Un lío de boda Capítulo Quince #2
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Capítulo Quince #2

Ninguno de los dos menciona lo que ha estado a punto de ocurrir.

Otra vez.

Me aparto el pelo mojado de la cara. —El universo nos odia.

Theo arquea las cejas. —¿El universo?

—Sí. Puede que también el mar. Quizá los dos.

—No creo que Atención al Pasajero forme parte de una conspiración.

—Eso es justo lo que diría alguien implicado en la conspiración.

Se le curva una comisura, pero la diversión no borra la tensión de su expresión.

Theo levanta una mano y me aparta un mechón mojado de la mejilla. Sus dedos se demoran junto a mi mandíbula.

—Lucy —dice en voz baja.

Contengo la respiración.

Traza con el pulgar el contorno de mi pómulo antes de bajar la mano.

—Deberíamos recoger las tarjetas.

—Sí.

Ninguno de los dos se mueve.

Entonces miro hacia las tumbonas. —¿Antes de que el barco envíe a otra persona?

—Empiezo a considerar las pruebas.

Salimos de la piscina antes de que el universo pueda organizar otra intervención.

Después de secarnos, nos ponemos la ropa y las sandalias y recogemos las nuevas tarjetas de acceso en Atención al Pasajero.

Miguel confirma que la reparación de las tuberías ha superado la inspección y que la suite se ha limpiado y desinfectado por completo. Un empleado de equipajes nos espera en el camarote para contratistas, donde yo superviso el traslado de mi portatrajes mientras Theo se ocupa de las maletas.

La mudanza dura menos de veinte minutos, pero la tensión de la piscina nos sigue por todos los pasillos.

Cada vez que Theo estira el brazo por delante de mí, recuerdo sus manos en mi cintura.

Cada vez que nuestras miradas se cruzan, recuerdo su boca acercándose a la mía.

Cuando llegamos a la nueva suite, estoy convencida de que el aire acondicionado ha dejado de funcionar en todo el barco.

Miguel espera junto a la puerta para confirmar que todo está listo.

—Todo está preparado. Su equipaje está dentro y Atención al Pasajero ha dejado un pequeño detalle de parte de Royal Greek Dreams a modo de disculpa.

—Gracias —dice Theo.

Miguel nos mira a uno y a otro con una expresión profesionalmente neutra. Si se fija en nuestro pelo mojado o en cómo evitamos acercarnos demasiado, no lo demuestra.

—Disfruten de la suite.

Se aleja por el pasillo.

Theo abre la puerta con la tarjeta de acceso.

Lo primero que noto es el espacio.

Después de dos noches en el camarote para contratistas, la zona de estar parece enorme.

Un sofá curvo de dos plazas está orientado hacia las puertas de cristal del balcón y la luz del final de la tarde inunda la habitación.

Hay una pequeña mesa de comedor, espacio de verdad en el armario y un balcón privado con vistas al mar.

Sobre la mesa hay una bandeja de fruta y una botella de champán junto a una tarjeta.

Nuestras disculpas por las molestias. Pónganse en contacto con Atención al Pasajero si necesitan cualquier otra cosa.

Mi portatrajes cuelga a salvo dentro del armario. Nuestras maletas están colocadas junto a la cómoda y el baño cuenta con una ducha de efecto lluvia lo bastante grande para entrar sin tener que ponerse de lado.

—Este baño es más grande que el camarote —digo.

Theo entra, mira debajo del lavabo y abre un armario.

Me apoyo en el marco de la puerta. —¿Estás inspeccionando la fontanería?

—Sí.

—¿Sabes algo de fontanería?

—No.

—Excelente.

Cierra el armario. —Parece que funciona.

—Tu evaluación oficial me deja mucho más tranquila.

Regreso a la habitación principal, paso una mano por el respaldo del sofá y me vuelvo hacia la zona de dormir.

Entonces veo la cama.

Una cama king size ocupa el centro de la habitación.

No hay una segunda cama, ni un sofá cama, ni un solo mueble lo bastante largo para que Theo duerma sin tener que doblarse por la mitad.

Me detengo.

Theo sigue mi mirada y se queda inmóvil a mi lado.

Durante varios segundos, ninguno de los dos habla.

Mis pensamientos vuelven de inmediato a la piscina.

Sus manos en mi cintura.

Mis palmas contra su pecho.

Su boca acercándose a la mía.

Una cama no debería parecer más íntima que eso.

De algún modo, lo parece.

Theo se aclara la garganta. —Puedo hablar con Miguel.

—¿Sobre qué?

—Otra solución.

Miro el sofá. —Ahí no cabes.

—Me las puedo arreglar.

—Mides uno noventa y algo.

—Uno noventa y uno.

—Exacto. Te despertarías con forma de signo de interrogación.

—Eso no es una afección médica.

—Theo. —Me vuelvo hacia él—. Es una cama king size. Podemos compartirla.

Fija la mirada en mi rostro. —¿Estás segura?

—Sí.

La respuesta sale sin vacilar y nos sorprende a los dos.

Theo me observa con atención. —No tienes que aceptar solo porque la alternativa sea incómoda.

—Acepto porque somos adultos y la cama es enorme.

—Y porque el sofá no sirve.

—Y porque no quiero pasar nuestra última noche en este barco escuchándote fingir que tu columna está en perfecto estado.

Su expresión se suaviza. —De acuerdo.

Una decisión.

Sin debate. Sin teatro.

Vamos a compartir la cama.

La sencillez del acuerdo no basta para calmar mi cuerpo.

Theo mira hacia el champán. —¿Te apetece una copa?

—Sí.

Abre la botella mientras yo salgo al balcón.

El mar se extiende más allá de la barandilla, de un azul oscuro bajo el sol que va descendiendo. Una brisa refresca mi piel húmeda, pero bajo ese frescor aún perdura el calor del recuerdo de la piscina.

Theo se reúne conmigo y me entrega una copa.

La alzo hacia él. —Por las duchas de tamaño normal, las mejoras de categoría accidentales y nuestra última noche en el barco equivocado.

Choca su copa con la mía. —La última parte parece menos urgente que ayer.

Nuestras miradas se cruzan por encima de los bordes de las copas.

Ninguno de los dos aparta la vista.

A nuestra espalda, la cama king size espera en la suite silenciosa.

Aún nos queda el masaje.

También la noche.

Bebo un sorbo y me pregunto si al universo por fin se le han acabado las excusas.