Capítulo 4
Sabía que iba a llegar.
Eso es lo primero que pienso cuando la veo sentada en mi sofá, bueno, en el sofá, con la maleta a sus pies y esa expresión de alguien que está intentando parecer más tranquila de lo que está.
Sabía que iba a llegar porque la aplicación me envió un mensaje la semana pasada diciéndome que la otra habitación estaba ocupada a partir del martes, lo cual leí, archivé mentalmente y decidí no pensar demasiado porque pensar demasiado en las cosas es precisamente lo que vine aquí a dejar de hacer.
Lo que no sabía es que iba a reírse de mi nombre.
Todo el mundo reacciona al nombre. Está la versión educada, que es una ceja levantada y un silencio de medio segundo antes de seguir con la conversación.
Está la versión menos educada, que es la sonrisa que la gente intenta controlar y no siempre consigue.
Y luego está la versión de Poppy Hartwell, que es reírse directamente, sin disculpas, con una risa pequeña y completamente real que no ha intentado disimular en absoluto.
No sé por qué eso me parece más honesto que todo lo demás.
Bebo agua y la miro de reojo mientras ella mira el lago por la ventana.
Tiene el pelo recogido de cualquier manera, como si lo hubiera hecho en el tren sin espejo, y lleva una chaqueta que claramente no es de andar por el campo.
Tiene pinta de haber llegado corriendo, de esas personas que siempre llegan justo a tiempo o justo tarde y que han aprendido a vivir en ese margen.
— ¿Cuándo llegaste? — le pregunto.
— Hace diez minutos — dice sin girarse—. He oído la ducha.
— Debería haber puesto música.
— Probablemente.
Se gira. Tiene los ojos de un color que desde aquí no termino de definir, algo entre verde y marrón que cambia según dónde pone la mirada, y una expresión que dice claramente que está calculando algo, aunque no sé el qué.
— ¿Llevas mucho aquí? — pregunta.
— Cuatro días.
Asiente despacio, como procesando información.
— ¿Y sabías que yo venía?
— Me avisaron la semana pasada.
— ¿Y no dijiste nada?
— ¿A quién?
Se queda un momento sin respuesta, lo cual interpreto como que me da la razón aunque claramente no está disfrutando de hacerlo.
— A la aplicación — dice finalmente—. A mi amiga. A alguien.
— No era mi problema avisar — digo, y lo digo sin mala intención, que es la verdad—. Tú tienes tu habitación, yo tengo la mía. La cocina es de los dos. La terraza también. El lago no es de nadie.
Me mira.
— Qué generoso — dice.
— Lo intento.
Lo que no le digo es que los cuatro días antes de que llegara fueron exactamente lo que necesitaba.
Me levantaba cuando me despertaba, que normalmente era tarde porque aquí no hay nada que te obligue a madrugar.
Tomaba café en la terraza con los pies en la barandilla y miraba el lago hasta que el lago dejaba de parecerme una postal y empezaba a parecerme real.
Luego cogía el cuaderno y escribía, o intentaba escribir, o miraba el cuaderno con la misma energía con la que el cuaderno me miraba a mí, que era ninguna.
Llevo cinco meses sin escribir nada que valga la pena.
Eso tampoco se lo digo.
Hay cosas que no se le cuentan a una desconocida el primer día, especialmente si esa desconocida va a estar durmiendo a cuatro metros de distancia durante las próximas dos semanas y ya tiene una opinión formada sobre ti basada en tu nombre y en el hecho de que bebes agua directamente de la botella.
Poppy Hartwell pasa la tarde deshaciendo la maleta, que sé porque escucho cajones abriéndose y cerrándose en la habitación de al lado con una regularidad que sugiere un sistema.
Es de las que doblan la ropa. Lo sé sin haberlo visto.
También es de las que hacen la cama nada más levantarse y de las que organizan las cosas en la nevera por categorías, lo cual confirmo cuando bajo a buscar algo de comer y encuentro que el estante de arriba ha sido reorganizado sin que nadie le pidiera permiso a nadie.
En el estante de arriba, perfectamente alineados, hay un yogur, dos manzanas y algo envuelto en papel que no sé lo que es.
Mis cosas están en el estante de abajo, que es donde siempre han estado y donde van a seguir estando.
Lo dejo pasar.
La primera cena es un ejercicio de educación británica en su forma más pura, que es la educación que consiste en no mencionar nada de lo que los dos estamos pensando.
Ella cocina pasta. Hace suficiente para dos sin preguntarme si quiero, lo cual podría ser un gesto amable o podría ser que simplemente calcula por defecto para más de una persona.
Le doy las gracias. Ella dice que no hay de qué.
Comemos mirando el lago por la ventana porque la mesa tiene dos sillas y ponerlas en cualquier otra dirección requeriría una conversación que ninguno de los dos está listo para tener.
— ¿A qué te dedicas? — pregunta a mitad de la pasta.
— Escribo — digo.
— ¿El qué?
— Novelas.
Asiente. No pregunta títulos, no pregunta géneros, no hace la pregunta que hace todo el mundo que es ¿y de qué va? con esa energía de quien en realidad no quiere saberlo. Me limita a asentir y vuelve a la pasta, y eso, por alguna razón que no analizo demasiado, me parece bien.
— ¿Y tú? — pregunto.
— Asesora fiscal.
— Ah.
— Todo el mundo dice ah.
— Es que es un ah neutro.
— Es un ah de qué aburrido.
— Es un ah de no sé qué decir después de eso — la corrijo—. Hay una diferencia.
Me mira. Por primera vez desde que ha llegado, algo en su expresión cambia ligeramente, como si hubiera esperado otra respuesta y esta la hubiera cogido un poco descolocada.
— Logan Bond — dice despacio, como probando cómo suena—. El escritor.
— Sí.
— ¿Y qué hace un escritor en una cabaña en el Lake District en julio?
— Lo mismo que una asesora fiscal — digo—. Intentar recordar quién era antes de que el trabajo se lo comiera todo.
Silencio.
Fuera, el lago se está poniendo del color del atardecer, ese naranja que no dura más de veinte minutos pero que mientras dura parece que va a durar siempre.
Poppy Hartwell me mira un momento y luego mira el lago.
— Buena respuesta — dice en voz baja.
No digo nada.
Terminamos la pasta en silencio, pero es un silencio distinto al del principio. Más ligero. Como si algo, sin que ninguno de los dos lo hubiera decidido, hubiera cedido un poco.
Solo un poco.