Capítulo 9
Me despierto a las seis y media y no intento volver a dormirme.
Llevo dos días aquí y el lago ya está haciendo algo con mi cerebro, algo lento y sin permiso, como cuando dejas una ventana abierta en invierno y el frío entra tan despacio que no te das cuenta hasta que ya tienes frío.
Esta mañana me he despertado sin el peso habitual de los lunes, sin la lista mental de cosas pendientes, sin el runrún de fondo que en Londres está siempre ahí aunque no pienses en nada concreto.
Esta mañana me he despertado y lo primero que he pensado es que quería ver el lago.
Eso es nuevo.
Me hago el café en silencio, con cuidado de no hacer ruido aunque no sé muy bien por qué, y salgo a la terraza con el jersey de siempre y los pies descalzos en la madera fría.
El lago a esta hora tiene niebla baja otra vez, esa niebla que flota sin tocar el agua del todo, y el cielo está en ese punto exacto entre la noche y el día donde los colores no han decidido todavía qué ser.
Me siento en el escalón.
Bebo el café.
No hago nada más.
Logan sale a las siete menos diez, que es antes de ayer, y lo primero que hace es mirarme los pies.
— Vas a coger frío — dice.
— Buenos días a ti también.
Entra, sale con su café y se sienta en la silla. Ya es su silla, en dos días se ha convertido en su silla de la misma manera natural e inevitable con que las cosas se convierten en de alguien sin que nadie lo decida.
— ¿Has dormido bien? — me pregunta.
— Mejor que en meses — digo, y es la verdad, y me sorprende un poco decirla en voz alta.
— El lago — dice, como si fuera una explicación suficiente.
— ¿Tú también?
— La primera noche no. Desde entonces sí.
Miramos el agua. La niebla se está moviendo muy despacio, deshilachándose en los bordes donde el sol empieza a calentarla desde abajo.
— ¿Vas a escribir hoy? — le pregunto.
— Voy a intentarlo.
— ¿Qué diferencia hay entre intentarlo y hacerlo?
Me mira con una expresión que no es molestia pero se le acerca.
— Mucha — dice.
— Explícame.
Silencio breve. Logan bebe su café y mira el lago con esa manera suya de tomarse el tiempo que necesita antes de decir algo, que al principio me pareció esquivez y que ahora entiendo que es simplemente que no habla antes de tener claro lo que quiere decir.
— Escribir es cuando las palabras van a algún sitio — dice finalmente—. Intentarlo es cuando te sientas delante del cuaderno y esperas a ver si vienen. A veces vienen. A veces no.
— ¿Y no puedes hacer que vengan?
— No más de lo que puedes hacer que llueva.
Lo pienso un momento.
— Eso suena agotador — digo.
— A veces. Otras veces es lo único que tiene sentido.
Lo dice sin drama, como una constatación, y hay algo en esa honestidad tranquila que me resulta completamente desconocida.
La gente en mi mundo, el mundo de los informes y las reuniones y los plazos, no habla así de su trabajo.
Habla de objetivos y de resultados y de métricas, habla del trabajo como algo que se hace y se mide y se presenta en una diapositiva.
Nadie dice que su trabajo a veces es lo único que tiene sentido.
O si lo sienten, no lo dicen.
— ¿Cuándo supiste que querías escribir? — le pregunto.
— Siempre — dice—. No hubo un momento. Siempre supe que iba a hacerlo, igual que hay personas que saben desde pequeñas que van a tener perros o que nunca van a vivir en el campo. Algunas cosas simplemente se saben.
— Yo no sabía nada desde pequeña — digo.
— ¿Nada?
— Nada de lo que soy ahora. La asesora fiscal, el piso en Londres, todo eso llegó porque era lo que seguía, lo que tenía sentido en cada momento. No porque lo eligiera de verdad.
Lo digo y me quedo un momento con las palabras en el aire, sorprendida de haberlas dicho, porque es algo que he pensado muchas veces y nunca he dicho en voz alta, ni a Sophie, ni a Clara, ni a nadie.
Logan no dice nada durante un momento.
— ¿Y qué habrías elegido? — pregunta.
— No lo sé — digo—. Eso es lo peor. No lo sé.
El lago ha perdido ya casi toda la niebla. Al otro lado los árboles están completamente verdes ahora, ese verde imposible de primera hora de la mañana, y el agua refleja un cielo que ha decidido ser azul.
— Tienes dos semanas — dice Logan, y no sé exactamente qué quiere decir con eso pero tampoco le pregunto, porque a veces las cosas no necesitan ser más concretas de lo que son.
Me termino el café.
Los pies siguen fríos.
No me muevo.
Por la tarde voy andando sola hasta el pueblo.
No porque necesite nada en concreto sino porque necesito moverme, ocupar el cuerpo en algo físico mientras la cabeza hace lo que está haciendo, que es no sé exactamente qué pero algo, algo lento y sin nombre que empezó esta mañana con la conversación de la terraza y que lleva horas moviéndose por algún sitio debajo de los pensamientos normales.
El camino hasta el pueblo entre los muros de piedra y los árboles es distinto andando que en coche.
Más lento, más real. Escucho los pájaros, que ahora intento identificar aunque sin el Google de Logan no llego muy lejos.
Escucho mis propios pasos en el asfalto.
Escucho el silencio que hay entre un sonido y el siguiente, que en Londres no existe, que en Londres el silencio siempre está lleno de algo.
Aquí el silencio está vacío.
Y el vacío, descubro andando entre muros de piedra un martes de julio, no es necesariamente malo.
En el pueblo entro en el pub porque tiene la puerta abierta y dentro hay una mujer de unos sesenta años detrás de la barra que me mira con la mezcla de curiosidad y amabilidad que tienen las personas de los pueblos pequeños cuando ven una cara nueva.
— ¿De visita? — pregunta mientras me pone la cerveza que he pedido sin saber muy bien por qué, porque no suelo beber cerveza a las cinco de la tarde un martes.
— Dos semanas — digo—. En la cabaña junto al lago.
— Ah — dice, con un ah que no es neutral en absoluto—. La cabaña de los Whitmore. ¿Sola?
Pienso en Logan. En su silla. En los platos que no encontraba.
— Más o menos — digo.
La mujer sonríe con la sabiduría específica de alguien que lleva décadas poniendo cervezas y escuchando respuestas de ese tipo.
— El lago hace su trabajo — dice, y se va a atender a otro cliente antes de que yo pueda preguntarle qué quiere decir exactamente.
Me quedo con la cerveza y la frase y el pub con sus vigas de madera y su olor a historia, y pienso en lo que dijo Logan esta mañana.
Tienes dos semanas.
Sí.
Dos semanas.
A ver qué hace el lago con ellas.