Capítulo 27
El miércoles me despierto temprano y me quedo en la cama escuchando.
La cabaña tiene sus sonidos propios, los que he aprendido estas dos semanas. La madera que cruje con el frío de la mañana. El lago cuando hay viento, que es un sonido bajo y constante, como respiración. Los pájaros antes del sol.
Y ahora, también, los pasos de Poppy en la cocina.
Me levanto.
Está haciendo tortitas.
No café, no tostadas, tortitas, con un bol grande y la concentración de alguien que está siguiendo una receta mental que lleva tiempo sin usar.
Me mira cuando entro.
— No digas nada — dice.
— No iba a decir nada.
— Ibas a decir algo sobre el desayuno.
— Iba a decir buenos días — digo.
— Buenos días — dice, y vuelve al bol.
Me apoyo en la encimera y la observo. Tiene el pelo recogido de cualquier manera y lleva el jersey viejo del primer día y hay algo en verla así, en esta cocina pequeña un miércoles por la mañana, que me parece tan normal y tan extraordinario a la vez que no sé qué hacer con ello.
— ¿Sabes hacer tortitas? — pregunto.
— Voy a averiguarlo — dice.
La primera sale mal. Demasiado gruesa, poco hecha por dentro, con un aspecto que los dos miramos un momento en silencio.
— No cuenta — dice Poppy.
— No cuenta — confirmo.
La segunda sale bien. La tercera mejor. Para la quinta ya tiene el ritmo y las hace con esa eficiencia suya que aparece cuando algo le importa lo suficiente como para hacerlo bien.
Desayunamos en la terraza con las tortitas y el café y el lago delante, y Poppy come con la satisfacción de alguien que ha resuelto un problema que se había propuesto resolver, y yo la miro y pienso que podría hacer esto todos los días sin que dejara de parecerme lo mejor del día.
No lo digo.
Pero lo pienso.
Por la mañana escribo el último capítulo de la novela.
No lo planeo, simplemente ocurre, las palabras van a donde tienen que ir con esa claridad que llevas meses buscando y que cuando aparece no avisa.
Escribo durante tres horas sin parar, sin contar frases, sin releer, y cuando termino me quedo mirando el cuaderno con la extraña sensación de vacío y plenitud a la vez que deja terminar algo que ha llevado mucho tiempo dentro.
Salgo al salón.
Poppy está en el sofá con el teléfono, en lo que parece una conversación de trabajo que intenta resolver con la energía contenida de quien no quiere que el trabajo entre aquí pero que entiende que a veces no hay otra opción.
Me ve y pone los ojos en blanco de una manera brevísima que va dirigida al teléfono, no a mí.
Sonrío.
Voy a la cocina, hago dos cafés, dejo uno en la mesita a su lado y salgo a la terraza.
Diez minutos después sale ella.
— Lo siento — dice.
— No tienes que sentirlo.
— Era un cliente — dice—. Un cliente que podría haber esperado hasta el lunes pero que no sabe esperar.
— ¿Lo resolviste?
— Sí — dice, y se sienta y coge el café y bebe, y la tensión del teléfono desaparece de sus hombros en cuestión de segundos—. Terminé la novela — digo.
Me mira.
— ¿Hoy?
— Hace una hora.
— Logan. — Para—. ¿Cómo estás?
— Bien — digo—. Raro. Bien.
— ¿La terminarás aquí o en Londres?
— Aquí — digo—. La terminé aquí.
Asiente despacio, y hay algo en su mirada que no necesita palabras, esa manera suya de entender las cosas sin que tengas que explicarlas.
— Dos días — dice después de un rato.
— Dos días — confirmo.
El lago delante. El café entre las manos. El cuaderno dentro con la novela terminada.
— Logan — dice.
— ¿Sí?
— Esta noche quiero ver las estrellas — dice—. Desde el embarcadero. Sin la linterna.
Lo miro.
— De acuerdo — digo.
— ¿A las once?
— A las once.
Vuelve al interior con el café vacío y yo me quedo en la terraza mirando el lago con la novela terminada en el cuaderno y dos días por delante y esa cita a las once que no es una cita y que es exactamente una cita.
Capítulo 27
A las once menos cuarto no puedo estar quieta.
He intentado leer, he intentado escuchar algo en el móvil, he intentado simplemente sentarme en la cama y respirar como una persona normal, y ninguna de las tres cosas ha funcionado porque son las once menos cuarto y en quince minutos voy a estar en el embarcadero con Logan en la oscuridad mirando las estrellas y eso, por alguna razón que no necesita explicación, hace que no pueda quedarme quieta.
Me miro en el espejo del baño.
El jersey de siempre.
Los vaqueros.
El pelo suelto porque fuera hay viento y recogido no tiene sentido.
Bien, me digo.
Estás bien.
Salgo de la habitación.
Logan ya está en el embarcadero.
Está de pie al final, mirando el lago, con las manos en los bolsillos y esa postura suya de cuando está pensando en algo que todavía no tiene forma. La noche está despejada y fría y el lago refleja las estrellas con una precisión que hace que no sepas dónde termina el cielo y dónde empieza el agua.
Camino por el embarcadero despacio.
Él me escucha llegar y se gira.
No dice nada.
Yo tampoco.
Me pongo a su lado y miramos los dos el lago y el cielo y las estrellas duplicadas, y el silencio entre nosotros es del tipo que tiene peso y calor a la vez, como algo que lleva construyéndose dos semanas y que esta noche está completamente terminado.
— ¿Las ves? — dice en voz baja.
— ¿El qué?
— Las estrellas en el agua — dice—. Si no parpadeas parece que estás en medio de las dos.
Miro.
Tiene razón.
Con el lago quieto y el cielo despejado y la oscuridad completa alrededor, el embarcadero parece flotar en el centro de algo enorme y silencioso, rodeados de estrellas por arriba y por abajo, sin horizonte claro, sin límites.
— Dios — digo en voz baja.
— Sí — dice.
Nos quedamos así un rato que no mido.
Luego Logan saca una mano del bolsillo y la pone en mi espalda, despacio, con esa calma suya que no precipita nada, y yo me giro hacia él de manera natural, sin pensarlo, como cuando remas y el ritmo se encuentra solo.
Me mira.
Le miro.
— Poppy — dice, tan bajo que casi es solo el movimiento de los labios.
— ¿Sí?
— Dos días — dice.
— Ya lo sé.
— No quiero pensar en dos días esta noche — dice.
— Yo tampoco — digo.
Y entonces me besa, pero no como en el monte, no breve ni tranquilo sino de verdad, con las dos manos en mi cara y el lago alrededor y las estrellas arriba y abajo, y yo le cojo la chaqueta con las manos y me olvido completamente de contar nada, ni días ni días ni estrellas ni minutos, porque hay momentos en que contar es exactamente lo que no hay que hacer.
El lago quieto.
Las estrellas duplicadas.
Y nosotros dos en el embarcadero, en el centro de todo ese silencio enorme, sin ningún sitio al que llegar que no sea aquí.