Capítulo 29
Logan cocina salmón.
No huevos, no pasta, salmón con algo verde que no identifico del todo y unas patatas que ha hecho de una manera que no sé cómo describir excepto que están perfectas, con ese punto crujiente por fuera y blando por dentro que requiere o mucha práctica o mucha atención y que en cualquier caso no esperaba.
Me quedo en la puerta de la cocina mirándole trabajar.
No sabe que le estoy mirando, o sabe que le estoy mirando y no dice nada, que con Logan a veces es difícil distinguir las dos cosas.
— ¿Desde cuándo cocinas así? — digo.
Se gira.
— Mi madre — dice—. Los veranos en Escocia. Cuando mi padre no estaba ella cocinaba y yo miraba y fui aprendiendo sin darme cuenta.
— ¿Por qué no lo habías dicho antes?
— No me lo habías preguntado — dice, simplemente.
Tiene razón.
Me siento en la silla de la mesa y le veo terminar con esa eficiencia tranquila suya, sin prisa pero sin pausa, y pienso que hay cosas de Logan que llevo dos semanas descubriendo y que probablemente haya muchas más que no he descubierto todavía, y que eso, en vez de parecerme una pérdida, me parece exactamente lo contrario.
Cenamos en la terraza con las velas.
Las últimas tres, las que quedan de las que compré el lunes sin motivo, que ahora tienen un motivo completamente claro aunque entonces no lo supiera.
El salmón está tan bueno que me quedo en silencio los primeros minutos, lo cual Logan recibe con la satisfacción contenida de alguien que consiguió lo que se proponía.
— Está increíble — digo.
— Gracias.
— En serio, Logan. ¿Por qué llevas dos semanas dejando que cocine yo?
— Porque tú querías cocinar — dice—. Y porque aprendo cosas mirándote.
— ¿Qué cosas?
— Cómo organizas el espacio — dice—. Siempre empiezas por el orden antes de empezar a cocinar. Colocas todo antes de tocar nada.
— Es lo más eficiente.
— Lo sé — dice—. Por eso lo aprendí.
Lo miro.
— ¿Llevas dos semanas aprendiendo a cocinar como yo?
— Entre otras cosas — dice, y bebe vino con esa expresión de medio lado.
Aparto la mirada antes de ponerme colorada otra vez.
El lago de noche con las velas encima. El último salmón. Las últimas velas. El último miércoles, el último jueves, y mañana el último lago desde la terraza antes de la maleta y el autobús y el tren y Londres.
— Logan — digo.
— ¿Sí?
— Quiero pedirte algo.
— Dime.
— Mañana por la mañana no me acompañes al autobús — digo.
Me mira.
— ¿Por qué?
— Porque si te quedas en el autobús voy a ponerme a llorar delante de tres turistas y un señor con un perro — digo—, y prefiero despedirme aquí. En el lago.
Silencio.
— De acuerdo — dice.
— ¿No vas a discutirlo?
— No — dice—. Tiene sentido.
— La mayoría de las cosas que digo tienen sentido.
— La mayoría — confirma, y hay algo en su voz que no es burla sino ternura, que es diferente y que esta noche noto más que nunca.
Terminamos la cena despacio, sin prisa, con esa conciencia de los dos de que esta es la última cena con el lago delante y las velas encima, y ninguno lo dice en voz alta porque no hace falta decirlo, está ahí de todas formas, presente y tranquilo, como el lago.
Recogemos juntos en la cocina.
Luego salimos a la terraza y nos sentamos en el escalón, los dos, con el hombro de él contra el mío y el lago delante y las velas apagadas ya y el cielo lleno de estrellas de las de verdad, de las que en Londres no se ven.
— Logan — digo en voz baja.
— ¿Sí?
— Gracias.
— ¿Por qué?
— Por estar aquí cuando llegué — digo—. Por no irte cuando llegué. Por los platos que no encontrabas y los petirrojos y el monte y las manos en el sofá y anoche en el embarcadero y el salmón.
— Es mucho por lo que dar las gracias — dice.
— Ha sido mucho — digo.
Me pone el brazo alrededor de los hombros y me acerco a él y nos quedamos así, en el escalón, mirando el lago que nos ha tenido dos semanas y que mañana nos va a soltar, cada uno a su lado, con dieciséis minutos de metro entre los dos y todo lo que viene después que todavía no tiene nombre pero que está ahí, esperando, tan quieto y tan seguro como el lago.
— Poppy — dice.
— ¿Sí?
— Dieciséis minutos.
— Dieciséis minutos — repito.
Y nos quedamos callados hasta que las velas se apagan solas y el frío nos obliga a entrar, y esa noche duermo de un tirón, profundo y sin listas, con el lago fuera y él al otro lado de la pared y mañana todavía siendo mañana.
Capítulo 30
Me despierto el viernes con el sonido del lago.
No es la primera vez que me pasa, llevo dos semanas despertándome con ese sonido, pero esta mañana es diferente porque esta mañana sé que es la última vez, y eso le da al sonido una calidad distinta, más nítida, más presente, como cuando sabes que estás a punto de perder algo y de repente lo escuchas de verdad por primera vez.
