Un lío de boda Capítulo Seis
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Capítulo Seis

THEO

La puerta del camarote se cierra tras Miguel y nos deja a Lucy y a mí solos en una habitación donde apenas caben las dos camas estrechas que ocupan casi todo el espacio.

Los colchones están separados por menos de treinta centímetros.

Hay un pequeño armario metálico fijado a una pared; nuestro equipaje de mano está encajado junto a él y la puerta del baño queda tan cerca que podría alcanzarla sin levantarme.

Todavía están clasificando el resto del equipaje, incluido el portatrajes con el vestido de dama de honor de Lucy.

Lucy se sienta en la cama más próxima a la pared y se queda mirando las manos.

Está callada desde que salimos de Atención al Pasajero, y eso resulta más inquietante que cualquier cosa que pudiera decir.

Normalmente llena los silencios antes de que tengan ocasión de volverse incómodos.

Hace algún comentario sobre la iluminación, la alfombra, la gente que la rodea o cualquier pensamiento que se le haya metido en la cabeza sin permiso.

Ahora se frota las palmas contra los pantalones y evita mirarme.

Mi teléfono se conecta brevemente al wifi del barco. Aparece un mensaje de Leo.

¿Dónde están? La cena de bienvenida está empezando. En Atención al Pasajero dijeron que tal vez haya un problema. Llámame.

Escribo una respuesta explicando que hemos subido al barco equivocado, que estamos a salvo y que Royal Greek Dreams está organizando un traslado en Creta.

El mensaje se queda pendiente de envío.

Lo intento de nuevo, pero la conexión desaparece antes de que salga.

—Jessica sigue sin contestar —dice Lucy mientras revisa su propio teléfono.

—Atención al Pasajero organizará la llamada de barco a barco. —Dejo el teléfono sobre el armario y me aflojo la corbata.

—Lo sé. —Traga saliva y mira hacia el baño—. Contaba conmigo. Soy su dama de honor y me estoy perdiendo la cena de bienvenida.

—La culpa es de la compañía de cruceros.

—Aun así, debería haberme dado cuenta antes.

—Yo también.

Lucy por fin me mira. —Tú estabas trabajando. Era yo quien comprobaba la información del muelle.

—Seguiste la información que envió Leo. El conductor siguió las señales y la empleada del mostrador de embarque verificó nuestros nombres.

—Y aun así entramos en el barco equivocado. —Aprieta los labios y vuelve a bajar la vista hacia sus manos—. Debería haber cuestionado lo de las pulseras. Debería haber mirado el nombre del barco antes de subir. Debería haber hecho algo.

—Yo también —repito.

Niega con la cabeza. —Tarde o temprano, siempre lo arruino todo.

La afirmación me irrita, no porque esté de acuerdo, sino porque suena como si la hubiera repetido tantas veces que ya la acepta como un hecho.

Ya estoy enojado con el personal del puerto, la compañía de cruceros, el sistema de embarque que falló y conmigo mismo. Como no puedo controlar nada de eso, vuelco la frustración en la persona que tengo delante.

—La situación es catastrófica, Lucy. Repetir que siempre lo arruinas todo no va a hacerla más manejable.

Levanta la cabeza de golpe. —No intento hacerla manejable.

—Desde que salimos de Atención al Pasajero, te estás atribuyendo toda la responsabilidad.

—Porque me siento fatal.

—Yo también.

—Entonces deja de hablarme como si yo fuera la única que metió la pata. —Se pone de pie y agarra su equipaje de mano—. Tú también estabas allí.

—No he dicho que seas la única responsable.

—No hace falta que lo digas todo en voz alta.

Sube el bolso a la cama y abre la cremallera con más fuerza de la necesaria.

—Me miras como si supieras que esto iba a pasar desde el momento en que me viste en el aeropuerto.

Me quito la chaqueta y la dejo a los pies de mi cama. —No suelo pasar por alto detalles así.

Lucy suelta una risa breve y sin humor. —Claro que no.

—No me refería a eso.

—No, lo entiendo. Tú no cometes errores. Gestionas empresas, horarios, inversiones y a todos los que te rodean. Yo soy la que llega con una maleta rota y una certificación sin terminar.

—Sé que trabajas.

Sus manos se inmovilizan. —¿Ah, sí?

—Das clases de pilates.

—Mientras termino la certificación.

—Lo sé.

—¿Y antes de eso?

—Dabas clases de yoga.

Me observa como si le sorprendiera que lo recuerde. —Entonces también sabes que soy capaz de desenvolverme sola.

—Nunca he dicho lo contrario.

