visto llegar y sobre todo irse a mucha gente—. ¿Qué vas a hacer con tu mitad?
—Todavía no sé —le devolví.
—Mmm.
Fue el "mmm" más informativo que escuché en mi vida. Contenía un archivo completo sobre forasteros, herencias y finales posibles.
Me cobró el pan y no me cobró el café, en una proporción exacta que entendí después: la bienvenida corría por cuenta del pueblo; el resto había que ganárselo. Cuando ya me iba, agregó, sin levantar la vista de la balanza:
—Si necesitas hacer una llamada, en el pueblo la señal es un rumor. Hay dos lugares donde funciona: la loma del cementerio y la punta del muelle. Para llamar desde el cementerio hay que tener otro ánimo.
La punta del muelle olía a algas y a soga mojada, y el viento llegaba limpio, sin edificios que lo hubieran manoseado antes.
La marea estaba baja. Desde ahí se veía todo el astillero de costado: la grada, el portón entreabierto, la casa con su chimenea, el cartel con su tabla.
Mi herencia, vista desde el agua, parecía un animal grande echado a descansar en la orilla.
Marqué el número personal de Casal. Me lo había dado el día de la firma, con esa amabilidad redonda de los hombres que cobran por hora.
—Casal —contestó, con voz de sábado.
—Soy Nina Cabral.
—Nina. —Hubo una pausa de papeles mentales acomodándose—. Dime.
—El terreno tiene un astillero encima.
—Un galpón con mejoras. Figura en el informe.
—Tiene un astillero en actividad, Casal. Tiene un socio con el cincuenta por ciento que vive ahí con una hija de ocho años. Tiene un empleado que llega a las siete y media. Vive gente adentro de mi terreno.
Silencio del otro lado. El viento me empujó el pelo sobre la cara y me lo sujeté con la mano, porque esa mañana ni siquiera tenía un lápiz a la altura de las circunstancias.
—La sociedad figuraba en la declaratoria —dijo al fin—. Te la leí completa.
—Me leíste veinte minutos de números un martes a las nueve de la mañana. Yo escuché la palabra "terreno" y la palabra "millón" y entre las dos había una niebla.
—¿Y ahora quieres...?
—Quiero saber si puedo echarme atrás.
Otro silencio. De los caros.
—Firmaste una promesa de venta, Nina.
—Sé lo que firmé.
—¿Leíste la cláusula cuarta?
—La leí.
Y era cierto. La había leído en una oficina del piso once, con aire acondicionado y agua con gas, con un abogado de traje claro que me daba vuelta las páginas como si el viento soplara siempre a favor de ellos.
La leí como se leen las cláusulas que son problemas de otras personas: yo jamás iba a querer quedarme con un galpón en un pueblo que no podía señalar en un mapa.
—Entonces sabes cómo funciona —dijo Casal—. Si desistes, pagas la penalidad: el cuarenta por ciento del precio pactado. Cuatrocientos mil.
—Cuatrocientos mil —repetí.
Una gaviota se posó en el pilote de enfrente y se me quedó mirando fijo, como si también tuviera algo que cobrar.
—¿Los tienes? —preguntó Casal, que sabía perfectamente que no los tenía, porque había visto mi vida entera desplegada en una declaratoria de herederos.
—No los tengo.
—Entonces mi consejo profesional es que no desistas. Cumples, firmas la escritura cuando venza el plazo, cobras el millón y sigues con tu vida. Costa Nova paga en serio. Es de las pocas cosas verdaderas que se pueden decir de una empresa.
Hay que decir la verdad completa: no firmé por avara.
Firmé porque el último restaurante donde trabajé cerró de un jueves para un viernes, con el dueño desaparecido y dos meses de mi sueldo adentro.
Firmé porque llevo diez años juntando dinero para un local mío, uno chico, seis mesas, mi nombre en la puerta o ni siquiera mi nombre, cualquier cosa que no se pueda desarmar en una tarde.
Diez años de turnos dobles y de dormir en cuartos alquilados arriba de las cocinas de otros.
Y un día me llama un notario y me dice que un tío que vi una sola vez me dejó un terreno, y tres días después una empresa me ofrece por ese terreno un millón.
Un millón contesta todas las preguntas antes de que las hagas.
