Capítulo 5
Me despierto sin saber dónde estoy.
Eso no me pasa nunca. Soy de las que abren los ojos y ya están, ya están presentes, ya están pensando en lo primero del día antes de haber apartado la sábana.
Mi cerebro no tiene modo de transición, no tiene ese margen de gracia que tienen algunas personas que necesitan un minuto para aterrizar.
Yo aterrizo inmediatamente y con precisión, como un avión que lleva años haciendo la misma ruta.
Pero esta mañana abro los ojos y hay luz en un ángulo que no reconozco, y el techo es de madera en vez de blanco, y fuera hay un sonido que no es Londres, que no es el tráfico ni la gente ni el pitido lejano del metro, sino algo mucho más quieto que tardo tres segundos en identificar.
Agua.
El lago.
Cierro los ojos otra vez.
Los vuelvo a abrir.
Sigo aquí.
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Son las siete y cuarto, que para mí en Londres es tarde pero que aquí, donde no hay ningún sitio al que llegar a ninguna hora, se siente como madrugar.
La cabaña está en silencio, lo cual significa que Logan Bond todavía duerme o que es de los que se mueven sin hacer ruido, que también encajaría con lo poco que sé de él, que es básicamente nada más lo de anoche.
Novelas. Lake District. Intentar recordar quién era antes de que el trabajo se lo comiera todo.
Esa última parte me la dijo mirando el lago, no a mí, como si lo estuviera pensando en voz alta más que explicándomelo, y no sé por qué eso me pareció más sincero que si me hubiera mirado a los ojos.
Me hago un café y salgo a la terraza con el jersey que encontré encima de la silla, que es mío aunque está arrugado de una manera que en Londres no me habría permitido.
El lago a esta hora es completamente distinto al de anoche.
Más plateado, más frío, con una neblina baja que flota sobre el agua como si todavía no hubiera decidido del todo si quedarse o marcharse.
En la orilla de enfrente hay un pato, o quizás dos, no tengo suficiente luz para contarlos bien.
Me siento en el escalón de la terraza con el café entre las manos.
No pienso en nada.
O lo intento.
El problema de no pensar en nada es que el cerebro, cuando le quitas los informes y los correos y las listas y las reuniones de los lunes, no se queda vacío. Se llena de otras cosas. De las cosas que lleva meses esperando en la cola mientras el trabajo ocupaba todo el espacio disponible.
Daniel, por ejemplo.
No es que eche de menos a Daniel. Eso lo tengo claro desde hace tiempo, más o menos desde aquella noche de octubre en que me dijo lo del espacio y yo me fui a la cocina a hacer té porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos y mientras esperaba a que hirviera el agua me di cuenta de que lo que sentía no era exactamente dolor sino algo más parecido al alivio, lo cual me pareció entonces y me sigue pareciendo ahora una información bastante reveladora sobre lo que era esa relación.
Lo que echo de menos es la versión de mí que existía antes de que la relación se volviera tan complicada.
La que salía los sábados sin planificarlo.
La que cogía el teléfono cuando llamaban sin revisar primero quién era.
La que no hacía listas de pros y contras antes de tomar ninguna decisión, incluyendo qué pedir en un restaurante.
Esa Poppy se fue perdiendo tan despacio que no me di cuenta hasta que ya no estaba.
El café se está enfriando. Lo sé y no hago nada al respecto.
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Logan aparece a las nueve menos cuarto.
Lo escucho antes de verlo, pasos en la cocina, el ruido de la cafetera, un cajón que se abre y se cierra.
Luego la puerta de la terraza y él ahí, con el mismo aspecto de anoche pero con el pelo seco, una taza en la mano y esa manera de moverse que tienen las personas que ocupan el espacio sin pedirle permiso a nadie.
Me mira.
Mira mi taza.
— ¿Cuánto llevas aquí fuera? — pregunta.
— Un rato.
— El café está frío.
— Lo sé.
No dice nada más. Se sienta en la silla de la terraza, la única silla que hay, lo cual me deja a mí en el escalón, que es donde estaba y donde estoy bien, y mira el lago con la misma atención con la que yo lo he estado mirando la última hora.
El silencio entre nosotros esta mañana es distinto al de anoche.
Anoche era el silencio de dos desconocidos que no saben todavía qué decirse.
Este es más cómodo, o quizás simplemente más honesto, el silencio de dos personas que no tienen nada urgente que decir y que por una vez no sienten la necesidad de rellenarlo con palabras.
Pasan diez minutos.
— ¿Siempre madrugas? — pregunta.
— En Londres sí. Aquí no lo sé todavía, es mi primer día.
— El primer día aquí el lago te despierta — dice—. Luego te acostumbras y empiezas a dormir hasta tarde.
— ¿Cuánto tarde?
Se encoge de hombros.
— Ayer hasta las nueve. El día antes hasta las nueve y media.
— Eso no es tarde.
— Para mí sí.
Lo miro un momento. Tiene los ojos fijos en el agua y una expresión que no es exactamente tranquila pero que se le parece, como alguien que está aprendiendo a estarlo.
— ¿Estás escribiendo? — le pregunto—. Mientras estás aquí, digo.
Tarda un segundo en contestar.
— Intento — dice.
— ¿Y funciona?
— Todavía no.
Asiento. No pregunto más porque hay algo en cómo lo dice que sugiere que ya ha dicho todo lo que quería decir sobre el tema, y respeto eso porque yo también tengo cosas sobre las que no quiero que me pregunten más.
El lago sigue ahí, quieto y enorme y completamente indiferente a los dos.
— Voy a ir al pueblo esta mañana — digo después de un rato—. Me faltan cosas. ¿Necesitas algo?
Me mira entonces, y es la primera vez esta mañana que me mira de verdad, no de reojo sino directamente, con esos ojos oscuros que anoche tampoco supe muy bien cómo leer.
— ¿Vas andando?
— Supongo. No tengo coche.
— Yo tengo coche — dice.
Silencio.
— ¿Es una oferta? — pregunto.
— Es una información — dice—. Haz con ella lo que quieras.
Lo miro. Él me mira. En algún sitio entre los árboles vuelve a cantar ese pájaro que ayer tampoco supe identificar.
— De acuerdo — digo finalmente—. Gracias.
Se levanta, entra, deja la taza en la cocina y vuelve a salir con las llaves en la mano como si la decisión ya estuviera tomada desde antes de que yo dijera nada, lo cual probablemente sea verdad.
— Cinco minutos — dice.
— Dame diez.
— Siete — dice, y entra.
No sé si es una concesión o una negociación, pero me levanto, cojo la taza de café frío y entro a cambiarme con algo que no termino de identificar pero que se parece bastante a las ganas de sonreír.
No sonrío.
Pero casi.