Un lío de boda Capítulo Catorce
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Capítulo Catorce

THEO

Salimos del taller de cocina con un recipiente lleno de spanakopita y dolmades, todavía riéndonos de la insistencia de Nikoleta en que cualquier desastre de repostería puede repararse con más mantequilla.

Lucy camina de espaldas delante de mí, con las tarjetas de recetas apretadas contra el pecho.

—Admítelo. Lo hice bien.

—Fuiste competente.

Se detiene con tanta brusquedad que casi choco con ella. —¿Competente?

—Muy competente.

—Eso no lo mejora.

—Es más exacto.

Lucy entrecierra los ojos. —Yo sazoné el relleno.

—Así es.

—Dijiste que estaba excelente.

—Dije que estaba bueno.

—Dijiste que estaba muy bueno.

—Después de que insistieras.

Se acerca y apoya un dedo contra mi pecho. —Tienes una resistencia patológica a los elogios.

—Te elogié varias veces.

—Evaluaste mi desempeño.

—Los resultados fueron sólidos.

—Ese es exactamente el problema.

La sonrisa se me escapa antes de que pueda contenerla.

Lucy se da cuenta, y su indignación fingida se convierte en satisfacción.

—Ahí está —dice—. Te divertiste.

—Nunca lo negué.

—Te quejaste del delantal.

—El delantal era ridículo.

—Estabas muy guapo con él.

El cumplido me toma desprevenido.

Bajo la mirada hacia ella, sin saber si se está burlando de mí. Sigue sonriendo, pero un rubor le tiñe las mejillas.

—Estabas cubierto de harina —añade—. Te hacía parecer accesible.

—¿Ese era el problema?

—Uno de muchos.

Me golpea el brazo con las tarjetas de recetas.

Le sujeto la muñeca antes de que pueda repetirlo.

El movimiento es automático.

Lo que ocurre después no lo es.

Lucy está tan cerca que la fina tela de su vestido playero casi roza mi camisa. Su muñeca está cálida bajo mis dedos y siento el pulso acelerado bajo el pulgar.

Deja de reír.

Baja la mirada a mi boca.

Aflojo la mano para que pueda apartarse.

No lo hace.

El pasillo se desvanece a nuestro alrededor. Soy consciente del recipiente de comida en mi otra mano, del ligero aroma a mantequilla y limón que se le ha quedado en la piel y del pequeño movimiento de su garganta al tragar.

Quiero besarla.

El pensamiento es sencillo.

Nada de lo que lo rodea es sencillo.

Lucy alza los ojos hacia mí.

Espera.

Me inclino hacia ella.

Se oye una voz más adelante en el pasillo.

—Lecturas de tarot cerca del atrio. Sesiones de quince minutos.

Lucy se aparta tan deprisa que las tarjetas de recetas se doblan contra su pecho.

Durante un segundo, ninguno de los dos habla.

Entonces se vuelve hacia la voz. —Tarot.

—Lucy.

—Deberíamos ir.

—No crees en el tarot.

—Creo en evitar momentos incómodos mediante entretenimiento programado.

Al menos lo admite.

Me toma de la mano y tira de mí hacia el atrio.

Me dejo llevar, en parte porque siento curiosidad y en parte porque necesito unos minutos antes de poder fiarme de mí mismo cerca de ella sin pensar en su boca.

La lectora de tarot ha instalado una mesita junto a las ventanas. Un paño oscuro cubre la superficie, donde también hay una baraja y un cartel escrito a mano que anuncia lecturas de quince minutos.

Parece rondar los cuarenta. Lleva los rizos oscuros recogidos para apartarlos de la cara y varios anillos de plata en cada mano.

Lucy se deja caer en una de las sillas. —Nos gustaría saber si estamos condenados.

La mujer señala la silla contigua. —Eso depende de lo que consideren una condena.

—Ya me cae bien —dice Lucy.

Me siento y coloco el recipiente de comida a salvo debajo de mi silla.

La mujer nos mira a ambos. —¿Una lectura conjunta?

—No somos pareja —digo.

Lucy me mira de reojo. —Has respondido muy rápido.

—Era una aclaración objetiva.

La mujer esboza una sonrisa, pero no hace comentarios. —Una lectura conjunta puede aplicarse a cualquier vínculo. Amigos, parientes, compañeros de trabajo, personas que subieron juntas al barco equivocado.

Lucy se inclina hacia delante. —¿Cómo lo sabía?

—Lo sabe medio barco.

