Un ladrón por Navidad Epílogo
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Epílogo

JACK

Seis meses después

—Vámonos a casa; es tarde —susurro al oído de mi esposa mientras la abrazo por detrás.

Está sentada ante su escritorio, trabajando en unos documentos como siempre y negándose a irse a casa antes de terminar la tarea.

Cuando apoyo los labios en la delicada piel de su cuello, se arquea para darme mejor acceso.

Sé que es donde más le gusta que la bese, sobre todo cuando estamos en el trabajo. Siempre se le eriza la piel cuando la beso ahí.

—Tienes razón —admite mientras por fin apaga la computadora y se vuelve hacia mí.

—Tengo una sorpresa para ti —digo mientras meto la mano en el bolsillo interior de la chaqueta.

—¡Jack, deja de hacerme tantos regalos, sobre todo por la noche! Es como si me pagaras por sexo —dice entre risas, mordiéndose el labio inferior.

Está bromeando. Sé que le encanta que le haga regalos, sobre todo cuando se trata de lencería. Y recibe muchísima porque me fascina arrancársela de ese cuerpo espectacular.

Pero esta vez no es ropa interior bonita. Es algo mejor. Algo que nunca le he dado.

—¿Pasajes para las islas del Caribe? —exclama sorprendida y abre mucho los ojos cuando vuelve a mirarlos.

—Por fin podemos irnos de luna de miel, amor —digo con orgullo y me inclino para besarla.

—Pero ¿qué pasa con nuestros hijos? —pregunta, sin darme la oportunidad de saborear sus labios.

Me río de lo absurdo que suena, como si dejáramos a unos niños pequeños sin supervisión para irnos a la Antártida durante un año.

—Cariño, ambos ya cumplieron dieciocho años —digo con una sonrisa—. Nos vamos dos semanas de vacaciones y los dejamos en Beverly Hills con un conductor, personal de limpieza y un chef. No me parece una idea tan descabellada.

Se ríe y me da un ligero puñetazo en el hombro.

—Sé que es ridículo, pero voy a extrañarlos muchísimo cuando se vayan a la universidad dentro de un par de meses —dice con un tono tan lastimero que casi me arrepiento de haberle pedido que se fuera.

Casi.

—Conozco una cura para el aburrimiento que puede ayudarnos a no extrañarlos tanto —susurro mientras deslizo el dedo índice por su abdomen.

El mes pasado fuimos juntos a la consulta ginecológica de Crystal para hacernos unas pruebas y saber si todavía podríamos tener hijos juntos algún día.

Nunca dudé de que pudiéramos, y le pedí a Crystal que dejara de tomar la píldora anticonceptiva en cuanto dimos el sí en el Registro Civil, pero mi esposa se mostró inflexible.

Dijo que teníamos que hacernos todas las pruebas necesarias y que solo cuando estuvieran listos los resultados y contáramos con autorización médica accedería a volver a intentar quedar embarazada.

¿Qué puedo decir? Así es mi esposa: atenta y cuidadosa, todo lo contrario de mí. Pero eso vuelve a demostrarme que va a ser una madre maravillosa.

Los resultados llegaron una semana después y se nos confirmó que ambos seguíamos siendo lo bastante jóvenes como para tener un montón de hijos si queríamos.

Pero Crystal me pidió que esperara un par de meses más, hasta que nuestros hijos se fueran a la universidad, para que no resultara estresante para ellos.

No estuve de acuerdo. Creo que reaccionarían bien, pero, por supuesto, apoyo cada una de sus decisiones.

—Dejé de tomar la píldora anticonceptiva hace una semana —dice con una sonrisa, y yo abro mucho los ojos—. Y sí, hablo en serio, Jack —añade entre risas mientras me rodea el cuello con los brazos—. No quiero esperar más. Te amo y quiero tener tantos bebés contigo como podamos.

La tomo en brazos y empiezo a girar con ella por la oficina. Ella suelta una exclamación ahogada y me dice que pare, pero no lo hago.

La amo, y no hay nada en este mundo que desee más que convertirla en la madre de mis hijos.

¡Gracias por leer UN LADRÓN POR NAVIDAD!

Si disfrutaste la historia de Crystal y Jack, echa un vistazo a los tres primeros capítulos de otra novela romántica breve y picante entre dos gruñones, titulada DEMASIADO IRRESISTIBLE.

Sigue leyendo para ver el adelanto.