Un lago entre los dos Capítulo 6
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Capítulo 6

Poppy Hartwell tarda doce minutos.

No digo nada cuando sale porque no es el tipo de cosa sobre la que merece la pena decir nada, pero lo anoto mentalmente con la misma precisión automática con la que anoto otras cosas que no debería estar anotando, como que se ha cambiado el jersey arrugado por uno azul que le queda mejor, o que lleva el pelo suelto ahora, o que camina hacia el coche con una lista en la mano escrita en papel, a mano, en letra pequeña y ordenada.

Una lista en papel.

​—​      ¿Siempre haces listas? — le pregunto cuando arranca el coche.

Me mira como si la pregunta fuera más personal de lo que pretendía ser.

​—​      Siempre — dice.

​—​      ¿Para todo?

​—​      Para casi todo.

​—​      ¿Y funciona?

Se gira a mirarme un momento antes de volver los ojos a la carretera.

​—​      Me lo estoy preguntando últimamente — dice.

No pregunto más. La carretera desde la cabaña hasta el pueblo es estrecha y está bordeada de muros de piedra seca que en otro contexto parecerían pintorescos y en este contexto requieren cierta atención si no quieres llevarte el retrovisor por delante.

Conozco ya cada curva de estos cuatro días, cada bache, el tramo donde los árboles se juntan sobre la carretera y hacen un túnel verde que a cierta hora de la mañana tiene una luz que no se parece a ninguna otra.

Poppy mira por la ventana con la lista en el regazo.

​—​      Es bonito — dice en voz baja, casi para sí misma.

​—​      Sí.

​—​      No había estado nunca en el Lake District.

​—​      ¿En serio?

​—​      En serio. — Pausa—. Llevo seis años en Londres y no he salido casi nunca. O sea, he salido, pero siempre con un motivo. Una boda, una conferencia, algo. Nunca así.

—¿Nunca así cómo?

—Sin motivo — dice—. Bueno, con motivo de cumpleaños, pero sin agenda. Sin saber exactamente qué voy a hacer cada día.

Lo dice como si fuera una confesión menor, algo que no debería importar pero que le importa más de lo que quiere que parezca.

​—​      ¿Y cómo se siente? — pregunto.

Tarda en responder. Fuera pasa un muro de piedra, luego otro, luego el primer tejado del pueblo asomando entre los árboles.

​—​      Raro — dice—. Pero no mal.

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El pueblo tiene lo que tienen todos los pueblos del Lake District, que es exactamente lo que necesitan y nada más: una tienda de alimentación que vende desde pan hasta botas de senderismo, un pub con la puerta abierta aunque son las diez de la mañana, una oficina de turismo con folletos de rutas en el escaparate y tres o cuatro personas que caminan sin prisa por una calle que no tiene ningún sitio urgente al que llevar.

Aparco frente a la tienda.

Poppy baja con su lista y entra con la energía de alguien que tiene un plan, que es lo más Poppy Hartwell que he visto hasta ahora. La sigo porque necesito café molido y porque el pan que compré el lunes ya no está en su mejor momento.

Dentro la observo de reojo mientras ella recorre los estantes con la lista en la mano, tachando cosas con un bolígrafo que ha sacado de no sé dónde.

Hay algo hipnótico en cómo lo hace, esa eficiencia tranquila, ese orden.

Es el tipo de persona que en una tienda desconocida encuentra las cosas a la primera, que nunca tiene que volver al mismo estante dos veces.

Yo llevo aquí cuatro días y todavía no sé dónde están las servilletas.

​—​      ¿Café? — me pregunta sin mirarme, señalando el estante que tengo delante.

El café está justo delante de mí.

​—​      Gracias — digo.

​—​      De nada. — Entonces me mira, y hay algo en su expresión que no es burla exactamente pero se le acerca—. ¿Llevas cuatro días aquí y no sabes dónde está el café?

​—​      Sé dónde está el café.

​—​      Estabas mirando las servilletas.

​—​      Estaba pensando.

​—​      ¿En las servilletas?

​—​      En otras cosas.

Se ríe. Es una risa breve, contenida, de las que se escapan antes de que uno pueda decidir si dejarlas salir o no, y me doy cuenta de que es la segunda vez que la escucho reírse y que las dos veces ha sido sin querer, sin preparación, sin ese barniz de educación que la gente pone encima de las cosas cuando todavía no se conoce bien.

Me gusta esa risa.

Eso tampoco lo anoto. Pero lo pienso.

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De vuelta en el coche hay más silencio, pero es el silencio de después de haber hecho algo juntos, aunque lo que hemos hecho sea tan pequeño como comprar café y pan en una tienda de pueblo.

Poppy tiene las bolsas en el regazo y mira la carretera con una expresión más relajada que esta mañana, como si el pueblo y la tienda y los muros de piedra hubieran ido haciendo algo despacio, sin prisa, sin que ella lo pidiera.

​—​      ¿En qué estás trabajando? — me pregunta cuando ya vemos el lago entre los árboles—. Si puedo preguntarlo.

​—​      Puedes.

​—​      Pero no vas a contestar.

​—​      Voy a contestar — digo—. Es una novela. La tercera. Las dos primeras funcionaron bien y esta lleva meses sin querer salir.

​—​      ¿Por qué?

​—​      Esa es la pregunta.

​—​      ¿Y tienes respuesta?

Aparco frente a la cabaña y apago el motor. El lago está ahí, exactamente igual que cuando nos fuimos, exactamente igual que ayer y que el día anterior, con esa indiferencia tranquila que tienen los sitios que llevan existiendo mucho más tiempo que cualquiera de los dos.

​—​      Creo que escribí las dos primeras desde un sitio que ya no existe — digo—. Y todavía no he encontrado el sitio nuevo.

Silencio.

Poppy tiene la mano en la manija de la puerta pero no la abre todavía.

​—​      Eso tiene mucho sentido — dice en voz baja.

​—​      ¿Sí?

​—​      Sí. — Pausa—. Yo llevo tres años haciendo el mismo trabajo de la misma manera y últimamente tengo la sensación de que el sitio desde el que lo hacía también ha dejado de existir.

Solo que en mi caso es más difícil de admitir porque los números no mienten y los informes salen igual de bien aunque tú por dentro estés funcionando en modo automático.

Lo dice mirando el lago, no a mí, igual que yo anoche.

Abro mi puerta.

​—​      Ven — digo—. El café lo pongo yo.

Me mira.

​—​      ¿Sabes dónde está? — pregunta.

​—​      Sé dónde está el café — digo con toda la dignidad que me queda.

Se ríe otra vez, y esta vez no lo contiene.

Bajamos del coche y entramos a la cabaña con las bolsas de la compra y algo que no tenía nombre todavía pero que esa mañana, entre los muros de piedra y el túnel verde y las servilletas, había empezado a parecerse a algo.