Un ladrón por Navidad Capítulo Doce
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Capítulo Doce

CRYSTAL

—Feliz Navidad —susurra Jack Harden junto a mi oído, abrazándome por detrás.

No puedo creer que esté en lo alto del Empire State Building. Siempre he soñado con visitar Nueva York, sobre todo porque quería estar en la cima del mundo para contemplar la ciudad desde arriba.

—¿Cómo has hecho esto? ¡Hoy es Navidad! —exclamo, volviéndome hacia él y sonriendo tanto que me duele la cara.

No dice nada; solo sonríe, satisfecho.

Han abierto el edificio la mañana de Navidad y nos han dejado quedarnos arriba todo el tiempo que quisiéramos. Pero ¿por qué me sorprende tanto? Es Jack Harden: este hombre consigue todo lo que quiere.

Me despertó dos veces anoche y otra vez esta mañana, y todo ocurrió antes del desayuno. No tenía ni idea de que los hombres de cuarenta y tantos pudieran ser tan apasionados: parece que nunca se sacia de mí y se comporta como un adolescente excitado.

Yo estaba medio dormida cuando me despertó, y me trató con tanta delicadeza, con tanta ternura, que casi parecía un sueño.

Y, cada vez que alcanzábamos el clímax, pegaba su cuerpo al mío y volvíamos a quedarnos dormidos, abrazados.

Jack pidió que nos llevaran a la habitación todo lo que había en el menú del desayuno. Le dije que no hacía falta porque yo solía saltarme el desayuno, a lo que respondió que daba igual, pues quien iba a comer era él y pensaba hacerlo directamente sobre mi cuerpo.

Después de que la crema batida, la fruta y la miel que Jack había comido directamente de mi cuerpo me dejaran toda pegajosa, me agarró y nos metimos en la ducha, donde me lavó a fondo con una pastilla de jabón, una esponja vegetal y, por supuesto, la lengua.

Y tuvimos sexo allí mismo, en la ducha. Otra vez. Ya ni sé cuántas veces.

Ningún hombre me ha dado tanto placer. No creo que, entre todos los hombres con los que he salido, haya tenido tantos orgasmos en total. Con Jack Harden, alcanzo el clímax cada vez que hacemos el amor. No sé cómo lo hace, pero este hombre es un mago...

...Y yo soy Alicia en el país de las maravillas: he conseguido mi cuento de hadas, pero mañana tengo que volver a la realidad.

Pero no quiero pensar en eso ahora. Lo único que quiero es disfrutar de cada segundo en esta hermosa ciudad sin pensar en lo que ocurrirá mañana.

—Tengo una sorpresa para ti —dice con una sonrisa.

—¿Otra? —Arqueo una ceja, sorprendida—. ¡Pero si ya me has dado un regalo de Navidad!

Esta mañana me regaló una preciosa prenda nueva de lencería de La Perla, hecha de encaje color burdeos. Es mucho más bonita que la que me arrancó ayer. Y no tengo ni idea de cuándo lo consiguió.

—No es exactamente un regalo —dice, metiendo la mano en el bolsillo de la chaqueta.

Saca varias páginas grapadas y me las entrega.

Al abrirlas para echarles un vistazo, los ojos se me abren de par en par por la sorpresa.

Es un contrato. Una oferta laboral de verdad para ser la jefa del área de marketing de su empresa.

No puedo creerlo.

Miro a Jack para comprobar si es alguna clase de broma, pero no sonríe.

—¿Es porque...? —Me detengo. No, no puedo decir eso. No puedo preguntarle si me ofrece el trabajo porque nos acostamos juntos.

—Te lo mereces, Crystal —dice con seguridad mientras me mira fijamente a los ojos, como si pudiera leerme la mente—. Eres inteligente y tienes talento. No vuelvas a dudar de ti misma.

Siento que se me humedecen los ojos. No leo las doce páginas enteras, pero un vistazo rápido me revela que mi salario se triplicaría.

—Yo... yo... yo no sé qué decir —murmuro, mirando el contrato y después a él otra vez.

—No tienes que firmarlo ahora mismo. Puedes pensarlo un par de días; quizá quieras consultarlo con tu abogado.

No tengo abogado, pienso, pero decido no decirlo en voz alta.

