Capítulo Dieciséis
THEO
Lucy apoya los antebrazos en la barandilla del balcón y sostiene despreocupadamente la copa de champán en una mano. El sol ya está bajo en el horizonte y deja una amplia franja naranja sobre el agua.
Contempla el paisaje durante varios segundos antes de mirarme.
—¿Alguna vez has visto algo así?
—Sí.
La expresión se le apaga de inmediato.
Bebo un sorbo antes de añadir: —Desde salas de conferencias. Por lo general, a través de ventanales que no se abren.
La decepción da paso al alivio. —Eso no cuenta.
—Sospechaba que dirías eso.
Me coloco a su lado y apoyo una mano en la barandilla, dejando entre nosotros suficiente espacio para no tocarnos.
El viento le lleva el cabello húmedo a la mejilla. Ella se lo coloca detrás de la oreja y vuelve a concentrarse en el atardecer.
—¿Cuándo fue la última vez que te tomaste unas vacaciones de verdad?
Busco en mi memoria y descubro que no tengo una respuesta inmediata.
Lucy se vuelve hacia mí cuando mi silencio se prolonga demasiado. —Theo.
—Estoy pensando.
—Eso ya es preocupante. —Apoya una cadera en la barandilla como si se preparara para un interrogatorio.
—Estuve en Palm Beach hace dos años.
Entrecierra los ojos. —¿Cuánto tiempo?
—Dos días.
—¿Con quién fuiste?
—Con un socio.
—¿Hablaron de negocios?
—Un poco.
—¿Llevaste el portátil?
—Sí.
—¿Había reuniones programadas?
—Un desayuno —admito.
Lucy espera.
—Y una cena.
Hace un gesto hacia mí con la copa de champán. —Eso no fueron unas vacaciones. Fue una reunión de trabajo fuera de la oficina, pero con mejor clima.
—Jugamos al golf.
—¿Hablaron de negocios mientras jugaban?
—Ese suele ser el propósito del golf.
Lucy vuelve a mirar el mar y niega con la cabeza. —Caso cerrado.
Bebo otro sorbo para ocultar mi sonrisa. —¿Qué se considera unas vacaciones de verdad?
—Nada de reuniones. Nada de clientes. Nada de trabajar durante las comidas. —Enumera cada requisito con los dedos—. Si es posible, nada de despertador, a menos que sea para ver el amanecer o tomar un vuelo.
—Parece ineficiente.
—Se supone que debe ser ineficiente. No hace falta que cada hora produzca algo.
—Esa filosofía llevaría a la ruina a la mayoría de las empresas.
—Menos mal que yo no dirijo ninguna.
—Podrías hacerlo.
Lucy se ríe y bebe un sorbo. —Ya me cuesta bastante no perder la tarjeta de la lavandería.
—Eso no tiene ninguna relación con la capacidad de liderazgo.
Su risa se desvanece. —¿Ha sido un cumplido?
—Era una observación.
—Por supuesto.
Me estudia por encima del borde de la copa, a la espera.
Exhalo. —Se te da bien tratar con la gente. Te adaptas rápido y eres capaz de tomar decisiones sin contar con toda la información.
—Algunas personas llaman a eso ser impulsiva.
—A veces lo es.
—Ahí estás. —Me señala como si acabara de sorprenderme cometiendo un delito.
—Pero no siempre.
Lucy se queda callada.
Continúo porque, si me detengo ahora, el cumplido parecerá accidental.
—Subiste al barco equivocado y entraste en pánico durante aproximadamente cuatro minutos.
—Fueron al menos siete.
—Después empezaste a hablar con la gente, a recopilar información y a buscar formas de hacer tolerable la situación.
—También acusé al universo de tener algo contra mí.
—Lo haces a menudo.
—El universo se lo ha ganado.
Sus labios se curvan, pero sigue observándome con atención.
—Te adaptaste más rápido que yo —digo.
Enarca las cejas. —Lo has admitido por voluntad propia.
—Ya me lo estoy replanteando.
—Demasiado tarde.
Lucy parece tan satisfecha que no me arrepiento de nada.
