Un lago entre los dos Capítulo 10
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Capítulo 10

Esa noche no duermo bien.

No es el lago, que a estas alturas ya no es el problema. Es la conversación de la mañana, que se ha quedado dando vueltas en algún sitio entre el sueño y la vigilia con esa persistencia que tienen las cosas que tocan algo sin avisarte.

No lo sé. Eso es lo peor. No lo sé.

Lo dijo sin dramatismo, sin buscar compasión, con la misma voz tranquila con que podría haber dicho que iba a llover. Y eso fue lo que me quedó, no las palabras sino la manera, esa honestidad sin adornos de alguien que acaba de decir en voz alta algo que lleva tiempo pensando solo.

Me levanto a las seis porque seguir en la cama ya no tiene ningún sentido.

Poppy no está en la terraza.

Eso me sorprende más de lo que debería, porque llevar dos días viendo a alguien hacer algo no convierte ese algo en una obligación suya.

Pero la terraza sin ella tiene esta mañana un aspecto distinto, más silencioso de lo normal, y me quedo un momento en la puerta con el café antes de sentarme en mi silla y decidir que el lago es suficiente compañía.

No lo es del todo, pero casi.

A las siete escucho movimiento en su habitación. Cajones, pasos, el sonido inconfundible de alguien que está buscando algo y no lo encuentra. Luego silencio. Luego la puerta del baño. Luego más silencio.

A las siete y veinte sale.

Lleva el pelo mojado y una expresión de alguien que ha dormido pero no suficiente, de esas personas que se despiertan en mitad de la noche y luego vuelven a dormirse pero el segundo sueño nunca es igual que el primero.

Me mira.

​—​      Has madrugado — dice.

​—​      Tú también.

​—​      Yo no he madrugado, yo no he dormido bien.

Se sienta en el escalón con el café y mira el lago con los ojos entrecerrados, no de sueño sino de esa manera en que se miran las cosas cuando se intenta ver algo que no está del todo claro.

​—​      ¿Qué pasó? — pregunto.

—Nada. El cerebro haciendo cosas.

—¿Qué tipo de cosas?

Me mira de reojo.

​—​      Las de siempre — dice—. Listas. Cosas pendientes. Conversaciones que tuve hace tres años y que por algún motivo a las tres de la madrugada parecen urgentes.

​—​      ¿Qué conversaciones?

Silencio.

​—​      Una con Daniel — dice finalmente, con el tono de quien nombra algo que preferiría no nombrar.

No pregunto quién es Daniel porque no hace falta. Hay nombres que se dicen de una manera determinada y esa manera lo explica todo.

​—​      ¿Hace mucho? — pregunto.

​—​      Ocho meses. — Pausa—. Bueno, ocho meses desde que terminó. La relación duró tres años.

​—​      ¿Y todavía aparece a las tres de la mañana?

​—​      No él — dice, y lo piensa un momento—. La versión de mí que era con él. Esa es la que aparece. Y no la echo de menos exactamente, es más que no sé qué hacer con ella, si enterrarla del todo o si había algo ahí que vale la pena recuperar.

Lo dice mirando el agua, no a mí, y yo miro el agua también porque a veces las conversaciones importantes son más fáciles cuando los dos miráis al mismo sitio y no el uno al otro.

​—​      ¿Qué había de bueno en esa versión? — pregunto.

Se queda un momento en silencio, de los largos, de los que tienen peso.

​—​      Era menos cuidadosa — dice finalmente—. Hacía cosas sin calcularlas primero. Llegaba tarde a los sitios porque se le olvidaba la hora, no porque el taxi llegara tarde.

​—​      ¿Y qué pasó con ella?

​—​      Que Daniel era muy ordenado — dice, y hay algo en su voz que no es exactamente amargura pero se le parece—. Y yo fui ajustándome. Primero un poco, luego más, luego tanto que cuando él se fue yo ya no sabía muy bien dónde terminaba su orden y empezaba mi desorden natural.

Lo pienso.

​—​      Los dos zapatos del pie izquierdo — digo.

Me mira.

​—​      ¿Qué?

—Cuando llegaste. Dos zapatos del pie izquierdo en la maleta. Me lo dijiste en el tren.

​—​      Ah. — Una pausa—. Sí.

​—​      Eso no lo hace alguien que calcula todo.

Se queda mirándome un momento con una expresión que no termino de leer, algo entre la sorpresa y otra cosa que no sé nombrar todavía.

​—​      No — dice en voz baja—. Supongo que no.

El lago está completamente quieto esta mañana, sin viento, sin kayaks, sin la gaviota de los otros días. Solo el agua y el verde del otro lado y el cielo que ha decidido ser de un azul que no necesita justificarse.

​—​      Logan — dice Poppy después de un rato.

​—​      ¿Sí?

​—​      ¿Tú también tienes una versión anterior que no sabes qué hacer con ella?

No contesto inmediatamente. Me termino el café y miro el fondo de la taza como si ahí hubiera algo útil.

​—​      Sí — digo.

​—​      ¿Y estás aquí por eso?

​—​      En parte.

Asiente, despacio, sin pedir más, con ese instinto suyo de saber cuándo una respuesta es todo lo que hay y cuándo insistir no llevaría a ningún sitio mejor.

El petirrojo canta tres notas desde los árboles.

