Un lío de boda Capítulo Quince
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Capítulo Quince

LUCY

Dormimos durante poco más de una hora.

No es una de esas siestas ligeras en las que sigues vagamente al tanto de lo que ocurre a tu alrededor y despiertas fingiendo que solo estabas descansando la vista.

Es una siesta de verdad, propiciada por el sol, una piña colada y los restos de spanakopita que Theo insistió en repartir por igual a pesar de haber preparado él casi toda.

Cuando el teléfono vibra junto a mi cadera, me despierto poco a poco bajo otra toalla que me cubre de la cintura a los tobillos.

El sol ha bajado y deja nuestras tumbonas sumidas en una sombra más profunda; la música que suena junto a la piscina ahora es más lenta mientras quienes han pasado allí la tarde se dispersan hacia los bares y restaurantes.

Sé que no me he puesto yo la toalla encima.

Theo duerme en la tumbona contigua, con un brazo cruzado sobre el pecho y la cabeza ligeramente vuelta hacia mí. Tiene la boca relajada, la frente lisa y, por una vez, no hay señal alguna de que esté repasando mentalmente algún horario o preparándose para un desastre.

Dormido parece más joven.

El pensamiento me provoca algo muy inoportuno en el pecho.

Me quedo quieta un momento, observándolo e intentando no hacer la situación más romántica de lo que es.

Se dio cuenta de que tenía frío. Me cubrió con una toalla.

Eso es mera decencia humana, no una declaración de amor eterno.

Por desgracia, mi cuerpo no se ha enterado.

Theo se remueve y abre los ojos. Tarda un momento en enfocar la vista, pero, cuando ve que estoy despierta, sonríe.

Una sonrisa de verdad.

Adormilada, sin defensas, solo para mí.

Deberían existir leyes contra esto.

—Hola —digo, porque al parecer todas las palabras inteligentes que he aprendido en mi vida se han bajado del barco.

—Hola. —Tiene la voz ronca de sueño.

Mira la toalla que me cubre las piernas y después aparta la vista, como si esperara que no la mencionara.

Levanto una esquina. —¿Has sido tú?

—Tenías frío.

—Estaba dormida.

—Estabas temblando.

Otra vez se me encoge el pecho. —¿Así que me arropaste?

—Te puse una toalla encima.

—Eso cuenta como arropar, pero en versión crucero.

Theo se incorpora y se pasa una mano por el pelo. La camiseta se le levanta un poco por encima de la cinturilla de los pantalones cortos y deja al descubierto una estrecha franja de vientre.

Aparto la vista demasiado tarde.

—¿Siempre te pones tan dramática después de una siesta? —pregunta.

—Solo cuando un hombre me envuelve a escondidas en ropa de cama.

—Era una toalla de piscina.

—Sigue siendo íntimo.

Sus ojos se posan en mi rostro. —De nada.

La sencilla respuesta me toma por sorpresa.

—Gracias —digo ahora en voz más baja.

Theo mira el reloj. —Hemos dormido una hora y doce minutos.

—Por supuesto que sabes exactamente cuánto tiempo hemos dormido.

—Sé cuándo miré la hora por última vez.

—Eso no es una forma normal de echarse la siesta.

—Tampoco lo es hacer un interrogatorio antes siquiera de incorporarse.

Aparto la toalla y dejo caer las piernas por el borde de la tumbona. —Estoy decidiendo si te perdono por haberme dejado dormir tanto.

—Parecías cómoda.

—Lo estaba. Ese es el problema.

Theo se pone de pie y se estira. El movimiento le tensa la camiseta sobre el pecho y los hombros, y de pronto me interesa muchísimo ajustar las tiras de mis sandalias, aunque no tengo intención alguna de ponérmelas.

Mi teléfono vuelve a vibrar.

La notificación me recuerda que tenemos la cita para el masaje esta misma noche.

—¿Algo importante? —pregunta Theo.

—Solo el masaje.

Su expresión cambia un poco. —Cierto.

—¿Se te había olvidado?

—No.

—Has puesto esa cara.

—¿Qué cara?

—La que pones al recordar que vamos a estar medio desnudos en la misma habitación.

—Estaba considerando la logística.

—Claro que sí.

Theo mira hacia la piscina. —¿Quieres volver al camarote antes de la cita?

—Puede que nuestra nueva suite todavía no esté lista.

—Podríamos comprobarlo.

Me pongo de pie y miro la piscina, casi vacía. La mayoría de los pasajeros se ha marchado para prepararse para la cena y el agua refleja la luz anaranjada que entra por los paneles de cristal que rodean la cubierta.

—O —digo mientras camino hacia la parte menos profunda— podríamos nadar primero.

Theo mira mi bikini y enseguida desvía la mirada hacia el agua.

—¿Quieres nadar ahora?

—Tenemos tiempo.

—Ya estamos secos.

—Eso tiene fácil arreglo.

Bajo el primer escalón y deslizo los dedos por el agua. Está más fresca que el aire, pero no tanto como para hacerme cambiar de opinión.

Theo sigue junto a la tumbona. —Lucy.

Lo salpico con los dedos.

Varias gotas caen sobre la parte delantera de su camiseta.

Baja la vista muy despacio.

—Eso era innecesario.

—Era una invitación.

—Podrías haberlo pedido.

—Lo hice. Tú te pusiste a analizar la humedad.

—No hice tal cosa.

Vuelvo a salpicarlo y le doy en el brazo y parte del pecho.

Theo deja el teléfono y el reloj en la mesita auxiliar.

El estómago me da un vuelco.

Se quita la camiseta por la cabeza.

