Capítulo 8
Escribo tres frases por la tarde.
Tres frases en cuatro horas, lo cual es un récord, aunque no del tipo que uno enmarca y cuelga en la pared.
Las escribo, las leo, las borro, las vuelvo a escribir casi igual y las dejo estar porque en algún momento hay que dejar de pelear con las palabras y aceptar que hoy no van a ir a ningún sitio que no hayan ido ya.
El problema no son las palabras. El problema es que la historia que intento contar requiere que yo sepa algo que todavía no sé, que es cómo se siente uno cuando pierde algo que creía que iba a durar siempre.
Lo sé de manera intelectual, lo sé de la manera en que uno sabe las cosas que ha leído o que le han contado, pero escribirlo de verdad, escribirlo de manera que quien lo lea lo sienta en algún sitio físico y concreto, eso requiere haberlo vivido desde dentro.
Y yo lo viví hace dos años y todavía no he encontrado las palabras para ello.
Eso tampoco se lo he contado a nadie.
Cierro el cuaderno, que es donde escribo los primeros borradores porque el ordenador me pone en modo de producción y lo que necesito ahora no es producir sino encontrar, y salgo al salón.
Poppy está en el sofá con la novela que esta mañana no leía y que ahora sí lee, o al menos tiene los ojos en las páginas y no en el lago, lo cual es un avance.
Tiene los pies recogidos debajo de ella y una taza de té en la mesita que por el color lleva un rato ahí.
No levanta la vista cuando entro, lo cual agradezco de una manera que no esperaba, porque hay personas cuya presencia exige atención y hay personas que simplemente están y las dos cosas son completamente distintas.
Poppy Hartwell, descubro, es de las segundas.
Abro la puerta de la terraza y salgo.
El lago a esta hora de la tarde tiene una luz lateral que lo cambia todo, esa luz de las cinco o las seis que viene de un ángulo bajo y hace que el agua parezca sólida, casi como metal fundido.
Me apoyo en la barandilla y lo miro sin pensar en nada concreto, que es lo más parecido a descansar que conozco.
Hace dos años habría estado aquí con Claire.
Ese pensamiento aparece sin que lo invite, como aparecen siempre los pensamientos sobre Claire, con esa tranquilidad un poco tramposa de las cosas que ya no duelen de manera aguda sino de manera sorda y constante, como una muela que has aprendido a no tocar.
Claire habría traído vino. Habría querido hacer fotos del lago a esta hora porque la luz era buena, habría dicho que teníamos que volver en otoño cuando los colores cambiaran, habría planeado la próxima vez antes de que esta terminara.
Claire siempre estaba en la siguiente cosa, en el siguiente viaje, en el siguiente proyecto, y yo creí durante cuatro años que eso era entusiasmo y luego un día me di cuenta de que era otra cosa, que era una manera de no quedarse quieta en ningún sitio, incluido conmigo.
Se fue en marzo.
No de manera dramática, sin gritos y sin escenas, que habría sido casi más fácil de procesar.
Se fue de la manera en que se van las cosas que llevan tiempo yéndose sin que nadie lo diga en voz alta, con una conversación tranquila en la cocina un domingo por la mañana mientras el café se hacía, y cuando terminó la conversación el café estaba listo y ninguno de los dos lo bebió.
Escribí una novela después de eso.
La escribí rápido y con una claridad que no había tenido antes, como si el dolor hubiera limpiado algo, hubiera quitado capas de ruido y dejado solo lo esencial. Fue la mejor cosa que había escrito hasta entonces y también la más difícil.
Y ahora estoy aquí intentando escribir la siguiente y el pozo está seco.
La puerta de la terraza se abre detrás de mí.
Poppy sale con su taza de té, ve que estoy en la barandilla, y se para un momento como evaluando si interrumpe algo.
— Sigo — digo, sin girarme.
Se apoya en la barandilla a mi lado, no demasiado cerca, con ese instinto que tiene de respetar el espacio sin que nadie se lo pida.
Miramos el lago los dos.
— ¿Mejor? — pregunta después de un rato.
— ¿Que esta mañana?
— En general.
Pienso en las tres frases. En Claire. En el pozo seco.
— No peor — digo.
— A veces es suficiente.
Lo dice con la convicción de alguien que lo ha pensado de verdad, no como consuelo sino como conclusión propia, y eso hace que suene completamente diferente a como sonaría en boca de otra persona.
— ¿Tú cómo estás? — le pregunto.
Me mira de reojo.
— ¿Yo?
— Tú. Llevas un día aquí y no te he preguntado.
— Me preguntaste esta mañana en el coche.
— Te pregunté por el lago. No por ti.
Silencio. Poppy mira el agua con una expresión que reconozco, la de alguien que no está acostumbrado a que le hagan esa pregunta y no sabe muy bien qué hacer con ella.
— Estoy bien — dice.
— Eso no es una respuesta.
— Es la respuesta que tengo de momento.
— De acuerdo.
No insisto. El lago hace lo que hace el lago, que es estar ahí con toda su indiferencia magnífica, y nosotros lo miramos los dos desde la barandilla mientras la luz cambia despacio y los árboles del otro lado se van poniendo más oscuros.
— ¿Sabes cómo se llama ese pájaro? — pregunta Poppy de repente—. El que canta por las mañanas.
— Un petirrojo — digo—. Aunque podría ser un mirlo, dependiendo de la hora.
— ¿Sabes distinguirlos?
— Aprendí esta semana.
Me mira.
— ¿Cómo?
— Busqué en Google — digo.
Se ríe. Esa risa otra vez, la que no planea, la que simplemente ocurre.
— Llevas cuatro días aquí — dice—, no sabes dónde están los platos ni el café, pero sabes distinguir petirrojos de mirlos.
— Tengo prioridades.
— Claramente.
La luz sigue cambiando. En algún sitio entre los árboles el pájaro, petirrojo o mirlo, canta tres notas y para.
Y nos quedamos ahí los dos, en la barandilla, sin decir nada más, hasta que el lago decide que ya es de noche y nos obliga a entrar.