Esta vez los dos lo escuchamos sin decir nada.

Y eso, de alguna manera que ninguno de los dos ha planeado ni decidido, es suficiente.

Capítulo 11

Sophie me manda un audio a las once.

No lo escucho inmediatamente porque estoy en la terraza intentando leer y el libro por fin está funcionando, por fin me ha enganchado lo suficiente como para que pasen veinte minutos sin que mire el lago o piense en nada que no sean los personajes de las páginas, que es un logro considerable dado que llevo semanas sin poder concentrarme en nada que no tenga un número o un plazo.

Lo escucho a la hora de comer, mientras espero a que hierva el agua para la pasta.

"Poppy, necesito un update. No del lago, del otro.

Del escritor. Sé que estás leyendo esto porque te he visto en línea esta mañana y no me has contestado el mensaje de ayer, que por cierto era un mensaje perfectamente razonable preguntando cómo estabas, no sé por qué lo tratas como si fuera una invasión de privacidad, soy tu mejor amiga, es literalmente mi trabajo preguntarte cómo estás, y... "

El audio dura tres minutos y catorce segundos.

El agua hierve antes de que termine.

Le contesto con un mensaje de texto porque los audios de Sophie generan audios de respuesta y hoy no tengo energía para eso.

Estoy bien. El libro está bien. La pasta está bien.

Tres segundos.

¿Y él?

Me quedo mirando la pantalla con el teléfono en una mano y el paquete de pasta en la otra.

También está bien , escribo.

Eso no es un update, Poppy, eso es una evasión.

Dejo el teléfono boca abajo en la encimera y echo la pasta.

Logan baja a la una menos cuarto con el aspecto de alguien que ha estado peleando con algo toda la mañana y ha llegado a un empate.

​—​      ¿Cómo ha ido? — le pregunto.

Se sienta en la silla de la mesa y se queda mirando la pasta con una expresión que en otra persona parecería hambre y en él parece pensamiento.

​—​      He escrito ocho frases — dice.

​—​      ¿Buenas?

​—​      Cinco.

​—​      Eso es más que ayer.

—Ayer fueron tres.

—Progreso — digo.

Me mira.

​—​      Eres muy optimista para ser asesora fiscal.

​—​      Soy optimista con los números ajenos — digo—. Con los propios soy catastrofista. Es una distinción importante.

Algo en su cara cambia, ese movimiento pequeño que he aprendido a reconocer en dos días, que no es exactamente una sonrisa pero es lo que hay antes de una sonrisa, el momento en que decide si dejarla salir o no.

Esta vez casi la deja.

Comemos la pasta y hablamos de cosas sin importancia, de la mujer del pub y de lo que dijo sobre el lago, de si la barca del embarcadero flota de verdad o es solo decorativa, de si en el pueblo hay algo más que el pub y la tienda de alimentación y la oficina de turismo con los folletos de rutas.

​—​      Hay una librería — dice Logan.

​—​      ¿En serio?

​—​      Pequeña. Al final de la calle principal, pasada la farmacia. Abre solo por las mañanas.

​—​      ¿Cómo sabes tú eso si no sabes dónde están los platos?

​—​      Fui el primer día — dice, completamente imperturbable—. Un escritor siempre encuentra las librerías.

​—​      ¿Como un instinto?

​—​      Como una necesidad.

Lo anoto mentalmente, no en una lista sino en ese sitio donde van las cosas que quiero recordar sin saber todavía por qué.

Por la tarde propongo lo de la barca.

No sé de dónde sale la idea, no es el tipo de cosa que propongo normalmente. Normalmente propongo cosas que tienen un objetivo claro, una razón, un resultado medible. Una barca en un lago un miércoles por la tarde no tiene ninguna de esas cosas.

Pero el lago está ahí, quieto y enorme, y la barca lleva dos días amarrada al embarcadero mirándonos, y de repente me parece una conversación sin terminar.

Logan está en la terraza con el cuaderno cuando salgo.

​—​      ¿Sabes remar? — le pregunto.

Levanta la vista.

​—​      Sí.

​—​      ¿La barca funciona?

La mira.

​—​      Solo hay una manera de saberlo.

Tardamos diez minutos en encontrar los remos, que estaban en un armario del sótano que ninguno de los dos había abierto, y otros cinco en descubrir que la barca tiene un poco de agua dentro pero no suficiente para ser un problema, y que los remos están en mejor estado de lo que parecían.

Logan rema.

Yo no ofrezco hacerlo yo porque él lo ha cogido con esa naturalidad de quien sabe lo que está haciendo y meterse en medio sería solo complicar algo que funciona.

Me siento en la proa con los brazos apoyados en los bordes y miro cómo el lago se abre delante de nosotros despacio, cómo la cabaña se va haciendo pequeña detrás, cómo el agua al lado de la barca es de un verde oscuro y transparente a la vez que no había visto desde aquí dentro.

​—​      ¿Habías remado antes? — le pregunto.

​—​      De pequeño. Mi padre tenía una barca parecida en un lago en Escocia.

​—​      ¿Ibais mucho?

​—​      Cada verano hasta que tuve doce años.

​—​      ¿Y luego?

​—​      Luego dejamos de ir — dice, con ese tono que tiene cuando una respuesta es completa aunque no lo parezca.

No pregunto más.