Dejo de respirar.

Lo he visto con camiseta y bóxers ajustados. Llevo los dos últimos días fijándome en sus hombros, sus antebrazos y cómo se ciñe la ropa a su pecho.

Nada de eso me había preparado para esto.

Theo no tiene el cuerpo de alguien que solo va de vez en cuando al gimnasio de un hotel porque se siente culpable.

Tiene los hombros anchos, el vientre definido y músculos que se deslizan bajo la piel lisa con cada movimiento.

Una tenue línea de vello desaparece bajo la cinturilla del traje de baño y mis ojos la siguen antes de que pueda contenerme.

Me descubre mirándolo.

El calor me sube por la cara, pero me niego a fingir que estaba estudiando la salida de emergencia a su espalda.

La mirada de Theo también me recorre, tan despacio que se me calienta la piel a pesar del agua que me rodea las pantorrillas.

—Me estás mirando fijamente —dice.

—Tú también.

—Estaba evaluando la situación.

—¿Y la has evaluado como es debido?

Se le curva la boca. —Todavía no.

Se mete en la piscina.

A medida que baja los escalones, el agua le va cubriendo las piernas. Yo retrocedo hasta que llega al fondo y me mira con demasiada seguridad en sí mismo.

—Te lo estás pasando bien —digo.

—Tú empezaste.

—Te salpiqué dos veces.

—Exacto.

Doy otro paso atrás. —¿Qué vas a hacer?

Theo avanza hacia mí. —Aún no lo he decidido.

—Eso suena amenazador.

—Estás sonriendo.

—Sonrío cuando estoy bajo presión.

La piscina es tan poco profunda que el agua me llega justo por debajo del pecho. Recojo más agua con ambas manos y se la lanzo de lleno.

Theo aparta la cara, pero casi toda el agua le da en el pecho y los hombros. Se pasa una mano por los ojos y me mira.

Conozco esa mirada.

Me río y retrocedo antes de que pueda contraatacar.

Me sigue.

La piscina es demasiado pequeña para una persecución de verdad, pero eso no me impide rodearlo para llegar al lado opuesto y salpicarlo cada vez que se acerca.

Theo bloquea un intento con el antebrazo, recibe otro de lleno en la cara y por fin deja de fingir que no piensa rebajarse a jugar.

Me lanza una ola de agua con ambas manos.

Chillo y me doy la vuelta, riéndome tanto que mi intento de huir resulta inútil.

Cuando intento llegar a los escalones, Theo me sujeta por la cintura desde atrás.

La risa se me corta cuando aspiro de golpe.

Me sostiene con firmeza entre sus brazos, pero no tira de mí para llevarme más adentro de la piscina. El agua se mueve a nuestro alrededor mientras me giro sin que me suelte.

Las manos se me posan en su pecho.

Todo se detiene.

Bajo mis palmas, su piel está caliente y su pecho firme. Su respiración ya no está del todo controlada.

Debería apartar las manos.

No lo hago.

Theo sigue sujetándome por la cintura. Tiene los dedos apoyados sobre la piel desnuda, justo por encima de la parte de abajo del bikini.

Ahora estamos pegados, con mi pecho contra el suyo y mis muslos rozando los suyos bajo el agua.

Baja la mirada a mi boca.

De repente tengo los labios secos.

Me paso la lengua por ellos sin pensar.

Theo observa el movimiento.

Se le oscurecen los ojos y sus manos me rodean la cintura con un poco más de firmeza. No lo suficiente para retenerme. Sí para decirme que él también ha sentido el cambio.

Deslizo una mano más arriba por su pecho hasta la firme curva de su hombro. Él me acerca dos centímetros y medio.

Esos dos centímetros y medio lo cambian todo.

Mi cuerpo encaja contra el suyo con una facilidad aterradora. El agua oculta nuestros cuerpos de cintura para abajo, pero siento la presión de sus caderas y la fuerza de los brazos que me sostienen.

—Theo —susurro.

Alza los ojos hasta encontrarse con los míos.

Hay una pregunta en los suyos.

Sé qué me está preguntando.

Sé cuál es mi respuesta.

Cierro los dedos sobre su hombro. Me pongo un poco de puntillas, aunque el agua ralentiza el movimiento.

Theo baja la cabeza.

Después de días mirando, tocando, deteniéndonos y fingiendo, por fin va a besarme.

—¿Señora Carter? ¿Señor Bennett?

La voz viene del borde de la piscina.

Theo y yo nos quedamos paralizados.

Un tripulante con uniforme de Atención al Pasajero está de pie junto a nuestras tumbonas, sujetando una tableta y haciendo un esfuerzo heroico por mirar a cualquier sitio menos a nosotros.

Cierro los ojos.

Este barco está maldito.

Tiene que estarlo.

Dos adultos no pueden estar dos veces a punto de besarse sin conseguirlo a menos que sean víctimas de un maleficio marítimo de una precisión extraordinaria.

Theo me suelta la cintura poco a poco y sus dedos se deslizan sobre mi piel antes de apartarse.

Vuelvo a apoyar las plantas de los pies en el fondo y retrocedo.

El espacio entre nosotros parece más frío que el resto de la piscina.

—¿Sí? —pregunta Theo, con la voz claramente más ronca.

El tripulante se aclara la garganta. —El señor Alvarez me ha pedido que les informe de que su suite ha superado la inspección final. Las tarjetas de acceso están listas en Atención al Pasajero para cuando quieran recogerlas.

—Gracias —dice Theo.

El tripulante asiente enseguida y se marcha.

Miro a Theo.

Él me mira a mí.