Capítulo Dieciséis
CRYSTAL
Acabo de salir de la ducha cuando oigo sonar el timbre. Me apresuro a vestirme para salir del baño y decirle a Sky que no abra la puerta.
Pero cuando por fin me pongo la bata y salgo, Jack Harden ya está de pie en el umbral.
—Hola —dice en voz baja, mirándome a los ojos antes de bajar la vista hacia mi bata corta y mis piernas desnudas.
—¿Qué te he dicho sobre abrirles la puerta a desconocidos? —le pregunto a Sky con irritación, ignorando por completo la presencia de Harden.
—Mamá, tengo diecisiete años y sé perfectamente quién es —dice Sky, claramente ofendida porque me estoy desquitando con ella.
Jack da un paso hacia mí.
—¡No te he invitado a entrar! —le espeto, y se queda inmóvil.
Parece cansado. Agotado, diría yo. Tiene el rostro pálido y los ojos rojos, como si no hubiera dormido nada.
Eso no significa que tenga que perdonarlo. Yo tampoco he dormido bien.
Por su culpa.
—Necesito hablar contigo —dice después de una pausa y mira a Sky.
—Voy a dar un paseo —dice Sky mientras corre a buscar su bolso.
—¡Te quedas! —ordeno mientras le lanzo mi mirada más amenazadora.
Sky vuelve a sentarse junto a la encimera de la cocina y permanece callada.
—Y tú te vas —le digo a Jack, esta vez en voz más baja. No quiero que piense que su presencia afecta de algún modo mi estado de ánimo.
—Dame cinco minutos, por favor —suplica y da otro paso.
—¡Quédate donde estás o llamo a la policía! —vuelvo a gritar, incapaz de ocultar mis emociones.
Miro a Sky, que parece confundida por mi comportamiento.
No debería gritarle a mi hija por culpa de Harden. No se lo merece.
—Vete —digo con toda la calma que puedo, aunque oigo que me tiembla la voz—. Ahora.
Durante un par de segundos, nos limitamos a mirarnos a los ojos sin movernos.
Se me humedecen los ojos y me muerdo el interior de la mejilla para contener el llanto. No funciona, así que bajo la mirada.
—Te amo, Crystal —dice Jack en voz tan baja que no estoy segura de haberlo oído.
Vuelvo a mirarlo y después miro a Sky, como si le preguntara si ella también ha oído lo que acaba de decir.
—Te amo —repite, esta vez un poco más alto, y contengo el aliento.
Solo entonces noto que él también tiene los ojos húmedos y que le tiembla la voz igual que a mí.
A él le cuesta hablar, quizá tanto como a mí me cuesta escuchar esto.
Acaba de confesarme que me ama. ¿No era eso lo que quería oír? ¿No es eso lo que toda mujer quiere oír del hombre del que está enamorada?
Sí, lo es, pero no basta. Jack Harden traicionó mi confianza y no hay nada que pueda decirme para cambiar eso.
—No significa nada. —Niego con la cabeza mientras hablo y cruzo los brazos sobre el pecho—. Nunca cambiarás; siempre intentarás engañarme.
—Yo nunca... —empieza, pero levanto una mano para detenerlo.
—Sí lo harás —lo interrumpo, intentando tomar aire, pero parece que no puedo respirar en absoluto—. Nunca seré lo bastante buena para ti.
La primera lágrima me cae por la mejilla y me la seco.
Quiero echar a correr, esconderme bajo las sábanas de mi cama y no volver a ver a Jack Harden nunca más.
Pero, en vez de hacerlo, sigo de pie frente a él, como si estuviera clavada al suelo.
—Eres mejor que yo, Crystal —dice después de una larga pausa—. Y lo supe desde el primer minuto en que te vi. Por eso quería que renunciaras.
Se pasa una mano por el cabello e inspira profundamente.
—Me aterrorizó descubrir que la mujer más hermosa que había visto en mi vida también era inteligente, intrépida y todas esas otras cosas que no deberían combinarse en una sola persona. Pensé que era sencillamente imposible. —Traga saliva cuando su mirada vuelve a encontrarse con la mía.
