Un lago entre los dos Capítulo 1
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Un lago entre los dos

Un lago entre los dos

Por Aili Evans

© inepub.com

Capítulo 1

Hay una regla no escrita en las oficinas de Whitmore & Associates que todo el mundo conoce pero nadie menciona en voz alta: si tu luz sigue encendida después de las siete, eres de los buenos. Si se apaga antes de las seis, estás buscando otro trabajo.

La mía lleva tres años encendida hasta las ocho y media.

Abro el tercer informe del día y me digo lo que me digo siempre: este es el último y me voy.

Fuera, Londres hace lo que hace Londres en junio, que es no decidirse entre el sol y la lluvia y quedarse en ese término medio gris que los ingleses hemos aprendido a llamar "bastante bueno para la época".

Por la ventana veo el reflejo de mi pantalla más que la calle.

Llevo tanto tiempo mirando números que cuando cierro los ojos todavía los veo flotando, ordenados en columnas, perfectos y silenciosos.

Me gustan los números. Eso no es mentira. Me gustan porque no cambian de opinión, no llegan tarde, no te miran un martes por la noche y te dicen que necesitan espacio. Los números son lo que son y punto.

Daniel me dijo que necesitaba espacio hace exactamente ocho meses.

No es que lo esté contando.

Guardo el informe, apago la pantalla secundaria y me pongo el abrigo. Son las ocho y cuarto. Récord de virtud para un viernes.

En el metro pienso en lo de mañana con la mezcla de ganas y agotamiento que últimamente acompaña a casi todo.

Mañana es mi cumpleaños. Treinta años. Un número redondo, dicen, como si eso fuera algo bueno, como si ser divisible entre diez fuera un logro personal.

Sophie ha organizado una cena, lo que en la práctica significa que ha reservado mesa en algún sitio que no me va a decir hasta mañana, ha coordinado a seis personas con agendas imposibles y ha enviado al menos cuarenta y tres mensajes al grupo de WhatsApp que yo he silenciado desde octubre.

Sophie es así. Organiza las vidas ajenas con una energía que a mí me agota solo de observarla.

La quiero muchísimo.

El piso huele a la vela que encendí esta mañana y olvidé apagar, que es exactamente el tipo de cosa que haría saltar la alarma de incendios si no fuera porque la alarma de incendios de este edificio lleva rota desde febrero y al casero le parece bien.

Me hago una tostada, me siento en el sofá con el portátil y abro los correos que no contesté por la tarde.

Tres clientes, un recordatorio interno, una newsletter de una tienda de ropa en la que no recuerdo haberme suscrito.

Treinta años mañana.

Cierro el portátil.

Me pregunto, no por primera vez y sospecho que no por última, si esto es lo que tenía en mente cuando tenía veintidós y pensaba en los treinta. Si la Poppy de veintidós años me viera ahora, en este sofá, con esta tostada, sola en este piso que huele a vela y descuido, ¿qué diría?

Probablemente algo que no querría escuchar.

La cena es en un italiano en Soho que Sophie ha elegido con la excusa de que a mí me gusta la pasta, lo cual es verdad, pero sospecho que también le gusta a ella y eso ha tenido algo que ver.

Llegamos todas más o menos a la vez, que para nosotras es un milagro logístico comparable a la construcción de las pirámides.

Somos seis. Sophie, que me abraza como si lleváramos meses sin vernos cuando en realidad quedamos el jueves.

Clara, que llega con una bolsa de regalo enorme y una sonrisa que dice ya verás.

Megan y Lizzie, que vienen juntas desde Clapham y entran discutiendo sobre si el Uber las cobró de más.

Y Diane, que trabaja conmigo y es la única persona en Whitmore & Associates que apaga el ordenador antes que yo y no parece avergonzada por ello.

La mesa está preciosa. Sophie ha puesto unas velas pequeñas en el centro aunque el restaurante no las tenía y no sé cómo lo ha conseguido ni quiero saberlo.

​—​      Feliz cumpleaños — me dice, y en su voz hay algo que no identifico del todo. Algo que suena a trampa, pero del tipo de trampa que se hace con cariño.

La pasta es buena, el vino es mejor, y por un rato consigo no pensar en los informes ni en Daniel ni en los treinta años como concepto filosófico.

Hablo y me río y dejo que Clara me cuente por decimoquinta vez la historia del chico del gimnasio, que cada vez que la cuenta tiene un detalle nuevo y nunca sé si es que mejora la memoria o que mejora como narradora.

Luego vienen los regalos.

Clara: un vestido precioso en un color que ella llama malva y yo llamaría morado si no tuviera miedo de ofenderla.

Megan y Lizzie: una caja de productos de baño que huelen a algo nórdico e indefinible y que probablemente cuestan más de lo que parecen.

Diane: un libro que lleva semanas diciéndome que lea y que sospecho que me regala en parte porque así puede preguntarme qué me ha parecido.

Sophie espera. Deja que abra todo lo demás y espera con esa sonrisa que no termina de controlar.

​—​      El mío es el último — dice cuando ya he abierto todo.

No es una caja. Es un sobre.

Lo abro con ese cuidado instintivo que se le pone a las cosas que no sabes lo que son. Dentro hay una hoja doblada y una tarjeta pequeña escrita a mano con la letra de Sophie, que es redonda y ordenada y no se parece en nada a cómo es ella en persona.

Para Poppy, que necesita parar aunque no lo sepa todavía.

Dos semanas. Lake Windermere. Solo tú.

Julio.

Feliz treinta.

Me quedo mirando la tarjeta más tiempo del necesario. Alrededor de la mesa hay silencio, que en esta mesa es algo extraordinario.

​—​      Sophie — digo, y no sé muy bien qué iba a decir después de eso.

​—​      No me des las gracias todavía — responde ella, y esa sonrisa sigue ahí, con algo que ahora reconozco perfectamente.

Culpa.

Aunque todavía no sé por qué.