—Claro. Nuestra discreta y privada crisis.

La mujer baraja las cartas y le pide a Lucy que corte. Lucy lo hace con un dramatismo innecesario y después se recuesta con la rodilla apoyada ligeramente contra la mía bajo la mesa.

La primera carta muestra una figura que conduce un carro.

—El Carro —dice la mujer—. Fuerza de voluntad, dirección, control. Avanzar mientras fuerzas opuestas tiran en direcciones distintas.

Lucy me mira. —Eso parece muy dirigido a alguien en particular.

—Podría aplicarse a la mayoría de las relaciones.

—La has oído. Eres controlador.

La mujer toca la carta. —El control no siempre es dañino. A veces es la forma en que alguien crea seguridad. La pregunta es si las dos personas han elegido la dirección.

Vuelvo a centrarme en la carta.

Da la vuelta a la segunda.

Dos figuras se miran, cada una con una copa en la mano.

—Dos de Copas. Reconocimiento mutuo. Conexión. Dejarse conocer de verdad.

Lucy aparta la rodilla de la mía.

Lo noto al instante.

—Eso suena desagradable —dice con ligereza.

—Puede serlo —responde la mujer.

La última carta muestra una figura de pie cerca del borde de un precipicio.

—El Loco —dice Lucy antes de que la mujer pueda hablar—. Esa la conozco.

—Comienzos —dice la lectora—. Riesgo. Avanzar sin tener certezas.

—Supongo que el precipicio es simbólico.

—Normalmente.

—Bien. Ya hemos tenido suficientes problemas de transporte.

La mujer estudia las tres cartas.

—Determinación, conexión e incertidumbre. Las cartas no toman decisiones. Solo sugieren que quizá ya haya una decisión esperando a que la tomen.

Lucy cruza los brazos. —Eso parece menos una predicción del futuro y más una tarea de inteligencia emocional.

—¿Preferiría el número ganador de la lotería?

—Sí.

—Entonces se ha sentado en la mesa equivocada.

Lucy se ríe y toma el bolso. —¿Ofrece reembolsos si tomamos decisiones terribles?

—No, pero recomiendo que tomen decisiones interesantes.

—Eso parece irresponsable.

—Usted subió al barco equivocado.

Lucy me mira. —Tiene razón.

Le damos las gracias a la mujer y nos alejamos de la mesa.

Durante varios minutos, Lucy explica lo amplias que eran las interpretaciones y la facilidad con que cualquiera podría encontrarles un significado personal.

Casi resulta convincente.

—Sigues pensando en ello —digo cuando salimos a la cubierta de la piscina.

—Estoy pensando en cómo sabía que eres controlador.

—No sabía nada de mí.

—Preguntaste si desinfectaban las cartas entre una lectura y otra.

—Pasan por cientos de manos.

—También preguntaste si cronometraban la sesión.

—Nos dijeron que duraba quince minutos.

—Eso no es una preocupación normal durante una sesión de adivinación.

—La mayoría de los sistemas ineficientes me preocupan.

Lucy sonríe. —Las cartas dijeron que estamos conectados.

—Dijeron que había una conexión.

—Eso es exactamente lo que he dicho.

—La formulación importa.

—Para ti.

—Sí.

Lucy lo piensa un momento y luego señala dos tumbonas vacías en una zona sombreada.

—Creo que el destino quiere que nos sentemos.

—Yo creo que estás cansada.

—También.

La cita para el masaje es esta noche y no tenemos nada más que hacer antes. Ocupamos las tumbonas y dejamos el recipiente de comida y el bolso de Lucy sobre la mesa entre ambas.

Lucy se descalza, se pone de pie al pie de la tumbona y se quita el ligero vestido playero por la cabeza.

Debajo lleva un bikini de colores vivos.

Mi cuerpo reacciona antes de que pueda apartar la vista.

El bikini le deja al descubierto los hombros, el estómago y la mayor parte de las piernas. La he visto con pantalones cortos para dormir y ropa deportiva, pero esto es distinto. Quizá porque la luz del sol hace imposible ignorar cada detalle.

O porque ahora sé que ella también me ha estado mirando.

Tiende la mano hacia un frasco de protector solar.

Me vuelvo hacia la piscina.

Quedarme mirando sería una falta de respeto.

También me causaría un problema práctico si intentara ponerme de pie.

—¿Qué vas a beber? —pregunta detrás de mí.

Me aclaro la garganta. —¿Qué quieres?

—Una piña colada. Con piña extra y una de esas sombrillitas.