Vuelve a mirar el agua y apoya los codos en la barandilla. —¿Sabes cuál es tu problema?
—Supongo que tienes intención de decírmelo.
—Crees que hay que ganarse el descanso.
—No es una idea irracional.
—Lo es cuando nunca decides que ya te lo has ganado. —Su tono pierde el matiz burlón—. Tu empresa ha sobrevivido mientras ignorabas el teléfono esta tarde. Nadie ha enviado un helicóptero a buscarte. Nada se ha incendiado.
—Eso todavía está por confirmar.
Lucy me da un pequeño empujón con el hombro. —Hoy lo has hecho muy bien.
—¿En qué?
—No trabajar. La fotografía. Cocinar. El tarot. Dormir una siesta junto a la piscina. —Enumera las actividades con una sonrisa complacida—. Durante la última, casi parecías relajado.
—He demostrado una eficacia excepcional a la hora de dormir.
—Te comprometiste mucho con la tarea. —Me estudia—. También me cubriste con una toalla.
—Tenías frío.
—Sigues diciéndolo como si eso hiciera que el gesto fuera menos tierno.
—Fue práctico.
Lucy me dedica la misma mirada que durante el taller de cocina. —Lo práctico y lo tierno pueden coexistir.
Levanto la copa en lugar de contestar.
Me deja refugiarme en ese gesto durante varios segundos.
—¿Qué harías durante unas vacaciones de verdad?
—No lo sé.
—Esa respuesta no es aceptable.
—Es la única que tengo.
Su expresión se suaviza. —¿Nunca lo has pensado?
—Nunca en serio.
Lucy da unos golpecitos en la copa con un dedo mientras sopesa el problema. —Podrías elegir cualquier lugar.
—¿Cualquiera?
—Sin límite de presupuesto, sin horarios, sin obligaciones.
—Estás describiendo una situación que no existe.
—Finge. —Extiende una mano hacia el mar como si la propia vista debiera facilitarme la imaginación.
—No se me da especialmente bien.
—Lo sé. Es trágico.
Se acerca y baja la voz como si compartiera información confidencial.
—Podrías recorrer Europa en tren. Alquilar un auto sin planear cada parada. Quedarte en un sitio porque te gusta la vista y no porque tenga una sala de conferencias adecuada.
—Parece mal organizado.
—Parece maravilloso. Te despiertas y decides adónde ir según lo que te resulte interesante.
—Perderías la mitad de las reservas.
—Entonces haría otras.
—Podrías llegar a un lugar donde no hubiera habitaciones disponibles.
—Entonces iría a otro sitio.
Lo dice como si cambiar todo un itinerario no fuera más complicado que elegir otro restaurante.
—Podrían perderte el equipaje.
—He sobrevivido a cosas peores. —Señala la suite a nuestra espalda, donde ha dejado la maleta dañada junto a la cómoda.
—Subiste al barco equivocado.
—Y encontré una historia mejor.
Lo dice en voz baja.
Mira a través de las puertas abiertas del balcón, hacia la bolsa que contiene su cuaderno.
—Perderse no siempre es lo peor. A veces te obliga a fijarte en lo que habrías pasado de largo.
La miro.
No está hablando solo de viajar.
—Eso es lo que me gusta de ti —digo.
Lucy se queda completamente inmóvil.
La frase se me escapa antes de que decida si quiero pronunciarla. Podría retroceder, reducirla a algo inofensivo o fingir que me refería a su forma de viajar.
No hago ninguna de esas cosas.
Se vuelve hacia mí. —¿Hay algo que te gusta de mí?
—Hay varias cosas.
Su intento de sonrisa vacila. —¿Varias?
—Sí.
El viento vuelve a empujarle un mechón de cabello sobre la mejilla. Levanta la mano para apartárselo, pero vacila al darse cuenta de que sigo observándola.
Debería decírselo.
Debería decirle que basta con que entre para quitarle formalidad a cualquier habitación. Que escucha sin convertir cada muestra de vulnerabilidad en un problema que debe resolver. Que es más capaz de lo que cree y mucho menos descuidada de lo que yo pensaba antes.