—De acuerdo, lo leeré mañana —digo con una sonrisa mientras guardo los papeles en el bolso—. Hoy es Navidad y prometiste enseñarme la ciudad.

—Y lo haré. ¿Tienes hambre? —pregunta, apartándome el cabello rebelde de la cara.

Niego con la cabeza.

—Después de que me obligaras a comer una tortilla entera para desayunar, estoy segura de que puedo aguantar hasta la cena.

Sonríe.

—Bueno, quizá tú puedas, pero yo no.

Jack me rodea la cintura con los brazos, se inclina hacia mi cuello e inspira profundamente.

Se me eriza la piel.

No puedo creer que esté excitado otra vez.

—¿Y dónde quieres comer? —pregunto con voz ronca, aunque sé que no está hablando de comida.

—En nuestra habitación —susurra junto a mi oído y después me besa el cuello con delicadeza.

Quiere llevarme de vuelta a la cama. Y siento que yo también lo deseo.

—Pero aún no hemos visto la ciudad —protesto, aunque por alguna razón inclino la cabeza hacia un lado y dejo el cuello expuesto para que tenga mejor acceso.

—Es solo Nueva York; sale en todas las películas —continúa, cubriéndome el cuello de besos.

Me río.

—¡Eso es porque tú has estado aquí mil veces!

Apoyo las palmas en su pecho para apartarlo, pero no cede y me aprieta más contra él.

—La verdad es que yo tampoco he visto nada porque trabajo cada vez que vengo. —Sus cálidos labios descienden hacia mis clavículas—. La próxima vez exploraremos la ciudad juntos, lo prometo.

La próxima vez. Juntos.

¿Significa eso que para él acostarse conmigo no es solo una aventura? ¿Seguiremos saliendo cuando volvamos a Los Ángeles?

La cabeza me da vueltas al pensarlo. Apenas puedo mantenerme en pie y me apoyo en los hombros de Jack.

Deja de besarme y me mira a los ojos.

—¿Qué ocurre? —pregunta, sorprendido, sujetándome con más fuerza para que no pierda el equilibrio.

—¿La próxima vez? —pregunto con voz temblorosa—. Pero ¿no es...?

No puedo. No puedo confesarle cuánto me asusta que este cuento de hadas termine en cuanto acabe la Navidad.

—¿No es qué? —Su voz se vuelve más áspera.

Me mira con tanta intensidad, frunciendo el ceño por la frustración.

No puedo decírselo.

Trago saliva.

—¿No quieres volver a verme, Crystal? —pregunta. Me quedo clavada en el sitio como una estatua.

—Pero ¿cómo es posible? —Me tiembla la voz al hablar—. Trabajamos juntos; ¿cómo vamos a ocultar que nos acostamos?

—¿Por qué demonios iba a ocultar nada? —La mano de Jack sube desde mi cintura hasta mi nuca—. Es mi empresa. No me importa lo que piensen los demás. De hecho, quiero que todo el mundo sepa que, a partir de ahora, eres mía.

Pronuncia la palabra mía con tanto énfasis que no me deja ninguna duda de que dice la verdad.

—Puedo decirle al conductor que iremos caminando hasta el hotel —continúa Jack, acariciándome la mejilla con el pulgar—. Así podremos ver mejor la ciudad.

—Me encantaría, gracias —digo en voz baja, todavía conmocionada por lo que acaba de decir.

—Pero primero iremos a Ralph Lauren para comprarte ropa más abrigada, sobre todo una bufanda y un gorro. Está a la vuelta de la esquina, así que no tardaremos. —Jack me da un beso leve, casi imperceptible, en los labios y después me toma de la mano y echa a andar.

—No necesito nada de Ralph Lauren —protesto, deteniéndome y apretándole la mano—. He visto gorros y bufandas en la tienda de recuerdos.

No necesito que me compre regalos caros. Además, si compramos un gorro gracioso y una bufanda en la tienda de recuerdos, podré dárselos después a Sky como recuerdo de Nueva York.

Tengo que decirle a Jack que tengo una hija para no tener que inventar excusas para comprar recuerdos.

Pero ¿cómo?

—Eres muy terca —dice Jack con una sonrisa, interrumpiendo mis pensamientos, y vuelve a atraerme hacia él—. ¿Por qué eres tan terca, Crystal? ¿Tan difícil te resulta darme la razón sin discutir, aunque sea una vez?