Son las seis menos veinte.
Me quedo en la cama un momento mirando el techo de madera que ya conozco de memoria, cada veta, cada nudo, la mancha pequeña en la esquina derecha que parece un pájaro si la miras desde cierto ángulo y que la primera noche me pareció inquietante y que ahora me parece casi un amigo.
Dos semanas durmiendo debajo de este techo y ya lo echo de menos antes de haberlo dejado.
Eso dice algo.
No sé exactamente qué, pero algo.
Me levanto despacio, sin el automatismo de los lunes en Londres, sin la urgencia de ningún sitio al que llegar.
Me pongo el jersey de siempre, el azul, el que traje pensando que era para el frío y que al final he usado todos los días porque aquí el frío de la mañana no es una molestia sino una razón para quedarse dentro con el café un poco más.
Me miro en el espejo del baño el tiempo justo para ver que tengo el pelo revuelto y que no me importa, que es quizás el cambio más pequeño y más significativo de estas dos semanas.
La Poppy de Londres tardaba quince minutos en el pelo antes de salir a la terraza de su propio piso.
Esta Poppy sale con el pelo como salga.
No sé cuánto va a durar eso cuando vuelva, si Londres me lo va a quitar despacio o si voy a conseguir quedármelo, pero esta mañana, la última mañana, me parece importante notarlo
Logan ya está en la terraza cuando salgo.
Lo sabía antes de abrir la puerta, hay un sonido en la cabaña cuando él está despierto que es diferente al sonido de la cabaña vacía, algo en el aire, una presencia que no es ruido sino simplemente la certeza de que hay alguien, y después de dos semanas lo noto antes de verlo.
Está en su silla con el café y el cuaderno cerrado en el regazo.
El cuaderno cerrado.
En dos semanas no había visto el cuaderno cerrado por la mañana, siempre está abierto, siempre tiene el bolígrafo en la mano o entre los dedos o en la mesa al lado, siempre hay algo que anotar o buscar o empezar.
Esta mañana está cerrado y él mira el lago con las dos manos alrededor de la taza y una expresión que reconozco porque es la misma que tengo yo, esa mezcla de querer estar completamente aquí y no poder evitar que el después se cuele por los bordes por mucho que intentes mantenerlo fuera.
Me ve salir y no dice nada.
Yo tampoco.
Me hago el café con la puerta de la terraza abierta para no perder el sonido del lago, que esta mañana tiene una calma absoluta, sin viento, sin olas, con esa quietud que tienen los sitios cuando deciden ser generosos en el momento en que más lo necesitas.
Salgo.
Me siento en el escalón.
El lago esta mañana es el más bonito que he visto en dos semanas.
Por supuesto.
Por supuesto que el lago decide ser el más bonito del verano el día que me voy, con el sol pegando en el agua de una manera que la hace brillar desde dentro, con los montes al fondo más verdes y más definidos que nunca, con ese azul del cielo que el Lake District guarda para las ocasiones especiales y que hoy ha decidido que esta lo es.
Una crueldad preciosa.
O un regalo.
Depende de cómo lo mires.
— Buenos días — dice Logan finalmente, cuando ya tengo el café entre las manos.
— Buenos días.
Silencio.
No el silencio incómodo del primer día, no ese silencio de dos desconocidos que no saben todavía qué decirse.
Este es el silencio de dos personas que se conocen bien y que esta mañana han decidido sin hablarlo que las palabras pueden esperar un poco, que primero el lago, primero el café, primero este momento exacto que no va a repetirse.
— ¿Has dormido? — pregunta.
— Algo — digo—. Tú también tenías cara de no haber dormido mucho.
— Me desperté a las cuatro — dice.
— ¿Y qué hiciste?
— Intenté escribir — dice—. No pude. Me quedé mirando el cuaderno.
— ¿Y luego?
— Luego me quedé mirando el techo — dice—. Hasta las seis.
Lo miro.
— Logan.
— ¿Sí?
— Estás bien.
No es una pregunta. Es lo que le dije anoche y lo que necesito decirle esta mañana también, porque hay cosas que no pierden sentido aunque las digas dos veces.
Me mira.
— Ya lo sé — dice—. Tú también.
— Ya lo sé — digo.
Y nos quedamos así, con el café y el lago y el sol de la última mañana, sin decir nada más durante un rato que no mido porque esta mañana, la última mañana, he decidido que no voy a medir nada.
Desayunamos tarde.
No hay prisa, el autobús sale a las diez y son las siete y cuarto y tres horas en este lago esta mañana es tiempo suficiente para todo lo que queda por hacer, que no es mucho en términos prácticos y que es enorme en todos los demás.
Logan hace tortitas.
No me lo dice, simplemente las hace, y cuando salgo de la terraza a buscar más café los encuentro en la sartén con ese olor que ya asocio a la semana pasada, al miércoles en que yo los hice mal la primera vez y bien la quinta y él se comió todos sin decir nada sobre los primeros.
— ¿Tortitas? — digo.
— Tortitas — confirma, sin girarse.
— ¿Sabes hacerlas?
— Aprendí el miércoles — dice—. Mirándote.