Capítulo 7
Sophie me llama a las once y media con la puntualidad de alguien que ha estado mirando el reloj desde las nueve esperando que fuera una hora razonable.
Estoy en la terraza con el segundo café del día, los pies en la barandilla y una novela que compré en la estación y que llevo veinte minutos fingiendo leer mientras en realidad miro el lago, cuando vibra el teléfono y aparece su foto en la pantalla.
La foto que le hice hace dos años en una barbacoa en casa de Megan donde salió con una hamburguesa en cada mano y una expresión de felicidad absoluta y sin complejos que me parece la foto más Sophie que existe.
La dejo vibrar un momento.
Luego lo cojo.
— Estás viva — dice antes de que yo diga nada.
— Estoy viva.
— ¿Y?
— ¿Y qué?
— Poppy. — Su voz tiene ese tono, el de cuando quiere información y sabe que va a tener que sacarla con cucharilla—. ¿Cómo es?
Miro el lago. Al otro lado, muy lejos, hay una persona en kayak que desde aquí parece un punto naranja moviéndose despacio.
— El lago es precioso — digo.
— No te pregunto por el lago.
— Ya lo sé.
Silencio breve.
— Poppy.
— Es alto — digo—. Tiene el pelo oscuro. Es escritor. Bebe agua directamente de la botella y esta mañana me ha llevado al pueblo en coche porque yo no tenía.
Silencio al otro lado. Puedo escuchar a Sophie procesando cada palabra con la energía de alguien que está construyendo una narrativa romántica en tiempo real.
— ¿Os habéis llevado bien? — pregunta, y en su voz hay una esperanza tan transparente que casi me da pena.
— Nos hemos llevado — digo—. No hemos discutido, si es lo que preguntas.
— No es exactamente lo que pregunto.
— Ya lo sé.
— ¿Es guapo?
Me quedo un momento con la pregunta en el aire, mirando el punto naranja del kayak que ya ha llegado al otro lado del lago.
— Sophie — digo.
— Es una pregunta objetiva.
— No lo es.
— Es una pregunta estética. Completamente neutral.
— No hay nada neutral en esa pregunta viniendo de ti en este momento.
Suspira. Es un suspiro dramático, de los cultivados, de los que llevan años de práctica.
— Solo dime si te alegras de estar ahí — dice, y esta vez el tono es diferente, más suave, sin la energía de quien quiere cotillear sino la de quien quiere saber de verdad.
Miro el lago. El café. La novela que no he leído. Los árboles al otro lado que son de ese verde que solo existe aquí.
Pienso en esta mañana, en el túnel de árboles sobre la carretera, en las servilletas, en la risa que se le escapó a Logan Bond en el coche de vuelta.
— Sí — digo—. Me alegro de estar aquí.
Silencio.
— Bien — dice Sophie en voz baja—. Eso es todo lo que necesitaba saber.
— No te emociones.
— No me emociono.
— Sophie.
— Estoy perfectamente tranquila.
—Estás llorando.
—Son lágrimas de alivio, que es completamente diferente.
Cuelgo con algo que no es exactamente una sonrisa pero que desde fuera probablemente lo parece, y me quedo mirando el lago otros cinco minutos antes de abrir por fin la novela en la página uno.
Logan pasa la mañana dentro.
Lo sé porque la puerta de su habitación está cerrada y de vez en cuando escucho el sonido de una silla moviéndose o unos pasos cortos de un lado a otro, el tipo de pasos que no van a ningún sitio sino que son el movimiento de alguien que está pensando, que está buscando algo dentro de su cabeza y camina para encontrarlo.
Conozco esos pasos. Los he dado yo misma en el piso de Londres cuando un informe no cuadraba y la solución estaba en algún sitio pero no donde yo estaba mirando.
A la una y cuarto sale.
Tiene el aspecto de alguien que ha estado peleando con algo y no ha ganado del todo pero tampoco ha perdido del todo, que es quizás el resultado más honesto que existe.
— ¿Comemos? — dice.
No ¿tienes hambre? No ¿qué vas a hacer para comer? Solo ¿comemos? , con esa economía de palabras que al principio me pareció brusquedad y que ahora, después de menos de veinticuatro horas, empiezo a entender que es simplemente cómo habla.
— ¿Tú cocinas? — pregunto.
— Algo.
— ¿Algo como qué?
— Algo como huevos — dice—. O pasta. O huevos con pasta si te pones exigente.
— Eso no es cocinar, eso es sobrevivir.
— La diferencia es más pequeña de lo que crees.
Me levanto del escalón de la terraza, recojo el café frío que no he terminado y la novela que no he leído y entro detrás de él.
— Yo cocino — digo—. Tú pones la mesa.
— ¿Dónde están los platos?
Lo miro.
— Llevas cuatro días aquí.
— Ya — dice, completamente imperturbable—. ¿Dónde están los platos?
Señalo el armario de la izquierda sin decir nada.
Él lo abre, saca dos platos con la naturalidad de quien acaba de aprender algo que no tiene ninguna intención de olvidar, y los pone en la mesa mientras yo abro la nevera y decido que con lo que hay puedo hacer algo que se parezca a una comida de verdad.
Trabajamos en silencio, pero es un silencio que ya tiene forma propia, que ya tiene un ritmo, como si lleváramos más de un día haciéndolo.
Eso me parece, si soy honesta, un poco inquietante.
Y si soy todavía más honesta, no del todo mal.