—No hace falta. Dejas muy clara tu opinión.

La respuesta da en el blanco porque tiene razón.

Yo sabía que la asignación del muelle había cambiado.

Tenía los documentos. Oí a la empleada del mostrador de embarque decir que el sistema no había cargado bien nuestra reserva y aun así acepté la explicación porque estaba distraído con el trabajo y convencido de que podría corregir cualquier problema más tarde.

—Estoy enojado porque debería haberme dado cuenta —digo.

—Y lo estás pagando conmigo.

—Sí.

Lucy parpadea; está claro que esperaba que discutiera.

Soy yo quien aparta la mirada primero.

—Seguiste la información que nos dieron. Yo estaba hablando por teléfono cuando debería haberla comprobado. Traté el error como si fuera tuyo porque era más fácil que admitir que a mí también se me pasó.

Su expresión se suaviza un poco.

—No debería haberte hablado así.

Me examina el rostro en busca de alguna salvedad que no pienso ofrecerle.

—No —dice en voz baja—. No deberías haberlo hecho.

—Lo siento.

Alza las cejas.

—¿Sabes lo difícil que es distinguir cuándo dices algo en serio?

—Sí.

—Eso no era un cumplido.

—Lo sé.

Se le relajan los hombros, aunque no sonríe. Recoge el equipaje de mano y señala el baño.

—Voy a cambiarme.

—El baño es pequeño.

—Me di cuenta cuando vi que podía abrir la puerta sin mover los pies.

Desaparece en el interior y cierra con seguro.

Me siento en el borde de la otra cama y abro el correo, más por costumbre que por necesidad. Como no hay una conexión fiable, redacto una lista.

Confirmar el traslado en Creta.

Verificar la entrega del equipaje.

Revisar el informe del incidente.

Organizar un medio de transporte alternativo.

Asegurarme de que el vestido de Lucy no esté dañado.

Me detengo al llegar al último punto.

El vestido importa porque es necesario para la boda. Esa es la explicación práctica.

Pero no explica por qué sigo viendo la cara de Lucy cuando Miguel dijo que habían localizado el equipaje ni por qué su alivio me importó lo bastante como para recordarlo.

La puerta del baño se abre.

Lucy sale con unos pantalones cortos grises de pijama y una vieja camiseta blanca sin mangas con BAZINGA! estampado en letras de colores sobre el pecho. Tiene el pelo recogido, la cara limpia y las piernas desnudas.

Durante varios segundos, me olvido de la lista.

Los pantalones cortos le llegan hasta la parte alta de los muslos y dejan al descubierto unas piernas tonificadas que ya he visto con ropa deportiva, pero nunca desnudas ni tan de cerca.

La camiseta se amolda a su cuerpo sin estar pensada para revelar demasiado, pero eso no atenúa en absoluto el efecto.

Bajo la mirada antes de poder evitarlo y la miro de nuevo a la cara un instante demasiado tarde.

Se ha dado cuenta.

Un rubor le tiñe las mejillas, pero no se cubre.

—Metí esto en la maleta pensando que compartiría camarote con Jessica —dice mientras deja el equipaje de mano junto a la cama—. No esperaba tener público.

—No te estoy juzgando.

Alza las cejas. —Eso sí que sería un cambio refrescante.

—Me lo merecía.

—Sí.

La inscripción de su camiseta me llama la atención. —¿Ves The Big Bang Theory ?

Lucy baja la mirada. —Esta camiseta es vieja, cómoda y vergonzosa. Solo me la pongo para dormir.

—Eso no responde a la pregunta.

—Sí, veo la serie. —Entorna los ojos al mirarme—. ¿Por qué?

—Me gusta.

—¿Ves una comedia por voluntad propia?

—Entiendo cómo funciona la televisión, Lucy.

—No es eso lo que te he preguntado.

—La disfruto.

Me observa como si hubiera confesado que llevo una doble vida. —Jamás lo habría imaginado.

—Has hecho varias suposiciones equivocadas sobre mí.

Lucy cruza los brazos y tensa la tela sobre el pecho. Me obligo a mirarla a la cara.

—Eso se parece peligrosamente a la hipocresía.

—Probablemente lo sea.

La admisión le arranca un amago de sonrisa.

Es pequeña, pero transforma el ambiente. Su expresión se suaviza y desaparece parte de la reserva que había entre nosotros.

Saco los artículos de aseo y una muda del equipaje de mano. No hay espacio suficiente para pasar junto a ella sin acercarme.

Mi brazo roza el suyo.

Toma aire de golpe.

El contacto es mínimo, apenas piel contra piel, pero mi cuerpo reacciona como si hubiera sido intencionado.