Debería decirle que llevo fijándome en ella mucho más tiempo del que me he permitido admitir.
En cambio, empiezo por la verdad menos arriesgada.
—Haces que parezca posible sobrevivir a la incertidumbre.
Su expresión se suaviza.
—Theo.
—Paso la mayor parte de mi vida tratando de eliminar lo desconocido. —Miro el mar abierto y después vuelvo a mirarla—. Tú caminas hacia lo desconocido.
—No siempre. —Lucy baja la mirada—. A veces solo finjo que no estoy aterrada.
—Lo sé.
Levanta la vista de golpe. —¿Lo sabes?
—Bromeas más cuando estás nerviosa. Hablas más rápido cuando crees que alguien te está juzgando. Cuando de verdad tienes miedo, dejas de moverte.
Lucy me mira fijamente.
—Te fijas en todo —dice.
—No en todo.
—Lo suficiente.
Su voz se ha suavizado.
—¿Qué más? —pregunta.
Dejo la copa de champán en la mesita.
Lucy observa el movimiento y después coloca la suya a su lado.
Me acerco. No lo suficiente para tocarla, pero sí para que ya no sea necesario bajar la voz.
—Eres valiente cuando crees que nadie te está mirando.
Inhala despacio.
—Te preocupas por los demás sin obligarlos a demostrar que se lo merecen. Haces que los desconocidos se sientan bienvenidos incluso cuando tú estás convencida de que no encajas.
Le brillan los ojos, pero no aparta la mirada.
—¿Y? —susurra.
Suena el teléfono de la suite.
Lucy cierra los ojos y apoya la nuca en la puerta de cristal que tiene detrás.
Permanezco frente a ella mientras el teléfono suena por segunda vez.
—No puede ser —murmura.
Miro hacia el teléfono a través de las puertas.
—Contesta —dice—. Podría ser el spa.
No quiero moverme.
El teléfono vuelve a sonar.
Me aparto, y la repentina distancia parece excesiva.
Lucy recoge su copa y se vuelve hacia el mar mientras yo entro en la suite.
Descuelgo el auricular. —¿Hola?
—Buenas tardes, señor Bennett. Llamo del spa Lotus para recordarle que su cita para el masaje en pareja comienza dentro de cuarenta y cinco minutos. Le rogamos que llegue diez minutos antes para completar la consulta inicial.
—Entendido.
—¿La hora de la cita todavía le viene bien?
Miro a través de las puertas del balcón.
Lucy está de espaldas a mí, con una mano aferrada al codo del otro brazo.
—Sí —respondo—. Estaremos allí.
Desde recepción confirman la ubicación del spa y se despiden.
Cuelgo y regreso al balcón.
Lucy se vuelve al oír mis pasos.
—¿El masaje?
—Dentro de cuarenta y cinco minutos.
—Claro. —Se pasa una mano por el cabello y mira hacia el baño—. Probablemente deberíamos ducharnos.
—Probablemente.
Ninguno de los dos se mueve.
Lucy me observa durante varios segundos. —¿Eso era todo?
Sé a qué se refiere.
El teléfono ha interrumpido la conversación, no mi capacidad para terminarla. Podría contarle el resto. Podría admitir que recuerdo la noche en que nos conocimos, que la observé a través de la ventana de la cocina en la casa junto al lago y que ya no sé cuándo pasé de fijarme en ella a desearla.
Sin embargo, años de cautela refrenan el impulso.
—Deberíamos prepararnos —digo.
La decepción asoma en su rostro antes de que la oculte alzando la copa.
—Claro. —Bebe un sorbo y camina hacia la suite—. No querríamos llegar tarde.
—Lucy.
Se detiene junto a las puertas del balcón, pero no se vuelve.
—Yo me ducho primero —dice.
Desaparece en la suite y, un instante después, la puerta del baño se cierra.
Permanezco en el balcón, escuchando cómo empieza a correr el agua de la ducha y mirando las dos copas de champán: una vacía y otra a medio terminar.
Durante casi toda mi vida, la cautela ha impedido que cometa errores.
Esta vez sí parece un error.