Capítulo 3
El tren a Windermere sale a las nueve y cuarto de Euston y yo llego a las nueve y doce, que es lo más cerca del límite que me he permitido en años.
Normalmente soy de las de cuarto de hora de margen mínimo, de las que ya están sentadas con el billete en la mano cuando anuncian el andén.
Hoy llego corriendo con la maleta golpeándome el talón en cada paso y el café en la mano derecha derramándose un poco con cada zancada.
Es un comienzo prometedor.
El tren está casi lleno pero encuentro sitio junto a la ventana, que interpreto como una señal del universo de que las cosas van a ir bien, o al menos como una señal de que no van a ir peor de lo que ya han ido esta mañana, que incluye el despertador que no sonó, el taxi que llegó tarde y el descubrimiento de que había metido en la maleta dos zapatos del pie izquierdo.
Dos zapatos del pie izquierdo.
Treinta años y dos zapatos del pie izquierdo.
Sophie me ha enviado dieciséis mensajes desde ayer.
Los he leído todos y no he contestado ninguno, lo cual sé que es infantil pero me produce una satisfacción tranquila y sostenida que no estoy dispuesta a abandonar todavía.
El último decía "avísame cuando llegues por favor y también cuando lo conozcas y también después de conocerlo con todos los detalles", que resume bastante bien la diferencia entre cómo vive Sophie las cosas y cómo las vivo yo.
Ella ve una aventura.
Yo veo dos semanas compartiendo cocina con un desconocido.
Fuera, Londres va desapareciendo despacio, primero los edificios y luego los polígonos y luego esa zona indefinida de las afueras donde las cosas son más verdes pero todavía no son campo del todo.
Me gusta ese momento. Siempre me ha gustado, desde pequeña, cuando mi madre decía ya estamos saliendo y yo me pegaba a la ventanilla a ver cómo la ciudad se rendía.
Cierro los ojos un momento.
Tres horas y media de tren.
Puedo con eso.
Lo que no puedo, descubro, es con el autobús local que va desde la estación hasta el pueblo, que tarda cuarenta minutos, huele a perro mojado aunque no hay ningún perro a la vista y para en cada cruce de caminos con una paciencia que en otro contexto admiraría.
Llego al pueblo con la maleta, el bolso, los dos zapatos del pie izquierdo y una dirección en el móvil que me lleva por una carretera secundaria bordeada de árboles durante veinte minutos a pie.
Veinte minutos.
Con la maleta.
Cuando por fin veo la cabaña entiendo por qué Sophie gastó lo que gastó.
Es pequeña y de piedra, con el tejado algo inclinado y una terraza de madera que da directamente al lago.
Hay una barca amarrada al embarcadero que parece llevar ahí desde siempre, de esas que nadie usa pero que quedarían mal quitarlas.
El agua está quieta a esta hora de la mañana, de un azul grisáceo que no se parece a ningún otro azul, y los árboles al otro lado del lago son tan verdes que parecen irreales, de esos verdes que solo existen en Inglaterra cuando Inglaterra decide ser generosa.
Me quedo parada un momento con la maleta en la mano.
Vale.
Entiendo lo de Sophie.
La llave está donde dijeron que estaría, debajo de una maceta de geranios junto a la puerta, y la cerradura cede al segundo intento.
Dentro huele a madera y a algo limpio, a casa que lleva un tiempo cerrada pero que alguien ha ventilado antes de que llegara.
Hay una cocina pequeña con una mesa de dos sillas, un salón con un sofá y una chimenea que en julio no tiene ningún sentido pero que de todas formas me alegra ver, y al fondo un pasillo corto con dos puertas.
Dos habitaciones.
Las dos cerradas.
Dejo la maleta en el salón y me asomo a la terraza. El lago desde aquí es todavía más quieto, más real. Una gaviota cruza de un lado a otro sin prisa. En algún sitio entre los árboles canta algo que no sé identificar pero que suena exactamente como debería sonar este lugar.
Respiro.
Por primera vez en semanas, respiro de verdad.
Luego escucho la ducha.
Me quedo inmóvil con la mano en la barandilla de la terraza.
La ducha. Corriendo. En una de las dos habitaciones del fondo. A las doce y cuarto del mediodía de un martes de julio.
Logan Bond está aquí.
Vuelvo al salón, me siento en el sofá y miro la puerta del pasillo como si fuera a darme alguna información útil.
No me la da. La ducha sigue corriendo. Me pregunto si debería hacer ruido, anunciarme de alguna manera, o si debería simplemente quedarme aquí sentada esperando a que salga y fingir que estoy perfectamente cómoda con la situación, que es exactamente lo contrario de lo que estoy.
La ducha para.
Silencio.
Pasos.
La puerta del fondo se abre.
El hombre que aparece en el pasillo es alto, tiene el pelo oscuro todavía húmedo y lleva una camiseta gris y vaqueros como si hubiera tenido todo el tiempo del mundo para vestirse, que supongo que es porque creía que lo tenía. Se para cuando me ve. Yo me paro también, aunque yo ya estaba parada.
Nos miramos.
— Hola — digo, porque alguien tiene que decir algo y aparentemente voy a ser yo.
— Hola — dice él.
Pausa.
— Poppy Hartwell — digo.
— Logan Bond — dice él.
Y entonces, sin poder evitarlo, sin quererlo, sin haberlo planeado en absoluto, me río. No es una risa grande ni educada ni controlada. Es una risa corta y real que se me escapa antes de que pueda hacer nada con ella.
Él me mira.
— James Bond — digo, a modo de explicación.
— Sí — dice él, con una paciencia que sugiere que no es la primera vez—. Como James Bond.
Lo siento.
— No lo sientes.
Tiene razón. No lo siento.
Se queda mirándome un momento más, con una expresión que no termino de leer, y luego pasa al salón, abre la nevera, saca una botella de agua y bebe directamente de ella con el aplomo de alguien que lleva aquí suficiente tiempo como para sentir que el sitio es suyo.
Lo cual, supongo, es exactamente el problema.