Ninguno de los dos lo comenta.

La ducha es estrecha, pero el agua está caliente. Me quedo bajo el chorro más tiempo del necesario, intentando recuperar el control de mis pensamientos.

No funciona.

No dejo de ver a Lucy junto a la cama con esos pantalones cortos, mirándome mientras yo me fijaba en ella.

Es la futura cuñada de mi hermano. Llevamos un año irritándonos en reuniones familiares. Ella cree que me cae mal y yo le permití creerlo porque corregir esa suposición habría exigido admitir la verdad.

Lucy nunca me ha caído mal.

No me gusta la facilidad con que me altera.

No me gusta fijarme en ella cada vez que entra en una habitación ni recordar, meses después, cosas que ella ya ha olvidado que dijo.

Desde una distancia segura, esas reacciones resultaban manejables.

En este camarote no existe una distancia segura.

Cuando regreso, Lucy está sentada en su cama con el teléfono en una mano.

Llevo una camiseta negra y bóxers ajustados. Es más ropa de la que suelo usar para dormir, pero aun así me parece insuficiente cuando ella levanta la mirada.

Sus ojos se detienen en mi pecho, bajan hasta mis muslos y se posan allí un instante antes de volver de golpe al teléfono.

La mirada solo dura un segundo.

Es suficiente.

—Veo que tú tampoco trajiste un pijama decente —dice, fingiendo estudiar la pantalla en blanco.

—Suelo dormir desnudo.

Levanta la cabeza de golpe. —¿Tú qué?

—Suelo dormir desnudo.

—Te he oído la primera vez. Esperaba haber entendido mal.

—Tú has sacado el tema del pijama.

—Y ahora me arrepiento. —Vuelve a bajar la mirada antes de poder evitarlo—. Vas a llevar eso puesto esta noche, ¿verdad?

—Sí.

—Bien.

—¿Decepcionada?

Lucy suelta una risa, pero el color le sube a la cara. —No te pongas engreído ahora. No te queda bien.

Me siento en la otra cama. Nuestras rodillas están separadas por la estrecha franja de suelo entre ambas.

—Me han llamado muchas cosas. Inseguro no es una de ellas.

—Se me ocurren varias alternativas.

—Estoy seguro.

Retira la fina manta y se desliza debajo. —De aquí a mañana, esta habitación se nos va a hacer muy pequeña.

—A mí ya se me hace pequeña.

Su mirada se encuentra con la mía.

Durante un momento, ninguno de los dos aparta los ojos.

La irritación de antes sigue presente, pero algo más se ha instalado a su lado.

Reconozco la atracción cuando la veo.

Lo que no esperaba era reconocerla también en Lucy y sentirla con fuerza suficiente para que el espacio entre nuestras camas me pareciera una irresponsabilidad.

Apago la luz principal y dejo encendida la pequeña lámpara del armario.

Lucy se acuesta de lado, de cara a mí, con un hombro desnudo asomando por encima de la manta.

Sin el movimiento constante del día, tomo conciencia de cada sonido que hace.

El suave roce de la tela. El movimiento del colchón bajo su cuerpo.

El cambio en su respiración cuando nuestras miradas vuelven a encontrarse.

—¿Vas a dormir así? —pregunta.

—¿En una cama?

—Con esa expresión.

—¿Qué expresión?

—La que dice que estás inspeccionando la habitación en busca de fallos operativos.

—He identificado varios.

—Claro que sí.

—Elegiste la cama más cercana a la pared. Eso limita tus opciones de salida.

—Elegí la cama más alejada del baño.

—Es razonable.

Lucy alarga la mano hacia la lámpara. —Me alegra que mi elección de cama haya pasado la inspección.

La habitación queda a oscuras antes de que pueda responder.

Durante un rato, ninguno de los dos habla.

La discusión ha terminado, pero sigo siendo muy consciente de su presencia, más aún ahora que no puedo verla.

La oigo ponerse boca arriba.

—¿Theo?

—¿Sí?

—Gracias por disculparte.

Tardo un momento en contestar. —Tenías razón.

—Lo sé. Aun así, quería oírtelo decir.

—Parece ineficiente.

—Así es como se comunica la gente normal.

—Tomaré nota.

El colchón vuelve a moverse y oigo la sonrisa en su voz cuando habla.

—Buenas noches, Excel humano.

—Buenas noches, Lucy.

Su respiración acaba volviéndose más lenta, pero la mía no.

Menos de treinta centímetros separan nuestras camas y, por primera vez, no es la distancia lo que me impide tocarla.