—Por supuesto.

—¿Qué significa eso?

—Que tu bebida tiene accesorios.

—Las bebidas también merecen alegría.

Me levanto antes de que note lo mucho que me esfuerzo por no mirarla.

—Ahora vuelvo.

En el bar pido su piña colada y un agua con gas para mí.

Cuando regreso, Lucy está estirada en la tumbona con los lentes de sol sobre los ojos. Su piel brilla ligeramente por el protector solar y mantiene una rodilla flexionada bajo la luz.

Dejo la bebida en la mesa a su lado.

Levanta un poco los lentes. —Recordaste la sombrillita.

—Formaba parte de las especificaciones.

—¿Y la piña?

—Sí.

—Escuchas muy bien cuando hay bebidas de por medio.

—Escucho casi siempre.

—Empiezo a darme cuenta.

Bebe un sorbo y deja escapar un murmullo de aprobación.

Me acomodo en la segunda tumbona y estiro las piernas. Relajarme todavía me parece una actividad que debería poder realizar con más eficiencia.

Lucy me observa por encima del borde del vaso. —Pareces incómodo.

—Estoy sentado.

—Estás sentado como si alguien fuera a evaluarte.

—No sé qué esperas que haga.

—Nada.

—Eso no es una instrucción.

—Es exactamente una instrucción. Recuéstate. Bebe el agua. No resuelvas nada durante diez minutos.

Bajo el respaldo de la tumbona.

—Ahí —dice Lucy—. Estás prácticamente horizontal.

—Lo sé.

—¿Sientes pánico?

—Mínimo.

—Eso es progreso.

Se recuesta y cierra los ojos.

La música junto a la piscina suena lo bastante baja como para que podamos hablar, y la sombra vuelve tolerable el calor de la tarde.

Durante varios minutos, ninguno de los dos dice nada.

No resulta incómodo.

Mi teléfono vibra contra la mesa.

Miro la pantalla únicamente porque el mensaje podría ser de Miguel.

Es un correo del trabajo.

Lo dejo sin abrir.

Lucy abre un ojo. —¿Trabajo?

—Sí.

—No lo revisaste.

—No.

—¿Debería avisar al médico del barco?

—Puede esperar.

Me observa un instante y luego vuelve a apoyar la cabeza en el cojín.

—Empiezas a ser bueno en esto.

—¿En ignorar mi teléfono?

—En estar aquí.

Sus palabras pesan más de lo que probablemente pretendía.

La miro. —Lo dices como si normalmente estuviera en otra parte.

—Lo estás. —Dibuja una línea con el dedo sobre la condensación del vaso—. Incluso cuando estás en la habitación, una parte de ti ya está pendiente de lo que viene después.

—Eso parece una crítica.

—No lo es. —Me mira de reojo—. No del todo.

—Entonces, ¿qué es?

—Una observación.

Reconozco mi propia palabra y estoy a punto de sonreír.

Lucy deja la bebida y se vuelve de lado para mirarme.

—¿Sabes? La lectora de tarot tenía razón en una cosa.

—Eso no reduce mucho las posibilidades.

—Usas el control para sentirte seguro.

—Prefiero llamarlo preparación.

—El mismo traje, pero con mejor corte.

—Y tú usas los chistes para evitar responder preguntas.

Arquea las cejas. —Eso era innecesario.

—Era una observación.

—Estás abusando del término.

—Tú sacaste el tema.

No puede evitar sonreír. —Bien. Quizá los dos tengamos mecanismos de defensa irritantes.

—El tuyo es más ruidoso.

—El tuyo tiene hojas de cálculo.

Volvemos a guardar silencio.

Su mirada no se aparta de la mía, y yo recuerdo el pasillo a la salida del taller de cocina. Su pulso bajo mi pulgar. Su boca lo bastante cerca para besarla.

Lucy aparta la mirada primero.

—Podríamos comprobar si la suite está lista —digo.

—Más tarde. —Se acomoda mejor en la tumbona y alza el rostro hacia el calor que se filtra entre las sombras—. Me gusta estar aquí.

Espero, sin saber si ha terminado.

Entonces vuelve la cabeza hacia mí.

—Contigo —añade.

Algo en mi pecho se tensa y después se libera.

He pasado años rodeado de personas que querían algo de mí: mi tiempo, mi nombre, mis decisiones o mi dinero.

Lucy no me pide ninguna de esas cosas.

Solo le gusta estar aquí conmigo.

No tengo defensa contra eso.