Capítulo 2
Sophie tarda exactamente dos días en contestar a mis mensajes.
Dos días, que para ella es un récord de cobardía, porque Sophie es de las personas que responden en menos de tres minutos a cualquier cosa, incluidos los correos de trabajo, las encuestas online y los mensajes de cadena que todo el mundo ignora.
Si Sophie tarda dos días en contestar es porque Sophie sabe que ha hecho algo y está esperando a que se me pase.
No se me ha pasado.
¿Qué significa "no me des las gracias todavía"?
Ese fue mi primer mensaje, el sábado por la noche cuando llegué a casa con el sobre en el bolso y esa sonrisa suya todavía en la cabeza.
Nada.
Sophie.
Nada.
Sé que estás leyendo esto.
Nada, aunque las dos rayitas azules me decían exactamente lo contrario.
El lunes por la mañana, mientras espero el café en la cocina de la oficina con la energía vital de una planta a la que llevan semanas sin regar, me llega por fin su respuesta.
No es un mensaje de texto. Es una nota de voz de cuatro minutos y veinte segundos, que es otra cosa muy de Sophie: cuando tiene que dar explicaciones largas, habla.
Supongo que es más difícil interrumpirla así.
Me pongo un auricular y le doy al play.
"Poppy, antes de que digas nada quiero que sepas que lo hice con la mejor intención del mundo y que en el momento en que lo hice me pareció una idea absolutamente razonable y de hecho creo que objetivamente sigue siéndolo aunque entiendo que tú puedas verlo de otra manera y..."
Cuatro minutos y veinte segundos.
Cuando termina, me quedo mirando el café.
Resulta que la cabaña junto al lago Windermere, mi regalo de cumpleaños, mis dos semanas de soledad regenerativa en el sitio más bonito de Inglaterra, tiene dos habitaciones.
Lo cual hasta ahí es una información neutral y perfectamente aceptable.
El problema es lo que Sophie hizo con esa segunda habitación, que fue publicarla en una aplicación de alojamiento compartido porque, y cito textualmente, "Poppy, cariño, era carísimo y así me salió casi a mitad de precio y pensé que igual ni coincidíais mucho".
Igual ni coincidíais mucho.
En una cabaña.
Con dos habitaciones.
Y un lago.
Dejo el café en la encimera porque de repente no me apetece nada.
La llamo a la hora de comer, que es lo más tarde que puedo aguantar.
— Antes de que digas nada — empieza ella.
— Ya dijiste eso en la nota de voz.
— Poppy...
— ¿Quién es? — pregunto, porque es la pregunta que llevo dos días haciéndome y que la nota de voz de cuatro minutos y veinte segundos no respondió en ningún momento—. La persona que va a estar en mi cabaña. En mi regalo de cumpleaños. ¿Quién es?
Silencio breve. De los de Sophie, que duran exactamente lo que necesita para ordenar las palabras de una manera que suenen mejor de lo que son.
— Un hombre — dice.
— Eso ya lo sé, has dicho "él" tres veces en la nota de voz.
— Se llama Logan. Tiene buenas reseñas en la app, Poppy, cinco estrellas, un comentario que dice que es muy tranquilo y muy limpio y que respeta los espacios comunes, que es más de lo que puedes decir de la mayoría de la gente que conoces en persona...
— Sophie.
— ...y además la cabaña tiene dos habitaciones separadas con sus propios baños así que técnicamente es como vivir en pisos distintos pero con jardín y vistas al lago y...
— Sophie.
Para.
— Lo siento — dice, y ahora suena de verdad, sin palabras de relleno—.
Sé que no está bien. Pero Poppy, escúchame.
Llevas meses sin respirar. Llevas meses trabajando hasta las nueve, sola en ese piso, sin hacer nada que no sea trabajar o pensar en Daniel o trabajar un poco más.
Necesitas ir. Necesitas ese lago aunque haya un desconocido en la habitación de al lado.
No digo nada.
— Además ya está pagado — añade, y puedo oírle la sonrisa—. No puedo devolver el dinero.
— Eso es chantaje emocional.
— Es presupuesto ajustado. Hay una diferencia.
Cuelgo. Luego la llamo otra vez porque me he dejado preguntarle algo importante.
— ¿Cómo se llama?
— Logan — repite Sophie—. Logan Bond.
Me quedo un momento con el teléfono en la mano.
— Como James Bond.
— Sí — dice Sophie, y ahora sí que se ríe abiertamente—. Exactamente como James Bond.
Cuelgo por segunda vez.
Me termino el café frío.
Y esa noche, cuando llego a casa, abro el armario y empiezo a sacar ropa de verano.