El corazón me late con tanta fuerza que parece que intenta salirse del pecho. Ojalá pudiera dejar de latir al menos un segundo, aunque solo fuera para borrar este dolor que siento dentro.
—Tenías razón sobre mí. —Da un paso hacia mí y esta vez no lo detengo—. Evito trabajar con mujeres.
Abro mucho los ojos al oírlo. No esperaba que dijera eso. No hablaba en serio cuando lo acusé de ser sexista.
—Estaba enamorado de ella —continúa, aclarándose la garganta—.
De la madre de mi hijo. Me enamoré de ella en la universidad, y me mintió al decirme que tomaba la píldora anticonceptiva; después me chantajeó.
Me pidió cien mil dólares para abortar o, de lo contrario, daría a luz y pediría una pensión.
Por un momento, olvido todo lo que ha ocurrido entre nosotros y, al mirar a Jack, veo a un joven universitario al que le destrozaron el corazón con brutalidad.
Y, por un momento, siento dolor porque me compadezco de él.
—Le ofrecí un millón de dólares para que diera a luz y renunciara a los derechos parentales sobre nuestro hijo.
—Traga saliva. Le tiembla la voz y tiene los ojos empañados por las lágrimas—.
Aceptó y no he vuelto a verla desde entonces.
Años después intentó chantajearme y amenazó con ir a conocer a Zac si no le daba más dinero.
Entonces la amenacé con demandarla por chantaje y desapareció. No sé dónde está ahora.
No siento las mejillas mojadas por las lágrimas hasta que deja de hablar. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando.
Miro a Sky y veo que ella también llora, intentando pasar inadvertida mientras hablamos. Mi pobre niña está atrapada y no tiene dónde esconderse de lo que Jack acaba de decir.
—Intenté evitar trabajar con mujeres, pero no porque tengan que tomarse la licencia por maternidad ni nada parecido. —Jack da un paso más y ahora está a noventa centímetros de mí—. Las evitaba porque no quería que volvieran a romperme el corazón.
Cuando da otro paso y se planta frente a mí, contengo el aliento.
—Hasta que llegaste tú —susurra y me tiende una mano.
Cuando siento que me toca la muñeca, los brazos me caen a los lados.
—Desde el instante en que te conocí, sentí algo que nunca había sentido.
—Toma mis dos manos entre las suyas y encierra mis dedos entre sus palmas—.
Supe desde el principio que algo pasaba entre nosotros, pero no sabía qué era exactamente.
Intenté demostrarme que mentías, que eras falsa y que me traicionarías en cuanto tuvieras ocasión.
Por eso le pedí un favor a Virginia. Lo siento, Crystal. Soy un idiota.
En cuanto las últimas palabras salen de su boca, Jack cae de rodillas frente a mí y se lleva mis manos a los labios.
—Te amo, Crystal. Por favor, perdóname —suplica en voz tan baja que apenas lo oigo, mirándome con esos ojos azules empañados.
—Jack, levántate, por favor. —Intento que vuelva a ponerse de pie porque me siento incómoda, sobre todo al recordar que no estamos solos.
—No puedo dejarte ir, Crystal —dice con voz temblorosa, como si se avergonzara—. Sé que no quieres verme, sé que te gustaría librarte de mí durante el resto de tu vida, pero eso no va a pasar.
Jack me besa los dedos y un escalofrío me recorre la espalda.
—No voy a dejarte ir, lo siento —susurra, besándome las palmas y las muñecas con tanta ternura como si rogara clemencia—. Lo siento, pero eso nunca ocurrirá porque me muero sin ti.
Por un momento, olvido que Sky nos observa. El mundo se detiene y otra vez solo quedamos nosotros dos en el universo.
Apoyo las palmas en su rostro, me inclino y uno mis labios con los suyos.
Lo que hago sorprende a Jack, que necesita un segundo para comprender que todo está ocurriendo de verdad antes de entreabrir los labios y devolverme el beso.
Me rodea con los brazos y me aprieta contra él.
Hace un par de minutos me prometí que jamás lo perdonaría, y ahora lo estoy besando, rezando para que esto sea real.
Cuando interrumpo el beso, apoyo la frente contra la suya, incapaz de soltarlo.
