Capítulo 28
Me despierto el jueves sabiendo que es el penúltimo día.
No hace falta mirarlo en el calendario ni calcularlo, simplemente lo sé, con esa certeza física que tienen las cosas que no quieres que lleguen y que llegan de todas formas con una puntualidad perfecta e indiferente.
Mañana Poppy se va.
Me quedo en la cama un momento mirando el techo de madera que llevo dos semanas mirando y que ya conozco de la misma manera en que conoces las cosas que han estado cerca de ti suficiente tiempo, cada veta, cada nudo, cada imperfección.
Luego me levanto.
Poppy está en la terraza con el café y una expresión que reconozco porque es la misma que tengo yo, esa mezcla de querer estar completamente aquí y no poder evitar que el mañana se cuele por los bordes.
Me siento a su lado.
No digo nada.
Ella tampoco.
El lago esta mañana está en calma absoluta, sin viento, sin olas, con esa quietud que tienen los sitios cuando saben que algo está a punto de terminar y deciden estar lo más quietos posible.
O quizás eso lo pongo yo.
— ¿Qué quieres hacer hoy? — pregunto.
— Todo — dice—. Nada. No sé.
— Las dos cosas son compatibles aquí.
— Ya lo sé — dice—. Eso es lo que voy a echar de menos. Que aquí las dos cosas son compatibles.
Lo pienso.
— En Londres también pueden serlo — digo.
Me mira.
— ¿Tú lo crees de verdad?
— Creo que depende de con quién estés — digo.
Silencio.
Poppy mira el lago con esa atención suya, esa manera de mirar las cosas grandes sin reducirlas.
— Logan — dice.
— ¿Sí?
— Anoche en el embarcadero.
— ¿Sí?
— ¿Eso cambia algo?
— ¿Qué quieres que cambie?
— No lo sé — dice—. Quiero saber lo que tú piensas.
Lo pienso de verdad, no la respuesta fácil sino la honesta.
— Cambia que ya no tengo dudas — digo—. Si las tenía. Que no las tenía, pero ya no las tengo del todo seguro.
— Eso no es muy claro — dice.
— No — admito—. Pero es verdad.
Sonríe, pequeño, de lado, de los suyos.
— Dieciséis minutos en metro — dice.
— Dieciséis minutos — confirmo.
Pasamos la mañana en el pueblo por última vez.
La librería, el pub, la tienda de alimentación donde Poppy compra tres cosas que no necesita y que sospecho que compra para tener algo que hacer con las manos.
El hombre de las gafas le recomienda otro libro que ella compra sin dudarlo y que mete en la bolsa con el cuidado de quien guarda algo que sabe que va a necesitar.
En el pub la mujer nos trae los cafés sin que los pidamos y se queda un momento más de lo habitual.
— ¿Os vais? — pregunta.
— Mañana — dice Poppy—. Yo mañana.
La mujer la mira, luego me mira a mí.
— Volved — dice, simplemente, y se va.
Poppy mira su café.
— Me gusta este pueblo — dice en voz baja.
— A mí también — digo.
— ¿Volverías?
— Sí — digo, sin dudarlo—. ¿Tú?
Me mira.
— Sí — dice—. Pero no sola.
Lo deja ahí, sin adornos, y yo lo recojo igual, sin adornos, y nos terminamos el café con el pueblo alrededor y la mujer detrás de la barra que no nos mira pero que sonríe sola mientras limpia los vasos.
Por la tarde Poppy hace la maleta.
La escucho desde la terraza, los cajones abriéndose y cerrándose con ese orden suyo, y pienso en el primer día cuando llegué y escuché exactamente lo mismo desde el otro lado y no sabía todavía quién era la persona que hacía ese sonido.
Ahora lo sé.
Sé cómo toma el café y cómo camina y cuánto tarda cuando dice que tarda diez minutos.
Sé que es más valiente de lo que cree y que cuando algo le importa de verdad lo guarda un rato antes de decirlo.
Sé que se ríe mirando hacia otro lado y que compra cosas sin motivo cuando está contenta y que el lago le ha hecho algo que Londres llevaba años deshaciendo.
Lo sé todo y dentro de veinticuatro horas va a subirse a un tren.
Salgo de la terraza y llamo a su puerta.
— ¿Sí? — dice.
— La cena la hago yo — digo.
Silencio breve.
— ¿Huevos con pasta? — dice.
— Algo mejor — digo.
— ¿Cómo de mejor?
— Ven a las ocho y lo ves.
Pausa.
— De acuerdo — dice.
Vuelvo a la cocina y abro la nevera y miro lo que hay con la concentración de alguien que tiene un objetivo claro, porque esta noche quiero hacer algo bien, algo concreto y real, algo que no se quede solo en palabras.
Porque mañana se va.
Pero esta noche todavía está aquí.
Y eso, esta noche, es suficiente para empezar.