Yo también sonrío, y mi mirada baja desde sus ojos hasta sus deliciosos labios.

En realidad, nunca discuto con él cuando me da órdenes en la cama.

Su mirada es juguetona y una sonrisa algo traviesa se dibuja en su rostro. Como si supiera exactamente en qué estoy pensando.

—De acuerdo, iremos adonde tú quieras —digo tras una pausa, y él se echa a reír.

—Te... —empieza, pero se interrumpe.

Abre mucho los ojos, como asustado y sorprendido por lo que estaba a punto de decir.

¿Qué quería decir?

El corazón empieza a latirme más deprisa.

No puede ser que estuviera a punto de decirme que me ama; es demasiado pronto.

—Me encanta cuando eres obediente —dice Jack al fin y vuelve a sonreír, pero esta vez su sonrisa no es tan sincera como hace un minuto.

Mientras caminamos hacia el ascensor tomados de la mano, no hablamos.

Sigo un poco desconcertada por nuestra conversación. Este hombre es muy impredecible. En un momento se muestra tierno y amable y, al siguiente, vuelve a cerrarse por completo.

Pero, tras un par de minutos de silencio, cuando casi hemos salido del edificio, dice algo que me sorprende todavía más.

—Vamos a la tienda de recuerdos a comprarle un regalo a tu hija —dice con naturalidad.

Me quedo paralizada.

—Sí, sé lo de tu hija, Crystal —continúa mientras lo miro con la boca abierta—. Después de que salieras de mi oficina aquel día, le pedí a Chase que me diera toda la información que tenía sobre ti.

Intento retirar la mano, pero no me la suelta y se limita a apretarla con más fuerza.

—No te cierres conmigo, Crystal, por favor —dice, acercándose aún más—. Siento lo que hice, pero no quiero que haya secretos entre nosotros.

Niego con la cabeza.

—No puedo creerlo. ¡Lo sabías todo sobre mí desde el principio, mientras que yo todavía no sé nada de ti!

—No sabía nada de ti, Crystal. —Me sostiene el rostro con las manos y apoya su frente contra la mía—. No sabía lo divertida, inteligente y valiente que eres, cuánto te importa lo que haces ni lo fuerte que eres.

Se inclina para besarme. Al principio no quiero corresponderle, pero los labios se me entreabren involuntariamente y dejo que me bese.

¿Qué me está haciendo? No puedo creer que me esté enamorando tanto de un hombre al que apenas conozco. Hace una semana ni siquiera sabía que yo existía, pero, después de solo dos días con él, sé que estoy perdida.

—No más secretos —susurro, interrumpiendo el beso—. Yo también quiero conocerte.

—Lo que quieras. —Asiente, todavía sosteniéndome el rostro—. Lo que quieras saber, te lo contaré.

—¿Quién es la madre de tu hijo? —pregunto de inmediato.

Se aparta un poco de mí y respira hondo. Está claramente sorprendido y algo desconcertado por la pregunta. Pero, si sabe lo de Sky, significa que también sabe lo de mi exmarido. Así que ahora quiero saber cuál es su historia.

—Ella no forma parte de nuestras vidas y nunca lo ha hecho —empieza, mirando a lo lejos, por encima de mi hombro.

Veo que le cuesta hablar de ello y casi me arrepiento de haber preguntado.

—No quería tener un hijo —continúa, y al fin vuelve a mirarme a los ojos—. Quería abortar, pero le pagué para que diera a luz, y después se marchó.

Está claro que no es la respuesta que esperaba oír. Al mirarlo, veo el dolor en sus ojos.

Hay algo más, algo más profundo. Es como si pudiera sentir su dolor aunque él lo niegue.

¿Estaba enamorado de esa mujer? ¿Dónde está ahora?

Pero no soy lo bastante valiente para hacer más preguntas.

—Lo siento muchísimo —susurro, y esta vez soy yo quien da un paso hacia él y le rodea el cuello con los brazos—. Gracias por contármelo.

Volvemos a besarnos, pero esta vez es diferente. No se trata de pasión ni de deseo, sino de sentimientos.

Y lo que siento por este hombre es mucho más profundo que el sexo.