—Eres un idiota, señor Harden —susurro contra su boca—. ¿Cómo pudiste pensar que elegiría el dinero y no a ti? Nunca he sentido con nadie lo que siento contigo... porque estoy enamorada de ti.
Sky suelta una exclamación ahogada al oír esas palabras, claramente sorprendida, y yo me río.
Jack se aparta un poco para mirarme a los ojos.
—¿Esto va en serio? —pregunta, tan sorprendido como si no pudiera creerlo.
—¿Qué sientes? —respondo con otra pregunta en vez de repetirme.
Tiene que entender que todo lo que digo va en serio.
—Supongo que es hora de que salga a dar un paseo —dice Sky mientras se levanta de la silla.
Asiento en silencio porque quiero hablar con Jack en privado. Hay muchas más cosas que quiero preguntarle.
—Por favor, quédate —pide Jack, dirigiéndose esta vez a Sky.
Sky se queda inmóvil, con los ojos muy abiertos por la sorpresa; los míos también.
Antes de que comprenda qué está pasando, Jack hinca una rodilla en el suelo y saca una cajita del bolsillo interior de la chaqueta.
Sky y yo soltamos un grito ahogado.
Jack abre la caja y veo el anillo de compromiso más hermoso y cautivador que he visto en mi vida. Es un gran diamante cuadrado engastado en platino, rodeado de diamantes más pequeños que siguen la curva del aro.
Me cubro la boca con las manos, incapaz de creerlo.
—Creía que necesitaba poder —empieza Jack, y está claro que ahora le cuesta hablar aún más que antes—. Creía que necesitaba dinero, éxito, logros y que todo eso impediría que me rompieran el corazón. Pero resultó que, ángel, lo único que necesitaba era amor.
Ahora las lágrimas me corren por las mejillas y ni siquiera intento detenerlas.
—Mi corazón nunca se rompió —continúa, inspirando profundamente, y cada una de sus palabras suena como una especie de sueño—.
Porque te estaba esperando. En cuanto vi tu mensaje y comprendí que podía perderte para siempre, mi corazón dejó de latir.
Y se negó a volver a hacerlo hasta que te recuperé.
—Jack, yo... —No sé qué decir. Miles de pensamientos me pasan por la cabeza al mismo tiempo. Mi mente insiste en que es demasiado pronto y que tengo que esperar, pero mi corazón...
Mi corazón se rindió en el instante en que este hombre cayó de rodillas ante mí.
—¿Quieres casarte conmigo? —Jack hace por fin la pregunta que más miedo me daba.
Abro la boca y vuelvo a cerrarla, incapaz de decir nada. Después miro a Sky como si buscara su aprobación. Ella también llora y asiente en silencio, animándome a aceptar.
—No necesito un acuerdo prenupcial, Crystal —dice Jack porque no consigo encontrar las palabras para responder—. No quiero que tengas miedo de que no confíe en ti ni que te preocupe que vuelva a ponerte a prueba algún día.
Toma mi mano izquierda en la suya y la aprieta un poco.
—Quiero que confíes en mí, y te ofrezco todo lo que tengo. Esperaré el tiempo que haga falta para que vuelvas a confiar en mí.
—Estás loco —susurro cuando termina su discurso.
Me muerdo el labio, todavía incapaz de creer que todo sea real.
—Quizá lo esté —admite con una sonrisa—, pero te estoy pidiendo que seas mi esposa para que podamos volvernos normales juntos.
Me río de lo absurdo que suena y, al mismo tiempo, de lo romántico que resulta.
—No quiero ser normal, Jack. —Niego otra vez con la cabeza, esta vez con más fuerza—. Lo único que quiero es estar contigo.
Entonces vuelvo a inclinarme hacia él, apoyo las palmas en sus mejillas y uno mis labios con los suyos, con suavidad, con ternura, apenas rozándolos, hasta que siento que me derrito, que me disuelvo y que nada en el mundo puede seguir igual a partir de ahora.
—Sí, quiero —susurro entre besos y, antes de que pueda decir algo más, quizá hacerme otra pregunta estúpida sobre si hablo en serio, vuelvo a besarlo.