Pregunté poco. Eso no me vuelve tonta. Me vuelve exactamente lo que era: una mujer con un bolso de lona esperando que, por una única vez en la vida, algo fuera fácil.
—¿Cuánto queda del plazo? —pregunté.
Lo escuché revisar algo, o fingir que revisaba algo que sabía de memoria.
—Cincuenta y ocho días.
Cincuenta y ocho días. Dicho así, con voz de sábado, sonaba a mucho y a nada al mismo tiempo, como los pronósticos de lluvia.
—Casal. Una pregunta más. ¿Qué va a hacer Costa Nova con la mitad de un astillero?
—¿Con la mitad? Nada. Nadie quiere la mitad de nada. —Se lo oía casi didáctico, casi amable—. Van a pedir la división del condominio. Y como un astillero no se puede partir al medio con una sierra, un juez lo manda rematar entero y cada dueño cobra su parte.
—¿Y el otro dueño?
—El otro dueño cobra la mitad del remate. —Pausa—. Los remates de galpones viejos en pueblos chicos no son famosos por sus precios, Nina. La mitad de un remate es la mitad de poco.
Miré el astillero desde la punta del muelle. El portón entreabierto. La ropa bajo el alero. En la grada, chiquita a la distancia, una figura con un cuaderno bajo el brazo cruzó corriendo y se metió en la casa.
—¿Nina? —dijo Casal, cuando mi silencio se puso largo—. Un consejo más, y este es gratis. No te encariñes con el paisaje.
Le dije que gracias, que lo iba a pensar, esas frases de utilería que una lleva en el bolsillo para salir caminando de los incendios.
Me quedé en el muelle hasta que se me enfriaron las manos y la gaviota se aburrió de mí, en ese orden.
Era fácil, en teoría. Bajar la cuesta corta, cruzar el pasto alto, golpear el portón y decirlo.
Dos frases: Firmé una promesa de venta antes de saber que existías.
Necesito ayuda para romperla. Dos frases.
Las ensayé en voz baja mirando el agua, las pulí, las acomodé en todos los órdenes posibles, y en todos los órdenes posibles terminaban igual: con la cara de Mateo Roldán, que ya me había mirado como se mira una gotera nueva en un techo viejo, mirándome como se mira a la empresa que viene por el frente costero completo.
Yo no iba a ser más la sobrina de Abelardo.
Iba a ser, para siempre y sin apelación, la mujer que vino a vender el pueblo.
Y había una niña con un cuaderno azul que me tenía anotada como avistamiento, categoría pendiente.
Cincuenta y ocho días eran tiempo, me dije.
Tiempo de conseguir un abogado propio, uno que no usara traje claro.
Tiempo de encontrarle la grieta al contrato, porque yo sé de masas: no existe hojaldre sin una capa que se despega si le encuentras la punta.
Tiempo de resolverlo sola, en silencio, sin que nadie tuviera que enterarse nunca de lo cerca que estuvo el desastre.
Decidí no decir nada. Todavía no. Iba a contarlo cuando tuviera la solución en la otra mano, porque un problema con solución es una anécdota, y un problema sin solución es una confesión.
En el fondo sabía cómo se llama eso que hice. Se llama irse sin moverse del lugar.
Volví al hospedaje al caer la tarde, cuando la lluvia nueva empezaba a probar el techo.
Ordené el cuarto, que no estaba desordenado.
Alineé los frascos de la repisa ajena, doblé la ropa que ya estaba doblada, desenrollé el rollo de cuero sobre la cama y pasé revista: el pelador, el deshuesador, la chaira, el gyuto grande con su mango rajado que sigue siendo el mejor cuchillo que voy a tener en mi vida.
En el gesto de subirme las mangas quedó a la vista la cicatriz de la freidora, en el antebrazo izquierdo, blanca y tranquila desde mis diecinueve: recuerdo permanente de que en una cocina lo que quema no siempre avisa primero.
Los ordené por tamaño. Después por uso. Después otra vez por tamaño.
Afuera, cuesta abajo, el pueblo encendía las luces una por una, y la última luz antes del agua era la del astillero.
Cincuenta y ocho días, pensé. Alcanzan.
Es notable la cantidad de cosas que una es capaz de creerse cuando las piensa ordenando cuchillos.